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Berlusconi

El actual Primer Ministro italiano no tuvo que recurrir a un golpe de Estado para instaurar un sistema que, desde el libertario premio Nobel de Literatura Darío Fo hasta el semanario económico conservador británico The Economist, evalúan como una nueva forma del fascismo y una amenaza al estado de derecho: le bastó con su combinación de poder económico y poder mediático, que le aseguró la anuencia de una sociedad harta de su ya desprestigiada dirigencia política. ¿Acaso este inquietante modelo encontrará émulos en Europa?

“De todas las formas de ‘persuasión clandestina’, la más implacable es la que ejerce sencillamente el orden de las cosas”.

Pierre Bourdieu

En Italia el “orden de las cosas” convenció de modo invisible a una mayoría de votantes de que la época de los partidos tradicionales había llegado a su fin. Esta certeza echó raíces en la constatación de que el sistema político pasa desde los años de la década de 1980 por una acelerada degradación. Hay quienes hablan de “gangrena” y de “putrefacción”. La corrupción se generalizó, cobrando proporciones alucinantes. El sistema de coimas le costó al país más de 75.000 millones de euros. El financiamiento oculto de los partidos favoreció un fabuloso enriquecimiento personal de los principales dirigentes políticos, especialmente de los socialistas y los demócrata cristianos. “Quienquiera tuviese ojos para ver se daba cuenta del contraste entre el nivel de vida de los altos responsables y sus declaraciones de ingresos”, llegó a afirmar Indro Montanelli1.

A partir de 1992, la operación Mani pulite y el juez Antonio Di Pietro revelaron un aluvión de negocios. El ex presidente del Consejo y jefe de los socialistas Bettino Craxi, acusado de enriquecimiento ilícito, renunció en medio de un caos, abucheado por una multitud hostil que hasta intentó lincharlo. A su vez Giulio Andreotti, también ex presidente del Consejo y principal dirigente de la Democracia Cristiana, fue acusado y puesto en la picota: se le atribuyó “connivencia con la mafia” y “complicidad en asesinato”…

La caída de estos dos gigantes hace vacilar el conjunto del sistema político, que en el lapso de unos meses ve cientos de diputados, senadores y ex ministros vilipendiados, afectados por escándalos, perseguidos por los jueces y denigrados por los medios. Acusada de malversaciones de todo tipo, la dirigencia política se ve decapitada, condenada por la opinión pública, y hundida en el descrédito. “El vacío es tal, el pánico es tan fuerte, que hay quienes temen abiertamente un golpe de Estado”, escribe Eric Joszef2.

En medio de semejante naufragio, no es a través de un golpe de Estado, sino mediante el recurso de una suerte de hipnosis colectiva televisiva que Silvio Berlusconi, ya aliado a los posfascistas de la Alianza nacional y a los xenófobos de la Liga del Norte, gana por primera vez las elecciones y llega a presidente del Consejo de mayo a diciembre de 1994. Esta experiencia de poder será un fracaso. Pero eso no desalentó a Berlusconi (también acusado de lucrar inescrupulosamente, de turbias tretas y de chanchullos), quien para volver a ser jefe de gobierno en mayo de 2001 contó con numerosas bazas.

¿Cuáles? En primer lugar las que le ofrece su enorme fortuna, la primera en Italia y décimocuarta del mundo3. Una fortuna levantada a partir de nada, gracias a la protección inicial de su amigo socialista Bettino Craxi. A fuerza de artimañas progresó primero en el negocio inmobiliario, después en la distribución a gran escala y los supermercados, después en los seguros y la publicidad, y por último en el cine y la televisión. Con el grupo Bertelsmann, Rupert Murdoch, Leo Kirsch y Jean Marie Messier, llegó a ser uno de los emperadores mediáticos de Europa.

Berlusconi aprovechará su fabulosa riqueza y el formidable poder que le otorgan en materia de violencia simbólica sus cadenas de televisión4, para demostrar una ecuación simple en la era de la mundialización: quien posee el poder económico y el poder mediático, adquiere casi automáticamente el poder político5. Incluso triunfalmente, dado que su partido, Forza Italia, logró el 13 de mayo de 2001 alrededor del 30% de los votos en las elecciones legislativas, convirtiéndose en la primera formación política de Italia.

Demagogo y populista, Berlusconi no se deja trabar por escrúpulos. En materia de aliados, no vaciló en pactar con el ex fascista Gianfranco Fini y el racista Umberto Bossi. Estos tres hombres constituyen el triunvirato más grotesco y nauseabundo de Europa. Hasta el punto de que desde antes de las elecciones un semanario británico, recordando las acusaciones lanzadas por la justicia italiana contra Berlusconi, evaluaba que un dirigente así “no era digno de gobernar Italia”, porque constituía “un peligro para la democracia” y “una amenaza para el Estado de derecho”6.

Esas sombrías predicciones resultaron acertadas. Después del lamentable hundimiento de los partidos tradicionales, la sociedad italiana, tan cultivada, asiste impasible (con la excepción del mundo del cine, que resiste), a la actual degradación de un sistema político cada vez más confuso, extravagante, ridículo y peligroso. Con su burla grosera de embaucador de feria y gracias a su monopolio de la televisión, Berlusconi instaura lo que Darío Fo califica como “nuevo fascismo”7. Se trata de saber en qué medida este inquietante modelo italiano podría extenderse mañana a otros países de Europa…

  1. Citado por Eric Joszef, Main basse sur l´Italie. La résistible ascension de Silvio Berlusconi, Grasset, París, 2001.
  2. Ibidem.
  3. La revista estadounidense Forbes evalúa la fortuna de Berlusconi en 13.000 millones de dólares.
  4. “La violencia simbólica es esa forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con su complicidad”, Pierre Bourdieu, en Réponses, Seuil, París, 1992.
  5. Demostración también hecha por el millonario estadounidense Michael Bloomberg, propietario de la cadena planetaria de informaciones económicas continuas Bloomberg TV, que gastó más de 75 millones de dólares en su campaña electoral y logró su sueño de llegar a ser alcalde de Nueva York desde el 1º de diciembre de 2001.
  6. The Economist, Londres, 28-4-01.
  7. Darío Fo, “El fascismo ha regresado a Italia”, Clarín, 23-1-2002.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Periodismo
Países Italia