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Morir de hambre para no morir de soledad

Ochenta presos políticos pertenecientes a organizaciones de extrema izquierda murieron en Turquía desde octubre de 2000, cuando se iniciaron huelgas de hambre en protesta contra una reforma penitenciaria que sustituye el sistema de celdas compartidas por el de celdas de aislamiento.

Una anciana camina en medio de la multitud sobre el puente de Galata a Estambul. Lleva una pancarta en la que se lee: "Mi hijo Nazim Hikmet hace huelga de hambre. Yo también quiero morir". La foto está tomada en primavera, los árboles de la Punta del Serrallo están en flor. Su hijo, el gran poeta turco Nazim Hikmet (1902-1963), cuyo centenario se celebra este año, tiene el rostro cansado en otra foto que se puede ver en el mismo diario con fecha 9 de mayo de 1950. "Nazim Hikmet en huelga de hambre desde hace seis días", anuncia el título en letras catástrofe. El subtítulo parece algo insólito, cincuenta años después, en los umbrales del siglo XXI: "El médico de la cárcel dice que intervendrá en caso de peligro de muerte".

¿Pero qué va a hacer exactamente el médico? Alimentar al prisionero a la fuerza. Sentenciado a una dura condena al cabo de un largo proceso amañado del principio al fin, el poeta estaba encarcelado en Bursa desde hacía ya doce años cuando inició una huelga de hambre para recuperar la libertad. Todavía tiene fuerza suficiente como para escribir su poema "El quinto día de una hulega de hambre", que dirige a sus amigos franceses, entre ellos los poetas Tristan Tzara y Aragón, que reclaman su libertad: "Hermanos/si no logro decirles correctamente/lo que tengo que decirles/ ustedes me disculparán/ estoy como borracho, la cabeza me da vueltas/No tengo licor/ sólo un poco de hambre".

Así que en cincuenta años nada cambió en Turquía, donde los presos políticos siguen haciendo huelga de hambre, no para recuperar su libertad como Nazim Hikmet, sino su dignidad. Para defender el derecho a vivir juntos, esa "presencia común" de la que habla René Char. Y no data de ayer. En El último tranvía, antología de relatos del exilio, yo escribía hace veinte años estas líneas: "Pero mi cuerpo no puede sufrir con los cuerpos esqueléticos de los niños africanos, como tampoco con los de los jóvenes de mi generación muertos en las cárceles turcas conmo consecuencia de las huelgas de hambre. La televisión no pudo mostrar a estos últimos, porque no había en los lugares periodistas autorizados, pero su muerte se extiende en mí como un charco ardiente dejado por el sol de mi país".

Hoy los periodistas suelen estar presentes en el lugar del drama y a través de las pantallas de televisión asistimos en directo a una muerte lenta. O rápida, según los casos. Hace más o menos un año, el 19 de diciembre, por paradójico que parezca, el "operativo para el regreso a la vida" llevado a cabo por las fuerzas del orden contra los presos en huelga de hambre culminó en decenas de muertes, entre ellos algunos gendarmes. Curiosa denominación para un acto durante el cual la vida humana nunca se tomó en cuenta. ¿Cómo explicar si no este desastroso balance, el empleo de armas pesadas, helicópteros, topadoras para echar abajo las paredes?

Nunca voy a olvidar el rostro de esa muchacha, como una máscara de la muerte, que gritaba: "Nos quemaron vivos", antes de que la trasladaran al hospital. O el de Fidan, otra chica cuyo nombre significa en turco "brote", que murió quemada en la primavera de su vida. Se me dirá que los presos, pertenecientes a una organización de extrema izquierda, se inmolaron con fuego por orden de su jefe. Es muy probable. Pero el Estado es el responsable de la seguridad de los presos, no las organizaciones terroristas. Por otra parte, la cínica declaración del primer ministro Bulent Ecevit todavía resuena en mis oídos: "El Estado lleva a cabo esta acción para liberar a los terroristas de su propio terrorismo". ¿Pero cuál es hoy la situación?

A pesar del traslado de los sobrevivientes a otras cárceles donde ahora purgan su pena en celdas de aislamiento, la agitación continúa. Los jóvenes presos mueren en medio de la indiferencia, mientras se extienden las huelgas de hambre. En el barrio de Küçükarmatlu, en Estambul, sobre las colinas que se levantan sobre el Bósforo, los allegados de los presos también hacen huelga de hambre. El término que se usa en Turquía para este acto me parece muy significativo. Dicen "ölum orucu", refiriéndose al ayuno del Ramadan, un término de connotaciones religiosas que significa "ayuno para la muerte". De modo que se decidieron a morir de hambre para no morir de soledad.

Porque se trata en realidad de una oposición a la reforma penitenciaria que prevé el paso del sistema E al sistema F. Dicho de otro modo, el abandono de las celdas colectivas a celdas aisladas, donde los presos políticos corren el risgo de verse expuestos a la tiranía de los guardiacárceles. Turquía, candidata a a integrar la Unión Europea, debe adaptarse a las normas europeas que exigen sobre todo una reforma del sistema penitenciario. Pero las autoridades no tienen que aprovecharlo para aniquilar la personalidad de los presos y destruir su integridad física.

Actualmente asistimos a la agonía de los jóvenes detenidos al mismo tiempo que a la de un sistema que tenía sus fallas, pero también sus cualidades. Gracias al antiguo sistema, denominado E, esto es, detención en celdas colectivas, Nazim Hikmet, antiguo preso político, pudo escribir su obra maestra Paisajes humanos de mi país. Orhan Kemal, su compañero de celda, futuro novelista que aprendió mucho de Hikmet, describe esta suerte de furia creadora que se apoderaba del poeta y que sólo podía concretarse en el antiguo sistema, que permitía una vida comunitaria en la cárcel: "Nazim trabaja en Los paisajes…: allí, cerca de la pared principal, va y viene, hace gestos con las manos, los brazos, se da vuelta bruscamente, susurra, tararea."

Otro observador de aquel periodo fue el campeisno Balaban, a quien Nazim enseñó pintura, siempre gracias al antiguo sistema que los presos políticos de hoy defienden arriesgando su vida, y que se convirtió en el mejor pintor turco de la realidad campesina: "El poeta entraba en todas las celdas de la cárcel; escuchaba los relatos de cada preso. Le pedía apresuradamente al primer llegado papel y lápiz, y entonces se ponía a garrapatear".

No soy un especialista en sistema penitenciario, pero tengo corazón. También una pluma. No puedo quedarme en silencio ante semejante desastre, cuya responsabilidad incumbe al Estado que no fue capaz de resolver el conflicto y a los jefes de una organización política dispuestos a sacrificar a sus compañeros por una causa hace tiempo superada.

Acabo de enterarme de que los huelguistas de hambre y sus familiares que están por morir en Küçükarmatlu, donde es tan hermoso vivir (lo sé porque nuestra casa familiar se encuentra precisamente sobre la orilla de enfrente, al borde de las Aguas Dulces de Asia) proponen una solución: "Apertura de tres puertas". Se trata de permitir a los detenidos que se comuniquen entre sí en su celda por grupos de tres personas. Pero el ministro de justicia Hikmet Sami Turk se niega. Entonces recordé el título de las cartas desde la cárcel de Nazim Hikmet: "Con la esperanza de hacerlos llorar de rabia". ¿El deseo de morir será derrotado por el de la esperanza? Ay, no se puede responder por la afirmativa a esta pregunta mientras dure el conflicto. Y podría durar mucho tiempo si el Estado no hace ninguna concesión.

Autor/es Nedim Gürsel
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Temas Derechos Humanos, Estado (Justicia), Políticas Locales
Países Turquía