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Pentecostales en África y América LatinaEn un contexto de crisis de las instituciones y de las estructuras políticas, las pertenencias y las antiguas referencias se desmoronan. Sobre la trama de un tejido económico y social en descomposición, las sectas prosperan. Pero el debate que suscitan es confuso. En América Latina y en África, los pentecostales y su teología conservadora han sido favorecidos por Estados Unidos. Pero, aun cuando reproduce la ideología dominante, esta iglesia, que se extiende rápidamente, es también reflejo de una cultura popular.La Iglesia Universal del Reino de Dios nunca había tenido tanta audiencia. Aquel 12 de octubre de 1995, día de la fiesta patronal de Brasil, en la cadena más importante de la televisión brasileña, un obispo de esa iglesia intentó convencer a sus adeptos de la idolatría de los católicos asestando golpes a una estatua de Nossa Senhora Aparecida. Implícitamente, también pretendía denunciar la confesionalidad de un Estado que, sin embargo, se declara laico. Aquel día, muchos brasileños que nunca habían prestado atención a esa iglesia se indignaron por el sensacionalismo, al tiempo que muchos otros se sintieron secretamente orgullosos de esa multinacional con los colores brasileños. En 70 países de todo el mundo, la Iglesia Universal repite el mismo mensaje: “Pare de sufrir”. Denunciada por las comisiones parlamentarias contra las sectas en Francia en 19951 y en Bélgica en 1997 (allí se la acusó de ser “escenario de numerosos escándalos sexuales”), la Iglesia Universal del Reino de Dios registra como nunca antes un fuerte crecimiento en América Latina y en África. En una ciudad completamente devastada por la miseria como Kinshasa (Congo, ex Zaire), el pentecostalismo también arrasa. “¡Jesús, Jesús!”, gritan en las iglesias los fieles en trance rodando por el suelo, inflamados por pastores carismáticos calificados a veces de “estafadores de Dios”2. Estos consiguen hacer olvidar el hambre, las enfermedades y la promiscuidad, desenmascarando “los ataques de la brujería a los que se ve expuesta cualquier víctima que sufre de decepción personal, de perfidia melancólica y de incredulidad”, según el extracto de un sermón pronunciado en la capital del Congo. Les hacen soñar con “una prosperidad milagrosa”. Y si las iglesias invaden las calles es porque, una vez que llega la noche, de todos los rincones surgen cantos y gritos que también penetran a través de la televisión, los videos e incluso por Internet. “Si no se adoptan medidas draconianas, en una década la nación congoleña estará constituida por una generación de tarados o psicóticos”, dice el profesor Mweze, decano de las facultades católicas de Kinshasa3. Además de “la amenazadora influencia de un islam extremista, en expansión en Asia y en África”, la iglesia católica teme “la competencia devoradora, en las grandes metrópolis del Tercer Mundo, de las iglesias evangélicas, las sectas y un “pentecostalismo desenfrenado”4. Y sin embargo, “¿El pentecostalismo no será el futuro del cristianismo en el Tercer Mundo?”, se preguntan los teólogos protestantes5. En todo caso, en África y en América Latina cada vez se habla más de conversiones. Las iglesias se multiplican y llevan los nombres más diversos, algunos muy conocidos –Asamblea de Dios o Iglesia de Dios–, otros, menos: Dios es Amor, Iglesia Viva, Templo de Sión, Iglesia de la Victoria, etc. El término “pentecostalismo” raramente aparece entre sus nombres; para designarles, se habla sobre todo de “evangélicos”. ¿Qué se entiende por pentecostalismo? Su especifidad doctrinal (que no tiene nada de heterodoxa, en relación con las iglesias instituidas), considera actuales los dones del Espíritu Santo: “hablar en lenguas” (expresión verbal aparentemente incomprensible que se quiere loa a Dios), curaciones, profecía, exorcismo, tal y como se describen en el relato de Pentecostés de los Hechos de los Apóstoles. Nacido en el protestantismo y casi al mismo tiempo –a comienzos del siglo XX– en las iglesias negras de Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil y Chile, este movimiento de despertar ha experimentado una auténtica explosión desde los años 1980. Si se incluyen las iglesias sionistas6 y apostólicas, en Sudáfrica alcanza cerca de la mitad de la población, mientras que hace veinte años apenas era una cuarta parte. En otros países, como Chile o Guatemala, atrae entre el 15 y el 25% de la población. En África y América Latina, el número de adeptos de este nuevo proselitismo superaría los 100 millones. En el sentido corriente del término, se trata de “sectas”, en razón del proselitismo y el fuerte compromiso que se exige a los miembros. Sin embargo, el movimiento no responde a otros de los varios criterios que caracterizan a las sectas (en especial, el carácter ultraminoritario) porque, en el sentido sociológico del término, no existe exclusivismo (no se aplica la fórmula “fuera de la iglesia no hay salvación”; lo que cuenta es la “conversión a Jesús”) y la retirada “del mundo” cada vez es menos acentuada7. Sea como fuere, este extraordinario crecimiento se mide con una multiplicación de denominaciones que atraviesan las fronteras (Kenia, Uganda, Congo, Ruanda, Burundi, Tanzania o Brasil, Venezuela, Uruguay, Argentina). Por otra parte, lo que sorprende es la uniformidad. ¿Cómo se puede explicar el parecido entre estos nuevos cultos en Ruanda, en Zimbabwe, en Costa de Marfil, en Bolivia, en Brasil, en Guatemala y en Haití? ¿Efecto o expresión de la globalización?8. Hasta fines de los años ’80, circulaba una sola explicación para esta explosión de lo que, en los ambientes católicos, se califica resueltamente de “sectas”. Se hacía referencia al “Informe Rockefeller de 1969”, así como al “Documento de Santa Fe”, plataforma ideológica del presidente estadounidense Ronald Reagan en 1980. Se referían a los peligros de infiltración marxista en la iglesia católica y a los peligros de la teología de la liberación. Por otra parte, la jerarquía católica también estaba preocupada. A partir de 1969, y con el discreto apoyo de la CIA, la Universidad de Lovaina intentó fundar un Centro Ético Cristiano del Desarrollo para poder controlar mejor esos teólogos latinoamericanos, en parte formados en ella. En todo caso, y para contrarrestar sobre el terreno la influencia de la teología de la liberación, la estrategia que sugieren esos informes consiste sobre todo en apoyar a las iglesias evangélicas que empiezan a multiplicarse. Hay, por tanto, un elemento de realidad en la visión tenaz según la cual las iglesias pentecostales constituyen el “brazo espiritual” del imperialismo estadounidense. Contra-ejemplosEn 1990, dos libros resonantes –uno, de un estadounidense con espíritu crítico, David Stoll9, el otro de un conocido sociólogo británico de las religiones, David Martin10– frenan estas simplificaciones. Aunque es cierto que en Washington ven con buen ojo el desarrollo de esos movimientos evangélicos porque introducen elementos de una cultura estadounidense que contrapesa la influencia más europea del catolicismo, no está probado en absoluto que el extraordinario despegue de esos movimientos se haga con fondos estadounidenses. Ni siquiera que hayan recibido un apoyo económico importante; más importante, en todo caso, que el que disfrutan las diferentes corrientes católicas. De hecho, muchas de esas iglesias son totalmente autónomas. La propia expansión de la Iglesia Universal del Reino de Dios es un elocuente contra-ejemplo de la dirección de los flujos financieros. En su caso, es el dinero de los pobres brasileños el que permite a la iglesia implantarse en todos los continentes (incluidos los países del Norte). La homogeneización de los estilos de religiosidad y de doctrina según el modelo estadounidense es un argumento muy sólido en favor de la tesis del “brazo espiritual”. En toda África y América Latina, grandes cruzadas atraen a masas impresionantes de adeptos o curiosos a los estadios (como ocurrió en el de River Plate, en Buenos Aires, el 2-11-01) y existen programas de televisión de “curaciones divinas”, a veces transmitidos durante las 24 horas del día, que contemplan sectores crecientes de la población y en las librerías evangélicas están disponibles los best-sellers piadosos, traducidos del inglés. Todo ello asociado a los nombres de algunos grandes teleevangelistas, como Jimmy Swaggart, Pat Robertson, Kenneth Copeland, Reinhard Bonnke o Paul Yonggi Cho, algunos de los cuales están, en Estados Unidos, a la cabeza de la Coalición Cristiana y merodean en el entorno de los presidentes. Por otra parte, como explica Paul Gifford11, quién demostró el parentesco entre el pentecostalismo y la extrema derecha sudafricana, sus principales doctrinas son parcialmente (y en diversos grados) de origen estadounidense, ya se trate de la “teología de la prosperidad” –Dios no ama la pobreza (enriquecerse no es un pecado)–, de la entrega y la guerra espiritual –tenemos que expulsar a Satán de nuestros cuerpos, de nuestras almas y de nuestro país–, o de lo que Gifford llama el sionismo cristiano (ver nota 6). Calor y consueloTanto en África como en América Latina, esto justifica la referencia constante a Israel en las predicaciones, así como la invitación a los fieles a efectuar peregrinaciones a Jerusalén, comparables a las de los musulmanes a La Meca. Esta guerra espiritual de tono milenarista también adopta formas curiosas: en Costa Rica, un pastor estrella pentecostista sobrevoló el país “desde la frontera de Nicaragua a la de Panamá, y de Puntarenas a Limón, vertiendo óleo santo cada seis kilómetros” para “liberar el territorio nacional a fin de facilitar la evangelización”12. En la medida que en el pentecostalismo clásico, el nuevo pentecostalismo (“neo-pentecostalismo”) y las iglesias del mismo tipo adaptan a los “pobres” a las exigencias del mercado, ¿estamos ante el “brazo espiritual” no sólo del imperialismo estadounidense, sino también del neoliberalismo triunfante? A través de la “máquina narrativa” que da cuenta de su éxito mundial y que se dirige a individuos (en general pobres) y no a las capas proletarias como grupo, consiguen efectivamente amortiguar el choque de los programas de ajuste estructural. Dan a los convertidos lo que el Banco Mundial desea, es decir el empowerment (la concesión de derechos) a mujeres y hombres, ¡la confianza en sí mismos y la capacidad de vencer la adversidad! Permiten a los excluidos de la sociedad no dejarse aplastar, los intiman a “rebotar”. Embriagados por la emoción de cultos exuberantes, los creyentes pasan sin protestar las nuevas pruebas que la mundialización neoliberal les impone. La clave es la promesa de un enriquecimiento rápido, a imagen de esos pastores que circulan en “todoterrenos”… ¡Donad, y Dios os lo devolverá centuplicado! ¿Nuevo “opio del pueblo”? Conviene no olvidar el primer término de la famosa frase de Carlos Marx: “La religión es el respiro de la criatura oprimida, el calor en un mundo sin corazón, como el espíritu de las condiciones sociales de las que está excluido el espíritu”. En esta perspectiva, hay que reconocer que el catolicismo y el protestantismo históricos han sido llevados en estos últimos siglos a una creciente racionalización, un desencanto, a lo que Marcel Gauchet llama una “salida de la religión”, y que generalmente ya no ofrecen ni calor ni consuelo. Ahora bien, como contrapunto, en el mundo contemporáneo se afirman nuevas necesidades religiosas: necesidad de emoción, necesidad de lo sagrado (especialmente por la aparición de fuerzas terroríficas), necesidad de participación. En América Latina, el pentecostalismo renovó con una devoción y un misticismo popular muy extendidos en el siglo XIX, aquella expresión popular “pagana” que la iglesia católica quiso disciplinar, a partir del último tercio del siglo en cuestión, con lo que se ha llamado la “romanización”. En África, el pentecostalismo se ha injertado en el profetismo, a la vez apertura y resistencia. Frente al auge de la racionalización y de la “virtualización”, los oprimidos del mundo reivindican el calor de la emoción y el sentimiento de estar juntos; buscan puestas en escena que den cuenta de la atrocidad del mal que les agobia y encuentran en ello un sentido de lo sagrado. ¿Felicidad ilusoria? A menudo tienen la convicción de que la ilusión pertenece al campo de quienes, de manera irresponsable, prometen revoluciones que todavía les agobian más. La “máquina narrativa” del pentecostalismo se dirige a los individuos y no moviliza sectores sociales. Hombres y mujeres son parcelados y, a la vez, se sienten en un universo holístico donde todo está en todo. Impregnados de una cultura mediumnica –creen en la presencia de los espíritus–, aún se sienten cercanos a la naturaleza y a su comunidad, que intentan recrear en momentos en que ésta se desintegra. En ninguna parte se manifiesta mejor el holismo que en lo que se conoce como la “curación divina”. La “curación divina”, nuevo acercamiento de cada cual a su cuerpo, a su relación con los demás, a sus necesidades espirituales, no es un simple cambio de estado psicológico, es una regeneración. Se obtiene mediante un “nuevo nacimiento” (born again), manera en la que el individuo se reencuentra y también en la que la comunidad se reconcilia. La transición de Sudáfrica a una nueva sociedad –aunque todo esté por hacerse en el plano de las desigualdades económicas, cada vez más explosivas–, se ha efectuado a través de esta concepción de la “curación”, propia del cristianismo sudafricano. Los pentecostalistas irritan a los intelectuales. Para ellos, ese misticismo no es otra cosa que gesticulaciones grotescas, y los creyentes, gente crédula, retrasada, incluso oportunista. Los pentecostalistas se pegan a la hipermodernidad (principalmente, a través de sus redes internacionales y el uso de los medios de comunicación), pero al mismo tiempo parecen retrasados por su creencia en los malos espíritus (transformados en manifestaciones de Satán). Se muestran a la vez muy rigurosos (prohibición del alcohol, del tabaco, sexualidad muy estricta) y muy corporales (a veces, los cultos parecen ballets pasablemente sensuales). Reivindican una aplicación literal de la Biblia, adaptada sin embargo a la experiencia de cada cual. Así, la teología de la prosperidad, apoyada en una lectura literal de la prosperidad de Abraham bendecida por Dios, se presenta como la expresión del fantasma popular de ganar la lotería; al mismo tiempo, es la afirmación de un derecho, el de salir de la humillación de la miseria y la dependencia. Dedicándose a Cristo, se convierten en “ganadores”. Esta adaptación todoterreno a los signos de la mundialización también irritó por mucho tiempo a los antropólogos. Deseosos de autenticidad africana, los africanistas han desdeñado este fenómeno “estadounidense”. Ha sido necesario que la joven generación de antropólogos, sociólogos y politólogos (la mayoría británicos o franceses) se interesara por ella para que el fenómeno empiece a ser estudiado. En América Latina, se adelantaron brasileños, chilenos y argentinos y el fenómeno es hoy mejor conocido. La cultura del “mal gusto” y el estilo “supermercado de la fe” del pentecostalismo se analizan hoy sin demasiados juicios de valor. Guste o no, hay que tener en cuenta que se trata de una expresión de la cultura popular. Una cultura que no quiere quedar al margen de lo que pasa en el mundo –en otros tiempos, cultura de retirada y de refugio, el pentecostalismo hoy se ha convertido en una cultura de adaptación–, pero que no reniega de sus tradiciones, a menudo consideradas desde el exterior como supersticiones. El fenómeno se extiende por todo el mundo. Se habla mucho de su desarrollo en Asia (incluso en China)13, pero aún existen pocos estudios14. Se vive como una guerra total. “Los década de 1990 será definitivamente el testimonio de la guerra espiritual más intensa que la iglesia haya conocido en sus dos mil años de historia”, se enseña en las escuelas bíblicas. Sin embargo, esta estandarización está muy lejos de nivelar las culturas. Es como la “llave inglesa” que permite enroscar tuercas diferentes. Es universal en el sentido de que no respeta fronteras. Pero, una vez enroscadas las tuercas, aparecen nuevas configuraciones. Se afirman identidades, en ocasiones más restringidas que las identidades nacionales sin ser etnicistas, pero a menudo más amplias que las fronteras. Lo más destacable es que no se trata de una geopolítica dirigida desde arriba (existen miles de denominaciones e incluso las más importantes son, en general, muy descentralizadas), sino dirigida desde abajo por los pastores “descalzos”, que simplemente pretenden conseguir la consideración de su familia y sus vecinos, desarrollando relaciones en otros países. En su convicción de la “curación divina”, los creyentes inventan una nueva cultura en rincones alejados de todas las miradas, incluso en el aspecto de los cuidados de salud. Se puede hablar de una cultura popular, salvo que las elites intelectuales no la reconocen como tal. Pero se trata de una cultura de resistencia que reproduce, a su pesar, la ideología dominante. En este sentido, el pentecostalismo es el nuevo opio del pueblo. Una vez más conviene recordar el contexto en el que Marx utilizaba la expresión: es la emoción en un mundo sin emoción.
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