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China retorna al pragmatismo

Priorizar su desarrollo económico después de la devastación que significó la revolución cultural maoísta implicó para China una política de acercamiento y alianza con Estados Unidos. Primero en torno a una común hostilidad hacia la URSS; actualmente a favor de la campaña anti terrorista. Pero Pekín no puede evitar ser objeto de la política de contención de potencias emergentes que lleva adelante Washington, en el contexto del relativo aislamiento respecto de otros países en vías de desarrollo a que lo confina su política pro occidental.

Fue la ideología y no el interés nacional lo que condicionó la política exterior china desde la instauración de la República Popular, en 1949, hasta 1972, fecha en la que los dos enemigos mortales, China y Estados Unidos, se reconciliaron y se aliaron contra la Unión Soviética. Ese acercamiento contribuyó a ampliar la esfera estratégica de China, a la vez que el levantamiento del embargo le permitió importar productos agrícolas y tecnologías avanzadas. Sus relaciones diplomáticas con los países industrializados occidentales facilitaron su apertura económica de fines de la década de 1970. Utilizando hábilmente la amenaza soviética, Pekín logró establecer un delicado equilibrio entre pragmatismo diplomático e ideología revolucionaria.

La Revolución Cultural devastó la economía y perjudicó gravemente los intereses de la burocracia y los de la población. Con Deng Xiaoping de nuevo en el poder se logró un consenso en el seno de la burocracia para reemplazar el extremismo ideológico de Mao, basado en la lucha de clases, por una línea pragmática apoyada en el desarrollo económico. Esa orientación, destinada a elevar el nivel de vida de la población, logró el apoyo de todo el país. Por lo tanto, China inició una reforma económica con el fin de abrirse a las tecnologías y a los capitales extranjeros.

Esa estrategia se inspiraba en una antigua fe en el pragmatismo. El vacío ideológico que sucedió a Mao Tse Tung fue fácilmente llenado por la nueva doctrina del partido: “La práctica es el único criterio de verdad”. Esa propuesta se ajustaba bien a los dos proverbios preferidos de Deng Xiaoping: “Qué importa que un gato sea gris o blanco, si logra atrapar los ratones”, y “Cruza el río sobre las piedras”. La idea de transformar a China en un estado próspero sedujo a su población, durante muchas décadas víctima de la pobreza. En la lógica de Deng Xiaoping, el desarrollo económico era el factor que determinaba todo lo demás, lo que expresaba en una frase: “El desarrollo representa la última verdad”.

Esa concepción instrumental tuvo dos consecuencias sobre la política exterior. En primer lugar, llevó a China a adoptar una posición diplomática pro occidental y a atenuar su hostilidad ideológica contra el imperialismo internacional. El Partido Comunista abandonó la definición leninista del imperialismo a favor de una nueva formulación, en la cual las críticas de “hegemonismo” estaban dirigidas prioritariamente contra la URSS. Pekín se separó de sus aliados tradicionales en el Tercer Mundo, reduciendo progresivamente su ayuda exterior y oponiéndose de una manera cada vez menos evidente al “orden internacional irracional” dominado por Occidente.

En segundo lugar, la estrategia de apertura estaba dirigida ante todo hacia Estados Unidos1. Por un lado, porque ese país poseía la tecnología avanzada que tanto necesitaba China, pero también porque para Washington Pekín era estratégicamente importante en su rivalidad con Moscú. El dominio estadounidense en Asia del Este y la urgente necesidad de obtener una mejora de la economía impulsaron a Deng a aceptar compromisos sobre cuestiones que sin embargo tocaban los intereses vitales del país. Así, los estadounidenses pudieron continuar vendiendo armas a Taiwán. En cuanto a los conflictos existentes con Japón y con la Asociación de Naciones del Sud-Este Asiático (ANSEA) respecto de la isla de Diaoyu y del mar de China del Sur, Pekín propuso “congelarlos y proceder a un desarrollo conjunto”. Esos conflictos, estimaba Deng, serían solucionados por futuros dirigentes “más inteligentes”.

En la década de 1980, el aflojamiento de las tensiones consolidó el sentimiento de seguridad de China, que disminuyó su ritmo de modernización militar. Los dirigentes del país llegaron entonces a la conclusión de que “el mundo contemporáneo tiene como consigna la paz y el desarrollo”.

La situación cambió bruscamente en 1989 con el fin de la Guerra Fría y la aparición de un mundo unipolar dominado por Estados Unidos. La base de la alianza estratégica chino-estadounidense –la hostilidad contra la URSS– desapareció. Las ilusiones de una paz mundial duradera se quebraron. Las crecientes intervenciones militares estadounidenses en “puntos candentes” como el Medio Oriente, y el aumento de la presencia militar de Washington en la región Asia-Pacífico, ensombrecieron las esperanzas chinas de paz en su periferia estratégica. La tesis china de “la paz y el desarrollo” también fue afectada por las sanciones económicas y la cruzada ideológica organizadas por Estados Unidos luego de los acontecimientos de la plaza Tian An Men, en junio de 1989.

Sin embargo, Deng se negó a cambiar de idea para no quedar en ridículo, pero sobre todo por su temor de que un enfrentamiento chino-estadounidense afectara el desarrollo del país. Consciente de la transformación fundamental del orden internacional, puso sus esperanzas en un restablecimiento de la amistad chino-estadounidense, considerada como una “necesidad para la paz y la estabilidad mundiales”2.

Además, dado que la legitimidad política de la ideología comunista se había malogrado gravemente luego del derrumbe de la URSS y de los regímenes de Europa del Este, sólo un crecimiento sostenido podía, a su entender, garantizar la continuidad del régimen. Por lo tanto, el país necesitaba contar con un entorno pacífico. ¿Cómo mantener la paz sino tranquilizando a Occidente?

Acumular fuerzas

Para contrarrestar el aislamiento diplomático que se generó en 1989, Deng Xiaoping decidió que, ideológicamente, China no debía “llevar la bandera ni encabezar la ola”, sino “ocultar sus intenciones y acumular las fuerzas de la nación” (tao guang yang hui). Ese retroceso ideológico destinado a calmar la hostilidad estadounidense privó a China de un arma moral eficaz, que el propio Deng había agitado a mediados de la década de 1980 para lograr la unidad política con los países en vías de desarrollo contra el hegemonismo y contra un orden internacional dominado por Occidente. Por otra parte, un sentimiento de inferioridad impregnó el inconsciente de la dirección china. Debido a ello, el país se encontró constantemente en posición defensiva respecto de Occidente.

Esa táctica reducía su margen de maniobra estratégico y comprometía sus intereses geopolíticos, como lo prueba la crisis coreana de 2002-2003. Corea del Norte provocó esa crisis sin consultar ni advertir previamente a su “aliado” chino. Esa pérdida de influencia de Pekín comprometió gravemente los intereses chinos en materia de seguridad en el nordeste asiático. Privada del apoyo estratégico de un gran número de antiguos aliados entre los países en desarrollo, China se vio aislada como nunca antes durante los diversos conflictos con Estados Unidos registrados desde mediados de la década de 1990.

Sin embargo, ese perfil bajo –como en las negociaciones con Washington sobre el acceso al mercado estadounidense, o en su abstención en las votaciones del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Irak en 1991– le permitió a China acumular beneficios en tres terrenos: el levantamiento de las sanciones luego de 1992; el otorgamiento por parte de Estados Unidos de la cláusula de país más favorecido, y un aumento impresionante de las inversiones extranjeras directas (IED). El fuerte aumento de las exportaciones y de las IED sostuvo la dinámica del crecimiento económico.

El apaciguamiento de las tensiones con Occidente y los progresos logrados en la economía le devolvieron algo de confianza al país, en momentos en que la tercera generación sucedía a los líderes revolucionarios en los puestos de mando. Esos dirigentes estaban menos interesados que sus antecesores en las causas ideológicas. Tecnócratas de sólida formación, sabían solucionar los asuntos sectoriales concretos, pero no contaban con los conocimientos necesarios en ciencias humanas y sociales para entender lo que estaba en juego en los problemas interiores y externos. Así fue que se contentaron con proseguir la política de desarrollo legada por Deng.

Sin embargo, a partir de mediados de la década de 1990, el creciente poder económico de China despertó la inquietud y hasta la hostilidad de Estados Unidos y de ciertos Estados de Asia Oriental. En el marco de su sistemática política de contención de las potencias emergentes, Washington intensificó su despliegue militar en Extremo Oriente y reforzó sus alianzas militares con Japón y con los países de la ANSEA. Esa política frustró las intenciones de la política china. En el plano interno, el crecimiento se lograba a expensas del medio ambiente, de la justicia social y hasta de la seguridad nacional. Las reformas económicas de comienzos de la década de 1990 agravaron los desequilibrios. La corrupción, la creciente diferencia de ingresos y el aumento del desempleo hicieron caer sensiblemente la demanda global. Una política industrial aproximativa y el fracaso en la aplicación de la estrategia de “intercambio de tecnología por mercado interno” impidieron mejorar las capacidades de investigación y de desarrollo de las industrias del país, ampliamente suplantadas por firmas multinacionales3.

China debió competir con otros países en vías de desarrollo para obtener inversiones multinacionales, desacreditando así su anterior compromiso con el Tercer Mundo. Esa voluntad de convivir con el orden hegemónico convirtiéndose en una “potencia responsable” en la comunidad de naciones se tradujo, por ejemplo, en la decisión de no devaluar su moneda, el yuan renminbi, durante la crisis financiera asiática de 1997-1998, para reducir la hostilidad de los Estados periféricos e identificarse con Occidente. Frente al inigualable poderío militar estadounidense, los dirigentes chinos se sentían impotentes. La política estadounidense de “cogagement” –contracción de containment (contención) y de engagement (compromiso)– vigente durante la administración Clinton, llevó a los dirigentes chinos a perseguir un doble objetivo: tratar de reconciliarse con Washington, procurando a la vez poner en competencia entre ellas a las principales potencias occidentales, y tejer lazos con Rusia, para protegerse de eventuales amenazas japonesas y estadounidenses en el nordeste asiático. Es lo que Jiang Zemin, sucesor de Deng, llamó la “diplomacia de gran potencia”.

Cabe preguntarse si esa opción tiene sentido. China no puede esperar meter una cuña en la alianza japonesa-estadounidense ni en la unidad transatlántica entre Estados Unidos y Europa. Lazos económicos más fuertes no llevan necesariamente a una convergencia política, si bien es cierto que China logró reducir en un tono las críticas políticas de Occidente jugando la carta económica. La encarnizada competencia entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón por ganar el mercado chino le dio a Pekín un margen de maniobra, pero limitado a la esfera económica.

Frente a la disminución de la demanda interna, los dirigentes concentraron todos sus esfuerzos para poder adherir a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en diciembre de 2001, con el fin de atraer nuevas IED y mantener el crecimiento4. Su impaciencia y su explícita voluntad de hacer importantes concesiones hicieron subir el nivel de las condiciones. Peor aun, en lugar de negociar primero con la Unión Europea y con Japón para obligar a Washington –el adversario más tenaz en las discusiones bilaterales– a moderar sus exigencias, China hizo lo contrario. A raíz de ello Washington aumentó su presión, forzando a China a retroceder aun más, lo que despertó el enojo de la Unión Europea, que endureció sus propias exigencias. El gobierno chino manifestó la misma actitud en temas estratégicos: el primer ministro Zhu Rongji viajó a Washington justo en medio de la intervención de la OTAN en Kosovo. Si existía alguna cooperación geopolítica chino-rusa, esa visita le puso fin.

Esos errores de cálculo bastaron para descalificar a China como un actor influyente. El bombardeo estadounidense de la embajada de China en Belgrado, el 7 de mayo de 1999, apenas un mes después del fracaso de la visita del primer ministro Zhu Rongji a Washington, destruyó completamente el sueño chino de desplegar una “diplomacia de gran potencia”. Esa humillación fue atribuida, no a la miopía de su política exterior, sino al subdesarrollo de su economía. Para protegerse de una reacción nacionalista, el gobierno exhumó la táctica del tao guang yang hu de Deng Xiaoping. Y como “una nación débil no tiene diplomacia”, era absolutamente necesario evitar un enfrentamiento con Estados Unidos, lo que hubiera perjudicado el desarrollo económico. Se produjo entonces una vuelta a la política del desarrollo, luego del intento –tan breve como vano– de actuar como una gran potencia.

Los dirigentes de la “tercera generación” recurrieron al nacionalismo para sostener su legitimidad, pero no son fervientes nacionalistas. El fracaso de las iniciativas para reactivar las industrias nacionales y la ilusión de que todos los que participan en la mundialización salen ganando, despertaron un sentimiento derrotista, que provocó la aparición de un “compradorismo” cultural5. Ese fenómeno contrasta marcadamente con el sentimiento de orgullo nacional profundamente enraizado en países como Corea del Sur. Por otra parte, la crisis socio-política interna alcanzó tales proporciones que la prioridad de los dirigentes es garantizar la estabilidad interna y mantener la situación bajo control. Es por eso que el gobierno no tiene en cuenta las críticas que los nacionalistas chinos formulan a su política exterior. Se muestra discreto en los problemas mundiales, e incluso silencioso sobre acontecimientos que afectan sus intereses estratégicos esenciales, ya sea en Taiwán o en Asia Central, su punto vulnerable en el plano geo-económico.

La guerra contra el terrorismo lanzada por Estados Unidos luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, redujo las tensiones entre Pekín y Washington. Sin embargo, Estados Unidos aprovechó esa situación para acelerar el aislamiento estratégico de China6. El permanente aumento de la presencia militar estadounidense en Asia del Este y su llegada a Asia Central, el acaparamiento de hecho de la isla de Diaoyu por parte de Japón, y el movimiento que encamina a Taiwán hacia la independencia, son todos factores que afectan seriamente la seguridad exterior de China y amenazan su crecimiento económico. Es cierto que la ANSEA, respondiendo a un pedido de China hace veinte años, aceptó dejar de lado los conflictos territoriales en el sur del Mar de China en nombre de la cooperación económica regional. Pero la ANSEA prevé tratar las reivindicaciones de soberanía de unos y otros en un marco multilateral. En este momento, frente al unilateralismo estadounidense, China procura “democratizar sus relaciones internacionales”7. Sin embargo, no puede dar marcha atrás y tratar de alinearse junto a los países en vías de desarrollo para oponerse a la política occidental del poder. Pero como sólo el poder, y no la persuasión, puede poner fin al actual monopolio estadounidense, las esperanzas de China resultarán fatalmente ilusorias.

  1. “Li Shenzhi Talks about PRC’s Diplomacy”, www.cmilitary.com/forums/general/ messages/145195.html.
  2. Entrevista del 10-12-1989 con el consejero estadounidense para la Seguridad Nacional, Brent Scowcroft. Selected Works of Deng Xiaoping, Pekín, vol. 3, pp. 350-351.
  3. Peter Nolan, “China, the US and the WTO: Battle of the giants or defeat of the pygmies?”, adaptado de China and the Global Business Revolution, Macmillan, Londres, primavera boreal 2001.
  4. El primer ministro Zhu Rongji declaró a Stephen Roach, primer economista de Morgan Stanley: “Si China no ingresa a la OMC, le resultará imposible restructurar y sostener su crecimiento económico”.
  5. Una breve obra de ficción difundida por el canal chino de televisión CCTV mostraba un campesino del noreste del país que aprendía el coreano para poder comunicarse con los hombres de negocios surcoreanos, dado que –afirmaba él mismo– China había entrado en la OMC y en la mundialización.
  6. Andrew Murray, “Challenge in the East – The US is using the war against terror to establish new bases around China, its emerging rival in Asia”, The Guardian, Londres, 30-1-02.
  7. Ver el sitio del ministerio de Relaciones Exteriores chino: www.mfa.gov.cn.
Autor/es Fu Bo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Países China