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El arte y la guerra 1Los dibujos y las pinturas prehistóricas en las cavernas han sido el punto de partida de innumerables interpretaciones que a lo largo de la historia han intentado explicar lo que hace el arte. ¿Los búfalos pintados fueron una forma de posesión mágica antes de la cacería o una lección de cómo cazar para la próxima generación? ¿Puede coexistir una interpretación tan mística con otra tan práctica?En el comienzo de las civilizaciones humanas el arte, considerado como instrumento místico y sacerdotal, fue un catalizador político, religioso y económico para culturas tan diferentes como los egipcios, los mayas, los griegos y los chinos. En todos los casos la arquitectura involucró un elevado concepto ideológico que atrajo hacia sí otras artes. Las pirámides egipcias con sus esculturas y pinturas fueron una senda hacia el más allá, al otro lado de un Nilo metafísico, y muchos recursos económicos y humanos se invirtieron para construirlas. Otras pirámides, las mayas en América, fueron construidas con un concepto astronómico; orientación norte-sur, ventanas alineadas con los eclipses y un plato de piedra que bien podía ser una escultura concebida como calendario o un calendario concebido como escultura. En Grecia, el Partenón (Ictino y Calicrates) es un imperfecto edificio hecho para la idea de la perfección. El diseño intencionalmente determinó que las columnas fueran más anchas en la base que en la punta así como que los escalones fueran más grandes en el centro de la entrada. El objetivo de estos cambios fue corregir las distorsiones ópticas al ojo humano logrando un edificio de apariencia perfecta en la mente. El imperio romano despreció el sentido ideológico puro de la arquitectura orientándose a un sentido ideológico práctico, la arquitectura romana fue una arquitectura política que además exigió al máximo a la ingeniería de la época en decenas de acueductos y obras tan grandes como el Coliseo de Roma (Vespasiano-Tito). La Vía Apia (Appio Claudio) se extendió hasta el norte de África y en cada ciudad importante anexada al Imperio se construyó un arco de triunfo asentando el hecho. Después del Imperio romano el arte fue un instrumento de evangelización; la arquitectura gótica, llena de esculturas y pinturas mitológicas locales relacionadas con el diablo y pasajes de la Biblia, fue hecha con el fin de educar a un mundo mayoritariamente analfabeto. El período renacentista, sin abandonar la corriente eclesial, tomó en sus manos temas antropológicos, desde el clasicismo surgido para recuperar el arte griego hasta el naturalismo, las matemáticas y tópicos tales como la perspectiva y la proporción. El arte sin duda surge como una expresión individual invocada por sí misma, pero en la sociedad el arte muy pocas veces ha sido solo arte. La marca de una época, el aglutinante social, la organización política y la evangelización no han sido los únicos objetivos cumplidos por el arte a lo largo de la historia; también ha servido como un arma de conquista. Cuando el imperio español colonizó América, con y sin intención el arte americano desapareció. Sin intención fue la avaricia por el oro. El preciado metal no tenía en las sociedades americanas una función económica como la tenía en Europa sino que sustentaba un principio religioso. La conexión entre el sol y el oro era común a todos los pueblos del continente y las castas sacerdotales y reales se hacían representar en la orfebrería a través de este metal. Todo ese patrimonio cultural se fundió y desapareció en España pagando deudas y costeando guerras. Donde sí hubo intención fue en la evangelización, usada ella también como instrumento de conquista. En México cientos de iglesias católicas se construyeron sobre ruinas de templos aztecas y en todo el continente las misiones jesuitas se dedicaron a enseñar las artes europeas negando a las nuevas generaciones indígenas el legado de sus artes tradicionales. El resultado de este ataque al arte americano es evidente hoy en día: un continente pobre y mayoritariamente católico. El arte fue también un motivo de revolución cuando artistas y artesanos muy mal recompensados se esforzaron para complacer la megalomanía que se asentó en los reinados de Luis XIV, XV y XVI en Francia. Pero también el arte ha estado al otro lado de la revolución. Durante la existencia de la Unión Soviética las esculturas de Lenin y Stalin fueron acompañadas por enormes trabajadores que representaban "el pueblo". En China, Mao Tse-Tung instauró una "revolución cultural" para consolidar el cambio hacia una república popular. En todo el planeta durante el siglo XX, ya fuera en guerras, en revoluciones o en dictaduras, las obras de arte que cumplían una función ideológica o política fueron rápidamente exterminadas y las obras más universales o de valor comercial fueron absorbidas como botín de guerra o patrimonio cultural. El siglo XXI se inició con un cambio histórico innegable. Por primera vez un ataque terrorista causó más daño, más muertes y más efectos colaterales que una acción militar concertada. Todo el concepto convencional de la guerra moderna quedó obsoleto en una mañana. El 11 de septiembre de 2001 los blancos terroristas no fueron blancos militares en el sentido estricto de lo que significa "blanco militar": un objetivo que disminuya la capacidad de lucha de una nación (centros de comunicación, bases, puertos, plantas nucleares, depósitos de combustible, centros industriales, redes eléctricas, carreteras y puentes). Los blancos fueron obras de arte. El Pentágono (Bergstrom) es un interesante edificio neoclásico, simple, abstracto y minimalista. Militarmente no tiene una importancia de primer orden, el edificio reúne todas las tareas burocráticas, administrativas y de planificación de las fuerzas armadas estadounidenses; eliminarlo, por supuesto, no disminuiría en nada la capacidad de guerra de Estados Unidos. Las Torres Gemelas (Yamasaki), mal vistas por algunos por ser tan representativas de su sociedad, tan soberbias, toscas y omnipresentes, también tenían sus adeptos justamente por su representatividad; lo más alto, lo más grande, dos torres de un país organizado entre dos costas y con dos corrientes políticas predominantes. El World Trade Center era un lugar tan cosmopolita como el país y la ciudad donde estaba, la ciudad del poderío económico occidental y centro de las artes norteamericanas. Lo más lamentable es que no fue un ataque del todo sorpresivo. A comienzos del 2001, y ante el estupor de muchas personas en todo el mundo, el gobierno del Talibán en Afganistán demolió dos enormes y antiquísimas estatuas de Buda esculpidas en la ladera de una colina en la remota región de Bamiyán. Estos "edificios" de roca eran los últimos representantes de la influencia del budismo en Afganistán, enemigo natural de fundamentalistas que no aceptan otra cosmogonía más que la de su religión. No cabe ninguna duda de que el objetivo del vuelo 93 de United Airlines, caído en Shankville, Pennsylvania, era cualquiera de los otros dos edificios más significativos de Washington, la Casa Blanca o el Capitolio. Si hubo algún fracaso de los servicios de inteligencia occidentales para no prever esta tragedia fue en tratar el mundo islámico bajo la perspectiva de un análisis político y no desde un punto de vista cultural. La prueba de este entendimiento a posteriori fue la orden expresa a todas las fuerzas destinadas a Afganistán de no bombardear las mezquitas, único patrimonio artístico y religioso de uno de los países más pobres del planeta. Las artes americanas han colaborado a esta intolerancia recíproca entre civilizaciones caricaturizando o convirtiendo en depositarios del mal a toda cultura diferente de la occidental. Los artistas no han creado vasos comunicantes entre las grandes cosmogonías del mundo y, por lo tanto, los actuales bloques culturales –Occidente, Islam y China– tienen muchos y ásperos bordes de roce y muy pocos lugares de entendimiento. Mientras el arte islámico continúa teniendo un fuerte nexo religioso, el arte occidental se vuelve más y más antropológico. La autocrítica, la intolerancia entre artistas, la pérdida de grandes ideales, la aceptación resignada de la violencia o la justificación de ésta como único instrumento del bien, no hacen sino preparar a Occidente para las futuras guerras. Es como si por un lado se tuviese esa posesión mágica que significa pintar al búfalo en la caverna y por el otro se preparara a la siguiente generación para la cacería. En Bagdad, Saddam Hussein hizo construir un hermoso monumento a la memoria de los soldados iraquíes caídos durante la guerra con Irán en la década de los ochenta. Se trata de un arco formado por dos sables que cruzan sus puntas en lo alto. Es muy probable que en un futuro cercano los medios de comunicación muestren a infantes de marina estadounidenses bajo ese arco, así como alguna vez marcharon las tropas nazis en París bajo el Arco de Triunfo como prueba irrefutable de conquista. La primera guerra del siglo XXI comenzó con un ataque a los iconos arquitectónicos de Estados Unidos. La respuesta occidental terminó en Afganistán, donde el daño colateral de las operaciones bélicas y los bombardeos errados sumaron una cantidad equivalente de víctimas inocentes. Cuando a un niño estadounidense se le pida hacer un dibujo sobre el año 2001, se sabe muy bien lo que dibujará; cuando a un niño afgano se le pida hacer un dibujo sobre el año 2001, también se sabe lo que dibujará. Aunque cambien las figuras y el primero dibuje en una computadora mientras el segundo lo haga en una pizarra con un trozo de cal, la imagen tendrá el mismo contenido: la muerte traída por los aviones. Sin posesión mágica, sin lección para el futuro. Sólo decir, quizá como lo dijo el hombre en las cavernas, "este es el mundo en el que vivo". El arte crea memoria, crea identidad, el arte convence, el arte conquista, el arte crea enemigos y aliados, diferencias y coincidencias. La guerra hace lo mismo desde el otro lado del péndulo. La historia humana fue, es y será un ir y venir entre la creación y la destrucción.
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