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El deber del más fuerte

Israelíes y palestinos están condenados a coexistir, como lo hicieron en otras etapas de su historia. Fue Occidente quien sembró la semilla de la desgracia en Medio Oriente, donde el pueblo judío, chivo expiatorio de Europa, convierte a su vez en chivo expiatorio al pueblo palestino.

Un atardecer de verano en el monte de los Olivos, en 1974, durante mi primera visita a Israel. El resplandor y los reflejos de la puesta de sol acentuaban el rosa de la piedra de las murallas de Saladino. Centelleaban, dejando aún más clara la evidencia: Jerusalén es una joya. Era una fiesta para los ojos, que no sabían dónde fijarse. Remontaban a contracorriente la extensa sombra de los muros, saltaban hacia la ciudad, se veían atraídos por el oro de la Cúpula de la Roca, se transformaban en pájaro -¡quieran los dioses que se trate de una paloma!- capaz de observar desde arriba las enmarañadas callejuelas y su hormigueo multiconfesional.

Y de repente, ¡hop!, saltado el muro, también el valle, los olivos del monte, una paz increíble, límpida. La mirada descendía entonces, se dirigía de nuevo hacia la ciudad, adaptándose en esta ocasión a todos los accidentes del terreno. Entre el monte de los Olivos y Jerusalén, un estrecho valle separa las dos colinas. Sus pendientes, cementerios milenarios, uno judío, el otro musulmán, en un enfrentamiento apacible que establece la continuidad histórica de estos lugares. Los muertos prácticamente no se mezclan, o eso parece, pero se aceptan e incluso se diría que se dan la mano para llegar a la Ciudad Santa.

Entonces, la paz entre judíos y árabes, entre israelíes y palestinos, entre los fieles de las tres grandes religiones monoteístas que tienen aquí su cuna, ¿no puede ser más que la de los muertos? La historia de los lugares nos lo niega. Son los cruzados quienes, después de la toma de Jerusalén, llevaron a cabo una terrible matanza entre los judíos de la ciudad y no las tropas de Saladino al recuperarla. Es, pues, una Jerusalén liberada y tranquila la que conoció al médico y teólogo judío Maimónides. Nacido y formado en la Andalucía mora, la abandonó cuando declinó el espíritu de tolerancia que reinaba en ella, y se refugió en Fez, y más tarde en las tierras del sultán Saladino. Allí acabó sus trabajos y murió, en 1204, en El Cairo. En realidad, después del imperio romano, tanto en tiempo de las cruzadas como en el siglo XX, fue Occidente, quien basaba su fuerza en su excesivamente buena o mala conciencia, el que sembró allí la semilla de la desgracia.

El éxito del sionismo, a finales del siglo XIX y entre las dos guerras mundiales, le debe mucho al desarrollo del antisemitismo y de los progroms en Europa central y en Rusia. Lo inconcebible de la Shoah se ocupó del resto. En dos ocasiones, pues, la cristiandad expulsó a los judíos hacia el sur: con la Inquisición española en 1492, y después el espectro de las matanzas perpetuadas en los tiempos modernos. De esta forma se encontraron, en la minúscula tierra de Palestina, comunidades de rechazados, víctimas desechadas, dominadas, despreciadas, colonizadas, degolladas… judíos de todas partes, y los palestinos.

Estos últimos, conquistados por los turcos, colonizados por un imperio británico que traicionó la palabra de Lawrence de Arabia, eran considerados con desdén, cuando no como carne de cañón, por las dinastías o las dictaduras árabes que sólo obedecían a sus intereses, el del dólar y el de su propia gloria. Desde que la escritura conserva la huella de la historia, esta nos enseña lo fácil que resulta llevar a los desgraciados al enfrentamiento, incluso instrumentalizarlos para que guerreen por poderes, en nombre de sus poderosos apoyos y dudosos amigos, que tienen así dispensa de reclutar mercenarios encargados de llevar a cabo el trabajo sucio. He aquí, pues, dos pueblos, o al menos dos comunidades luchando por una tierra, ¡y qué tierra! Es santa para cada uno de los protagonistas, pero también para las potencias de fuera, aquellas cuyos conflictos y exacciones han creado este polvorín.

Por consiguiente, se añade a la lucha por la tierra, por el reconocimiento y la dignidad, por el exorcismo de la desgracia, la droga alucinógena del fanatismo, el crack de los pueblos, parafraseando al padrecito Stalin. Están todos los ingredientes para que, en el infernal caldero, hierva la poción amarga de todas las angustias, todas las frustraciones, todos los odios, las expoliaciones, los asesinatos y las venganzas.

Todo se ha dicho ya, todo se ha denunciado un sinfín de veces de una y otra parte. Los sobrevivientes de los campos y los progroms, que sacan su fuerza de la legitimidad que les confiere su sufrimiento, su energía multiplicada por diez por la evidencia de que la derrota les está prohibida, triunfan pues, y se convierten en opresores. Dado que hay que vencer, da igual cómo o con quién. Y se producen entonces estas coaliciones en las que el pueblo judío pierde su alma, ayer con la Sudáfrica del apartheid, con las tropas coloniales francesas y británicas en la incierta y dudosa epopeya de Suez en 1967, luego el papel de avanzada de los intereses estadounidenses en la región que asumieron desde entonces. Del otro lado, un pueblo desesperado que pasa del yugo de unos al de los otros, conminado a asumir en solitario el papel de chivo expiatorio, cargado con el peso de todos los crímenes cometidos en Occidente contra los judíos.

Lo que pasa desde hace unas semanas demuestra incluso que aún no se había llegado a lo peor, que el engranaje implacable puede llevar siempre más lejos hacia lo absurdo y hacia el drama si no se desactiva a tiempo. Resumamos. En efecto, todo se encadena mecánicamente… Una frustración del pueblo palestino decepcionado por el bloqueo del proceso de Oslo. Una provocación de Sharon en la explanada de las Mezquitas o monte del Templo, que se añade a la permanente que constituyen las centenares de colonias judías en territorio palestino, cada día más numerosas, cada día más pobladas. La intifada, la represión, el bloqueo de los territorios, la desocupación, la miseria, una desesperación que supera los límites de lo soportable, terreno abonado para el fanatismo y la cultura de la muerte. Un palestino de veinte años que no entrevé ningún porvenir, ninguna perspectiva terrestre, y a quien en cambio se lo seduce con la grandeza del heroísmo y la magnificencia del paraíso de Alá, ¿cómo no va a ser sensible a la solución del sacrificio de sí, cruel para el enemigo? Bombas humanas en los bares, en las discotecas, jóvenes del otro lado despedazados, ojo por ojo, diente por diente, los tanques, los bulldozers, los asesinatos… En efecto, ¡qué locura!

Esto dura desde hace más de cincuenta años. Es tan frecuente que los niños apaleados y martirizados se conviertan en adultos violentos, en padres que infligen malos tratos. Tal vez dentro de cincuenta años volveremos a encontrar aún la oposición frontal de las mismas certezas, las mismas denuncias recíprocas, el mismo ciclo del terror, de las represalias, de las contrarepresalias, de las venganzas y así sucesivamente.

A menos que tanto unos como otros, los que matan y los que sufren -suelen ser los mismos-, los que los apoyan, los que los manipulan, los que delegan a estos combatientes lejanos y desesperados la carga de absolverles de su propia vida confortable y opulenta, se pongan de acuerdo para manifestar lo evidente. Todos han sufrido, todos tienen razones para luchar, pero ninguno puede vencer.

Sean cuales fueren los fantasmas de los grupos islamistas más extremistas, los judíos no serán lanzados al mar, el Estado de Israel no será aniquilado. Por razones históricas y psicológicas evidentes, al precio que sea, los pueblos de Occidente no lo aceptarán nunca. Mal que les pese a los nostálgicos del Gran Israel, no habrá Estado judío duradero desde las orillas del Jordán hasta las fronteras del Sinaí. La demografía, el derecho y, ahí también, la mala conciencia de las naciones occidentales, simétrica a su compromiso proisraelí, se opondrán a ello.

Un día, dentro de dos años, dentro de veinte o dentro de cien, los dos pueblos que viven en la tierra de Palestina tendrán cada cual su Estado. Habrá que contabilizar dos mil, veinte mil o cien mil muertos. Judíos y árabes, cuyos difuntos se reparten ya el valle entre Jerusalén y el monte de los Olivos, tendrán que convertir igualmente esta ciudad en sus dos capitales.

La responsabilidad de Occidente, de Europa y de Estados Unidos es tan grande en la generación del torbellino árabe-israelí que no bastarían las buenas palabras. La solidaridad, la responsabilidad, no consiste en impedir la desaparición de los protagonistas, antes bien en reparar, construir e imponer cuando resulta indispensable, esforzándose en convencer, siempre.

Naturalmente, la desconfianza, incluso el odio, serán duraderos, pero no es indispensable amarse para coexistir: basta convencerse de que es la única solución, y encima, lo peor nunca es seguro. La hostilidad violenta entre estas dos comunidades, lo hemos constatado, tampoco es tan antigua. En otra época, se reconocieron y coexistieron. Entonces, la paz para ahora, puesto que mañana la factura tendrá un peso mucho mayor. Todos los que se esfuerzan en hacerla improbable traicionan a su pueblo. Para que el bebé que nazca allí tenga otras perspectivas que el terror y la venganza, la exaltación del sacrificio y de la muerte, es preciso, sin duda, que se desmantelen las colonias, que el Estado de Israel disponga de fronteras seguras, que el Estado palestino exista enteramente, sea viable, reconocido y respetado.

Recuerdo que en mi adolescencia, una hija de unos amigos, militante de un movimiento sionista, me invitó una noche a una fiesta en un local de su movimiento. Aún veo aquellos carteles en las paredes: "Israel vencerá, en la paz si Dios quiere, por medio de la guerra si es preciso". ¿La guerra? ¿Puede desearla realmente un Dios? De todas formas, no será ella quien asegure la existencia duradera de Israel. Tan sólo pueden conseguirlo la paz y el reconocimiento mutuo. ¿Cuáles serán los verdaderos héroes de Israel y de Palestina que conservará la posteridad? ¿Rabin y Sadat o Sharon y el jeque Yassine, la esperanza incierta o la desgracia garantizada? ¿Se plantea realmente la cuestión?

Autor/es Axel Kahn
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Temas Historia, Mundialización (Cultura), Conflictos Armados
Países Israel, Palestina