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De sueños y esperanzas

Hace unos días, mi hijo que está entrando a la adolescencia y suele andar con una mochila cargada de interrogantes sobre lo humano y lo divino, me hacía una serie de preguntas que podían traducirse en una sola gran inquietud: las revoluciones, los movimientos sociales, el sacrificio de miles de hombres a lo largo de la historia de la humanidad, ¿Tiene alguna razón para ser recordado en un mundo donde a diario nos dicen -y nos quieren hacer creer- que la historia llegó a su fin y debemos conformarnos con sobrevivir en el sistema individualista y competitivo que hoy rige la vida de los países y de las personas? ¿Hay algo en lo que se pueda seguir creyendo, un sueño del que valga la pena apropiarse y luchar por hacerlo realidad?

En el fondo, es la misma pregunta que hoy se hacen los disconformes con las crecientes desigualdades del mundo y creen que las sociedades humanas pueden organizarse de otra manera, en torno a ideas de justicia social que de pronto parecen extraviadas en la nebulosa de la época incierta que vivimos, pero que son las que han generado los grandes cambios históricos y lo seguirán haciendo mientras exista un hombre capaz de mirar más allá del horizonte de sus necesidades cotidianas. Es la pregunta que también se hacen muchos jóvenes, tal vez sin el trasfondo ideológico que acompañó a sus padres en las décadas de los años sesenta y setenta, pero con la rebeldía a flor de piel, latente y vigorosa, frente a un mundo que reconocen injusto y carente de oportunidades, estructurado de un modo que no pretende resolver las desigualdades, sino que por el contrario perpetuarlas e incrementarlas para beneficio de unos pocos.

Quienes han unido sus sueños a las ideas de solidaridad, justicia y libertad no han tenido ni tienen un camino fácil. En muchas etapas de la historia sus esfuerzos se identifican más con las derrotas que con los triunfos; pero al mismo tiempo, es indiscutible, que sus victorias han significado conquistas de incalculable valor para la mayoría de los hombres. Sin esos sueños y los esfuerzos por concretarlos seguiríamos inmersos en la oscuridad. Del término de la esclavitud a nuestros días son muchas las batallas libertarias que se han dado, y cada una de ellas, aún en la derrota significaron conquistas sociales relevantes que hoy, en el mundo deshumanizado en que vivimos, son arrinconadas diariamente, afectando las relaciones laborales, la salud, la educación, el acceso a la cultura, a una vivienda, la libertad de expresión. Sin duda vivimos una época incierta donde muchos valores sobreviven replegados y parece no existir el deseo de luchar por ellos. Frente a eso, hay quienes seguimos aspirando a establecer una racionalidad que apunte a la justa distribución de los bienes de los que hoy dispone el hombre, generando una real igualdad de oportunidades para todos, ese derecho al bienestar que hace una punta de años, Kröpotkin definía como "la posibilidad de vivir como seres humanos".

Nuestra supervivencia –la de la humanidad en su conjunto- está ligada a la capacidad de soñar y reencontrar el camino de las causas libertarias que laten y luchan por expresarse en la actualidad. Nuestra realidad lo exige cada vez que miramos a nuestro alrededor, al país y al continente al que pertenecemos y vemos estremecido por injusticias de toda índole. Hoy, con solo abrir las páginas de un diario o ver las noticias de la televisión constatamos que América Latina es un volcán de dolor contenido. Durante los últimos años, desde el quiebre de las utopías y el desmembramiento de los proyectos progresistas, el continente ha profundizado su condición de patio trasero de los inversionistas estadounidenses y europeos. La aplicación de un modelo neoliberal ha empobrecido aún más a los países latinoamericanos, a sus pueblos y sus sueños. Un modelo que promueve una cultura dependiente, que ahoga y margina las expresiones locales, que discrimina entre los países latinoamericanos, en función del acatamiento de sus normas, limitando las posibilidades de proyectos integradores entre países de una misma región.

Cualquiera sea el país latinoamericano al que se dirija la mirada, éste exhibe un incremento de las desigualdades sociales, con el consiguiente fermento de carencias y dolores, de rabias, que están llamadas a explotar y expresarse. El panorama, desde luego, no es alentador. Crisis como la que vive la Argentina son sólo la primera manifestación de un modelo económico y de organización de la sociedad que está tocando fondo por sus iniquidades y por la corrupción de sus administradores; pero que a falta de otra alternativa que ofrezca nuevos rumbos, sigue siendo aplicado con la complicidad de gobiernos mediocres, sin proyectos propios, corruptos en muchos casos, simples administradores, en su mayoría, del modelo económico que despliega su hegemonía por el mundo.

La fragmentación e individualismo que la cultura neoliberal genera en las personas, se refleja y amplía en la conducta y realidad de cada país latinoamericano. Así, se da la paradoja de que vivimos en un mundo en el que la información circula de un modo inimaginado hasta hace unas décadas, y sin embargo, por el control que se ejerce en los medios de comunicación y en los medios de producción cultural, vivimos en la incomunicación, sin un mayor conocimiento del otro, de los vecinos, de los países con los que se tiene una historia común. En brazos del neoliberalismo, América Latina ha acentuado sus desigualdades. La brecha entre ricos y pobres es mayor, qué duda cabe. La distribución de los ingresos, como en el caso de Chile, es vergonzosa. La ignorancia y la desinformación hacen su agosto, y posibilitan que, los que hoy están adormecidos por los cánticos del sistema, se dejen embaucar por gurúes mediáticos, escasos de ideas, pero bien provistos de billetes. Si en los años sesenta, América Latina era un continente en crisis que miraba hacia cambios revolucionarios; hoy, lamentablemente, vive una crisis que sólo ve la desesperanza. Faltan ideas y líderes que, como en décadas pasadas, hagan soñar al continente.

Sin embargo, hay oportunidad para el cambio. Una palabra que, para comenzar, habría que rescatar para quienes aún creen en los sueños, porque siempre fue sinónimo de más libertad, de progreso e ideas nuevas. Necesitamos el cambio real, no el de los encantadores de serpientes. En el fondo de la crisis y la desesperanza algo diferente y alentador está creciendo. Una nueva rebeldía, nuevas formas de organizarse, un nuevo deseo de expresión, tal vez aún marginal, pero rico en diversidad, en recursos que se irán potenciando. Un ejemplo de ello son los piqueteros argentinos, los movimientos antiglobalización, las distintas expresiones de Attac que en Chile crece en las distintas regiones del país. Expresiones como las del trueque en la Argentina, la Toma de Peñalolén en Santiago, el crecimiento de la Surda en las universidades chilenas, la emergencia de revistas y centros culturales que aglutinan voluntades a su alrededor, el incremento de movimientos sindicales que no son noticias en las controladas pautas televisivas, pero existen y se expresan. Desde el fondo de la crisis nacen formas de organización y de hacer política que reinstalan la esperanza sobre la mesa. No es fácil y es probable que sea un proceso lento. Pero lo importante es que crece la necesidad de articular un movimiento social, sin dogmatismo, creativo, múltiple, que permita pensar en un destino mejor, que reinstale el derecho, para todos, de vivir con independencia y dignidad. El viejo sueño de Bolívar, Allende, el Che y tantos otros, que clama por una nueva oportunidad que nos salve de la irracionalidad.

Volviendo al inicio de estos apuntes, recuerdo que para responder a mi hijo, le conté que el año 1970 tenía más o menos la edad que él tiene ahora, y que como otros adolescentes de mi generación, me sentía parte del proceso de cambios políticos que hasta esa fecha vivía el país; y cuyo acercamiento al quehacer político había nacido bajo la inspiración del entonces líder indiscutido de la izquierda chilena: Salvador Allende. El ideario de Allende fue un poderoso imán para que nos sintiéramos atraídos por el proyecto de construir una nueva sociedad en Chile, y sus tres años de gobierno, fueron una época en la que soñamos vivir en un país distinto, sin desequilibrios sociales ni injusticias. Su pensamiento nos instaba a sumar la rebeldía juvenil a los cambios que era necesario generar, y en sus palabras, como las dichas al asumir como Presidente de Chile, había un llamado atrayente y motivador: "Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en la lucha social. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen. El escapismo, la decadencia, la futilidad, la droga, son el último recurso de muchachos que viven en países notoriamente opulentos, pero sin ninguna fortaleza moral. No es ese nuestro caso. Sigan los mejores ejemplos. Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor".

Palabras como esas, que inspiraron a los que éramos adolescentes al inicio de los años setenta, siguen vigentes. Continuamos siendo un pueblo que lucha por su identidad. La implantación del modelo económico neoliberal se contrapone a las necesidades de nuestro pueblo. Las exitosas cifras macroeconómicas se desdibujan frente a la pobreza más feroz. La imagen publicitaria de los medios de comunicación confunden incluso a los que sólo reciben los despojos del sistema. Se nos dice que terminó el tiempo de las ideologías, de la pugna entre distintas opciones políticas, pero la verdad es que detrás de esa negación se pretende imponer una ideología única, que no tiene otro norte que establecer un modelo de vida chato, conformista, acrítico, que inmovilice a la gente.

Cuando busqué una respuesta para mi hijo, recordé algunas palabras de García Márquez: "En este mundo existió la vida, prevaleció el sufrimiento y reinó la injusticia, pero también fuimos capaces de creer en el amor y hasta imaginar la felicidad". También pensé en un cuento de Osvaldo Soriano – "El Negro de París"- donde el niño protagonista reflexiona: "Poco a poco, mi papá me fue contando una historia larga de desalientos y utopía y me decía que yo debía heredar, sobre todo, la esperanza".

Hay una vida que construir en este nuevo siglo, sin los errores del pasado ni la desigualdad del presente. Esperanza es lo que no debe faltar. Esperanza para seguir creyendo en los sueños y encontrar el camino que los haga realidad.

Autor/es Ramón Díaz Eterovic
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Noviembre 2002