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Nadie quiere los OGM, salvo los industriales

El objetivo de las grandes empresas de biotecnología es patentar a la vez los genes, las semillas y todas las tecnologías vinculadas, para asegurarse nada menos que el control efectivo de la agricultura mundial. Únicas beneficiarias económicas de los OGM, los imponen pese a la evidente irresponsabilidad ecológica que significan, como lo prueban la contaminación de semillas naturales y los cambios genéticos.

La oposición a los Organismos Genéticamente Modificados (OGM) se basa en varios hechos comprobados: el carácter irreversible de la contaminación ambiental que pueden provocar; la voluntad de un puñado de grandes empresas de controlar mercados potencialmente gigantescos; la tentativa de sectores económicos y políticos estadounidenses de dominar Europa y el resto del mundo, con el apoyo activo de la Comisión Europea.

Los cultivos comerciales de OGM se extienden rápidamente. En 2000 existían en todo el mundo unos 45 millones de hectáreas con cultivos de ese tipo, el 68% de las cuales correspondía a Estados Unidos, el 23% a Argentina, el 7% a Canadá y el 1% a China1. El maíz y la soja representan más del 80% de esas superficies, seguidos de lejos por la colza, el algodón y la papa. La facturación anual del mercado mundial de semillas es de más de 45.000 millones de euros, pero el 80% de los agricultores, sobre todo los del sur, aún no renunciaron a conservar las semillas del año anterior y a intercambiarlas con sus vecinos en lugar de comprar nuevas. Por lo tanto, las semilleras transnacionales apuntan a una triple expansión: geográfica, varietal y comercial.

Su campo de acción supera el de las semillas, pues también producen y comercializan herbicidas y pesticidas, y a veces incluso productos farmacéuticos. Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont, Dow y algunos otros gigantes del sector provienen de fusiones y de adquisiciones generadoras de sinergías internas. Esas firmas se autodenominan empresas de las “ciencias de la vida”, pero su objetivo es patentar a la vez los genes, las semillas y todas las tecnologías vinculadas, para asegurarse nada menos que el control efectivo de la agricultura mundial.

En Estados Unidos, antes de sacar al mercado una nueva variedad de OGM, las firmas deben obtener el aval del departamento de agricultura (USDA). Sobre las 87 presentaciones de “nuevas variedades” que ese organismo ha recibido desde 1992, 45, o sea más de la mitad, corresponden a Monsanto (que se fusionó con Upjohn, Calgene, DeKalb y Asgrow). A los otros dos gigantes que le siguen, Aventis (que absorbió AgrEvo y Plant Genetic Systems) y Syngenta (que hizo lo mismo con Ciba, Novartis, Northrup y Zeneca) corresponden respectivamente el 18% y el 9% de las presentaciones. Si a esto se suman las dos firmas que siguen en importancia (Dupont y Dow) se ve que en Estados Unidos cinco empresas controlan casi el 90% de las semillas OGM, al igual que los pesticidas y los herbicidas que están asociados a ellas, siendo Monsanto el líder absoluto. Para esos oligopolios, todos los medios son buenos para combatir a los opositores a los OGM.

Dos investigadores de la Universidad de California, en Berkeley, David Quist e Ignacio Chapela, vivieron la experiencia en carne propia cuando publicaron en noviembre de 2001 un artículo en la prestigiosa revista Nature2. En el mismo anunciaban que se habían descubierto restos de maíz OGM en las variedades de maíz autóctono mexicano. Se trata de algo muy grave, pues el maíz es una planta originaria de México. Para proteger ese patrimonio genético irremplazable, el gobierno mexicano decretó en 1998 una moratoria sobre el cultivo de maíz OGM, lo que sin embargo no impide a ciertas firmas de biotecnología poseer aún numerosos campos experimentales repartidos en todo ese país. Pero los dos investigadores afirmaban además que el ADN genéticamente modificado se había fragmentado y había desplazado de manera imprevista al genoma del maíz local. Nadie podía negar la primera afirmación –la contaminación– pero la segunda constituía una verdadera bomba, pues cuestionaba la propaganda de la industria biotecnológica, que afirma que los genes no se desplazan nunca del lugar preciso donde fueron introducidos en el genoma. Se había desatado la guerra.

En 1997 Monsanto estuvo a punto de verse obligada a presentar su quiebra a causa de su campaña a favor de los OGM. Para no cometer los mismos errores había contratado una empresa de relaciones públicas, la Bivings Group, especialista en manipulación a través de Internet. Esa agencia orquestó a escondidas una campaña en la Web destinada a denigrar a los investigadores de Berkeley. Contrató a científicos vinculados a la industria para cuestionar aquellas investigaciones y llegó a inventar personas ficticias para envenenar el debate3. Esa violenta campaña rindió sus frutos y dio lugar a la decisión sin precedentes de Nature de retractarse de la publicación del artículo incriminado. A la fecha, la revista aún no publicó los resultados de los estudios de los investigadores mexicanos que corroboraron en varias oportunidades los resultados obtenidos por sus colegas de Berkeley.

Contaminación más allá de los límites

Contrariamente a lo ocurrido con las Academias de Ciencias y de Medicina francesas4, la British Medical Association, la Royal Society británica y muchos otros investigadores independientes analizaron los peligros del cultivo de OGM en campo abierto5. Hoy en día se sabe que los intercambios de polen entre OGM y plantas cultivadas o silvestres son algo corriente. Según el tipo de cultivo y de polinización, esa contaminación va mucho más allá de los límites oficialmente fijados para “proteger” los campos vecinos, y contamina otras especies, no sólo a las que son genéticamente más cercanas.

Si las pruebas de OGM en campo abierto se generalizan, se sabe que la contaminación tornará rápidamente imposible el cultivo biológico. Ello significaría cerrar una posibilidad vital y económicamente prometedora en el futuro, y también privar al agricultor de su libertad de elección. Se sabe también que los OGM, concebidos para resistir a los herbicidas y a los pesticidas, provocan la evolución de hierbas super-malas y de super-depredadores; pueden invadir el patrimonio genético del que depende la agricultura y reducir su variedad. En síntesis, los cultivos de OGM, si no se realizan en un medio aislado, constituyen una grave e irreversible irresponsabilidad desde el punto de vista ecológico.

Así, en Canadá, donde la producción comercial de colza OGM comenzó hace apenas seis años, el Centro de Investigaciones del Ministerio de Agricultura, en Saskatoon, afirma que “el polen y las semillas se desparramaron tanto que ya es difícil cultivar variedades tradicionales u orgánicas de colza sin que resulten contaminadas”. Hemos llegado a una situación tal, que para frenar las críticas Monsanto tuvo que proponer a los agricultores canadienses enviar equipos para eliminar manualmente la colza OGM que invade los campos donde nunca fue sembrada. Elaborada para resistir a los herbicidas, la planta se ha vuelto “absolutamente imposible de controlar” según un científico de la universidad de Manitoba6. Es decir que las empresas de las “ciencias de la vida” proceden como si Darwin no hubiera existido; como si la resistencia de los organismos vivos a los pesticidas y herbicidas no aumentara de generación en generación; como si no hubiera existido la experiencia devastadora del DDT. Estamos ante una especie de energía nuclear biológica, que fatalmente acabará produciendo sus Chernobyl.

¿Se justificaría el uso de los OGM debido a los beneficios económicos, aunque fuera a corto plazo? Ni siquiera. A pesar de subvenciones –que alcanzan miles de millones de dólares– los agricultores estadounidenses que se lanzaron en esa aventura no sólo perdieron mucho dinero, sino que debieron hacer frente a infestaciones vegetales ultra-resistentes7. Las únicas beneficiadas por los cultivos OGM son las grandes firmas de biotecnología y quienes las apoyan políticamente en Estados Unidos y en Europa.

¿Los hambrientos tienen derecho a ser exigentes? Algunos medios se escandalizaron por la actitud de Zambia, que rechazó el maíz con OGM ofrecido por el programa de ayuda alimentaria estadounidense. Sin embargo, esos medios omitieron explicar que los campesinos de Zambia seguramente hubieran guardado una parte de esa ayuda –que consistía en granos– para volver a sembrar (si el maíz hubiera estado molido o si lo hubiera molido el gobierno, el problema no se habría presentado). Las autoridades de Zambia simplemente deseaban evitar una contaminación irreversible de sus cultivos, para poder continuar exportando hacia la UE. La ayuda alimentaria estadounidense pocas veces está desprovista de segundas intenciones comerciales.

Si bien hasta los más pequeños países pueden resultar de interés, Europa sigue siendo el mercado prioritario para los productos OGM, en particular para el maíz y la soja. En 1999 la UE instauró una moratoria contra las importaciones de OGM8. Desde entonces, Estados Unidos amenaza con denunciarla ante el Órgano de Resolución de Diferendos (ORD) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que constituiría además una advertencia para países que –como Brasil y México– adoptaron una actitud similar. Pero en sordina, para no dar argumentos a los partidos Verdes durante las elecciones francesas y alemanas de 2002, el debate llegó hasta la oficina oval de la Casa Blanca9.

Luego de haber denunciado en enero pasado las medidas europeas como “inmorales” y de haber anunciado su intención de recurrir al ORD, Robert Zoellick, representante del presidente estadounidense para el comercio internacional, tuvo que dar marcha atrás: el Departamento de Estado y el entorno de Bush no deseaban abrir un nuevo frente con los europeos en plena crisis diplomática sobre Irak. Esas tergiversaciones habían sido muy mal recibidas en el Congreso, donde el presidente de la Comisión de Finanzas del Senado, Charles Grassley, electo por el estado agrícola de Iowa, invocó a comienzos de marzo los 300 millones de dólares de ventas perdidas en Europa y afirmó que “el statu quo en ese terreno es totalmente inaceptable” y que “el gobierno debe hacer algo, y rápido”10.

Salud pública

Los desacuerdos en el seno del ejecutivo estadounidense conciernen únicamente el método, pero no el objetivo: ni moratoria ni reglas sobre la trazabilidad y el etiquetado. Si la vía diplomática aún está abierta, es también porque Washington detecta signos alentadores en el seno de la Comisión Europea. Se sabe que Pascal Lamy, comisario europeo encargado del comercio, es un decidido partidario, desde hace mucho, del levantamiento de la moratoria. Lamy estima que, desde el punto de vista europeo, esa medida puede ser remplazada por normas sobre la trazabilidad y el etiquetado, que a su entender podrían ser aceptadas por la OMC. Una vez instauradas esas reglas, la Comisión podría denunciar ante la Corte de Justicia de Luxemburgo a los Estados miembros que se negaran a levantar la moratoria. Es lo que sugiere el comisario europeo para la agricultura, Franz Fischler, al dirigirse a sus interlocutores estadounidenses: “Puedo asegurarles realmente que nosotros, en la Comisión, haremos todo lo posible para demostrar que hablamos en serio cuando decimos que estamos a favor de las biotecnologías”11.

Fischler es efectivamente capaz de “todo” por los OGM. Como prueba de ello citemos sus asombrosas reflexiones sobre la “coexistencia” de cultivos genéticamente modificados y agricultura convencional y biológica, realizadas el 6 de marzo ante sus colegas de la Comisión. Esas ideas deberían servir de base para una mesa redonda, prevista este 24 de abril, con todas las partes interesadas. A despecho de todos los datos conocidos originados en fuentes independientes de los industriales, en particular los mencionados más arriba, el comisario considera que esa “coexistencia” no es un problema ambiental, sino únicamente jurídico y económico. En síntesis, piensa que son los agricultores no OGM quienes deben tomar a su cargo las medidas de protección contra los riesgos de contaminación de los cultivos OGM: no será quien contamine el que deberá pagar, sino el contaminado. E invocando el principio de subsidiaridad, Fischler descarta la posibilidad de cualquier legislación comunitaria limitativa. Resulta difícil entender tanta obstinación en la defensa de las transnacionales estadounidenses por parte de la llamada Comisión “europea”. La lucha contra ese complejo político-genético-industrial es verdaderamente una tarea de salud pública.

  1. Deborah B. Whitman, “Genetically Modified Foods: Harmful or Helpful?", Cambridge Science Abtracts, abril de 2000.
  2. David Quist e Ignacio Chapela, “Transgenic DNA introgressed into traditional maize landraces in Oaxaca, México”, Nature, Londres, 29-11-01.
  3. George Monbiot, “The Fake Persuaders”, The Guardian, Londres, 29-5-02.
  4. Bernard Cassen, “Al servicio de la industria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero 2003.
  5. The Royal Society, Genetically Modified Plants for Food Use, Londres, septiembre 1998; The British Medical Association, Board of Science, The Impact of Genetic Modification on Agriculure, Food and Health: an Interim Statement, Londres, 1999; BMA, The Health Impact of GM Crop Trials, Londres, noviembre 2002.
  6. Canadian Broadcasting Company, site CBC News, “Genetically modified canola becoming a weed”, 22-6-02.
  7. Es lo que se desprende de un informe de la Soil Association del 16-9-02, citado en el documento colectivo “OGM: Opinion Grossièrement Manipulée”, Inf´OGM, Fundación Charles Léopold Meyer para el progreso humano, París, octubre de 2002.
  8. Antes de esa fecha se habían concedido diecinueve autorizaciones de importación de OGM.
  9. Una relación detallada de las primeras etapas de esa campaña puede verse en “Vers une offensive américaine sur les OGM”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2002.
  10. Financial Times, Londres, 6-3-03.
  11. “U.S. postpones biotech case against EU, enlists allies in WTO”, Inside U.S. Trade, Arlington, 7-2-03.
Autor/es Susan George
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Páginas:30,31
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Transgénicos, Agricultura, Desarrollo, Medioambiente, Salud