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Recuadros:

Una deuda que amenaza al imperio

Estancada, con tendencia deflacionaria y con un nivel de endeudamiento muy superior al de la Unión Europea y al de Japón, la economía estadounidense es un punto de notoria vulnerabilidad del gigante lanzado a la guerra. La caída abrupta de los índices bursátiles, la reducción de la tasa de ganancia media y la tendencia a la baja del valor del dólar, adelantan un cambio de sentido de los capitales excedentes, que ya indican su tendencia a alejarse de Nueva York. La invasión a Irak, incluso prescindiendo de la suerte militar, puede acentuar esa tendencia.

Cuando el presupuesto militar de Estados Unidos (alrededor de 400.000 millones de dólares anuales) es prácticamente equivalente al acumulado por todos los demás Estados del planeta, es válido preguntarse acerca de las fisuras del edificio financiero de un imperio que se cree omnipotente. Un edificio ya muy seriamente sacudido por la ola especulativa de los años 1990, cuando se renovó la actividad criminal de los grandes actores del sistema: los más importantes bancos mundiales de inversión, las cinco (ahora cuatro) empresas de auditoría, las firmas de relaciones públicas, los gigantes de la publicidad y los más prestigiosos estudios jurídicos.

Entre los elementos de una estructura financiera maltrecha, el nivel de endeudamiento es el más preocupante. En 2001, la deuda de Estados Unidos representaba el 31% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial, la de la Unión Europea el 26% y la de Japón el 12%. Tres regiones del mundo donde se perfila el espectro de la deflación, en un contexto de contracción de la producción y del comercio. La industria opera con el 65% de su capacidad de producción, salvo en China. Por tercer año consecutivo los mercados bursátiles siguen hundiéndose. El índice Conference Board de confianza de los consumidores cayó desde 145 a comienzos de 2000 a alrededor de 80 a comienzos de 2003 (con base 100 en 1985). En cuanto al dólar, perdió el 12% de su valor con relación a una canasta de otras monedas desde enero de 2000 y el 26% frente al euro desde el año 2000, una de las caídas más fuertes del período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Estos pocos elementos fragmentarios, combinados con un desempleo en aumento1, un estancamiento de los salarios y un consumo que se mantiene con dificultades, componen un cuadro que no incita al optimismo.

Volviendo a la deuda, que alcanza proporciones gigantescas, debe ser pagada con los intereses ya devengados. En un contexto deflacionario, los compromisos que vencen ahora se van a tornar particularmente onerosos. El análisis que haremos aquí se concentrará en tres aspectos de este endeudamiento. El primero es la evolución del stock de la deuda durante cuatro decenios. La deuda puede descomponerse en cinco rubros: la deuda pública, la deuda de los hogares y, en el caso de las empresas, la deuda no financiera y la deuda financiera interna y externa. El segundo aspecto es el déficit de la balanza de transacciones corrientes. Y el tercero la evolución de la posición de inversión internacional.

Insostenible endeudamiento

El aumento del stock de la deuda es impresionante: entre 1980 y 2002 pasó de 3,6 billones a 30 billones de dólares. Si este stock se analiza en detalle, el rasgo más sorprendente es el crecimiento fenomenal de la deuda financiera interna de las empresas, que ha pasado de 53.000 millones de dólares a 7,62 billones de dólares, es decir el 72% del Producto Bruto Interno (PBI) de Estados Unidos. Uno de los motores de este salto gigantesco ha sido el frenesí de las fusiones y adquisiciones financiadas con préstamos. Frenesí que se observó particularmente durante las dos décadas que van de 1980 a 1998, especialmente en el sector bancario, cuya concentración no ha alcanzado todavía su límite. Y sin embargo, el volumen de fusiones y adquisiciones de activos se eleva a 2,4 billones de dólares.

Tanto por su amplitud como por su ritmo, esta voracidad de anexiones, financiada con crédito barato, no tiene precedentes en la historia del capitalismo. Pero está distribuida de manera muy desigual, ya que los países denominados subdesarrollados, aunque representan el 84% de la población mundial, solo tienen el 26% de las 500 primeras empresas mundiales, según la clasificación de Fortune, y el 16% en el ranking del Financial Times.

El aumento vertiginoso del endeudamiento de los hogares muestra que el consumidor estadounidense vive a crédito. En cuatro décadas este endeudamiento ha pasado de 200.000 millones de dólares en 1964, a 7,2 billones en 2002 (el 72% del PBI). En 1985 representaba el 26% del ingreso individual, y hacia fines de 2002 el 40%.

Esta asombrosa degradación de la tasa de ahorro es uno de los síntomas de la degeneración del capitalismo estadounidense, en tanto el ahorro y la inversión están entre los principales ingredientes de la acumulación del capital. Según el banco Morgan Stanley, la tasa de ahorro nacional neta (es decir, el total del ahorro de los hogares, de las empresas y del Estado, relacionado con el PBI) ha alcanzado su nivel histórico más bajo en el tercer trimestre de 2002, cuando fue de 1,6%, es decir menos de un tercio del promedio de los años ’90, y la sexta parte del promedio de los años ’60 y ’70. El déficit fiscal en constante expansión, al cual recurre el equipo de Bush2, va a hacer caer todavía más esta tasa. Las cifras son elocuentes: en el primer semestre de 2000, el presupuesto federal mostraba un excedente de 2,3% del PBI, y la tasa de ahorro era del 6,4%; en el tercer trimestre de 2002, se comprobó un déficit de 1,8%.

El elemento clave del endeudamiento de Estados Unidos, que podría llegar a ser su Talón de Aquiles, es el rápido deterioro de su balanza de transacciones corrientes3. Puede hacerse una comparación entre la situación de los pagos de la cuenta corriente durante el apogeo del Imperio Británico, antes de 1914, y la del Imperio Estadounidense hoy en día. En las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial, el excedente corriente del Reino Unido era del 4% de su PBI. El actual Imperio Estadounidense, con estructuras financieras frágiles, arrastra un déficit corriente crónico del 5% de su PBI.

En la década de los ’90 el impulso de la demanda interna fue posible por un endeudamiento externo no controlado, que permitió financiar las importaciones, que no dejaron de aumentar durante los últimos 15 años y superan en 42% al valor de las exportaciones. Reducir esa brecha es casi imposible, por la falta de competitividad de los productos estadounidenses en los mercados mundiales, a pesar de la depreciación del billete verde. Para hacer frente a un déficit de cuenta corriente de 500.000 millones de dólares, que tiene un incremento anual del 10%, es necesario tener entradas de por lo menos 2.000 millones de dólares por día hábil, lo que equivale al 76% del excedente de la balanza de transacciones corrientes del mundo. Esta situación es difícilmente sostenible, incluso a corto plazo. Si bien los capitales extranjeros siguen llegando a los mercados financieros de Estados Unidos, lo hacen a un ritmo menor. A partir de la mitad de los años ’90 el volumen de los activos privados extranjeros pegó un salto, alcanzando su punto más alto, de un billón de dólares, en el año 2000 –el año del crash del Nasdaq4– para volver a caer ahora a 500.000 millones de dólares.

Ya se observan los primeros signos de salida de capitales extranjeros de los mercados financieros estadounidenses. No es más que un chorrito de agua, pero podría transformarse en un maremoto a causa de las guerras programadas por Bush para después de la campaña contra Irak, en Medio Oriente y en otras partes del mundo. Como un toxicómano con la droga, Estados Unidos se ha vuelto totalmente dependiente de las entradas de capitales extranjeros para financiar su liberalidad fiscal. Los inversores extranjeros tienen más del 18% de la capitalización bursátil de los activos estadounidenses a largo plazo, y el 42% del stock de bonos del Tesoro. Estas sumas podrían salir instantáneamente del país, sólo con accionar algunos comandos de computadora. El incremento del déficit fiscal, combinado con el déficit de la cuenta corriente, hará crecer las necesidades de financiamiento para 2003 en por lo menos un 6% del PBI.

Déficit externo

El rendimiento de los activos estadounidenses, más elevado que en otras partes del mundo, ha financiado hasta ahora el déficit de cuenta corriente, pero estos activos comienzan a perder su atractivo. Estados Unidos tiene el privilegio exclusivo de tomar crédito en su propia moneda y la posibilidad de devaluar su deuda. Haciendo funcionar la impresora de billetes, la casta gobernante paga sus importaciones con promesas vanas. Ninguna otra nación tiene esta prerrogativa que, en la coyuntura actual de contracción de los mercados financieros, bien podría ser efímera. Estos déficits en cascada deterioran la posición de inversión internacional neta de Estados Unidos, es decir, la diferencia entre sus activos públicos externos y sus compromisos externos. En un lapso relativamente corto –entre 1999 y 2002– esta posición se degradó considerablemente, ya que la diferencia negativa ha pasado de 1,9 a 2,5 billones de dólares, como resultado de la acumulación de los déficits en la cuenta corriente.

Desigualdad en aumento

Las fisuras de la infraestructura financiera estadounidense no han impedido que explotaran las desigualdades. Sin duda los más ricos han perdido algunas plumas en la debacle bursátil, pero las diez mil familias con más altos ingresos poseen tantos activos como los veinte millones de familias más pobres. En las primeras 500 sociedades mencionadas en la clasificación de Fortune, la relación entre los salarios anuales (ajustados por inflación) de los presidentes, directores y gerentes por un lado, y los de los obreros por otro, era en 1970 de 1 a 40; en la actualidad es de 1 a 1.250. En 1950 los impuestos sobre las sociedades representaban el 25% del presupuesto federal; en 2001 solamente el 8,9%.

Un endeudamiento que escapa a cualquier control y desigualdades tan flagrantes no son aberraciones, sino que forman parte del cuadro clínico de una enfermedad del orden social de Estados Unidos. Y los propios mercados comienzan a inquietarse por su estado de salud, sirviendo de termómetro la cotización del dólar, como lo explica Chistian de Boissieu, profesor en la universidad París 1 y vicepresidente del Consejo de Análisis Económico, al comentar la caída de la divisa estadounidense: “Algo ha pasado en la primavera de 2002. De golpe, los mercados cambiaron de paradigma. Comenzaron a inquietarse por la imposibilidad de seguir sosteniendo los desequilibrios ‘gemelos’ de Estados Unidos, es decir el considerable déficit de la cuenta corriente desde hace años, y el déficit fiscal, que ha hecho su aparición recientemente a causa de la caída de los impuestos y del aumento de los gastos. En 2003 el crecimiento estadounidense debería ser el doble del francés, pero la inquietud sobre los déficits se mantiene. Se ha franqueado un umbral psicológico. Más allá de un cierto nivel, la aprehensión con respecto a los desequilibrios le gana al optimismo en cuanto al desempeño de la economía”5.

Bush, que va a hacer votar un nuevo aumento del presupuesto militar por el Congreso, no parece ser consciente de que ese umbral psicológico ya se ha franqueado…

  1. La cifra oficial –muy subestimada– ha pasado del 4,4% en febrero de 2000 al 6,4% en febrero de 2003, según la Oficina del Trabajo de Estados Unidos.
  2. Las estimaciones varían de 304.000 a 375.000 millones de dólares para 2003, y entre 307.000 y 425.000 millones de dólares para 2004, sin contar el costo de la guerra contra Irak.
  3. La balanza de transacciones corrientes representa la diferencia entre las exportaciones y las importaciones de bienes y servicios y la diferencia de las transferencias financieras. Cuando un país compra en el extranjero más de lo que le vende, debe financiar la diferencia con préstamos, lo que aumenta en otro tanto su deuda externa.
  4. El índice Nasdaq (de las acciones de empresas tecnológicas) alcanzó su punto máximo (5.048 puntos) el 10 de marzo de 2000. Actualmente se encuentra por debajo de los 1.300 puntos.
  5. “He aquí que los mercados vuelven a descubrir los déficits estadounidenses”, entrevista con Christian de Boissieu, Le Figaro économique, Paris, 19-3-03.

La guerra, cueste lo que cueste

Warde, Ibrahim

El consejero económico de la Casa Blanca Lawrence Lindsay violó un tabú cuando declaró que el costo de una guerra contra Irak podría alcanzar los 200.000 millones de dólares. Hasta ese momento el discurso oficial se limitaba a mencionar la victoria del Bien contra el Mal, la liberación del pueblo iraquí, y los aires de democracia que iban a transformar el mundo árabe. Todo lo demás –víctimas civiles, destrucciones, etc.– no eran más que “daños colaterales”. Sobre todo no había que sugerir que la guerra podría costarle algo al contribuyente estadounidense. Así las cosas, aun cuando el despliegue de tropas había creado una situación de no retorno, el presupuesto federal para el año 2003 omitía tomar en cuenta cualquier gasto de guerra…

El consejero fue rápidamente despedido, pero el “error” tuvo como consecuencia la introducción tardía de dos preguntas en el debate político: ¿cuánto costará la guerra? y ¿quién la financiará? El secretario de Defensa Donald Rumsfeld seguía desestimando esas preguntas con un gesto displicente. Amante de la exactitud, opinaba que era inútil “especular sobre el monto de los gastos”, ya que no era posible hacerlo con precisión: “Hay seis u ocho variables a tomar en cuenta, y yo no soy lo suficientemente sagaz para hacerlo”1. Sin embargo aseguraba que, en la peor de las hipótesis, el costo total de la guerra no podía exceder los 50.000 millones de dólares. Su segundo, Paul Wolfowitz, un teórico del belicismo, consideraba que “hay que esperar a estar en el terreno para evaluar nuestras necesidades”.

Sin embargo, los analistas del Pentágono establecieron una banda de 60.000 a 95.000 millones de dólares para los primeros seis meses de la campaña iraquí. Otros estudios toman en cuenta los múltiples gastos inducidos por una operación bélica2. Uno de ellos, publicado por la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias, inventariaba tres tipos de gastos: los militares propiamente dichos, que oscilarían entre 50.000 y 150.000 millones de dólares; los de la posguerra, es decir aquellos vinculados con la ocupación o el “mantenimiento de la paz”, la reconstrucción y los desplazamientos de la población, que serían del orden de los 100.000 a 600.000 millones de dólares y, finalmente, los gastos por las consecuencias de la guerra como, por ejemplo, el impacto de un aumento importante de los precios del petróleo sobre la economía estadounidense en caso de conflicto prolongado, lo que podría llegar a 1,2 billones de dólares3.

Contrariamente a lo ocurrido en la primera Guerra del Golfo (1990-1991), Estados Unidos ya no podrá contar con la generosidad de sus aliados. En efecto, el costo de aquella campaña (62.000 millones de dólares) fue pagado por Arabia Saudita, Kuwait y, en menor medida, por Japón y Alemania4. La situación actual es diferente, porque Estados Unidos ha debido multiplicar promesas y donativos costosos sólo para reunir aliados y constituir apoyos logísticos.

Varios países han logrado sacar provecho de su participación (o, como en el caso de Israel, de su no participación) en el esfuerzo de guerra. Las compensaciones podrían ser más importantes cuando la opinión pública es hostil al conflicto. Así Turquía, que debía servir de retaguardia para las tropas estadounidenses, logra obtener la bonita suma de 14.500 millones de dólares (y, además, la garantía de Estados Unidos de mantener a raya a los kurdos iraquíes)5. También Israel reclamó 4.000 millones de dólares de ayuda militar suplementaria y el aval para un préstamo de 8.000 millones de dólares6. Durante la vana batalla diplomática en el Consejo de Seguridad de la ONU, esos señuelos eran moneda corriente. Pero en el caso de varios países latinoamericanos y africanos miembros del Consejo de Seguridad, aparentemente no bastaron.

Este ruido de botas se produce en un contexto económico que sigue deteriorándose. El desempleo (6% de la población activa estadounidense) ha alcanzado el nivel más alto desde hace nueve años. El crecimiento económico bajó alrededor del 1% en el último trimestre de 2002, mientras se prolonga el marasmo bursátil. Desde la elección del presidente Bush el dólar perdió el 15% de su valor frente al euro, y el monto de las inversiones extranjeras en Estados Unidos disminuyó el 85%. La caída de los gastos de los hogares, el derrumbe de la confianza de los consumidores y la contracción del sector industrial terminan por ensombrecer el panorama.

En la perspectiva de la campaña presidencial de 2004, este cuadro no puede sino inquietar al inquilino de la Casa Blanca. Porque si hay una lección que Bush recuerda de la experiencia de su padre, es que se puede ganar una guerra y perder una elección. Bush padre parecía ignorar los problemas económicos específicos de Estados Unidos, dedicándose a la política exterior. Los demócratas lo esperan en otro terreno. Algunos, como los senadores John Edwards y Joseph Lieberman, ya lo acusan de financiar aventuras externas descuidando la protección del territorio nacional (homeland security)7.

La estrategia económica de la administración Bush tiene dos componentes –el keynesianismo de guerra y una baja masiva de impuestos– cuyas características tienden a acentuar el aumento del déficit público. Hace sólo dos años, la Casa Blanca preveía para 2004 un excedente presupuestario de 262.000 millones de dólares. Un año más tarde, esa cifra fue revisada hacia abajo, como consecuencia de una primera reducción de impuestos unida a la desaceleración económica. Ese excedente abundante se tornaba en un déficit modesto (de 14.000 millones de dólares). Después se habló de un déficit de 307.000 millones de dólares, y esto antes de la aventura iraquí, de las consecuencias de una caída de los impuestos de 637.000 millones de dólares en 10 años y del nuevo aumento del presupuesto de defensa. Los gastos militares estadounidenses serán entonces superiores a los del conjunto de los 191 países del planeta8.

Bush empezó tratando de hacer mejor las cosas que Lyndon Johnson en la guerra de Vietnam quien, en vez de aumentar los impuestos para financiar un conflicto relativamente impopular, se negó a elegir entre la “manteca” y los “cañones”. Es corriente imputar los disfuncionamientos económicos de las últimas décadas –inflación, crisis monetarias, recesión- a esta decisión. A Bush poco le importa. Como señala el periodista Lewis Lapham, el presidente adopta falsos aires de Urbano II (el Papa que en el año 1095 bendecía la partida de los cruzados hacia Tierra Santa)9. En sus discursos se muestra más inclinado a invocar la ayuda del cielo que a mencionar preocupaciones prosaicas, tarea que deja para sus consejeros.

El activista republicano Grover Norquist, muy allegado a la Casa Blanca, asegura que una caída de los impuestos es perfectamente compatible con la ofensiva en Irak. Para el presidente de la asociación Americans for Tax Reforms, el argumento reaganiano de los años ochenta resulta siempre apropiado: el crecimiento será más fuerte cuando la presión impositiva sea más liviana.

El campo neoconservador que rodea al presidente tiene una visión todavía más idílica: la caída de Saddam Hussein marcará el inicio de la democratización; gracias a un efecto de contagio, toda la región llegará a tener democracia, libertad, paz y prosperidad. Mejor todavía: las consecuencias económicas serán favorables para los estadounidenses, que podrán reforzar su control sobre el mercado de petróleo y beneficiarse con lo esencial de los contratos de armamento y de reconstrucción. Victoria, democracia, paz, prosperidad: la reelección de Bush estaría así asegurada.

Paradójicamente, el escenario de una guerra “rápida y victoriosa” prometida por los halcones (y deseada por las palomas, que se han resignado a la idea de una campaña militar) podría resultar desastroso. De la misma manera que los atentados del 11-9-01 suministraron la ocasión para ejecutar un proyecto madurado desde hacía mucho tiempo, una guerra relámpago podría confortar la posición de quienes quieren pelear con un “eje del Mal” de límites imprecisos. En su libro casi hagiográfico sobre la guerra de Bush, el periodista Bob Woodward recuerda que desde el 15 de septiembre de 2001 Wolfowitz aconseja al presidente de Estados Unidos atacar Irak: “Una victoria contra Afganistán no es segura. En cambio el régimen iraquí es frágil y tiránico. Se derrumbará rápidamente. Es algo factible”10. Así se entiende mejor el frenesí por “crear las pruebas” de un vínculo entre Irak y la red Al-Qaeda.

En noviembre de 2002 el primer ministro israelí Ariel Sharon, que es muy escuchado por los neoconservadores, afirmó que inmediatamente después de la victoria en Irak, Estados Unidos debería atacar a Irán11. Pero la lista (no exhaustiva) de los países que se encuentran en la mira de los belicistas del Pentágono y de la Casa Blanca incluye también, en una primera etapa, a Siria, Libia y Arabia Saudita12.

Traducción: Lucía Vera

  1. The Washington Post, 1-3-03.
  2. Steven M. Kosiak, “Potential Cost of a War with Iraq and its Poswar Consequences”, Center for Strategic and Budgetary Assessments, 25-2-03, www.csbaonline.org
  3. Carl Kaysen y otros, “War With Iraq: Costs, Consequences, and Alternatives”, American Academy of Arts and Sciences, 2002, www.amacad.org/publications/ monographs/War_with_Iraq.pdf
  4. “Les dividendes de l’opération Bouclier du desert”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 1990.
  5. Turquía ya había solicitado 40.000 millones de dólares por los perjuicios sufridos durante la Guerra de 1991. El Parlamento turco rechazó, sin embargo, la ratificación del acuerdo y, a la espera de una nueva votación, la oferta estadounidense está suspendida.
  6. Business Week, Nueva York, 10-3-03.
  7. The American Prospect, 7-2-03, www.prospect.org/webfeatures/2003/02/ gourevitch-a-02-07.html
  8. Fareed Zakaria, “Why America Scares the World”, Newsweek, Nueva York, 24-3-03.
  9. Lewis Lapham, Le Djihad américain, Editions Saint-Simon, París, 2002.
  10. Bob Woodward, Bush at War, Simon and Schuster, Nueva York, 2002.
  11. “Attack Iran the day Iraq war ends, demands Israel ”, The Times, Londres, 5-11-02.
  12. Michael Ledeen, The War Against the Terror Masters, St. Martin’s Press, 2002.


Autor/es Frédéric F. Clairmont
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:22,23
Traducción Lucía Vera
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Estados Unidos