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Guerra del opio en las fronteras de Irán

Sobre la ruta del opio, entre los campos de amapola de Afganistán y el mercado europeo de heroína, Irán libra una guerra contra los traficantes. Una frontera demasiado vasta, un dispositivo permeable y los desmesurados beneficios del tráfico, hacen vana esta tentativa de contención, mientras la toxicomanía crece en el país. Se impone, como solución, un desarrollo alternativo del campo afgano.

Perdida en los confines de las fronteras paquistaní y afgana, Zahedan tiene la apariencia de una ciudad oriental común y corriente: un animado bazar, anchas avenidas con embotellamientos y, en su periferia, interminables barrios de ranchos, donde se apiñan los desheredados. Detrás de esta fachada, la capital de la provincia iraní de Sistán-Baluchistán esconde un singular estatuto: ser una etapa crucial del tráfico mundial de estupefacientes. Por las calles tapizadas de retratos del ayatola Ruhollah Khomeini se cruzan, midiéndose mutuamente, camiones del ejército y 4x4 de los traficantes. Cuando cae la noche, se puede ver en las veredas a hombres en vehículos todo terreno que venden opio y heroína a los compradores locales. Pero la acción principal tiene lugar lejos de las miradas, más allá de Zahedan, en la desolación de los áridos valles y las colinas erosionadas.

En la oscuridad de la noche, los traficantes baluches parten cargados de bidones de gasolina hacia Afganistán, donde el valioso carburante cuesta diez veces más. Regresan a Irán trayendo a afganos clandestinos endeudados con el transportista, ilegales a los ojos de la autoridad, explotados en las obras de construcción iraníes, que continuarán tal vez su periplo hasta Sangatte. Se trata de un comercio de hombres secundario para los contrabandistas, más interesados en el tráfico de drogas. El opio afgano se produce en las provincias pashtunes de Helmand al sur y de Nangarhar al este. Una parte se refina para obtener heroína en los confines de Afganistán y Pakistán, en laboratorios rudimentarios.

Acorazados con kalachnikovs

Por la "ruta del sur", luego de un rodeo por Pakistán, la droga entra a Irán por caminos conocidos desde hace siglos por los contrabandistas. En automóvil, en moto, a pie, en caravanas de decenas de 4x4 con escoltas equipadas con teléfonos celulares y lentes infrarrojos, acorazados con kalachnikovs, lanza-misiles e incluso misiles estadounidenses Stingers, un incalculable volumen de estupefacientes desborda la frontera iraní por todos los medios. Existen incluso caravanas de dromedarios que, amaestrados en el conocimiento de la ruta, no necesitan ya de un acompañante humano y pueden transportar hasta siete toneladas de estupefacientes. Son esos mismos dromedarios a los que sus amos hacen ingerir opio, a veces, durante las fiestas tradicionales, para hacerlos "bailar".

Los baluches no conocen fronteras. El área cultural de este pueblo sunnita se sitúa en los territorios de Irán, Afganistán y Pakistán. Para ciertos sectores de esta sociedad clánica, cuyos miembros gozan en ciertos casos de una triple nacionalidad, el contrabando entre estos tres países constituye una actividad secular lucrativa y, para muchos, la única solución económica posible luego de la terrible sequía que azota a la región desde hace algunos años. "Esos hombres son, desgraciadamente, gente común", reconoce, ateniéndose al estereotipo de circunstancias, un alto responsable iraní de la lucha contra el tráfico.

Porque si bien los jefes tradicionales baluches condenan el consumo de estupefacientes, que corroe a otros sectores de la sociedad iraní, son menos severos en cuanto al tráfico, fuente de riquezas para ciertas celebridades locales. En Baluchistán, las solidaridades clánicas son tan fuertes que, contrariamente a los delincuentes afganos que garantizan el tránsito del opio por la "ruta del norte", dentro de la provincia de Khorasan, los traficantes baluches no tienen ninguna necesidad de recurrir al secuestro para asegurarse el apoyo logístico de la población.

Poco conscientes de los perjuicios sociales de los productos que transportan, los pasadores se exponen a la pena de muerte si su carga excede los treinta gramos de heroína o los cinco kilos de opio. Cinco traficantes -entre ellos una mujer- fueron colgados en público, por medio de grúas, en una plaza de Teherán, en un amanecer de marzo de 2001. Otros 900 fueron muertos durante el año 2000, y más de 80.000 de los 170.000 detenidos iraníes fueron encarcelados por acciones ligadas a los estupefacientes.

Las fuerzas iraníes del orden interpelan cada año a miles de aprendices de pasadores, que esconden opio, heroína, hachís o morfina en suelas de zapatos, muebles vaciados, tubos de dentífrico, electrodomésticos, casetes de video, e incluso billetes.

Un poder de inventiva sólo igualado por la desmesura del comercio mundial de estupefacientes. Segundo en importancia después del petróleo, éste genera 500.000 millones de dólares de recaudación por año en todo el mundo1. Las ganancias son exponenciales: un kilo de opio se compra a 30 dólares al cultivador afgano y se paga en productos alimenticios. Los pasadores reciben una remuneración que oscila entre los 15 y 30 dólares por día según su función. Ese mismo kilo de opio se negocia luego por 100 dólares en Zahedan, 600 en Teherán, 2.400 en Turquía. Una vez refinado con anhídrido acético, cada kilo de opio rinde 100 gramos de heroína. Un laboratorio clandestino se equipa con unos pocos cientos de dólares. Un gramo de heroína -cortada en un 65 u 80%- se revende por 25 o 35 dólares en las calles del viejo continente. Entre el 80 y el 90% de la heroína consumida en Europa es originaria de los campos de amapola afganos.

"Para nuestra desgracia, Irán constituye la ruta más corta entre el país productor, Afganistán, y los consumidores europeos. Frente a la fragmentación del Asia central ex soviética, los traficantes sólo tienen que cruzar, vía Irán, dos fronteras", se lamenta el alto oficial del ejército iraní. Una vez en Irán, la droga atraviesa las zonas montañosas del norte y el sur del país hasta la frontera turca. Camino a Yazd, en la región central, traficantes baluches y afganos son relevados por otros, azeríes, persas y kurdos.

"Después de la revolución de 1979, Irán, que era un viejo país productor, llevó a cabo el enorme esfuerzo de erradicar el cultivo de amapola en un plazo de un año y medio", confirma Antonio L. Mazzitelli, representante en Teherán del Programa de las Naciones Unidas para el control internacional de la droga (PNUCID). Desde entonces, la república islámica hace lo que puede para contener el flujo de estupefacientes que atraviesa su territorio. La política antidroga está bajo la responsabilidad del sector reformista del presidente Mohammad Khatami, luego de una infructuosa tentativa de acapararla, en enero de 2001, por parte de la justicia iraní, en manos de los conservadores del guía de la república Ali Khamenei.

Una ayuda internacional limitada

42.000 soldados, policías y milicianos -o sea alrededor de una décima parte de las fuerzas armadas de la república islámica- se despliegan a lo largo de los 1.950 kilómetros de la frontera oriental, erizadas desde los confines septentrionales del país hasta el océano índico con más de 200 torres de vigilancia, decenas de muros de cemento que obturan los pasos, cientos de kilómetros de fosas y alambres de púas. Una inversión de 1.000 millones de dólares, a los que hay que agregar los costos de mantenimiento. El Parlamento iraní (Majlis) desbloqueó el equivalente a 25 millones de dólares en el año 2.000, para fortificar una vez más la frontera. 3.140 miembros de las fuerzas de seguridad, entre ellos dos generales, perdieron la vida en enfrentamientos con los traficantes desde 19792. En promedio, un funcionario cada tres días.

En octubre de 1999, en Gurnak, al sur de Zahedan, 37 soldados que iban tras la pista de la banda de un mafioso local, mollah Kemal Salah Zehi, fueron rodeados y masacrados por los hombres que perseguían.

Ali, quien dirige la emisora radial de una ONG iraní de prevención y ayuda a los drogadictos, Aftab (el sol), tenía un amigo conscripto, recién casado, que fue uno de los baleados en Gurnak. "Si Irán permitiera el tránsito de la droga, nuestros soldados no se harían matar, y quedaría menos heroína en nuestro país. Occidente, el principal consumidor, nos ayuda poco. Sin duda porque no nos aprecia", sostiene Ali. Muchos iraníes, conscientes de la imagen negativa de su país en Occidente, comparten este punto de vista.

Y si se dejan a un lado los encuentros bilaterales de los responsables iraníes de la lucha contra el narcotráfico con sus colegas asiáticos y europeos, resulta evidente que la ayuda internacional sigue siendo limitada. La Comisión europea y catorce países donantes alimentan el presupuesto del PNUCID (18 millones de dólares por año), que efectúa acciones de prevención en colaboración con el gobierno iraní. Francia proveyó, además, 10 perros anti droga y Gran Bretaña, chalecos antibala. "El Parlamento británico tuvo que aprobar una ley especial para permitir el envío de unos simples chalecos antibala", desliza Mazzitelli. "Hasta las vacunas de los perros antidroga deben importarse. ¿Por qué? Porque uno de sus componentes podría presumiblemente ser utilizado para fabricar armas químicas."

Antes incluso de que en su último discurso sobre el estado de la Unión, a fines de enero de 2002, el presidente George Walker Bush acusara a Irán de formar un "eje del mal" junto a Corea del Norte e Irak, y lo amenazara con una operación militar, Washington consideraba a la república islámica, primero como un "Estado ilegal" (rogue state), luego como un "Estado preocupante" (a state of concern)3 y la sometía a sanciones unilaterales, que se remontan a un período anterior al término state of concern, cuando se utilizaba rogue state4. Confirmadas en julio de 2001, las sanciones tuvieron consecuencias incluso en la lucha iraní contra la droga: los traficantes están mejor equipados que los militares.

La droga que se consume en Estados Unidos no proviene de Asia central, sino del sudeste asiático y de América Latina. Washington no tiene pues ningún interés directo en prestar ayuda a Irán en su lucha contra el tráfico. Desde enero de 2002, la tensión entre Teherán y la Casa Blanca experimenta, por lo demás, un súbito rebrote a partir de la inspección del carguero Karine A, cargado de armas, provenientes según Israel de Irán y supuestamente destinadas a nutrir la resistencia palestina.

Más de 250 toneladas de estupefacientes fueron secuestradas en teritorio iraní en el transcurso del año 2000. El PNUCID estima que a nivel mundial, los Estados interceptan sólo entre el 10 y el 20% de la droga. Esto quiere decir que sin duda entre 1.000 y 2.000 toneladas de narcóticos consiguieron entrar a Turquía desde Afganistán. Los responsables de la lucha contra el tráfico en Irán prácticamente piden disculpas: "La frontera es sencillamente demasiado extensa. Desiertos, montañas, pantanos… No podemos controlar todo", se lamenta uno de ellos. "Hacemos todo lo posible", protesta otro. "Nuestros 3.000 mártires lo atestiguan."

Es cierto, pero las carencias del dispositivo son notorias en cualquier punto de control. En el puesto de frontera de Taybad, en Khorasan, se puede observar una fila ininterrumpida de semi-remolques afganos pegados paragolpe con paragolpe, mientras los camioneros traspasan cargas de uno a otro remolque antes de entrar en territorio iraní. Los soldados de la Alianza del Norte y los guardias de frontera iraníes, completamente desbordados, echan una rápida ojeada a los documentos de identidad, a la carga y la carrocería. Queda en el observador imaginar la tentación que debe representar para un funcionario mal remunerado el maná del tráfico. Oficialmente, no se señala ningún caso de corrupción, cosa que puede parecer sorprendente, cuando en los jardines públicos de Teherán, los pequeños revendedores negocian su tranquilidad con ciertas patrullas policiales, a cambio de 15 dólares por día.

La guerra contra este flujo de estupefacientes representa una tarea tan pesada como la roca de Sísifo. "Sólo la extirpación de raíz del mal pondrá fin al tráfico", analiza Ketabdar. "Afganistán es Nadastán: no hay nada, salvo opio. Hay que sacar a este país de la miseria y desarrollar para los campesinos alternativas al cultivo de amapola". Asunto que quedó en suspenso durante la intervención estadounidense. "Ignoro si las bombas estadounidenses solucionaron el problema talibán", comenta con ironía Ketabdar, "pero en todo caso no resolvieron el tema del opio". Mazzitelli opina prácticamente lo contrario: la ofensiva estadounidense agravó la apuesta al cultivo de amapola, que es el medio de vida de 3,3 millones de afganos.

"Después de haber producido 4.600 toneladas de opio en 1999, el Afganistán de los talibanes decretó en julio de 2000 la erradicación de los cultivos. Es plausible que el mollah Omar haya tomado esa decisión para permitir que los traficantes agotaran sus stocks y provocar así el aumento de los precios del mercado. Sea como sea, pudimos constatar en el lugar una drástica disminución de las superficies cultivadas. La producción bajó a 185 toneladas en 2001". A falta de asistencia, los cultivadores y sus familias cayeron en la miseria. "A partir del derrumbe de los talibanes, los campesinos aprovecharon el caos imperante para volver a plantar". La próxima cosecha, en junio de este año, podría ser considerable. Sin embargo resulta difícil reprochar a los campesinos afganos por querer asegurar su subsistencia. "No tienen alternativa: un campo de amapola rinde quince veces más que un cultivo alimentario", se lamenta Mazzitelli.

Ahmid Karzaï, primer ministro interino afgano, anunció a mediados de enero su decisión de erradicar el cultivo de amapola, en un gesto saludado por la comunidad internacional, y en particular por Irán. Así y todo, cabe preguntarse acerca de la capacidad real de Kabul para controlar el país -ya están estallando conflictos entre ciertos señores de la guerra- y más aun para imponer esa erradicación a las provincias productoras, pobladas por pashtunes que no simpatizan con el nuevo poder emanado de la Alianza del Norte, de etnia tayika.

Afganistán obtuvo 4.500 millones de dólares de ayuda internacional en la conferencia de Tokyo, en enero. Irán concedió un préstamo de 560 millones de dólares en cinco años, 120 de los cuales estarán disponibles a partir de este año. "La comunidad internacional no apunta por el momento a financiar proyectos de desarrollo alternativo y de cultivos sustitutivos, sino a la reconstrucción de las infraestructuras del país", precisa Mazzitelli. Frente al estado de indigencia de Afganistán, la lucha contra la producción de opio podría pues padecer un problema de prioridades: para mayor beneficio de las mafias que controlan este tráfico mundial condenable y en detrimento de los más desprotegidos, desde los campos afganos hasta los guetos de Europa.

  1. Veáse PNUCID, "Drugs and development: discussion paper prepared for the world summit on social development", Viena, junio de 1994.
  2. National drug control report 2000, Islamic Republic of Iran Drug Control Headquarters, Teherán.
  3. Noam Chomsky, "Estados Unidos, un Estado ilegal", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2000.
  4. Irán está sometido a medidas unilaterales estadounidenses y no a un embargo internacional. La ley sobre la no proliferación de armas en Irán e Irak (23-10-1992) sanciona a todo Estado extranjero que transfiera procedimientos técnicos o bienes susceptibles de colaborar en la adquisición de armas clásicas perfeccionadas, armas químicas, biológicas o nucleares. Estas sanciones conllevan la interdicción de participar en mercados públicos del Estado federal, obtener una licencia de exportación, la oposición por parte de Estados Unidos a toda asistencia financiera ofrecida por las instituciones financieras internacionales, la suspensión de las transferencias y ventas en el campo de la defensa. El Senado estadounidense prorrogó por cinco años en el pasado mes de julio la ley Amato de 1996 (dirigida también a Libia), que sanciona a toda empresa extranjera que invierta más de 20 millones de dólares por año en los sectores del petróleo y del gas. El Iran Non Proliferation Act, adoptado en marzo de 2000, apunta por su parte a trabar la cooperación nuclear ruso-iraní.
Autor/es Cédric Gouverneur
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Mundialización (Economía), Narcotráfico
Países Irán