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El Irak de los "sovietólogos"

La atención de que es objeto Irak en estos últimos años recuerda la época en que se analizaban las fotos de las autoridades soviéticas tomadas durante ceremonias oficiales, para ver quién aparecía más al centro de la imagen y quién había desaparecido completamente. Esos métodos de los "sovietólogos" inspiraron al instituto de estudios de defensa Global Security, a menudo citado como ejemplo entre los think-tanks de que se sirve el gobierno estadounidense. Toda dictadura es algo más complejo que los intentos de demonización de su líder.

Luego de haber estudiado las imágenes difundidas por los medios iraquíes sobre una serie de reuniones al más alto nivel mantenidas en 2002, Global Security informó sobre un descubrimiento inquietante: Abdul Tawab Abdallah al-Mula Huweish, ministro de Industrias Militares, era objeto de una atención mediática particular, de mal augurio respecto de las intenciones del régimen. John Pike, aparentemente autor de ese informe, escribió en el sitio del Instituto: “Abdul Tawab al-Mula Huweish se halla en una posición relevante en numerosas imágenes de video y fotos difundidas por el gobierno iraquí. En ciertas fotografías, es el único individuo cuyo rostro es identificable, aparte de Saddam Hussein. (…) En otras fotos, está sentado a una distancia notable de la mesa en que están sentadas todas las otras personas presentes”1.

Ese dato alarmante no tardó en despertar una cierta inquietud en la prensa anglosajona. Cuando el 20 de septiembre de 2002 el diario The New York Post requirió su opinión, John Pike declaró en un artículo titulado “Butcher’s Evil Rising Star” que esas imágenes demostraban claramente “la importancia del programa iraquí de armas especiales”. Ante la gravedad de lo que estaba en juego, Pike se mantenía sin embargo sereno, reconociendo en The Observer que no se trataba exactamente de un smoking gun2 “que pudiera indicar que los iraquíes trabajaban en la elaboración de bombas nucleares”. Eso no impidió que un periodista de la edición en Internet de ABC News sugiriera lo peor desde el mismo título de su artículo del 26 de septiembre: “Saddam’s Minister of Mass Destruction?”.

Rumores sobre el matrimonio –supuesto, pero sin embargo lleno de preocupantes implicancias– de la hija del citado ministro de Industrias Militares con Saddam Hussein, contenían elementos confirmatorios: Abdul Tawab Huweish era por lo tanto, efectivamente, la personalidad en ascenso del momento. Esa conclusión hubiera sido pertinente de no haber ignorado un desagradable detalle, que nadie al parecer nunca percibió: el individuo identificado no era Abdul Tawab Huweish.

Un régimen opaco e imprevisible

Se trataba de Abdul Hamid Hmud al-Abdallah al-Khattab, ex guardaespaldas presidencial y personalidad bien conocida de los iraquíes. Primo lejano de los hermanastros del dictador y cuñado de éste, es sobre todo su secretario particular, lo que explica a la vez su presencia sistemática en todas las reuniones y su posición un poco distante. Está encargado del seguimiento de ciertos asuntos, pero no de tomar la palabra en público. Felizmente no había en su postura la prueba formal de la fabricación de “bombas nucleares” por parte de Irak.

La desinformación es algo corriente en períodos de pre-guerra3. Pero las particularidades de este régimen, a la vez extremadamente opaco y extremadamente fluido, es decir, en constante transformación, colocan a sus observadores exteriores en un círculo vicioso. Movidos por la legítima necesidad de dar un sentido a sus observaciones, los “expertos” dependen de simples rumores o de las “señales” que emite el régimen. Éste, lejos de permanecer inerte, produce una cantidad excesiva, pero esas señales son parciales y contradictorias, y el sentido que se les atribuye es siempre excesivo… lo que se suma a la confusión que de por sí producen las señales. Y el círculo se cierra sobre sí mismo: sin querer, la nueva “sovietología” contribuye a mantener la falta de transparencia y la imprevisibilidad del régimen, más aún teniendo en cuenta que sus análisis tienden a saturar los medios de comunicación.

El trabajo de tesis del estadounidense Ibrahim al-Marashi puede servir de ilustración. Su artículo, titulado “Iraq’s Security and Intelligence Network: A Guide and Analysis”, apareció de manera inesperada en un informe de los servicios de informaciones británicos, que lo plagiaron abiertamente4. El escándalo que produjo esa mistificación contribuyó a la difusión del artículo, aumentando enormemente sus lectores. Así se impuso rápidamente como una referencia de primer orden. Sin embargo, ese trabajo recuperado por los servicios de informaciones británicos es, a su vez, una síntesis de otros documentos.

Ibrahim al-Marashi detalla meticulosamente sus fuentes y parece excluir cualquier dato de primera mano. Se basa fundamentalmente en dos informes muy completos publicados en 1997. El primero, preparado para Jane’s Intelligence Review, también fue parafraseado en el documento británico, mientras que el segundo, presentado por la Federation of American Scientists, retoma la mayor parte de las informaciones del primero… Desacreditadas, las fuentes de la oposición brillan por su ausencia. Cabe preguntarse entonces cuáles son las fuentes principales de esos documentos. Obtener ese tipo de informaciones del interior de Irak sólo está al alcance –en el mejor de los casos– de los servicios de informaciones, cuya reticencia a compartir sus datos es conocida. Dichos servicios –o los partidos de oposición– se reservan además la exclusividad de las informaciones en poder de los escasos funcionarios de alto nivel que escaparon del país, informaciones que de todas formas quedan rápidamente perimidas.

La oposición aparece entonces como el trasfondo oculto y vergonzoso de esos informes independientes, cuyos orígenes –según diversos indicios– pueden remontarse a documentos elaborados a comienzos de 1997 por el Congreso Nacional iraquí, organización muy cuestionada por la oposición. Con la intención de parecer verosímiles, esos documentos suministraban una profusión de detalles inverificables. Los sitios de la Federation of American Scientists y de Global Security reprodujeron casi textualmente la lista de altos responsables del servicio de informaciones aparecida en 1997, citando hasta el apodo del coronel ‘Ayed al-Duri (“Abu Teiser”). ¿Es válida esa lista hoy en día? A título comparativo digamos que, entre la designación de Taha Abbas al-Ahbabi, evocada por Ibrahim al-Marashi, y la publicación del artículo en 2002, Saddam Hussein reemplazó dos veces al responsable de la policía política. ¿Acaso no fue posible realizar ninguna actualización de esos datos precisos desde su sorprendente proliferación en 1997 hasta hoy?

En el fondo, semejante enumeración de altos responsables sólo sirve para impresionar. Se presenta entonces el problema de la circulación de las informaciones, que al igual que los rumores, quedan libres de sus dudosos orígenes, pero acreditadas por la reconocida seriedad y respetabilidad de los medios que las difunden. Más aún, dado que esos medios muchas veces se citan unos a otros, creando así un efecto de eco o de redundancia que justamente pareciera alejar cualquier duda. Se llega así a una situación paradójica, donde la profusión de informaciones eclipsa la pobreza y la escasez de las fuentes.

Muertos con vida

Un despacho de Stratfor’s Global Intelligence Update, fechado el 23 de marzo de 1999, ilustra hasta la caricatura la credibilidad acordada, a pesar de todo, a informaciones cuyo carácter dudoso no escapa sin embargo al comentarista. El título ya es de antología: “Conflicting Reports Suggest Interesting Possibilities in Iraq” (“Contradictorios Informes sugieren interesantes posibilidades en Irak”). Apoyándose en comunicados de la oposición, el autor evocaba el asesinato del gobernador Mahmud Feizi Mohammed al-Hazza’ y del alto responsable del partido Baas, Abdul Baqi Karim al-Saadun, vinculando esos hechos con la desaparición, el 4 de marzo, de Alí Hassan al-Majid –primo de Saddam Hussein y hombre encargado de realizar el trabajo sucio– aparentemente implicado en una tentativa de golpe de Estado. El 18 y el 21 de marzo Alí Hassan al-Majid resucitaba a través de los medios, en compañía de Abdul Baqi al-Saadun…

Un segundo rumor corroboraba esa tesis: un altercado respecto del desaparecido entre Hashem, hermano de Ali, y Qusei, hijo de Saddam Hussein, habría resultado fatal para varios miembros de la familia. El autor del despacho apenas podía mantener su sangre fría. Luego de las precauciones habituales, afirmaba: “Esos informes son, como mínimo, intrigantes (…) y como máximo, podrían indicar que el caos alcanzó al círculo de los más cercanos aliados de Saddam”5. A comienzos de 2003 el régimen seguía en pie, al igual que Mahmud al-Hazza’, reemplazado recientemente en su cargo de gobernador de Meissan. A su lado, Abdul Baqi al-Saadun cumplía perfectamente sus funciones como miembro del Comando iraquí del Baas. Ali Hassan al-Majid seguía siendo uno de los personajes claves del régimen, y su hermano, Hashem, aunque con un perfil más bajo, no había perdido sin embargo todo protagonismo.

Mirando bien, el régimen cuenta en sus filas un verdadero ejército de muertos aún en vida. El general chiíta Abdul Wahed Shinan al-Ribbat, comandante emérito de la Guardia Republicana durante los motines de 1991, falleció por primera vez en 1992, víctima de una “amplia purga”, según la oposición. Jefe de estado mayor del Ejército durante casi toda la década de 1990, a comienzos de 2003 era gobernador de Nínive. Hamid Sha’ban Khudheyer al-Nasseri, comandante de la aviación militar en la década de 1980, fue ejecutado en 1991 y luego resucitado en 1996 para responder a graves acusaciones de complicidad con la oposición, y finalmente escapar en 2000. ¿Entonces, quién es ese otro Hamid Sha’ban Khudheyer al-Nasseri que siguió siendo consejero del presidente? En cuanto a la ejecución del general kurdo Hussein Rashid Hassan Mohammed al-Windawi, jefe de estado mayor del Ejército durante la Guerra del Golfo, al parecer sólo fue una peripecia más en su carrera.

Esos ejemplos están tomados de una larga letanía de detenciones, asesinatos y motines sangrientos, cuya ambigüedad no es percibida por los observadores exteriores. Estos imponen una imagen del régimen –entidad desconocida y por lo tanto maleable– surgida de un imaginario de los poderes autoritarios, cuya temporalidad sólo puede ser agitada y violenta, marcada por las purgas, las personas definitivamente caídas en desgracia y la represión. Esa imagen contrasta con las representaciones más ambivalentes que circulan en Irak. En verdad, frecuentemente se comprueba la distancia surrealista existente entre las certidumbres enunciadas en el exterior y esa realidad, más rica en matices.

Obsesión por el indicio

En octubre de 1998, el informante de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos en Irak, apoyado por Amnesty International, desarrollaba una campaña contra la detención arbitraria de Daud al-Farhan, periodista estrella de la prensa, manejada por el hijo mayor de Saddam Hussein, Udei. Al mismo tiempo, el famoso Daud al-Farhan, que había sido llamado al orden en precedentes ocasiones, asistía a un coloquio… como vicepresidente de la Federación de Periodistas iraquíes.

Esa necesidad de establecer datos sólidos sobre un régimen inclasificable favorece la confirmación de lugares comunes y la eliminación de las ambigüedades y de las contradicciones, que justamente merecerían ser analizadas. El clan al-Hazza’ de la tribu de Saddam Hussein es una magnífica ilustración de ello. El supuesto asesinato en 1990 de Omar Mohammed al-Hazza’, acusado de crimen de lesa majestad, no dejó de ser un paradigma del poder en Irak. A tal punto que, varios años después aún permitía explicar una tentativa de asesinato a la que escapaba nuevamente Udei: “El rumor da a entender que los probables asesinos estarían vinculados con la familia del general Omar al-Hazza´, el oficial al que se le había cortado la lengua para luego ser ejecutado junto a su hijo”6.

La persistencia de los sobrinos del mártir (Mahmoud, Tareq y Nateq Feizi Mohammed al-Hazza’) en las funciones de gobernador y de comandante del Ejército, crean dudas sobre esos rumores de vendetta. Sobre todo desacreditan cualquier versión estereotipada de ese régimen, cuyos espasmos, en cada crisis, serían siempre las últimas convulsiones de una dinámica de desintegración. Todos esos ejemplos convergen hacia una característica fundamental del punto de vista “sovietológico” del poder: a la obsesión iraquí del secreto responde una obsesión occidental del indicio, de la “señal” que surgiría de esa masa opaca y que pondría al descubierto las verdades profundas.

Desarrolladas en un contexto de crisis internacional, las elecciones iraquíes del 15 de octubre de 2002 se prestaban particularmente a equívoco. El diario francés Le Monde tituló un artículo al respecto: “Saddam Hussein organiza su triunfo para desafiar a George Bush”. Pero esas elecciones estaban previstas desde mucho tiempo antes, desde el primer referéndum del 15 de octubre de 1995. Su anulación hubiera sido percibida en política interior como un “signo de debilidad”. En cambio, su normal desarrollo no era para nada un signo de arrogancia. Además, los resultados anunciados no eran producto de la voluntad de Saddam Hussein, sino de la mecánica automática del Partido Baas7. Dado el contexto, los militantes de base se sentían obligados a batir todos los récords: en cada oficina de voto hacían las listas de los numerosos abstencionistas, y luego llenaban en su nombre los boletines.

La “propaganda” y el “culto de la personalidad” no son siempre una manifestación de la megalomanía del jefe, sino más bien la expresión, y hasta la alegoría cínica, de una participación activa de la población en su propia sujeción. Tal afirmación resulta inaceptable para quienes prefieren ver en la personalidad de Saddam Hussein el primer factor que explica la política del país. La focalización sobre su persona, que generó numerosas y contradictorias “biografías del verdadero Saddam Hussein”, es sólo uno de los efectos de lupa de la nueva “sovietología”. De ello resulta una miopía general respecto de dinámicas más significativas que hubieran permitido entender más eficazmente al régimen.

  1. Ver el sitio: www.globalsecurity.org
  2. Esta expresión se impuso en Estados Unidos para designar las pruebas que se buscaban de un programa iraquí de armas ilícitas.
  3. Sobre ejemplos totalmente escandalosos del caso iraquí, ver The Christian Science Monitor, 6-9-02, y Le Monde, 9/10-3-03.
  4. Respecto del artículo de Ibrahim al-Marashi, ver el sitio de la Middle East Review of International Affairs (www.biu.ac.il/soc/besa/meria). Respecto del informe británico, ver el sitio oficial del gobierno: (www.number-10.gov.uk).
  5. “At very least (…) these reports are intriguing. At very most, chaos may have reached the closest ranks of Saddam’s supporters”.
  6. Mark Bowden, Tales of the Tyrant, The Atlantic, Boston, mayo de 2002.
  7. David Baran, “Simulacro de temible eficacia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2002.
Autor/es David Baran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:28,29
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Historia
Países Irak