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Los editores independientes en Chile"Si todos los mares fueran tinta, todos los juncos plumas y todos los cielos pergamino, no habría que cantarle la gloria al poder"1, señalaba una nota al borde del Talmud siglos atrás. En nuestro país, la escritura, la lectura y el libro, concebidos como un ideal para un mundo diferente, tampoco estaban ausentes en el espíritu ilustrado que forjó la independencia y luego la República: bajo el nombre de "la máquina de la felicidad"2 era bautizada la primera imprenta que llegó a Valparaíso en 1811, encargada por la Junta de Gobierno que presidía José Miguel Carrera. En ella se imprimió el primer libro y el primer periódico, La Aurora de Chile, donde Camilo Henríquez señalaba "la voz de la razón y de la verdad se oirán entre nosotros después del triste e insufrible silencio de tres siglos…"3. Próximos a celebrar el bicentenario de esta República, la concepción del libro como base del progreso parece haberse esfumado ante la tecno-utopía, que pone el computador en el primer plano y las leyes del mercado, con su búsqueda del lucro como motivación de la acción humana. Incluso discursos apocalípticos auguran el fin del libro. Por otra parte, en menos de una década el panorama del mundo editorial se ha visto totalmente transformado producto de un acelerado proceso de compras y ventas de casas editoras por parte de grandes grupos de las comunicaciones, produciéndose una vertiginosa concentración y reconfiguración de una labor que ha acompañado el desarrollo de la cultura, el mantenimiento de la memoria y los espacios para la creación en los tiempos modernos. Los editores, de gestores y propietarios, se han transformado en funcionarios de tercer orden en estos conglomerados, donde mandan los gerentes y sólo se decide una publicación con la autorización del director comercial. En ese marco, y como reacción a esta globalización neoliberal que con ferocidad también ha alcanzado al ámbito cultural, nace el concepto de Editores Independientes, que no es más que poner apellido a la palabra editor, para marcar y resguardar su sentido original, que por cierto está cruzado por múltiples factores, donde lo comercial también está presente, pero no por ello constituye su razón de ser. En un mundo donde prevalece el reinado del mercado, siendo el eje fundamental que pasa a regular todos los aspectos de nuestro cotidiano, inclusive el derecho a la vida, la Edición Independiente busca resistir y rescatar el trabajo con el libro centrado en el hombre, en la mujer; en una ética en pos de lo humano, de lo diverso, de la parte y del todo. La palabra independiente pretende destacar que no es lo mismo valor y precio, el valor va más allá de los signos del mercado. Hace ya dos años se constituyó la Asociación de Editores Independientes de Chile, que reúne hoy a ocho editoriales nacionales: Cesoc, Cuarto Propio, Cuatro Vientos, Dolmen, Ediciones del Temple, Lom, Pehuén y Ril: "Entendemos nuestro oficio editorial como la búsqueda y el rescate de obras de calidad, independiente de su potencialidad de mercado. Esto permite preservar la pluralidad y diversidad cultural en la comunidad de la que somos parte. "Creemos que es básico mantener vivo un ethos del quehacer editorial, donde el valor de nuestra labor está en la obra creada, en el libro editado, en el encuentro del lector con el texto, y no sólo en el posible beneficio comercial. "Una editorial se funda en las personas y el espíritu con que ejercen su oficio, en su catálogo, en la multiplicidad de su propuesta, en su posibilidad de ser un espacio para voces nuevas y pasadas. Por lo tanto, el editor no es un funcionario de una empresa, sino eje y gestor del proyecto", señalaba el primer manifiesto público. Tres ámbitos han constituido las principales líneas de trabajo de la Asociación, las que buscan abordar el tema del libro y la lectura en todas sus dimensiones, manteniendo viva la articulación entre tradición / invención, tan propio del ámbito de la creación, y donde se pueden reconocer diversos momentos de continuidad y ruptura con el "alma y cuerpo" de la "Historia del Libro en Chile", como ha titulado Bernardo Subercaseaux su libro sobre este vivo objeto. 1. Política nacional del libro y la lecturaSi bien los discursos sobre el libro y su papel en la educación y el progreso fueron una constante en el transcurso de la República, faltó, como señala Subercaseaux, una política nacional del libro que permitiera consolidar el desarrollo de una industria editorial. Sin duda se vivieron momentos de fulgor entre los años ´30 y ´50 del siglo XX, con más de 20 editoriales nacionales activas y cuyos libros viajaban por el continente –destacaron Zig-Zag, Ercilla, Editorial del Pacífico, Nascimento, Cruz del Sur–, y durante la Unidad Popular, con Quimantú, que generó un gran proceso de popularización del libro, pero no se logró una continuidad en el tiempo, como fue el caso en México y Argentina. Por último, el golpe selló con brutalidad el fin de un período; los autodafe que realizaron los militares en las calles de Santiago dejaron una huella indeleble en el imaginario colectivo. A fines de los 70, con editorial Aconcagua, y particularmente en los ´80, con Cesoc, Pehuén, publicaciones de ONG y editoriales españolas que empezaron a editar en Chile como Planeta, el libro fue abriéndose un nuevo espacio, generando, particularmente con el retorno a la democracia, un crecimiento lento pero sostenido de los niveles de lectura, sin alcanzar hasta ahora una recuperación de lo que existía antes del 11 de septiembre 1973. En Chile no se produjo el destape que se manifestó en otros países que vivieron regímenes dictatoriales; no hubo por tanto una explosión de curiosidad en casi ningún aspecto, tampoco hubo un crecimiento explosivo en las publicaciones y lectores al final de la dictadura. El desarrollo de las ediciones y el crecimiento de lectores ha sido lento y sostenido, fenómeno que en los ´90 se benefició del apoyó estatal a través del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y de reformas en la educación. Sin embargo, esta dinámica de crecimiento se cruzó con la concentración económica del mercado del libro en manos de sucursales de editoriales españolas, muchas de las cuales a su vez son propiedad de grupos de otros países como Alemania, Francia, Italia. Estos sellos transnacionales dejan géneros enteros de lado, como la poesía y la filosofía, a excepción de premios Nobel, y sus ventas están dadas fundamentalmente por la importación de libros desde la península, con una producción local de carácter secundario, que muchas veces responde al objetivo de publicitar la marca. Esta política ha marginado las industrias del libro nacionales a través de la compra de los sellos editoriales, o bien fragilizando a éstos, al llevarse a los autores de mayor venta ofreciendo importantes sumas como adelanto. Además, han socavado los catálogos editoriales, implementando políticas de rápida rotación y dejando en circulación sólo los títulos cuya venta los hace altamente rentables. Todo esto hace que se genere una pérdida de continuidad en la creación y lectura local. Sus políticas comerciales han tendido también a destruir las redes de librerías, optando preferentemente por las cadenas comerciales o grandes superficies, y dando condiciones desfavorables para la librería tradicional, suspendiendo las consignaciones si no venden lo suficiente. Este proceso limita los puntos de exhibición de los catálogos editoriales y de los libros sin campaña de marketing, atentando así de hecho contra la biblio diversidad. Si en Chile en los ´90 ya era mínima la red de librerías que sobrevivió a los años de dictadura, hoy el panorama es sombrío, y pocas son las librerías independientes que se mantienen, existiendo ciudades de provincia donde hay universidades pero ni una librería. ¡Puede uno imaginarse las consecuencias para los futuros egresados de las carreras de ciencias humanas! Tal como Juan Egaña solicitaba a Mateo Toro y Zambrano en 1810 "costear una imprenta aunque sea del fondo más sagrado", pues se corría el peligro de que a "un pueblo sin luces" lo sedujera el que tuviera más "verbosidad y arrojo"4, hoy se hace necesario el desarrollo de una política nacional del libro y la lectura, que nos evite terminar como un país limitado a un rol receptor de la producción cultural de las industrias del entretenimiento, incapaz de "manufacturar" su creación intelectual, de generar visiones de mundo. Por ello, la Asociación de Editores Independientes, después de un año de trabajo junto a otros actores del mundo del libro, y Chile 21, presentaron en abril pasado la propuesta ACCESO AL LIBRO Y FOMENTO DE LA LECTURA, la que después de destacar rol del libro en la sociedad actual y señalar las dificultades y obstáculos que enfrenta, propone 22 medidas preliminares que abordan toda la red del libro, sin limitarse al tema de la piratería, que es uno, entre otros, de los problemas que le atañen. El documento se sustenta en la necesaria existencia de políticas públicas en la materia, profundizando la ley del libro de 1992 y el funcionamiento del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. 2. Práctica editorialOtra línea de trabajo de la Asociación ha sido el transformar el espacio de encuentro en una práctica de colaboración mutua para la sobrevivencia y desarrollo de las diferentes empresas "competidoras" que la conforman. Si bien no está en "la razón comercial" la motivación de estas editoriales, cabe un buen manejo cotidiano de las empresas que permita conservar la viabilidad a largo plazo. El compartir experiencias, información, stands en ferias, mecanismos de comercialización, se ha ido transformando en un interesante desarrollo del quehacer individual y colectivo. Ha sido particularmente importante, en ese sentido, la apertura con el apoyo de Prochile, de una distribuidora en Buenos Aires, lo que amplía la circulación de los libros chilenos y la masa crítica de lectores potenciales, e incrementa las posibilidades de contratar traducciones con circulación en el Cono Sur. Este tipo de colaboración va a la par con una acción más política en el ámbito editorial. En la actualidad se hace necesario ampliar estas colaboraciones y acciones a otras editoriales nacionales, que viven de una u otra forma una problemática similar, y junto a los libreros, escritores e instituciones del ámbito cultural, generar un movimiento por la lectura y una industria nacional del libro. Existe también una estrecha colaboración con editoriales afines de otros países, como la red que constituyen Lom de Chile, Era de México, Txalaparta del País Vasco, España y Trilce de Uruguay, la que ha permitido hacer efectiva la publicación de autores entre los diversos países –hay más de 40 títulos editados cruzadamente–, como también buscar maneras de intercambios para la distribución. En ese espíritu y bajo estas motivaciones, se organizó el año 2000, el primer encuentro de Editores Independientes, en el marco del Salón Iberoamericano de Gijón, España, donde participaron editores de América Latina, Europa, Estados Unidos y África. 3. Diversidad culturalOtro eje central del trabajo de la Asociación en estos dos años de vida ha sido la diversidad cultural, y su manejo en los tratados de libre comercio y en la Organización Mundial del Comercio, OMC. La manera como esta globalización ha afectado al libro es la misma para el audiovisual, la música y la creación / producción cultural en general. El desarrollo de enormes economías de escala y la concentración vertical de la producción cultural en el mundo, dominada por la industria del entretenimiento estadounidense –que se ha transformado en la principal fuerza comercial de ese país, con 60.200 millones de dólares como cifra de negocios en 1996– ha tenido efectos devastadores en la producción cultural local de diversas partes del mundo y en la hegemonía de una sola visión del mundo. Como señala un reciente informe de la UNESCO, el 85% de las películas proyectadas en todo el mundo son de manufactura hollywoodense5, ocupando más del 90% del mercado en Chile. En el sector de la música, 6 o 7 grandes sellos controlan la industria del disco. Mientras más se libera el comercio de bienes y servicios sin resguardos o reservas para la cultura y educación en estos tratados bilaterales o multilaterales, más cerca nos encontramos de que los Estados pierdan la soberanía para actuar en esos campos fundamentales de la sociedad, áreas en las cuales no puede ser la rentabilidad el criterio que define las políticas, sino la justicia, el desarrollo, la democracia y bienestar de la sociedad, siendo el factor comercial un elemento, entre otros, a la hora de evaluar. Chile está batiendo todas las marcas en la firma de tratados bilaterales y multilaterales, sin que exista en las negociaciones una política activa en materia cultural, estableciéndose reservas para la cultura sólo cuando la contraparte firmante lo plantea; fue el caso del Tratado firmado con Canadá, donde existe una reserva ejemplar para toda la cultura y el de la Comunidad Europea, Tratado que sólo establece reserva para el sector audiovisual. Es paradójica la despreocupación o el desinterés por los efectos que significa para la cultura e identidad esta liberalización a ultranza del comercio, siendo Chile un país cuyos ciudadanos y gobernantes han vivido el flagelo del exilio, fenómeno que debería facilitar el desarrollo de una fuerte conciencia del necesario resguardo de las identidades, de las raíces, junto a la valoración por la apertura a otras culturas, ejes de la diversidad cultural. Cuando hablamos de resguardos, de reservas, no estamos hablando de fomentar nacionalismos y cerrarse al resto del mundo. Al contrario, estamos convencidos que la riqueza de una sociedad es poder –desde la diversidad de sus componentes, de la particularidad de sus culturas y del respeto irrestricto a los derechos humanos– intercambiar con el otro, cambiar junto al otro. Intercambio cultural es una palabra y una acción necesaria, que genera vida. Pero intercambio presupone vías en dos o más sentidos, lo que el mercado no garantiza, demostrándolo en los hechos. Hoy se vive el dominio de una cultura, una forma de ver, un tipo de producto, básicamente rentable. Por ello, no es posible aceptar que se trasladen mecánicamente las lógicas comerciales, los discursos de ventajas comparativas, al ámbito cultural. ¿Podemos aceptar que países enteros vean cortadas sus posibilidades de generar música, literatura, cine, teatro, porque no son competitivos? La relación entre creación y la posterior materialización en un libro, disco o película es básica para lograr densidad cultural en una sociedad, se trata de derechos culturales que, como la educación, no pueden estar subsumidos a criterios de mercado. Se avanza hoy rápidamente en el TLC con los Estados Unidos, y en marzo hay una nueva ronda de negociaciones en la OMC. La Asociación de Editores Independientes, junto al Sindicato de Actores, Sidarte, la Plataforma Audiovisual y Sitmuch, conformaron la Coalición Chilena para la Diversidad Cultural, y enviaron una carta abierta al presidente Ricardo Lagos con más de 500 firmas del ámbito cultural solicitando que la cultura no sea tratada como un producto más en las negociaciones comerciales. También se han sostenido numerosas conversaciones con quienes trabajan en el ámbito cultural del gobierno y quienes negocian estos acuerdos (Direcon). Esta vez, se ha puesto sobre la mesa de las negociaciones una reserva para la cultura. Es fundamental que esta propuesta cubra los diversos sectores, y junto a una excepción similar para la educación superior, se materialice en el acuerdo final. Se juegan con ello el futuro de nuestra cultura y el futuro de la creatividad, de la educación, de la calidad de nuestra democracia. Con estas líneas de trabajo han iniciado su caminar los Editores Independientes de Chile. Pensar desde esa amplitud y en esa ética es volver a los cimientos del quehacer creativo y cultural, al sentido básico del trabajo con el libro, de la labor editorial; es volver a darle sentido liberador a la palabra escrita, sustento de la invención y la herencia de nuestra humanidad; es revalorar lo que nos anima a seguir luchando y resistiendo en pos de un mundo mejor, donde la vida del ser humano, y la palabra, que simbólicamente está ligada a su origen, recuperen sentido y valor.
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