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El gobierno turco, humillado por el ejército

La segura participación de Turquía (al margen del millonario regateo por los "costos" de esa participación) al lado de Estados Unidos en una eventual guerra en Irak no hará más que reforzar la tradicional supremacía del ejército sobre el poder civil. Pero es justamente esa dificultad turca para desembarazarse de los resabios de un poder autoritario lo que hace difícil su ingreso a la Unión Europea…

La propuesta que el verdadero dueño del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) Recep Tayyip Erdogan hizo a George W. Bush es inusitada: “Si la Unión Europea (UE) no nos acepta, nosotros encontraremos una solución alternativa. He sugerido al presidente de Estados Unidos que nos acepte dentro del Tratado de Libre Comercio (TLC)”1. La idea de una integración de Turquía a la zona de libre comercio que integra a Estados Unidos, Canadá y México causó sorpresa únicamente en la Casa Blanca. Considerado un jefe de gobierno en potencia desde su victoria electoral del 3 de noviembre de 2002, Erdogan presentó su candidatura al TLC exactamente la víspera de la cumbre europea de Copenhague dedicada a la ampliación de la UE (ver pág. 28). Al hacerlo, retomaba un viejo principio de la política exterior turca: el país que conecta a Europa con Asia se considera no sólo geográficamente ubicado entre Oriente y Occidente, sino también en condiciones de elegir entre los europeos y Estados Unidos y de poner así a este último en contra de los primeros.

Sin embargo, resulta poco verosímil que Ankara pueda conseguir su adhesión a la UE mediante la intercesión de Washington. “La presión transatlántica conduce a lo contrario”, llegan a concluir los periodistas que cubrieron la cumbre de Copenhague2. De todas formas, desde el inicio, la UE no estaba dispuesta a jugar el papel de maître d’hôtel en un banquete preparado por Estados Unidos, sobre todo si, además, debía pagar la cuenta del invitado turco.

Pero la insistencia de los estadounidenses contribuyó a que Copenhague no decidiera una fecha de inicio de las negociaciones de adhesión, sino una simple cita, por lo demás tardía: recién a fines de 2004 la Comisión de Bruselas decidirá si las reformas realizadas son suficientes para iniciar la negociación. Cosa que evidentemente no respondió a las expectativas del dirigente del AKP y del primer ministro Abdullah Gül. Estos últimos querían que la UE se expidiera antes de mayo de 2004 ya que después de esa fecha los Quince se habrán convertido en los Veinticinco, pudiendo cada uno de ellos oponer su veto al ingreso de Turquía. Y Ankara teme que los nuevos miembros tengan aun más reservas que los viejos respecto a un candidato musulmán.

Luego de la cumbre de Copenhague, el gobierno turco se consagró inteligentemente a sacar provecho del tiempo restante hasta fines de 2004 para preparar al país –legal, institucional y económicamente– para la adhesión. Las declaraciones de Erdogan, en las que aseguró que Turquía necesitaba esas reformas para adherir a la Unión, pero también para desarrollar su propia vida democrática, fortalecieron la credibilidad de la candidatura de Ankara. Desde entonces, la política europea de Turquía se encuentra en una fase decisiva, tanto más porque las fuerzas pro europeas siguen teniendo considerables obstáculos por superar en el interior.

Prueba temible

Se destacan tres razones. En primer lugar, esas fuerzas y el nuevo gobierno hacen frente a una clase dirigente kemalista establecida hace mucho tiempo, y por consiguiente sólida. Esta clase dirigente se apoya en el nacionalismo del padre-fundador, Kemal Atatürk, y aún no ha optado claramente por Europa. Además, la problemática de la adhesión se ha vuelto inseparable de la cuestión chipriota, que la elite kemalista –al menos el ejército– considera un problema de seguridad nacional. Por último, si Turquía –como es muy probable– acaba participando activamente en la guerra contra Irak, esto subrayará el papel de su ejército como “socio estratégico” de Estados Unidos. Por lo demás, el hecho de que Washington corteje a Ankara, en función de su irreemplazable contribución a la construcción de un “segundo frente” en el norte de Irak, fortalece las tendencias euro-escépticas en el seno de las elites castrenses y kemalistas.

Este aspecto causa bastante preocupación en un AKP muy inexperto. Porque la guerra de Irak representa una prueba temible para el gobierno. Sus electores se oponen aun más que el resto de la población a una participación en el conflicto. Por otra parte, el ejército se muestra escéptico, dado su temor de que una desintegración de Irak deje el terreno libre para el establecimiento de un Estado kurdo. Inquieta por un rebrote de las fuerzas separatistas en los territorios kurdos, Ankara quiere impedir a toda costa un proceso de esa índole.

De todos modos, la creación de un Estado kurdo parece descartada, dado que el Estado Mayor turco y Estados Unidos acordaron que los territorios kurdos en cuestión serían ocupados por soldados estadounidenses, en particular la región petrolera de Mossul y Kirkuk. Pese a ello la dirigencia militar habría decidido enviar tropas a modo de escolta de los soldados estadounidenses, ¡para verificar que Estados Unidos cumpla sus promesas!3.

La decisión tomada por el Consejo Nacional de Seguridad (MGK4) a fines de enero, de participar en la guerra, fue puesta en marcha por el establishment kemalista. “El ejército y la burocracia del Ministerio de Relaciones Exteriores cumplieron su misión y lanzaron así las bases de una cooperación multiforme con los estadounidenses”, explica un comentarista que analiza la relación de fuerzas. Y continúa: “Ahora depende del gobierno la obtención de una decisión del Parlamento que formalice todo esto”5. Y aunque se lo presente como “islamita” –apelativo que rechaza– el AKP se convertirá así en el ejecutor de la lógica del antiguo centro del poder.

La participación en la guerra acarrea a la elite kemalista dos consecuencias secundarias pero buscadas: por un lado, esta decisión impopular obligará al gobierno a decepcionar a sus electores, y por otro lado, acentuará las divergencias ya perceptibles en el mismo seno de la dirección del partido. El reparto de funciones entre el jefe del partido, el “populista” Recep Tayyip Erdogan, y el primer ministro Abdullah Gül, también procedente del AKP pero que muy pronto se pronunció a favor de una participación en la guerra, podría transformarse así en rivalidad.

Para el MGK, esta participación es inevitable. Los intereses de Turquía en el norte de Irak, así como su dependencia respecto al Fondo Monetario Internacional (FMI), no dejan ningún margen de maniobra. Además, sólo Estados Unidos puede reparar los perjuicios económicos que la guerra pueda causar al país. En suma, la alternativa es: o bien una conmoción en el comercio de la región, cuyo costo pagaría el país sin la menor compensación; o bien una compensación por su desempeño en el “frente norte”, que afianzaría su estatuto de “aliado estratégico” de Estados Unidos6.

La cuestión chipriota

Tras este forcejeo, el núcleo político-militar del poder se impuso frente al nuevo gobierno en un segundo tema de política exterior: la cuestión chipriota. Poco después de la victoria electoral del AKP, el secretario general de las Naciones Unidas había dado nuevo impulso a unas negociaciones por mucho tiempo atascadas: el 11 de noviembre de 2002, presentó una propuesta de solución global basada en un proyecto de federación con dos zonas, que habría permitido una adhesión común de los chipriotas griegos y turcos a la UE.

Claro que no hubiera sido realista imaginar un acuerdo en relación a esta propuesta antes de la cumbre europea de diciembre. Pero las dos partes la habían aceptado como base de discusión; los chipriotas griegos en forma inmediata, Rauf Denktash, el presidente del protectorado bautizado “República Turca de Chipre Norte” (RTCN), contra su voluntad y bajo la presión de Ankara. Cuando tras la cumbre europea este último hizo saber que rechazaba lo sustancial del plan Annan, calificado de “crimen de lesa humanidad”, Erdogan se enfureció. Trató a Denktash de político anacrónico. Ante el anuncio de la decisión de Copenhague de admitir a la parte sur –griega– de la isla, decenas de miles de chipriotas turcos salieron a las calles del norte. Con la bandera europea a la cabeza. Y voceando: “¡Denktash, firma el plan Annan o renuncia!”

Abandonado por su propio pueblo, el mandatario de la RTCN declaró que no renunciaría a menos que Ankara le retirara su confianza. Sostuvo que los manifestantes eran corruptos, dispuestos a vender su conciencia nacional a cambio de unos euros. La confesión era doble. Por un lado Denktash, insensible a la opinión de sus conciudadanos, sólo debía lealtad al poder turco. Por otro, en la misma Ankara sólo cuenta para él la elite militar kemalista –que por lo demás siempre lo apoyó– y no el gobierno del país. Una vez más, apelaría a sus amigos, exitosamente. Así fue como a fines de enero, el MGK explicó que “el problema chipriota es demasiado importante como para considerarlo el mero problema de los ‘hermanos turcos’ de la isla. El asunto es primordial y está directamente ligado a la seguridad del propio territorio continental de Turquía”.

El jefe del AKP llegó a ser abiertamente cuestionado por haber llamado a tomar en serio la voz del pueblo chipriota: su visión, según la cual habría que tratar la cuestión chipriota en función de la adhesión de Turquía a la UE, sería falsa y peligrosa. En contrapartida, la exigencia de Denktash de reconocimiento de la RTCN –claro rechazo del plan Annan, que proyecta una soberanía única para el estado chipriota adherente a la Unión- obtuvo el apoyo pleno del MGK.

El dogma turco de la importancia estratégica de la isla es tan viejo como el problema chipriota. Si se convierte en el principal argumento contra el plan Annan, es por su vinculación con la crisis iraquí. El periodista Mehmed Ali Birand comenta del siguiente modo el “frente de oposición” militar a las propuestas de la ONU: “Ellos creen que disponen de mejores cartas gracias a la operación iraquí y que de ese modo podrán un día negociar desde una posición más fuerte”7.

Las fuerzas “incrustadas” –para retomar la expresión de Birand– no sólo bloquearán una posible solución chipriota, sino que también desencadenarán una ofensiva política doble: contra los chipriotas turcos recalcitrantes, esos malos patriotas desemascarados por su entusiasmo europeo; y contra Erdogan, quien osó rebelarse contra el establishment kemalista. Observadores turcos ven en ello una lucha por el poder entre el ejército y el jefe del AKP, que este último no puede ganar, menos aun desde que su vuelco respecto al tema de la participación en la guerra menoscabará su aura popular.

Esto confirma el alto grado en que la guerra de Irak fortalece, en Ankara, a los elementos que siempre frenaron el acercamiento entre Turquía y la UE. Nada de esto es mero azar: la reforma más profunda que el país debe llevar a cabo con miras a Europa debería realizarse a costa del ejército. En el informe anual sobre los progresos de Turquía, Bruselas insiste siempre en que Ankara debe imponer finalmente la primacía de lo político sobre lo militar.

Así resume esta problemática Heinz Kramer, experto en la cuestión turca: “El control democrático del ejército sólo está garantizado formalmente. En la práctica, la jefatura militar constituye un centro de decisión autónoma, que escapa ampliamente al control civil”. Una reforma debería imponer la subordinación del Estado Mayor al Ministerio de Defensa, y no la inversa. Así y sólo así podría vencerse el “poder absoluto de decisión en política de seguridad de la plana mayor del ejército”8. Según Kramer, esta reforma “civil” del sistema representa el esfuerzo de toda una generación, en tanto el papel de guardián confiado al ejército sigue siendo escasamente cuestionado. Esta realidad amenaza convertirse en el principal obstáculo para el ingreso de Turquía en la UE.

La idea de una “europeización” de Turquía contradice al kemalismo tradicional por dos razones. En primer lugar, la occidentalización de Atatürk no constituyó de ningún modo una “democratización” en el sentido occidental9. Además, su concepción nacionalista de la soberanía impide su transferencia parcial a la UE, en caso de adhesión. Esto se desprende también de la actitud de Turquía frente a la Corte Penal Internacional: el país no firmó el tratado fundacional, ya que la idea de una jurisdicción mundial resulta tan sospechosa para la elite kemalista como para la clase dirigente de Estados Unidos.

Esta convergencia ideológica con la potencia imperial estadounidense, que caracteriza al núcleo del poder kemalista, podría evidentemente alimentar, en Europa, la tendencia que lleva a poner nuevamente en discusión la fecha fijada para el inicio de las negociaciones con Turquía. Para evitar ese riesgo, tendrá que aparecer en la misma Turquía un nuevo impulso: ni kemalista, ni islamista, sino europeo. Porque una vez terminada la guerra de Irak, Turquía seguirá a orillas del mar Egeo y no en algún sitio al oeste de Estados Unidos. Y millones de turcos seguirán viviendo, como siempre, en Europa, y no en California o alguna otra región del TLC…

  1. Reuters, 12-12-02.
  2. To Vima, Atenas, 13-12-02. International Herald Tribune, París, 13 y 14-12-02.
  3. Hurriyet, Ankara, 4-2-03.
  4. Éric Rouleau, “El poder de los militares turcos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2000.
  5. Ilnur Cevik, Turkish Daily News, Ankara, 3-2-03.
  6. Jürgen Gottischlich, Tageszeitung, Berlín; y Turkish Daily News, 30-12-02.
  7. Turkish Daily News, 4-2-03.
  8. Heinz Kramer, “Die Türkei und die Kopenhagener Kriterien”, SWP- Studie, Berlín, noviembre de 2000.
  9. Referencia a la frase de Atatürk: “Turquía no se parece ni a una democracia ni al socialismo. No se parece a nada, y debemos estar orgullosos de eso. Porque sólo nos parecemos a nosotros mismos”.
Autor/es Niels Kadritzke
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:13,14
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos, Turquía