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El regreso del establishment

Fracasada la convertibilidad, que destruyó buena parte del aparato productivo, desamparó a miles de trabajadores y garantizó altas ganancias para el sector financiero y los grupos más concentrados, el establishment vuelve a la carga por los mismos objetivos, pero con otro método: las “metas de inflación”. La independencia del Banco Central es la clave política de esta nueva regulación económica.

El establishment económico local e internacional, estructurado en torno al sector financiero, parece tan insaciable como multiforme. Después de cada derrota adopta nuevas apariencias para asegurar la apropiación y evasión del excedente económico, así en dictadura, con la política de Martínez de Hoz, como en democracia, a través del "uno a uno" de Cavallo. En ambos casos el enemigo proclamado y excluyente es la suba de precios. Todos los medios de política económica, en especial un nivel elevado de desocupación, bajos salarios, apreciación cambiaria y altas tasas de interés, confluyen. Ahora que esos modelos cayeron, aparece el mismo objetivo con nuevos instrumentos: son las "metas de inflación" y la independencia hegemónica del Banco Central.

El nuevo paradigma

El nuevo paradigma 1 establece que una inflación baja y previsible es el objetivo fundamental de la política monetaria y la misión excluyente del Banco Central. Reaparece así un anclaje, no sobre el tipo de cambio, como antes, sino instrumentado con una tasa baja (predeterminada) de inflación, que el Banco Central pretende alcanzar a condición de disponer a su antojo del tipo de cambio, la tasa de interés y los demás instrumentos que estime necesarios.

Pero el objetivo real es otro. Se trata de anclar la política económica en el modelo neoliberal y mantener la injusta distribución del ingreso. En vez de usar el tipo de cambio que no funcionó, ni libre en absoluto ni superfijo, se habla de metas de inflación que implican estabilizar precios sobre la base de la desocupación y los bajos salarios. Este concepto figura en el recetario del FMI y repite los vicios del modelo neoliberal.

La primera falacia de fondo consiste en conferirle a los instrumentos la jerarquía de objetivos. Con este criterio, no interesan el crecimiento económico, el bienestar de la población, la homogeneidad social, la industrialización, la elevación de la productividad, la soberanía nacional. Sólo es esencial que no haya inflación. Un instrumento -la estabilidad de precios- es convertido en el principal objetivo. En particular, la ocupación y la tasa de interés no deben ser las que mejor convengan al desarrollo del país y al bienestar general, sino las que provoquen menos aumento de precios.

El segundo grueso error conceptual es el enfoque desde el exclusivo punto de vista de la oferta. Un claro regreso a la ortodoxia monetarista, cuyos resultados son conocidos. Se preconiza "una tasa de desempleo que no acelere la inflación". En esa visión, la principal causa de la inflación son los salarios, de allí la utilidad de una masa de desocupados que provoque una rebaja de los salarios y contribuya así a la estabilidad de precios. No se consideran el crecimiento de la economía, la demanda efectiva y la distribución del ingreso 2. Se olvida que un aumento sostenido de la demanda genera más producción e inversiones, aumenta la productividad y descomprime las posibles presiones inflacionarias. Tampoco se demuestra que los salarios altos sean la causa de la inflación. Imposible un planteo más reaccionario. Y más ciego.

Una tercera aberración es el manejo de las tasas de interés. Para mantener baja la inflación se propone aumentar esas tasas, con su efecto recesivo. Con el enfoque de metas de inflación, la política monetaria no se ejerce a través de la determinación de la oferta monetaria sino de las tasas de interés, que deben confluir con las metas de inflación 3. Además, por esta vía se llega a la sobrevaluación del tipo de cambio, con lo que regresarán las importaciones baratas que rebajarán los precios e impedirán la reconstrucción de la industria nacional. Es decir, se resucitará una de las peores consecuencias de la convertibilidad.

Los resultados de las "metas de inflación" se sufren en las recesiones de Chile, Brasil y México. Pero no todos pierden; el resultado aritmético de esa combinación de inflación baja ("la meta"), tasas nominales de interés altas y apreciación cambiaria ("los instrumentos") es la obtención de altas tasas reales de interés para los inversores locales e internacionales. ¡Qué casualidad! Existe un inconveniente: el Presidente del Banco Central no formula la política económica, porque esa es atribución del Presidente de la República y del ministro de Economía. Para soslayar el problema, el establishment financiero inventó la quimera del Banco Central independiente. Bajo supuestos principios antidemagógicos y una discutida excelencia académica, esto significa desvincular al Banco Central de la política económica del gobierno; o peor aun, que la fije el Banco Central, como si se tratara de problemas técnicos y no de disyuntivas políticas. Este principio es inadmisible en una democracia, donde la definición de la política económica es una atribución de los elegidos por el pueblo. En definitiva, por la vía de la presunta inflación se regresa a la política económica del FMI.

Otro argumento es la competencia técnica. Por cierto, hubo épocas fastas, como cuando Raúl Prebisch redactaba las Memorias del Banco Central y las primeras cuentas nacionales eran elaboradas por Manuel Balboa y el equipo que las continuó en el INDEC con el mismo nivel de excelencia. Pero la ola neoliberal también degradó esa calidad técnica, con la incorporación masiva de egresados del CEMA y otros centros monetaristas, incapaces de separar lo importante de lo accesorio, así como de vislumbrar el menor esbozo del interés nacional. Tampoco su competencia técnica es sobresaliente: son incapaces de analizar sin anteojeras ideológicas el funcionamiento de la economía y de aprender de las crisis provocadas por sus propias políticas. Si la mala praxis económica fuese penada, varios de ellos habrían sido condenados a prisión perpetua. Dos ejemplos: durante la convertibilidad se permitió que los bancos recibieran dólares y los represtaran sin tener seguro de cambio ni reservas constituidas; no se pensó en quién pagaría la diferencia en caso de devaluación. Asimismo, se promovió la instalación de bancos extranjeros con el argumento de que en caso de crisis responderían las casa matrices; los ahorristas ya saben qué vale esa política.

Ahora el país hace frente a una embestida del FMI para que adopte el sistema de "metas de inflación". El memorando de política económica presentado al FMI en septiembre de 2003 prevé que a fines de 2004 el gobierno argentino fijará las metas de inflación para 2005 y 2006. Por supuesto, el presidente del Banco Central formó un Comité de Metas de Inflación y es el adalid de esa política, fiel tercer acto de lo ya conocido.

Las verdaderas causas

En Argentina, al menos hoy, no es cierto que el principal problema económico sea la inflación. Es importante mantenerla acotada, pero no por bajarla (por ejemplo, del 8 al 5%) hay que subir las tasas de interés, atrasar de nuevo el tipo de cambio, aumentar el desempleo y parar la recuperación económica. No es cierto tampoco que la actual inflación haya sido provocada por los salarios altos; se debió a la devaluación de enero de 2002, que reajustó precios relativos pero dejó muy retrasados a los salarios; entre el cuarto trimestre de 2001 y mayo de 2004, los salarios subieron 23,8% y los precios 48,3%. Es absurdo culpar a los salarios de esa suba de precios; más bien parece un acto de complicidad no explicar con racionalidad cuáles son las causas que provocan la inflación; no analizar el tipo de cambio, los precios internacionales, la conducta de los fijadores de precios locales (entre ellos los precios de monopolio y el aumento de tarifas), las tasas de ganancias, las transferencias al exterior. Se dejan intactas las causas, pero se atacan con vigor las consecuencias, con remedios drásticos ajenos a la inflación: desocupación y aumento de la tasa de interés. De tal modo, se mantiene la hegemonía del establishment neoliberal y se castiga de nuevo a quienes más sufren la inflación, que son los asalariados, los jubilados y los desocupados. Nos encontramos en flagrante contradicción con la política de ocupación y de obras públicas del gobierno nacional.

Confundir lo esencial y lo accesorio, causas y consecuencias, instrumentos y objetivos ha sido la esencia del modelo neoliberal. Por eso es que no debe reemplazarse el tótem de la convertibilidad y el tabú de la deuda externa por el tótem de las metas de inflación y el tabú de la inevitabilidad de la desocupación. Más allá de las querellas de personas, es una cuestión política fundamental, que bien puede marcar el éxito o el fracaso del gobierno.

  1. Martín Abeles y Mariano Borzel, Metas de inflación: implicancias para el desarrollo, Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la Argentina, Buenos Aires, junio de 2004.
  2. Ibid.
  3. Ibid.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:12
Temas Desarrollo, Desempleo
Países Argentina