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Recuadros:

La conquista del Este por la Unión Europea

La ampliación de la Unión Europea hacia el Este, mediante la incorporación de diez nuevos países, decidida en Copenhague en diciembre pasado, representará al principio un fuerte choque para las economías transfronterizas informales, rápidamente organizadas desde la caída de la Unión Soviética. Pero sobre todo, deja a dos países importantes, Ucrania y Bielorrusia, en una situación especial de indefinición entre una Europa que no quiere de ellos y una Federación Rusa que sólo pretende anexarlos, como en tiempos de la URSS.

En el puesto fronterizo de Medyka, en el sudoeste de Polonia, trescientos metros separan a los inspectores de aduana polacos de sus colegas ucranianos. Para quienes pasan a pie, se construyó un pasillo enrejado a cielo abierto. Esta mañana, llueve a cántaros y hace frío, lo que alcanzaría para disuadir a los candidatos a pasar por ese corredor, dentro del cual deberán esperar para poder cumplir con los trámites previstos. Sin embargo, como todos los días, cientos de ucranianos se apretujan dentro del pasillo a la espera de su turno. Las páginas de sus pasaportes están cubiertas de sellos de entrada y de salida de territorio polaco. Sentados tras sus escritorios, los inspectores de aduana no cesan de estampar sellos.

Alrededor de 5.000 viajeros pasan cada día por ese puesto fronterizo; el 80% son ucranianos. En su país se los llama chelnoki: literalmente, los que van y vienen. La disolución de la URSS, en 1991, permitió la apertura de la frontera entre Polonia y Ucrania, país que acababa de independizarse. Desde entonces, cientos de miles de ucranianos se especializaron en el pequeño comercio transfronterizo jugando con las ligeras diferencias de precios. Los productos favoritos son el vodka y los cigarrillos. Todas las estratagemas son buenas para pasar tres veces más de la cantidad autorizada y revender la mercadería del otro lado. Pero, más allá de ese pequeño comercio ilegal, por otra parte evidente, todas las regiones fronterizas polaco-ucranianas aprovecharon los intercambios de mercaderías en los últimos doce años.

El puesto fronterizo de Medyka conecta, a la vez que separa, dos ciudades distantes 70 kilómetros una de otra: Przemysl en Polonia, Lviv en Ucrania. Victor Halchinsky, un periodista de Lviv especializado en los temas transfronterizos, explica: “Después de todo, el fenómeno de los chelnoki se volvió algo marginal. Lo que dinamiza el comercio fronterizo es la multitud de empresas regionales que los primeros chenolki instalaron con sus ahorros. Productos alimenticios, materiales de construcción, muebles, ventanas, artículos de plomería… Esas pequeñas estructuras aprovechan las imprecisiones de la legislación para comerciar sin pagar tasas, o pagando tasas muy pequeñas. Esa economía ‘gris’ transfronteriza representaría el 80% del comercio. El 20% restante, que corresponde a multinacionales o a los 269 joint venture polaco-ucranianos oficialmente reconocidos, no superó los 1.500 millones de euros en 2001. Es la economía gris la que más va a sufrir la obligatoriedad de visas”.

Desde que empezó a negociar su ingreso a la Unión Europea (UE), Polonia sabe que, por imposición de Bruselas, deberá exigir visas a sus vecinos orientales, ucranianos y bielorrusos. El objetivo es hacer más hermética la frontera de la UE ampliada, frente a las redes de inmigración clandestina. Esa medida, prevista para el 1° de julio de 2003, frenará fuertemente los pequeños intercambios comerciales transfronterizos, que –se estima– son el sustento del 40% de la población que vive cerca de la línea demarcatoria. Victor Halchinsky pronostica una baja de dos tercios en ese comercio.

Andrej Zuromski, que vive en Przemysl, donde dirige una empresa de relaciones públicas, es terminante: “¡El endurecimiento de la frontera no es sólo un problema, es una tragedia! Pues más allá de las consecuencias económicas y sociales, están las consecuencias psicológicas, que son aun más graves: en el Este se va a generar un gran resentimiento contra el Oeste. En esta historia de ampliación de la UE se habla de integración, pero también habría que hablar de desintegración”.

Sentimiento de traición

¿Acaso Zuromski peca de pesimismo? La apertura de las fronteras internas del ex bloque del Este le devolvió a los pueblos de Europa central y oriental la posibilidad de circular libremente en su espacio geográfico. En Ucrania y en Bielorrusia a menudo se considera que esa libertad es uno de los escasos logros obtenidos en los últimos años, y perderlo provocará mucha amargura.

Polonia hizo todo lo posible por postergar la imposición de visas, pero no se puede decir lo mismo de otros candidatos a entrar en el UE. El 1° de enero de 2002, Eslovaquia imponía visas a sus vecinos ucranianos. Ese año, el número de ucranianos que viajó a Eslovaquia fue cuatro veces menor. El costo de una visa eslovaca era de 20 dólares, es decir, un tercio del salario promedio en Ucrania… En la primavera de 2002 la medida fue adoptada por Bulgaria, lo que implicó una vejación aun mayor para los ucranianos, dado que la entrada de Sofía a la UE está prevista recién para 2007 y no para 2004. Es decir, que Bulgaria no puede invocar tan fácilmente como Polonia, Eslovaquia y Hungría la presión de Bruselas para cerrar sus fronteras.

En Ucrania existe algo así como un sentimiento de traición de parte de esos países hasta hace poco “hermanos”. “Una enorme cantidad de ucranianos, entre los que me incluyo, iban cada verano a la costa búlgara del Mar Negro”, lamenta Victor Halchinsky. “Pero hagamos las cuentas: la visa búlgara cuesta 20 dólares, más 20 dólares de gastos administrativos y 40 dólares del viaje a Kiev para ir a buscarla a la embajada de Bulgaria. Eso suma 80 dólares, nada más que para obtener la visa. ¿Y sabe usted cuánto me costó mi última estadía de una semana en un hotel barato de la costa búlgara incluyendo el viaje en ómnibus y las comidas? 80 dólares… Es decir que el precio de mis vacaciones se duplicó y que no volveré a Bulgaria por mucho tiempo. Y no soy el único”. De su lado, las agencias de viajes ucranianas calculan su lucro cesante y orientan ahora la demanda hacia las playas de Crimea o de Rusia…

Otra consecuencia es que las relaciones familiares serán más complicadas. En Polonia, las minorías ucranianas y bielorrusas producto de las fronteras establecidas en 1945, cuentan respectivamente con 300.000 y 200.000 personas. Prácticamente todas ellas tienen parientes en Ucrania y en Bielorrusia. Los contactos familiares, que habían cesado durante los años de plomo, se reanudaron rápidamente hace doce años. Si también se fija el precio de la visa polaca en cerca de 20 dólares, una familia ucraniana con tres hijos deberá pagar 100 dólares para pasar las fiestas de Navidad en casa de sus primos en Polonia.

En muchos sentidos, la imposición de visas es percibido por todos como un paso atrás. Más aun teniendo en cuenta que ello contradice los esfuerzos realizados, fundamentalmente por Varsovia y Kiev, para restablecer las relaciones de buena vecindad que en el pasado habían deteriorado décadas de desconfianza y de odio. Stanislaw Stepien, que dirige el Instituto de Investigaciones del Sudeste polaco en Przemysl, especializado en la historia de las relaciones polaco-ucranianas, afirma que “en cuanto se abrió la frontera, afloraron los sentimientos de antaño. Estaban reunidas todas las condiciones para cuestionar el trazado de la frontera, que había sido decidido arbitrariamente en Yalta, dejando disconformes tanto a los ucranianos como a los polacos. Pero hicimos un esfuerzo para superar nuestras diferencias. En 1990 firmamos un tratado de buena vecindad con Ucrania. La propia UE demostró ser un poderoso factor de estabilización, debido a su fuerza de atracción. Pero hoy en día, poco antes de su ampliación, la gente tiene la sensación de que un muro se alza en la frontera. Eso es aun más cierto en la región Este de Polonia, donde son más numerosos los euroescépticos”.

De hecho, una encuesta reciente, cuyos resultados merecen ser interpretados con prudencia, muestra que los polacos del Oeste son mucho más favorables a la entrada de su país en la UE que los del Este. En Pomerania, región fronteriza con Alemania, el 79% de las personas interrogadas apoya la adhesión a la UE, frente a un 38% en Podlasia, región fronteriza con Bielorrusia1. Otra encuesta publicada poco después indica que la opinión de los polacos respecto de sus vecinos orientales sigue mejorando: en 1992 el 65% de los polacos declaraba no apreciar a los ucranianos y el 47% a los bielorrusos, mientras que actualmente esos porcentajes se redujeron al 48% y al 36% respectivamente2. Poco antes de su entrada en la UE, Polonia parece tomar conciencia de su dimensión oriental y de lo que significará que sus fronteras se conviertan repentinamente en un dique de contención de sus vecinos del Este.

En Lviv –ciudad que desde 1340 hasta 1772 perteneció a Polonia, luego a Austria hasta 1919, nuevamente a Polonia hasta 1939, y que fue tomada por los soviéticos a partir de 1944– el peso de la historia es un factor determinante en la forma de analizar la ampliación de la UE hasta el margen del Bug, río fronterizo polaco-ucraniano. Andrij Pavlysyn, que dirige Ji magazine, una revista independiente especializada en las relaciones polaco-ucranianas, afirma: “Nuestro modelo es la reconciliación franco-alemana. Para concretar aquí un proceso de ese tipo debemos acercarnos a Polonia, y la imposición de visas dificulta esa tarea. No nos oponemos al ingreso de Polonia a la UE. Simplemente decimos: ¿y nosotros? ¿Qué perspectivas nos reserva Bruselas? Hoy en día, en lo que respecta a sus mercados orientales, la UE no decide nada sin el aval de Rusia. A todo el mundo le conviene tomarnos por vasallos de Moscú: tanto a la UE, que ni piensa en abrirnos sus puertas algún día, como a Rusia, feliz de recuperar su influencia sobre un imperio que había perdido. El peligro de que Ucrania pase nuevamente al Este, en reacción a la integración europea del Oeste, es algo real. Un endurecimiento de la frontera podría reavivar la desconfianza entre el Este y el Oeste”.

Y hasta podría agravar las fuerzas centrífugas existentes dentro de Ucrania. Desde su independencia en 1991, el distanciamiento aumenta entre el Este del país, de lengua rusa e históricamente orientado hacia Moscú, y el Oeste, de lengua ucraniana y nacionalista, que mira hacia Polonia y la UE. En Lviv, bastión de esa Ucrania occidental con tendencias autonómicas, crece el descontento respecto del poder central de Kiev, cuyas decisiones políticas y económicas no hacen más que aislar cada vez más a Ucrania del resto de Europa3.

Nuevo juego de equilibrio

De manera general, Ucrania y Bielorrusia dependerán cada vez más de las relaciones entre la UE y Rusia. El istmo que separa el mar Báltico del Mar Negro vuelve a ser lo que fue durante siglos: un espacio frontera, una zona tapón, antaño caracterizada por la rivalidad polaco-rusa y ahora marcada por el nuevo juego de equilibrio al que se entregan los dos gigantes del continente europeo, la UE y la Federación Rusa. Prueba de ello es la “Iniciativa nuevos vecinos” lanzada por el Consejo de la UE en noviembre de 2002, ante la perspectiva de ampliación de la comunidad. El Comité político y de seguridad del Consejo afirma que “esa ampliación es una importante ocasión para mejorar las relaciones con los nuevos vecinos de la UE, sobre la base de valores políticos y económicos en común” y que es necesario “reforzar la estabilidad y la prosperidad en las nuevas fronteras de la UE, y aun más allá”, estimulando “una mayor cooperación transfronteriza”. Pero no omite precisar que “esa iniciativa debe estar vinculada a una firme voluntad de la UE de profundizar la cooperación con la Federación Rusa, interlocutor esencial”4.

Más allá de los textos oficiales, los principales responsables políticos europeos no ocultan sus deseos de aclarar rápidamente la situación geopolítica de una zona aún “gris” en el mapa de Europa. “No veo ninguna razón” para que Ucrania presente una candidatura de ingreso a la UE “luego de la gran ampliación”, dijo Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, poco antes de la cumbre de Copenhague. Y agregó: “Debemos ponernos de acuerdo en nuestros criterios. El hecho de que los ucranianos o los armenios se sientan europeos no significa nada para mí, pues los neozelandeses también se sienten europeos”5. En síntesis, no hay lugar para los “nuevos vecinos” en la futura estructura de la UE. Esa declaración fue apenas mitigada por Chirs Patten, comisario europeo para las relaciones exteriores: “Hay que evitar que Ucrania y Moldavia piensen que serán abandonadas del lado malo de un nuevo muro”6.

Efecto boomerang

Mientras tanto, sobre el terreno, se trabaja para aumentar la seguridad de la frontera. “Financiado por la Unión Europea” puede leerse en unos autoadhesivos colocados sobre las computadoras del puesto de control polaco de Hrebenne, frente a la frontera con Ucrania. Desde 1997, Varsovia recibió 55 millones de euros de la UE para abrir nuevos centros de policía fronteriza. Bruselas prometió en la cumbre de Copenhague otros 280 millones más para completar la modernización de los 1.200 kilómetros de frontera que Polonia tiene con Ucrania, Bielorrusia y Rusia (enclave de Kaliningrado), con el objeto de ayudar a Varsovia a ajustar esas instalaciones a las normas de Schengen7.

Pero desde ya se sabe que el 1° de mayo de 2004, día de su entrada en la UE, Polonia no estará en condiciones de adherir al acuerdo de Schengen. ¿Cuánto tiempo deberá esperar? Según la periodista Sofía Onufriv: “Aún no se sabe. Se habla de tres o cinco años… Esa incertidumbre es difícil de soportar, pues durante el período de transición las visas impuestas por Polonia no serán válidas en el espacio de libre circulación europea establecido en Schengen. Es decir, que para ir a Berlín haciendo una escala de unos días en Varsovia, voy a necesitar dos visas. Una polaca y otra de Schengen. ¿Se imagina el costo?” Para facilitar los trámites, Varsovia estudia visas flexibles, baratas y que permitirían varias entradas.

Por otra parte, el tema de la infraestructura necesaria para la entrega de visas sigue sin resolverse. “Los consulados polacos no están preparados para extender trece millones de visas anuales, si se tiene en cuenta la cantidad de pasajeros ucranianos y bielorrusos contabilizados en 2001”, afirma Sofía Onufriv. Y añade: “Ante semejante presión, no será difícil corromper algún funcionario para obtener la visa. Cosa que ya ocurre en ciertos consulados de países de la UE”.

En opinión de muchos observadores, la obligatoriedad de visado podría tener un efecto boomerang en materia de corrupción. Leon Tarasewicz vive desde niño en Walily, un pueblo polaco situado a 10 kilómetros de la frontera bielorrusa. Famoso pintor y personalidad notable de la minoría bielorrusa de Polonia, sigue atentamente la evolución de las relaciones transfronterizas entre ambos países. A su entender, “la pequeña corrupción va a desaparecer. Probablemente no se verán más los billetitos metidos en el pasaporte para evitar el control y la confiscación de las tres botellas de vodka escondidas bajo el abrigo. Pero, a frontera más dura, corrupción más dura. Las mafias no dudarán en pagar sumas importantes si es necesario. No hay que olvidar que en comparación con los estándares occidentales los guardias fronterizos y los aduaneros polacos no tienen buenos salarios. Pero eso no es lo más grave. Detrás de la frontera, Bielorrusia queda a la deriva…”.

En Bielorrusia el sentimiento de aislamiento es aun más grande, dado que el régimen autoritario del presidente Alexandre Lukachenko lleva a la UE a sancionarlo regularmente. Desde el 19 de noviembre de 2002, directamente tiene prohibido el acceso a la UE. Por eso, las condiciones de un acercamiento duradero entre Minsk y Moscú no están reunidas. Vladimir Putin no parece dispuesto a dinamizar la carcasa vacía de la unión ruso-bielorrusa iniciada por ambos países en la segunda mitad de la década de 1990. El presidente ruso más bien aprovecha el aislamiento de Lukachenko para imponerle sus puntos de vista sobre las relaciones bilaterales y marcar su ámbito de influencia8.

En Grodno, no lejos de la frontera con Polonia, un director de escuela que prefiere no dar su nombre resume un sentimiento que, estima, comparten muchos de sus compatriotas: “Dado que la Unión Europea no nos quiere, la Unión con Rusia no es una mala idea. Pero Moscú sólo la imagina como una pura y simple integración de Bielorrusia en la Federación Rusa, cosa que los bielorrusos no aceptan. Consecuentemente, el panorama es más bien sombrío: con la integración de Polonia y los países bálticos en la OTAN y en la Unión Europea, los bielorrusos tenemos la sensación de que un nuevo bloque se está formando en nuestra frontera Oeste. Y la única alternativa que nos quedaría es agachar la cabeza e integrar la Federación Rusa…”.

En 1993, el entonces canciller bielorruso, Pyotr Kravchenka, declaraba con optimismo: “Durante diez a doce años, dos unidades van a convivir en Europa, acercándose una a otra gradualmente: la UE ampliada, y lo que llamaría la comunidad económica de Europa oriental, formada por Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán. Para 2003 habremos completado nuestra transformación interna y estaremos en condiciones de unirnos a un mercado paneuropeo”9.

Diez años después, cuando la UE se extiende, cuando su frontera oriental se cierra y la integración al Oeste produce desintegración al Este, semejante visión parece una utopía.

  1. Rzeczpospolita, Varsovia, 17-1-03. Promediando el resultado de todas las regiones, esa encuesta indica un 65% de opiniones favorables al ingreso a la UE.
  2. Encuesta realizada por CBOS y publicada por Gazeta Wyborcza, Varsovia, el 6-1-03.
  3. Gilles Lepesant, “Représentations de l’Europe en Ukraine”, exposición hecha el 9-1-01 en el Centro de Estudios y de Investigaciones Internacionales (CERI), París.
  4. Iniciativa “Nuevos vecinos”, proyecto de conclusiones del Consejo de la UE, 12-11-02.
  5. Le Figaro, París, 11-12-02.
  6. Le Monde, París, 29-11-02.
  7. Acuerdos de Schengen, firmados en 1985 y ampliados en 1990. Apuntan a suprimir progresivamente los controles en las fronteras interiores de la UE, instaurando progresivamente un régimen de libre circulación de personas, definiendo las condiciones y garantías de aplicación. Los tratados organizan la cooperación entre los sistemas judiciales, la policía y los servicios administrativos de los países miembro. Algunos países, como Grecia, han visto demorado su ingreso a Schengen a causa de no poder ofrecer las garantías de seguridad.
  8. Alexandra Goujon, “La Biélorussie, blâmée à l’Ouest, convoitée à l’Est”, síntesis N° 72 de la Fundación Robert Schuman, París, enero de 2003.
  9. Erlends Calabuig, “La Biélorussie resurgit sans précipitation, Le Monde diplomatique, París, marzo de 1993.

El Mediterráneo Sur olvidado

Sereni, Jean-Pierre

En la cumbre de Copenhague de comienzos de diciembre de 2002, los quince países miembro de la Unión Europea (UE) invitaron a los pequeños países del Este a integrar la gran familia continental. Para los diez elegidos será un duro ejercicio en el plano económico y social: en pocos años deberán eliminar sus barreras aduaneras, adoptar las normas y las 80.000 páginas de reglamentos comunitarios; en síntesis, abrir totalmente sus puertas a los productos, a las empresas y a los bancos de Europa occidental.

Lo más difícil no será que los estonios abandonen la caza de osos, o que los letones dejen de pescar arenques de menos de 14 centímetros, sino cerrar miles de empresas estatales que no soportarán la competencia externa y en las que aún trabaja una parte importante de la población de esos diez países. Sin olvidar sus campesinos, que deberán renunciar a muchas actividades tradicionales para especializarse en los muy escasos terrenos en los que poseen alguna ventaja natural o económica respecto de sus poderosos competidores del Oeste.

Los gobiernos deberán “mantener bajo control las finanzas públicas”, es decir, reducir los déficits a través de la generalización del IVA, la suba de impuestos y la reducción de los gastos presupuestarios destinados a la sanidad, a la vivienda o a la educación. Y necesitarán mucha habilidad y mucha suerte para evitar los riesgos de desestabilización. Seguramente, la ampliación de la UE hará “saltar” más de un gobierno…

Pero antes que los Diez, otros vecinos de la UE ya habían sido invitados a un ejercicio similar: los de la orilla sur del Mediterráneo. En 1995, en Barcelona, bajo el impulso del eje París-Roma-Madrid, la UE propuso a una docena de países el establecimiento conjunto de una zona de libre comercio. Algunos ya aceptaron (Túnez, Jordania, Marruecos, Argelia…) mientras que otros negocian con los equipos de Chris Patten, el “ministro de Relaciones Exteriores” de Bruselas. Al igual que ocurre con los Diez, deberán privatizar y reestructurar economías que en sólo una generación pasaron por las etapas de la descolonización, las nacionalizaciones y… la liberalización.

Bruselas reconoció la magnitud del esfuerzo exigido, y para hacerlo más soportable acompaña el proceso de ampliación y los acuerdos de libre comercio con ayudas financieras. Los diez nuevos miembros recibirán 40.400 millones de euros de subvenciones comunitarias a lo largo de tres años (2004-2006); los países del Sur y del Este del Mediterráneo recibieron, entre 1992 y 1998, 735 millones de euros como apoyo al ajuste estructural. Esas cifras disimulan una enorme diferencia, que resulta impresionante cuando se la compara con la cantidad de habitantes: medio euro de ayuda por habitante del Sur, 185 euros por habitante del Este.

No se trata de reprocharle a Bruselas hacer demasiado esfuerzo a favor de los Diez, sino de interrogarse sobre las consecuencias de una política que resulta desfavorable para los más pobres en una proporción extravagante: el nivel de vida en el Este es entre tres y cuatro veces superior al del Sur. Es como si los Quince consideraran que el mercado deberá ser prácticamente el único elemento que tendrán los países del Sur para recuperar su atraso, y que no deben contar con la ayuda de subvenciones presupuestarias europeas para aliviar ese esfuerzo. En el caso de los Diez, en cambio, se impone un mejor equilibrio entre el mercado y las subvenciones, las que por otra parte son consideradas insuficientes por los gobiernos de esos países.

Evidentemente, no se miden ambos casos con la misma vara, como lo demuestra el tema de la agricultura. En las negociaciones para la ampliación, el debate se centró en el acceso de los Diez a la Política Agrícola Comunitaria (PAC) y a sus precios garantizados, en general muy superiores a los del mercado internacional. En principio, los campesinos de esos países tendrán ese beneficio. En cambio, en el caso de los países del Sur firmantes de un acuerdo de libre comercio, la posibilidad de acordarles los amplios beneficios de la PAC quedaba excluida, a la vez que se limitaba al máximo la entrada de sus productos agrícolas más competitivos en el mercado europeo.

El aceite de oliva tunecino, por ejemplo, que constituye el principal producto agroalimentario del país, podrá entrar libre de derechos aduaneros hasta un máximo de 40.000 toneladas: la misma cantidad que estaba autorizada para el solo mercado francés hace cerca de un siglo, cuando Túnez era un protectorado de ese país. El aceite tunecino que ingrese por encima de ese cupo –recientemente aumentado en un 35%– se pagará al precio internacional, que es muy inferior, y será luego revendido con etiqueta italiana a los consumidores europeos… a precio alto.

En el futuro, los Diez del Este y los países del Sur deberán competir dentro de la inmensa zona de libre comercio de la UE, pero no con armas iguales: los primeros habrán podido financiar su puesta a nivel por medio de subvenciones, mientras que los otros lo habrán hecho a través de préstamos que deberán reembolsar y que se harán sentir en sus costos de producción. Ello influirá naturalmente en las decisiones de los inversionistas que deseen deslocalizar sus fábricas situadas en el Oeste.

En Copenhague, los dirigentes de los Quince no abordaron el tema –como estaba previsto– en la tradicional cena del primer día. ¿Por falta de tiempo o por falta de ambición? El único gesto reciente en dirección del Sur fue la adopción, el 18 de octubre de 2002, de la Facilidad Euromediterránea de Inversiones y Partenariado (FEMIP). Ésta consiste en una nueva línea de créditos de 600 millones de euros anuales (de 2003 a 2006), que es lo mínimo necesario para “financiar la modernización y el desarrollo de esas economías”. Se trata de un avance, pero muy modesto, teniendo en cuenta las necesidades de esos países.

Veinte años después, la cortina de hierro del Este podría ser reemplazada por el foso del Mediterráneo.


Autor/es Guy-Pierre Chomette
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:28,30
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Geopolítica, Unión Europea