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Balance del pontificado de Juan Pablo II

El largo pontificado de Juan Pablo II se propuso como objetivos la restauración de la Iglesia –tras la conmoción que significó el Concilio Vaticano II– y un fortalecimiento de su presencia social. Esa campaña restauradora, para la cual recurrió entre otros a los buenos oficios del Opus Dei, se libró en un doble frente: la lucha contra el comunismo y su “religión de Estado”, el ateísmo (combate que de paso arrasó a la Teología de la Liberación latinoamericana, acusada de marxismo), y el enfrentamiento con la secularidad occidental. La condena eclesiástica del capitalismo salvaje no impide que el Vaticano mantenga su alianza con los poderes económicos y políticos de Occidente.

La imagen de un hombre anciano, cansado y enfermo, que a pesar de todo sigue asumiendo una tarea demoledora, despierta un sentimiento de respeto, de simpatía o de piedad. El afecto de inmensas multitudes en tantos países del mundo no deja de ser impresionante. Una personalidad que reúne amplios conocimientos, el dominio de numerosos idiomas, una conducta deportiva, un verdadero coraje físico, una profunda espiritualidad, una gran convicción y una amistad fiel, genera admiración. Sin embargo, un balance exige otras perspectivas, otro tipo de análisis.

Evocar algunas de las grandes líneas del pontificado de Juan Pablo II no es una tarea simple, habida cuenta del casi cuarto de siglo que pasó al frente de la Iglesia católica, sus aproximadamente cien viajes internacionales, una docena de encíclicas, innumerables discursos, un sinfín de entrevistas con personalidades, cientos de beatificaciones y canonizaciones. Y todo eso en una época histórica que vio al Consenso de Washington1 orientar la economía mundial hacia el neoliberalismo y sus catástrofes sociales, la caída del Muro de Berlín, la generalización del pensamiento único y la aparición de los movimientos de protesta a escala mundial, sin hablar del ataque terrorista contra Estados Unidos y las guerras que reforzaron el poder del sistema mundial dominante.

Al acceder a la cabeza de la Iglesia católica, Juan Pablo II se impuso una doble misión: restaurar una Iglesia conmocionada luego del Concilio Vaticano II, y fortalecer su presencia en la sociedad, para que pueda llevar a cabo su tarea evangelizadora.

El cardenal Karol Wojtyla fue un activo miembro del Concilio Vaticano II2. Partidario de modernizar la imagen de la Iglesia católica, apoyó muchas reformas adoptadas por la asamblea de obispos. Sin embargo, desde su Polonia natal observa con inquietud las consecuencias del Concilio sobre una Iglesia que se reformaba profundamente, no sin traumatismos y conflictos internos. Cercano al Opus Dei3, que lo había cobijado en ocasión de varios de sus viajes al exterior, Wojtyla no sólo ve con malos ojos ciertos excesos litúrgicos (por ejemplo, la introducción de textos o de músicas profanas), sino también muchas aplicaciones concretas de las decisiones conciliares. Lo confortaba en sus convicciones su pertenencia al catolicismo polaco, sólido pero a menudo simplista en su contenido, vigoroso en su espiritualidad –marcada por el culto de la Virgen María– rígido en su moral, culturalmente hegemónico en su sociedad, cimiento de la nación y alma de la resistencia al comunismo. Todo ello debía llevar al elegido por el cónclave a una restauración doctrinal, moral e institucional de la Iglesia católica4.

En el plano doctrinario, él mismo o los órganos de la Santa Sede abordaron prácticamente todos los temas: la fe, el magisterio o la autoridad doctrinaria de la jerarquía eclesiástica, la colegiación entre los obispos para el funcionamiento de la Iglesia universal, la liturgia, el sacerdocio, el papel de las mujeres en la Iglesia, el ecumenismo o las relaciones entre las Iglesias cristianas, las religiones no cristianas, la doctrina social… Las precisiones interesantes alternan con las advertencias, los llamados de atención doctrinarios y hasta las condenas explícitas: frenos y medidas disciplinarias cada vez más apremiantes, en lugar de un acompañamiento pastoral, en un difícil proceso de reformas, para que la Iglesia pueda transmitir mejor el mensaje del Evangelio en un mundo complejo.

Así fue como se interrumpieron las adaptaciones litúrgicas iniciadas en varias Iglesias locales de Asia y sobre todo de la India, destinadas a lograr una expresión cultural más adecuada de la fe. El documento Dominus Jesus, referido a la función salvadora universal de Jesús, puso fin a la tentativa de repensar la relación con las grandes religiones de Oriente: ciertos responsables religiosos o políticos de Asia interpretaron ese texto como una justificación del proselitismo en sociedades que recuperaban penosamente su identidad cultural, fundamentalmente a través de la religión. Varios teólogos fueron condenados, se les prohibió enseñar o publicar, y uno de ellos, el srilankés Tissa Balasuriya, fue excomulgado por haber publicado un libro demasiado ambiguo sobre la virginidad de María y sobre el concepto de pecado original.

Contra la Teología de la Liberación

En lo que se refiere a las relaciones con las demás confesiones cristianas y con las otras religiones, ciertamente se produjeron algunas manifestaciones impresionantes, como los encuentros de Asís (Italia) en 1986 y 2002; el ayuno del último día del Ramadán en 2001, etc. Pero la intransigencia doctrinaria y los obstáculos puestos a una colaboración más institucional –fundamentalmente con el Consejo Ecuménico de Iglesias– establecieron límites infranqueables a ciertos avances. Los pedidos de perdón por las faltas cometidas por miembros de la Iglesia católica (durante las Cruzadas, la Inquisición o por comportamientos racistas o antisemitas), nunca cuestionaron la responsabilidad de la propia institución5.

La colegiación episcopal, uno de los puntos fuertes del Concilio Vaticano II, quedó claramente subordinada por Juan Pablo II a la autoridad romana. Los sínodos generales o continentales se transformaron muchas veces en oficina de registro de la línea pontifical o en lugar de desahogo sin grandes consecuencias. El Papa debía aprobar el documento final de esos sínodos antes de su publicación, y en varios casos el texto fue incluso modificado6.

La Teología de la Liberación fue objeto de una represión específica. Nacida en América Latina, logró adeptos también en África, sobre todo entre los teólogos protestantes, en Asia, en India, en las Filipinas y en Corea del Sur. Reflexión sobre Dios, como toda teología, tomaba como punto de partida la situación de los pobres y de los oprimidos, explicitando así su carácter contextual, lo que otras corrientes se niegan generalmente a hacer, velando así la relatividad del discurso.

Inspirada en el Evangelio, la Teología de la Liberación exigía, en la complejidad de las situaciones sociales contemporáneas, la mediación de un análisis social para establecer correctamente su punto de partida. Pero ese pensamiento excedía ampliamente el campo de la ética social. A través de los ojos de los explotados hallaba el sentido de la persona de Jesús, colocado en el contexto histórico de la Palestina de su tiempo. Esa teología desarrollaba una espiritualidad y unas expresiones litúrgicas que daban cuenta de la vida de los pobres, y proyectaba una mirada severa sobre una Iglesia muy a menudo comprometida con los poderes opresores. Hablaba de liberación en presente, como expresión del amor de Dios por su pueblo. En síntesis, era peligrosa, tanto para el orden social como para el eclesiástico.

La reacción romana fue muy dura. Le resultaba fácil acusar a esa corriente teológica de marxista, por basarse en la existencia de estructuras de clase. Semejante perspectiva, decía el cardenal Joseph Ratzinger, responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevaba directamente al ateísmo. Por lo tanto, a numerosos teólogos se les prohibió la docencia y la publicación. Los centros educativos recibieron la orden de prohibir toda enseñanza que hablara de la Teología de la Liberación, que acabó refugiada en centros de estudios o de formación ecuménicos y en las universidades laicas. En 1996, el propio Juan Pablo II, de viaje en Nicaragua, declaró que la Teología de la Liberación no tenía razón de ser dado que el marxismo había muerto.

En las cuestiones morales, es conocida la insistencia del Papa en el respeto de la vida, su oposición radical al aborto, a la contracepción, al divorcio, a la eutanasia, pero también a la pena de muerte. Es cierto que el positivismo científico, los poderes económicos genocidas y el relativismo de cierto pensamiento posmoderno ponen en peligro la vida. Sin embargo, la negativa pontifical a tomar en cuenta las condiciones sociales o psicológicas concretas de los seres humanos, el aferrarse a una filosofía de la naturaleza superada por los conocimientos contemporáneos y las consecuencias dramáticas de ciertas posiciones dogmáticas como en el caso del sida en África llevaron a la Iglesia católica a perder buena parte de su credibilidad.

La doctrina social sigue siendo un punto de atención privilegiado para Juan Pablo II. Son innumerables los documentos sobre ese tema. En nombre del Evangelio, el Papa condena con mucha dureza los abusos y excesos del capitalismo, llegando a denunciar, durante su visita a Cuba, al neoliberalismo y sus efectos perversos. Pero si en la encíclica Centesimus Annus condena al socialismo en su esencia, por ser portador del ateísmo, en cambio estigmatiza el capitalismo salvaje por sus prácticas y no por su lógica. En el mismo documento, la referencia a una “economía social de mercado” omite indicar que los mismos agentes económicos de ese modelo adoptan prácticas “salvajes” en los países del Sur o del Este de Europa. De allí que los frecuentes e insistentes llamados a la “mundialización de la solidaridad” no desemboquen en la denuncia de las causas profundas de la pobreza y la desigualdad. Por otra parte, la designación hace dos años de Michel Camdessus, ex director del Fondo Monetario Internacional, como consejero de la Comisión Justicia y Paz, uno de los instrumentos de elaboración y de difusión de su doctrina social –instaurada por Vaticano II– permite dudar de que ese organismo pueda ser portavoz de los pobres y los oprimidos…

Para llevar a buen puerto su proyecto fundamental –la restauración doctrinal y moral– Juan Pablo II necesitaba de una institución portadora de tal proyecto. Su política de designaciones episcopales se orienta en tal sentido. En muchas diócesis los nuevos obispos comenzaron, bajo la inspiración de la Santa Sede, a controlar los centros de formación, a desmantelar el trabajo pastoral de sus predecesores, a introducir congregaciones religiosas u organizaciones católicas conservadoras. En América Latina, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), a la vanguardia de los cambios (que en 1968 organizó la Conferencia de Medellín –Colombia– para la aplicación del Concilio Vaticano II en el continente), fue poco a poco transformado en un órgano de restauración. Las conferencias episcopales fueron reorientadas por medio de nuevas nominaciones. Cientos de diócesis en todo el mundo sufrieron penosas transiciones pastorales que muchas veces desembocaron en dramas personales entre quienes habían creído en una Iglesia profética y en una institución más humana. Sólo ciertas diócesis con una cristiandad más antigua y con una autonomía preservada pudieron frenar la imparable ola de nominaciones conservadoras7.

Prácticas antievangélicas

En 1982, cuatro años después de la elección de Juan Pablo II, el Opus Dei adquirió un estatuto de prelatura personal, por encima de la jurisdicción de los obispos. Su fundador será canonizado en 2002, apenas veintisiete años después de su muerte. Varios de los miembros del Opus Dei accedieron al episcopado, fundamentalmente en diócesis importantes, y algunos al cardenalato. La influencia de esa organización se hizo sentir sobre todo en la administración central de la Iglesia (la Curia). Los miembros del Opus Dei ocupan puestos importantes en numerosos sectores y gozan de “promociones” internas. La “Obra de Dios” podría cumplir una importante función en la designación del sucesor del Papa actual.

Juan Pablo II también reforzó la Curia romana, pero el mantenimiento de ese aparato requiere considerables medios, que el aporte de los fieles no alcanza a cubrir. La Santa Sede dispone de un patrimonio importante, fundamentalmente gracias a los acuerdos de Letrán (1929) por los cuales la Italia fascista indemnizó al Vaticano por la pérdida de los antiguos Estados Pontificios. Ese considerable capital inmobiliario y financiero produce importantes ganancias. Pero las instituciones bancarias del Vaticano conocieron durante el actual pontificado resonantes escándalos, entre ellos el del Banco Ambrosiano8, que costaron cientos de millones de dólares a la Iglesia católica. Estos asuntos, violentamente contrarios al espíritu del Evangelio, son casi desconocidos por el público, ya que todos los poderes –económicos, políticos, judiciales y mediáticos– se conjuraron para ocultarlos, por temor a poner en peligro una instancia moral que, a su entender, constituye una garantía del orden social.

En tanto que obispo de Roma, Juan Pablo II hubiera debido retirarse a los 75 años, como se sugiere a todos los obispos desde el Concilio Vaticano II: su negativa reforzó el poder de una administración cada vez más conservadora. “Prisionero del Vaticano”, el Papa se convirtió en víctima de una Curia cuyos principales personajes, que él mismo había designado, fueron tan lejos en la restauración que generaron crecientes reacciones, incluso entre los medios moderados de la Iglesia.

La “nueva evangelización” promovida por Juan Pablo II se caracteriza por dos orientaciones principales: por una parte la del Opus Dei, dirigida a evangelizar a través del poder, haciendo de la espiritualidad un signo de excelencia social; por otra la de los diversos movimientos carismáticos, exigentes en los comportamientos personales y que valorizan lo afectivo, pero generalmente poco inclinados a tener en cuenta la dimensión social. En cambio, las comunidades eclesiásticas de base, nacidas en América Latina y caracterizadas por dar la palabra a los pobres y por la autogestión, fueron marginalizadas y a veces hasta destruidas: se desplazó a los sacerdotes que las asesoraban, se les prohibió el acceso a los locales parroquiales, se crearon nuevos locales con el mismo nombre pero bajo la égida clerical.

En cuanto al papel de los laicos en la Iglesia, fue valorizado en los textos pero muy relegado a un nivel subalterno, salvo cuando se trataba de organizaciones incondicionales como el Opus Dei. En cambio –ejemplo llamativo– la Juventud Obrera Cristiana Internacional (JOCI), a pesar de estar apoyada por varias conferencias episcopales, fue marginalizada, se abrogó su estatuto de organización católica internacional, a la vez que se creaba de la nada una federación competidora. Esas tendencias se inscriben en un típico contexto de explosión cultural, reflejado en las corrientes filosóficas, en parte de las ciencias humanas, en la producción artística y en la búsqueda religiosa, en la cual se pone el acento en el individuo. Paradójicamente, la época está marcada a la vez por el predominio del mercado y por un endurecimiento autoritario en la dirección de las instituciones.

Los múltiples viajes de Juan Pablo II por todo el mundo pusieron de manifiesto por cierto su poco común energía, y fueron muy apreciados por numerosos medios populares, sobre todo en los países del Sur. Lógicamente, también en Polonia y en los núcleos católicos fervientes en general. Sin embargo, más que de tomar contacto con la realidad de los lugares visitados, se trató sobre todo de difundir el pensamiento de Roma. El acontecimiento superó al mensaje. Si bien las visitas pontificias despertaron emoción en tanto que celebraciones colectivas, en general desembocaron en un fortalecimiento del ala conservadora del catolicismo.

De modo que para Juan Pablo II la restauración de la Iglesia católica, luego del Concilio Vaticano II, se traduce en una solidez doctrinaria redefinida, un código moral inquebrantable y una autoridad que se pretende indiscutible, al servicio de un proyecto conservador en el fondo y modernizado en la forma. Semejante orientación le parecía necesaria para enfrentar las fuerzas hostiles de la sociedad. Es por eso que tomó a Pío XII como referencia e inició su proceso de beatificación, al igual que el de Juan XXIII, que la vox populi había colocado en los altares desde mucho antes.

En Gaudium et Spes9, Vaticano II consideraba el papel de la Iglesia como inspiración moral y no como ejercicio de un poder. Querer compartir las alegrías y las esperanzas de la humanidad parecía de un optimismo al límite del realismo, pero era el fruto de una inspiración programática. El nuevo Papa la traduciría rápidamente en un doble enfrentamiento contra las fuerzas hostiles al mensaje cristiano: el comunismo ateo y el secularismo occidental.

La tradicional lucha contra el comunismo se había visto reforzada por la proclamación del ateísmo como “religión oficial” en los países del Este, pero también, más concretamente, por la represión de las libertades y las persecuciones religiosas. Para Juan Pablo II, guiado por la experiencia polaca, había que movilizar a los católicos para erradicar el comunismo. Esto debía manifestarse dentro de la Iglesia –de allí la condena a la Teología de la Liberación– pero también fuera de ella, por medio de una acción directa.

Comunismo y secularismo

Allí donde el comunismo seguía en el poder, el Papa estimuló la creación de un contrapoder. Lo que explica las visitas a Polonia, que permitieron una movilización religiosa y a la vez un apoyo al sindicato Solidaridad, incluso en el plano financiero, a través del Banco Ambrosiano. Allí donde el comunismo estaba perdiendo el poder, había que enrolar a los católicos en un frente opositor. Lo que explica el enfrentamiento con los sandinistas en Nicaragua en 1983. En su homilía en Managua, el Papa condenó la Iglesia popular y el “falso ecumenismo” de los cristianos comprometidos en el proceso revolucionario. Y convocó a la unidad bajo la bandera de un episcopado particularmente reaccionario (el arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, fue designado cardenal luego de la visita pontificia). Esa actitud generó una fuerte represión eclesiástica y dejó profundamente desamparados a los cristianos de los medios populares, que habían venido a celebrar a la vez su revolución y la visita de su Papa.

El viaje a Cuba se situó en la misma línea. En la mente de Juan Pablo II, la isla se había convertido en el último bastión del comunismo en Occidente, pero consideraba que su experiencia estaba prácticamente agotada. Por lo tanto, la agresividad no era conveniente. El estado de salud del Papa tampoco se la permitía. Por considerar que la revolución cubana era un paréntesis en la historia, no hizo referencia a ella. Sólo subrayó sus efectos, todos negativos. A su regreso a Roma, Juan Pablo II declaró que su visita produciría los mismos resultados que en Polonia diez años antes.

La lucha anticomunista requería no sólo una Iglesia fuerte y disciplinada, sino también una alianza con otras fuerzas económicas y políticas. De allí los numerosos compromisos con el gobierno estadounidense, varias de cuyas organizaciones católicas canalizaban, en Europa y en Roma, los fondos oficiales y secretos destinados al sindicato polaco Solidaridad. De allí también la tolerancia respecto de regímenes dictatoriales de derechas, como los de Chile, Argentina10 y Filipinas. Los artesanos de esas turbias relaciones fueron promovidos por Juan Pablo II al frente de importantes organismos de la Santa Sede, en primer lugar la Secretaría de Estado. Eso explica, finalmente, la intervención a favor del general Augusto Pinochet, o en un plano simbólico, la beatificación en 1998 del cardenal Stepinak, cercano al régimen fascista croata durante la Segunda Guerra Mundial.

El segundo adversario de Juan Pablo II fue el secularismo occidental, caracterizado por el relativismo, el consumismo y el hedonismo. Por lo tanto, el Papa insiste con energía en valores como el amor del prójimo, la solidaridad, la moderación en el goce de los bienes materiales. Pero como siempre, lo hace en un marco doctrinario y moral tan rígido que el mensaje resulta muy mal comprendido y finalmente poco eficaz. Esto es de lamentar, pues la humanidad contemporánea aspira a la espiritualidad y está en busca de un sentido para la existencia. Además, las luchas sociales indican un profundo deseo de justicia frente a una mundialización económica y cultural destructora.

Otra preocupación de Juan Pablo II fue la búsqueda de la paz. Se opuso a la guerra del Golfo, lanzó advertencias sobre la de Kosovo, manifestó su reserva respecto de la de Afganistán. Reivindicó el derecho de los palestinos a un Estado propio. La paz entre los pueblos, basada en la justicia en sus relaciones, fue uno de sus temas permanentes. El Papa se mostró atento a los sufrimientos de las víctimas, a los pueblos sometidos a las restricciones mortales de los embargos, condenando los que afectan a Irak y a Cuba; posiciones todas estas adoptadas por fidelidad al Evangelio.

Lamentablemente, esa invocación de valores fue en general abstracta. El Papa no explicita casi nunca las causas reales de las guerras ni su vinculación con el imperialismo económico. Por otra parte, se mantiene la alianza de hecho existente entre la Santa Sede y los poderes económicos y políticos de Occidente, basada en una lógica institucional (la reproducción social de la institución eclesiástica), haciendo que el discurso anti-bélico pierda gran parte de su credibilidad.

En ese terreno, la herramienta privilegiada de la Santa Sede es su servicio diplomático. Contrariamente a lo que se suele creer, éste no es un órgano del Vaticano en tanto Estado, sino de la Santa Sede, es decir, de la Iglesia. Considerablemente desarrollado por Juan Pablo II, ese servicio no es solamente el elemento más costoso, sino el socialmente más comprometedor y el más simbólicamente contradictorio con la inspiración evangélica, por ser símbolo de poder (privilegio de un Estado) y expresión de riqueza (implantación de las nunciaturas a la par de las embajadas).

El Papa de la mundialización

No cabe ninguna duda de que Juan Pablo II, el prelado deportista, antiguo obrero en la fábrica Solvay de Cracovia, aficionado al teatro, moralista de la Universidad Católica de Lublín, sacerdote de mística espiritualidad y pastor de los Cárpatos, quedará en la historia como un gigante de la era contemporánea; el Papa de un cuarto de siglo que conmocionó a la humanidad, el Papa de la mundialización11. Pero en su empeño por reconstruir una Iglesia sólida en un mundo más humano, acabó por destruir numerosas fuerzas vivas que emergían, impregnadas de una visión evangélica y profética.

La luz espiritual y moral que deseaba aportar se transforma en instancia política. El gobierno central de la Iglesia, que debería ser un servicio del “pueblo de Dios”, se convirtió en un aparato reaccionario, aliado de facto a los poderes opresores. Su llamado a la justicia y a la paz, en lugar de alcanzar la dimensión profética que requiere la inmensa explotación, más que nunca mundializada, se transforma en una crítica razonable. Ese llamado no se apoya en la fuerza del símbolo, sino en la de la autoridad. Cierto que Juan Pablo II restauró la Iglesia, ¿pero cuál Iglesia? Sin dudas reforzó su lugar en la sociedad, ¿pero cuál lugar?

La cristiandad necesita un Papa, decía Harvey Cox, el teólogo bautista, profesor de Harvard. Pero, añadía, como expresión simbólica de la unidad y no como poder. La humanidad necesita llamados de esperanza sobre la base de análisis de la realidad y de proyectos futuros. No se puede decir que el balance del pontificado haya respondido a esa doble expectativa. Ese será el desafío para el sucesor de Juan Pablo II12, quien podrá apoyarse a tal efecto en la esperanza de una larga expectativa, y en fuerzas vivas afortunadamente aún presentes en todo el mundo.

  1. Ver Moisés Naim, “Avatars du Consensus de Washington”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2000.
  2. Convocado por Juan XXIII, el Concilio Vaticano II implicó una importante reforma, sobre todo a partir de la constitución Lumen Gentium, que redefinía a la Iglesia como “pueblo de Dios”, y de la constitución Gaudium et Spes, que calificaba la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo como de inspiración y no de dominación. La reforma litúrgica introdujo la lengua vernácula y amplió las funciones de los laicos, sobre todo en el culto y en los sacramentos. Se revalorizó la colegiación de los obispos, como contrapeso a la administración central romana.
  3. Fundado en 1928 en España por Monseñor Escrivá de Balaguer, el Opus Dei, (la “Obra de Dios”), muchas veces calificado de “masonería blanca”, cuenta con más de 80.000 miembros, en su mayoría laicos, distribuidos en un centenar de países. Ver François Normand, “El poder del Opus Dei”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2000.
  4. En 1984, el cardenal Joseph Ratzinger, designado por Juan Pablo II al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el antiguo Santo Oficio), declaró en una entrevista: “Luego de las exageraciones de una apertura indiscriminada hacia el mundo, luego de las interpretaciones demasiado positivas de un mundo agnóstico y ateo, (la restauración) es deseable y por otra parte ya está en curso”, (Jesus, Roma, 6-11-1984).
  5. Simbólicamente, Juan XXIII fue beatificado el 3 de septiembre de 2000, al mismo tiempo que Pío IX, el Papa del Syllabus (un documento anti-modernista que condenó numerosas libertades, luego aceptadas), de conducta a menudo antisemita.
  6. Así ocurrió durante el sínodo holandés de 1984, donde el episcopado debió firmar un documento preparado por la Santa Sede.
  7. Como en las diócesis de Chur, en Suiza, con la nominación de monseñor Haas; de Recife, en Brasil, con el sucesor de Dom Helder Cámara; de San Salvador, con la designación de un obispo del Opus Dei como sucesor de monseñor Rivera y Damas y de monseñor Oscar Romero; de Namur, en Bélgica…
  8. El Banco Ambrosiano financiaba, entre otros, al régimen del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Su director, el banquero Roberto Calvi, fue hallado ahorcado bajo un puente de Londres. El 16 de abril de 1992, en su sentencia sobre la quiebra del banco, el tribunal de Milán puso de manifiesto las vinculaciones entre aquél y el Instituto para las Obras de Religión (IOR), el banco del Vaticano, dirigido por entonces por monseñor Paul Marcinkus, de nacionalidad estadounidense, que ya había estado salpicado por otros asuntos dudosos. Ver Fernando Scianna, “La Mafia au c?ur de l’Etat et contre l’Etat”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 1982.
  9. La Iglesia en el mundo actual.
  10. En Argentina, el nuncio en la época de la dictadura, el actual cardenal de Curia Pío Laghi, dirigió en 1976 la palabra a la guarnición militar de Tucumán en los siguientes términos: “Ustedes saben lo que es la patria. Cumplan con las órdenes con obediencia y valor, y tengan el espíritu tranquilo” (La Nación, Buenos Aires, octubre de 1976). En Chile, el nuncio en la época de Pinochet era el actual cardenal Angelo Sodano, designado luego secretario de Estado, quien declaró respecto del régimen: “También las obras maestras pueden tener manchas; los invito a no detenerse en las manchas del cuadro, sino a mirar el conjunto, que es maravilloso”.
  11. George Weigel, profesor de la Universidad Católica de Washington, presenta en su obra los sentimientos de Juan Pablo II a lo largo de todo su itinerario como jefe de la Iglesia católica. Su libro refleja la visión que el Papa tuvo de la Iglesia y del mundo (Jean Paul II, témoin de l’Espérance, Attes, París, 2001).
  12. Giancarlo Zizola abordó ese tema en su libro Le Successeur, Desclée de Brower, París, 1995. Ver, del mismo autor, “Pujas de sucesión en El Vaticano”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2001.
Autor/es François Houtart
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:34,35,40
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Iglesia Católica
Países Vaticano