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Herramienta portátil para reconocer a los amigos y a los enemigos de la literatura

A las siete de la tarde del domingo 13 de enero, en una casa cerca del embarcadero de Cojímar, a unos ocho kilómetros de La Habana, un hombre viejo -porque todo era viejo en él, era vieja la casa, viejo el barco, el "Pilar" que muy cerca se mecía acariciaba con las caricias viejas del viejo mar Caribe, viejas sus manos de pescador experto- dio la última chupada al cuarto habano de ése su último día, y cerró para siempre sus ojos azules e invictos.

Gregorio "Goyito" Fuentes se nos fue a los 104 años, y escribo se nos fue, y no escribo murió, porque los hombres de mar como Goyito a veces se desprenden de la molesta carcasa de un cuerpo que hace agua, y se van a un cierto cielo del que otro cubano me habló hace algunos años. Un cielo en donde ángeles vestidos como camareros del Tropicana reparten sin descanso daiquiris y mojitos, donde una orquesta toca las melodías que el corazón elige, donde las más bellas chicas nunca dicen que no, cuando se las invita a bailar. Un cielo que no tiene puertas, pero a cuya entrada hay un letrero que dice; se prohibe la entrada a los traidores, a los borrachos y a los dioses. Y en ese cielo ya se habrá encontrado con su viejo amigo, con Papa Ernest, el que habrá repetido las mismas palabras que dijera al conocerlo hace ya más de cincuenta años: "Quiero que seas el patrón de mi barco, y la primera orden es que te tomes un whisky conmigo, y la segunda que nos vayamos a pescar al golfo ahora mismo".

De tal manera que Goyito se nos ha ido, pero al mismo tiempo permanece en el territorio compartido de la memoria, y ahí está, como hace diez, siete, o cinco años, que fue la última vez que lo vi en su casa de Cojímar, fumando un soberbio habano, y contándome que él era uno de los pocos hombres a salvo de la canalla mundial, porque siempre llevaba consigo una herramienta portátil que le permitía reconocer a los amigos y a los enemigos de la literatura, la única actividad que a sus por entonces casi cien años, lo mantenía en contacto con la vida.

Su herramienta portátil se alimentaba de síntesis, así me lo dio a entender cuando, al preguntarle por el libro que más le había impresionado, respondió: La Divina Comedia, Dante, chico. Ese caballero, porque Dante sí que fue un caballero, y un caballero es aquel que trata con respeto a las personas. Dante, no me dijo "el infierno es muy caliente", porque eso lo sabe y lo intuye cualquiera, Dante, me dijo que a medida que se descendía era cada vez más frío el infierno, y al final, los únicos ocupantes del espacio más terrible son los traidores. Papa Hemingway me regaló La Divina Comedia, me dijo: tú sí que la vas a entender, y así fue.

Mientras escribo llueve en Asturias, el mar embravecido deja oír su mal humor de olas espumosas, y de una grabadora va saliendo la voz de Goyo, y otras voces que se cuelan y le preguntan: "¿turistas, Goyo?", a lo que responde con su tono recio de fumador, "no señor, un amigo de la literatura."

-¿Y qué es la literatura, Goyo?, le pregunta mi voz.

- Es usar bien las palabras, dejarlas ser libres y honestas, porque las palabras quieren ser libres y honestas- responde entre una bocanada de humo azul.

Con Goyo hablé de pesca, de La Habana de antes, y de libros, de los muchos libros que él sacaba de la casa museo de Hemingway para alimentar su bien ganada situación de jubilado y su herramienta portátil para reconocer a los amigos y enemigos de la literatura. De Faulkner destacaba Sartorius entre todas sus obras, de Conrad el Viaje al Corazón de las Tinieblas, de Lezama sus poemas, aunque indicaba que el mayor de los poetas cubanos era Fayad Jamis. Al hablar del Quijote se le iluminaban los ojos antes de decir; "coño, déjame que te cuente el capítulo en el que Sancho Panza gobierna su ínsula…" y el viejo castellano de Cervantes cobraba nuevos bríos con el acento cubano.

En algunas ocasiones lo vi haciendo anotaciones en los bordes de las páginas de Granma o el Caimán Barbudo. "Así no se dice, esto no se entiende, este hombre no sabe usar los verbos" murmuraba Goyo, usando su herramienta portátil para reconocer a los amigos y a los enemigos de la literatura. En otras ocasiones fui testigo de encuentros con pescadores jóvenes que se le acercaban en busca de consejos. Goyo escuchaba y a veces les interrumpía: "No te entiendo, si me dices que dejaste caer la vaina y luego de tres horas recogiste la vaina, pero sin ninguna vaina. ¿Qué es la primera vaina? ¿Los anzuelos? ¿Y qué recogiste? ¿Los sedales? ¿Y qué es lo que no había? Usa los sustantivos, respeta las palabras, compañero". Sí, la herramienta portátil era implacable.

Pero Goyo y su herramienta portátil se han marchado, y nos han dejado solos, y en esta nueva soledad qué difícil es reconocer a los amigos y a los enemigos de la literatura, y lo que delata a los enemigos de la literatura es su afán por pervertir las palabras, por despojarlas de su valor real y de su honestidad.

Cuando cayó el muro de Berlín, dijeron que ya nada sería igual en el mundo, y tal afirmación auguraba una nueva época, un nuevo orden diferente al desorden que existía. Nada de eso ocurrió. El mundo no siguió igual, siguió peor.

Cuando finalizó la operación Tormenta del Desierto, dijeron que luego de aquello nada seguiría igual, que un nuevo orden internacional abría las puertas de la esperanza. Nada de eso ocurrió, todo siguió peor, no sólo para los iraquíes o los civiles y soldados de ambos bandos víctimas de la radiación producida por los proyectiles de uranio empobrecido. Todo siguió peor, por ejemplo para la pobre humanidad que todavía cree en la necesidad de mantener los espacios naturales que conservan el equilibrio de la vida. Y si la situación mejoró para algunos, estos son los magnates petroleros de Texas, que conscientes de la permeabilidad de sus inversiones en Oriente, eligieron a un dudoso presidente de los Estados Unidos, una de cuyas primeras medidas fue autorizar las explotaciones petroleras -texanas- en Alaska.

En Europa, las palabras que buscan ordenarse para hacer comprensible y transparente la razón sobre la que se funda nuestra civilización, se ven atrozmente pervertidas, y así tenemos que los jueces, que cumpliendo con su deber de juzgar lo abyecto, han denunciado la corrupción de ciertos poderes económicos, son acusados de provocar guerras civiles. En los parlamentos, las palabras buscan ordenarse para crear fórmulas, conceptos legales que protejan a la sociedad y castiguen al transgresor de las leyes, pero una vez más se ven pervertidas, sometidas a un contra orden aleatorio, y terminan dando formas a leyes que, por ejemplo, no consideran un delito la adulteración de los libros de cuentas.

En países no tan lejanos como Argentina, la corrupción, la codicia, la inhumanidad de un sistema económico conducen al país al abismo, y las palabras buscan ordenarse para dar a conocer el por qué de la crisis, el sufrimiento de las víctimas, el peligroso sacrificio de la esperanza, pero una vez más se ven pervertidas, y no se ordenan para denunciar el dolor de un pueblo, sino para descubrir los padecimientos estadísticos de los inversores, el grave peligro que se cierne sobre sus ganancias.

Dijeron, que luego del 11 de septiembre nada sería igual en el mundo. Todo ha cambiado para las víctimas de los atentados terroristas. sinónimo de Todo ha cambiado para las víctimas civiles de una operación de venganza -y no hay perversión mayor de las palabras que la de decir que venganza es justicia-, todo ha cambiado a favor de los señores de la guerra, llámense militares de Hamas o Rumsfeld, llámense Sharon o fanáticos de Yihad.

Las pobres palabras hoy se parecen a esos locos que vagan por las aldeas hablando solos. Las palabras en su delirio decente dicen: es la hora del dolor y debe llegar la hora de la paz, pero los gobernantes como Aznar o Joska Fischer las pervierten y las hacen decir: "señor Bush, estamos a sus órdenes, déjenos enviar soldados a Afganistán, a donde ordene."

Las palabras se miran, y entre ellas se eligen para representar los conceptos más altos. Así, la palabra justicia asume la serenidad de su razón, la palabra derecho se une a la palabra humana, se multiplican y dan forma a los derechos humanos, inalienables, para todos, inexcluyentes aún en los casos de los mayores criminales y enemigos de esos mismos derechos.

Pero un nombre las pervierte: Guantánamo, sinónimo de un lugar del Caribe en donde muchos – no se sabe cuantos – hombres serán juzgados – no se sabe cuando ni bajo qué cargos, ni por qué jueces -, por tribunales especiales que por su misma naturaleza especial son la negación de cualquier sentido de justicia. Guantánamo, sinónimo de jaulas de dos metros por dos, sin muros, sólo barrotes, y en ellas hombres que serán juzgados -no se sabe cuando- en nombre de una humanidad que si lo acepta, estará negándose a sí misma.

Las porfiadas palabras confían en ordenarse, ocupar su espacio en los medios de comunicación y, por ejemplo, decir: el presidente de los Estados Unidos se preocupa por la situación de los derechos civiles, de los derechos humanos, de los derechos del hombre, de los prisioneros de Guantánamo. Pero una vez más se ven pervertidas, prostituídas, y en los periódicos y telediarios se les hace decir: el presidente de Estados Unidos sufrió un desmayo mientras comía una galleta.

Pobres palabras. A ellas, como a mí, como a todos, nos falta la presencia de Gregorio "Goyo" Fuentes, y su infalible herramienta para reconocer a los amigos y a los

enemigos de la literatura, que son los mismos amigos y enemigos de la humanidad.

Autor/es Luis Sepúlveda
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Agosto 2002
Temas Literatura