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Mito y realidades del modelo chileno

La edición francesa de Le Monde Diplomatique ha publicado el artículo “La Excepción Latinoamericana, mito y realidades del modelo chileno” en su número de noviembre. Aunque está destinado a un público extranjero, hemos considerado que, por tratarse de Chile, es interesante publicarlo en la edición chilena de Le Monde Diplomatique. En un pequeño dossier sobre Chile hemos incluido algunas de las resoluciones de la Primera Conferencia Nacional de ATTAC-Chile y del Primer Congreso Social que realizó la Fuerza Social Democrática. También publicamos un artículo del escritor Ramón Díaz Eterovic inspirado en “Aún Creemos en los Sueños”. Por último incluímos un artículo de Paulo Slachevsky sobre los editores independientes de Chile.

«Comparezco hoy ante este honorable Congreso Pleno con el profundo orgullo de ver y sentir cómo los países de Europa nos aceptan como socios respetables, serios y responsables. Chile entra con dignidad por la puerta ancha al mundo del desarrollo. Me pregunto por qué en el mundo hay creciente interés en asociarse a este pequeño país», declaró el presidente Ricardo Lagos el 21 de mayo 2002 en la apertura del año legislativo. De regreso del Viejo Continente traía en sus maletas, recién firmado, el acuerdo de "Asociación Política y Comercial" entre Chile y la Unión Europea.

En medio de la profunda crisis que golpea al sub-continente latinoamericano, mientras en Santiago se preguntaban con inquietud cómo el país continuaría preservándose si ésta se prolongase, el Presidente fijó, frente a los parlamentarios, las prioridades de la "Agenda País" que su gobierno de coalición de centro-izquierda (La Concertación de Partidos por la Democracia)1 pondría en obra: terminar con la miseria -–uno de los desafíos más difíciles de lograr– que afecta al 20% de los 15 millones de habitantes, a través del programa "ChileSolidario"; desarrollar el acceso directo a la salud con el "Plan Auge" y transformarse en una economía "desarrollada" en 2010, año del bicentenario de la independencia. En el capítulo de las prioridades, Ricardo Lagos –primer presidente socialista después de Salvador Allende– también recordó la dura tarea pendiente de terminar la transición democrática con la reforma a la Constitución de 1980, heredada de la dictadura, anunciada desde hace más de diez años pero postergada sin cese.

El apego histórico a sus instituciones y una política neoliberal "económicamente correcta" que privilegia los grandes equilibrios macroeconómicos, han hecho de Chile la excepción económica y política del continente latinoamericano. Transformada, así, en mito no solamente para quienes la observan desde el exterior, sino también para muchos chilenos, que compartidos entre el orgullo nacional y la desafección, viven este "milagro económico" perplejos y llenos de paradojas.

Mientras Chile es avalado con un bajo índice de "riesgo país" para las inversiones extranjeras2, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)3 lo dibuja como un país que requiere recomponer su identidad nacional hoy fragmentada y vaciada de toda experiencia colectiva.

El mito chileno –el jaguar de América Latina– descansa sobre un increíble ritmo de crecimiento entre 1990 y 1997, que alcanzó el 7% anual. Su inflación es sólo de un 3,6%, su déficit presupuestario de menos del 1%, una deuda externa controlada y un crecimiento que se mantiene en 2.2%, el más alto del continente, junto al de Brasil (1,5%) los únicos dos que permanecen positivos4. Chile se ha dado metas ambiciosas: "Ricardo Lagos y su gobierno, quieren intentar hacer una revolución social democrática desde el tercer mundo", destaca Fernando Reyes Matta, uno de los consejeros del Presidente. Pero ¿a qué precio el país logrará, contra viento y marea, conservar una economía estable en un entorno regional completamente degradado?

"Chile es un país creíble", repite en cada ocasión que le es posible Heraldo Muñoz, secretario General de Gobierno. "La gobernabilidad y la democracia no son la misma cosa", responde el sociólogo Tomás Moulian5. "Y lo que tenemos hoy en Chile es una democracia gobernable. Eso consolida nuestro modelo económico. Pero si escarbamos en los chilenos constatamos que el miedo no ha desaparecido y que manifiestan un gran cansancio". "Lo chileno" se ha vuelto poco creíble6 para los ciudadanos afectados por depresiones, estrés, desencanto o euforia…

Contrariamente a una idea bien enraizada y repercutida por los medios, el éxito económico de Chile no es el producto de la política de los «años Pinochet». La pretendida buena gestión del dictador, aconsejado desde 1975 por los “Chicago Boys”, sumergió a Chile en una profunda crisis en 1982. Durante los doce años de los tres gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, el crecimiento fue, en promedio, de 5,8% anual; durante los 17 años de régimen militar, éste no llegó al 2,4% anual. Las consecuencias de la crisis de 1982 repercuten todavía, como debió recordarlo el presidente Lagos, el 16 de abril 2002, frente a críticas a su gobierno, ante el bajo índice de crecimiento (comparado al de los años precedentes). Confrontado a las presiones de grupos empresariales y de derecha, siempre prestos a evocar el “caos” cuando la coyuntura económica no es favorable, el presidente Lagos subrayó, que aquéllos que hoy les criticaban no deberían pretender darle consejos. Fueron ellos los mismos que hundieron al país en una de las más fuertes depresiones económicas de su historia: “En este país, no se dicen las cosas, o se dicen a medias. Y yo quiero que recuerden que esta crisis ha costado a Chile 5OO millones de dólares por año desde 1982. Y la cuenta no está aún saldada”.

Las amenazas de estos grupos económicos y empresariales de derecha conservadora son constantes desde el retorno a la democracia en 1990. Éstas representaron, sobre todo, para el primer gobierno de la Concertación de Patricio Aylwin, un verdadero peligro. La posibilidad de un retorno de los militares al poder era enunciada al mínimo signo de inestabilidad. Para conjurar esta amenaza, el gobierno de la época eligió –en nombre de la Razón de Estado– practicar una política basada en: “una justicia en la medida de lo posible”, y de imponer un “consenso” socialmente paralizador. Esto, permitiría garantizar la gobernabilidad del país y poder continuar la transición democrática sin militares.

Chile ha permanecido un país dividido política e ideológicamente como lo demostraron las últimas elecciones en el año 2000. Candidato de la Concertación, Ricardo Lagos ganó sólo en segunda vuelta con un 51% de votos, frente a Joaquín Lavín (48%) –miembro del Opus Dei y actual alcalde de Santiago–- de la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido de la "derecha dura", que siempre apoyó al general Pinochet.

Después de tres décadas de vertiginosos cambios socioculturales, la sociedad chilena se hizo más compleja y frágil, que su primer barniz de apariencia.

Según personeros de gobierno, una sola idea sería común para todo el cuerpo social chileno: “el país, para ser país, tiene que abrirse al mundo y jugársela”. Esta elección es, ante todo, la de las elites económicas y políticas que hicieron su apuesta en la inserción de Chile en una economía globalizada. Esta estrategia ha obtenido éxitos innegables, pero presenta también flaquezas no despreciables. A pesar de una economía bien diversificada con América Latina, la Unión Europea, Asia y Estados Unidos, Chile permanece muy sensible a las fluctuaciones de la coyuntura mundial. Así, luego de la crisis asiática, Chile vio su indicador de cesantía bruscamente pasar de 5,3% en 1977 a 9,8% en 1999. Desde entonces, disminuyó ligeramente (9,1% en 2001).

Este modelo obliga a “la gente”, como se llaman hoy entre ellos los chilenos, a entrar en una lógica del éxito individual y del crecimiento, a transformarse en trabajadores fanáticos –aquí dicen “trabajólicos”– y a vivir, muchas veces, contra sus propios valores para no encontrarse fuera del sistema. Más que una idea común es una obsesión común. En revancha, la ausencia de un proyecto cultural para el conjunto de la sociedad sí constituye un real problema común.

Dar vuelta la página

El lazo histórico que une a este Chile-Exitoso del post-autoritarismo con el Chile-Pasado, ése que pareciera que ya no existe más, el de la dictadura, sucumbió en una extraña "amnesia colectiva"7 . Por lo tanto es vital para la reconstrucción de la sociedad, que no ha logrado aún realizar su duelo. El 4 de julio de 2002, cuando el general Pinochet dimitía de su cargo de senador vitalicio, que él mismo se había auto acordado en la Constitución de 1980, los chilenos entre el alivio de verlo partir de la vida pública y la amargura de verlo escapar de la justicia, vieron pasar entre sus manos la única oportunidad de realizar un real balance histórico y moral de su pasado. Pero el gobierno prefirió que “el pasado quede en el pasado y que los chilenos demos definitivamente vuelta la página”, según las palabras sostenidas por Heraldo Muñoz, el mismo día. Una vez más, el gobierno eligió la estabilidad contra la justicia, por miedo a que el proceso contra Pinochet –al que se habían comprometido con la comunidad nacional e internacional– hubiese exacerbado las tensiones sociales. Un riesgo sólo hipotético. La necesidad del proceso al general Pinochet tenía sus bases en la opinión pública. Los seguidores del general, orgullosos, estaban persuadidos de que demostrarían el bien que había hecho al país y su inocencia; los opositores al régimen militar veían llegar el momento de la justicia y la posibilidad de sedimentar las bases reales de la democracia. Pero el proceso jamás se llevó a cabo. El procedimiento judicial contra el ex dictador fue definitivamente suspendido por "causa de demencia cerebral moderada". Un gesto de artilugio al menos, así fue considerado, detuvo todo. Esto no le impidió redactar su carta de renuncia al Senado y declarar, por teléfono, al presidente de esta institución, Andrés Zaldivar: "¡Yo no estoy loco!". Una vez más, la democracia y la justicia fueron puestas en ridículo. El malestar perdura.

La transformación brutal de los chilenos de "actores sociales" en "clientes consumidores" tampoco ha sido digerida. Los perdedores o menos "ganadores" del modelo de la competencia económica, interiorizaron su impotencia o "desesperanza aprehendida"8: “Dado que no podemos cambiar el orden establecido, cada cual se las arregla como puede”, comenta Miguel, pequeño comerciante ambulante que vende celulares, alarmas y tarjetas telefónicas, en los micros o calles del centro de Santiago.

Establecer este vínculo histórico es lo que los chilenos no pueden o no quieren hacer. Todo transcurrió muy rápido entre el momento del éxito de la "Primavera del Plebiscito" de 1988, donde el "NO" a Pinochet ganó, y el momento del éxito económico de los años ´90. “Íbamos a consagrar la ´Primavera´, el ´Cambio´ (slogan de la campaña en favor del NO), y fue la consagración del neoliberalismo lo que vimos e hicimos”, analiza con ironía un alto funcionario de gobierno, ex-dirigente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) de aquellos años. “El ´Cambio´ se nos permutó por años de éxito económico y nada o poco de reestructuraciones constitucionales o sociales. Estábamos cansados, con poco campo de acción, y nos dejamos mecer por el crecimiento”. Una felicidad, quizás, más accesible…

Durante ese tiempo, la derecha consolidó sus posiciones. Una derecha reagrupada en la Alianza por Chile (UDI y Renovación Nacional), que supo adaptarse a los nuevos tiempos. Mezclar ideología y clientelismo, militancia y cohesión. Con una demagogia muy hábil logró recuperar el lema del "Cambio". En la campaña presidencial de 2000, Lavín tenía su slogan; "¡Viva el cambio!". Una derecha a la cual pertenecen los empresarios y muchos militares que retomaron la vida civil en el mundo de las empresas y que se muestra más sólida que los partidos de la Concertación, sin unión férrea entre ellos y fatigados por el ejercicio del poder.

El 16 de julio de 2002, al término de dos años de trabajo, el proyecto de ley para crear el Consejo de Cultura y el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural, corazón del programa de la Concertación, fue votado en la Cámara de Diputados. Por falta de quórum, desorganización y ausencia de parlamentarios, incluso de la propia Concertación, al momento de votar, el texto no pudo ser adoptado. Ricardo Lagos hizo un fuerte llamado de atención frente a las responsabilidades de gobernar y debió hacer uso de la facultad que le confiere el artículo 65 de la Constitución para reponer el proyecto de ley, que fue votado y aprobado, finalmente, al mes siguiente.

Si el camino del “consenso” respondía a las necesidades del primer gobierno democrático, presentado como indispensable, luego se ha transformado en un obstáculo a la participación ciudadana. De hecho, la transición ha desmovilizado las fuerzas sociales que habían estado a la cabeza en la lucha contra la dictadura. El desencanto y la resignación ganaron fuertemente los espíritus. Muchos piensan, como lo dice Tomás Moulian, que “Ricardo Lagos, a pesar de su carisma, llegó no sólo en un mal momento económico sino tarde para lograr cambiar la Constitución”.

Hoy en día, cuando las movilizaciones sociales reaparecen son vaciadas de su contenido político y presentadas como desórdenes de carácter delictivo. Tratamiento que los escolares secundarios conocieron en julio de 2002 cuando manifestaron contra el aumento de la tarifa escolar. Si bien lograron conservarla, la prensa escrita, la televisión y ciertas expresiones por parte del gobierno hicieron, sobre todo, resaltar los disturbios y daños públicos. Poco o nada se dijo del pliego de demandas presentado por los estudiantes, el cual sí obtuvo la invitación a participar en una mesa de diálogo. Ese era el fondo de la protesta. De la misma manera, las manifestaciones que marcaron el 29º aniversario del golpe de Estado contra Salvador Allende, el 11 de septiembre último, en la periferia de Santiago, que terminaron con 505 detenidos, fueron atribuidas por carabineros y portavoces del gobierno a grupos de jóvenes marginales.

El individualismo competitivo, que tomó el lugar del bien común, explica, por ejemplo, por qué hoy los chilenos no quieren pagar impuestos para financiar las escuelas estatales y prefieren sacrificarse trabajando cada vez más para pagar las importantes sumas que cobran los colegios privados. Creyendo en el éxito individual, no se justifica para ellos, hacer, además, otro esfuerzo para participar en el bienestar del otro. No ven el vínculo entre causa y efecto. A veces, el gobierno tampoco. En el Chile actual no hay una idea fuerte de la igualdad. Destruida en sus bases por la dictadura, que rompió el imaginario colectivo y sus potenciales. En el presente, una parte del gobierno, dividido entre liberales y social-demócratas ha igualmente renunciado. Por su lado, la sociedad está convencida, o resignada, a la idea de que la corrección de las desigualdades pasa por el éxito individual y el crecimiento.

El recorrido de Mauricio, nacido en Valparaíso, es emblemático. Su padre, relojero artesano, lo envió a estudiar ingeniería a la capital. Con orgullo dice saber adaptarse "a todas las dificultades del mercado laboral. Mi situación es mejor que la de mis padres. Cierto que siento cierta inseguridad y angustia, de perder este trabajo y no poder encontrar otro, pero si me perfecciono, me irá mejor. Además, como casi toda la plata se me va pagando el seguro médico, la previsión social y la cuota de la hipoteca, sin contar que los hijos no van todavía a la universidad, no queda otra alternativa que perfeccionarme y trabajar más que los otros para que la empresa no me despida".

Desigualdades

Según los parámetros del Banco Mundial la pobreza ha disminuido. Entre los años 1987 y 1998 la extrema pobreza (menos de un 1,5 dólar por día) pasó de 13% a 4% y la pobreza (menos de 3 dólares por día) pasó de 40% a 17%. Pero la ausencia de una política de redistribución de ingresos y la falta de medios para tratar el problema de la pobreza en todas sus dimensiones ha provocado el endurecimiento de cierto tipo de pobreza, llamada "pobreza dura".

"Con tanta riqueza a mi alrededor, el mar infinito, el mineral inmenso y lo que cuentan de que al país le va bien, y no alcanza", suspira Pedro, habitante del norte del país que bajó a Santiago buscando oportunidades de trabajo, pero que continúa cesante. "Yo digo, ¿por qué el chileno, yo como chileno, tengo que pasar hambre?". Los últimos indicadores muestran bien la brecha de las desigualdades: el 10% de los hogares más ricos recibe el 41% de los ingresos y el 20% de los hogares más pobres recibe el 3,7% de los ingresos9. Existen subsidios y muchísimos programas de apoyo, pero estos tienen efectos paliativos y no de reinserción social durable.

Pero todo parece indicar que el programa "ChileSolidario", cuenta con la confianza de todos los organismos y trabajadores sociales, que conocen bien el problema. Sociólogos del Centro de Estudios Sociales SUR, del Ministerio de Planificación, o del Programa integral para la superación de la Pobreza Urbana, PPU, lo valoran. Un seguimiento directo para cada beneficiario. Lo que permite un tratamiento integral: problemas de readaptación, alcoholismo, depresión, aislamiento o falta de capacitación, entre otros. Este programa cuenta con crear un sistema de protección completa para las 226 mil familias más pobres del país.

“La pobreza o indigencia si no ha aumentado se ha endurecido. Es la pobreza que permanece, pero que no es visible –comenta Fernando Munita, antropólogo y codirector nacional del PPU–. Del exterior ves estructura, quizás una casita de subsidio o auto construcción pero al interior te encuentras con todos los problemas de la pobreza. El aspecto positivo de ´ChileSolidario´ es que intenta tratar no sólo un problema laboral sino integral, aunque creo que los recursos se harán pocos”.

Por otra parte, el problema de representatividad en la vida nacional de los pobladores revela fuertes falencias. Por tanto, numerosas propuestas reorganizativas surgen de ellas. Un ejemplo –único en su género– es "Señal 3", iniciativa de televisión popular de La Victoria (población de la comuna Pedro Aguirre Cerda, al sur de Santiago).

La antena "Señal 3" recogió el sentimiento de vacío que dejan los canales tradicionales. “Necesidad de poder contar con un medio de comunicación que nos representara, que estuviese ligado con la gente de La Victoria o de cualquier otra población, y donde pudiésemos mostrar otra realidad que la pomada que vende la tele”, relata Luis Lillo uno de los 16 jóvenes autodidactas del equipo de Señal 3. Juntaron el dinero vendiendo antenas artesanales en las ferias y pasando avisos comerciales. Compraron equipos de tercera mano y arrendaron una casita de La Victoria. “La aceptación de la Señal ha sido fenomenal. El permiso no lo tenemos, pero desde hace tres años que trabajamos. Nos estamos jugando el pellejo. Nos pueden llevar presos o robar los equipos”. Confidencia, haciendo referencia a los malos tratos y métodos de persuasión que practicaba carabineros bajo la dictadura militar en las poblaciones. Los "malos hábitos" usados al momento de un control o arresto perduran bajo la democracia10. “El gobierno sabe que estamos al aire clandestinamente y no ha hecho nada ni en contra ni a favor. No se ha mojado el poto en nada. Esto se puede mirar de dos puntos de vista: uno, que si nos pescan los equipos y nos llevan presos por transgredir las leyes de telecomunicaciones, seríamos unos mártires y no les conviene; el otro, que se digan, dejémoslos pero no legislemos. No los pesquemos. Nos tienen ahí. No existimos”.

"Señal 3" ha sido un muy buen agente social y movilizador “a través de ella los pobladores se sienten parte de este país. Si la calidad de vida no sólo depende del crecimiento económico y de las platas que se puedan tener más y más como han querido hacernos creer. La experiencia de la ´Señal 3´ nos lo ha demostrado”.

En una América Latina donde la crisis amenaza cada día un poco más, Chile difícilmente podrá permanecer como una isla de estabilidad, sin reformas sociales que permitan detener la fragmentación de la sociedad. Los chilenos desean salir de ese falso “consenso”, que ya no responde a sus grandes esperanzas de cambios, para poder reinventarse un futuro.

  1. La Concertación de Partidos por la Democracia está compuesta principalmente por: Partido Demócrata Cristiano (PDC), Partido Socialista (PS), Partido por la Democracia (PPD) y Partido Radical Social-demócrata (PRSD).
  2. EIU, ver www.eiu.com, octobre 2002.
  3. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Desarrollo Humano en Chile. 2002. Nosotros los chilenos: un desafío cultural, Chile, 2002.
  4. Country Report , CHILE, julio 2002, The Economist Intelligence Unit Limited 2002.
  5. Tomás Moulian, Chile Actual: Anatomía de un mito, Arcis-LOM , Chile, 1997.
  6. "Lo chileno una herencia cuestionada", 2ªparte, PNUD 2002. Indica tres tipos de experiencias de Chile: el chileno orgulloso 32% (que cree que lo chileno existe y está en su historia y costumbres. Personas de 55 años); el chileno inseguro 38% (no sabe definir lo chileno, a qué historia referirse. Está confundido y desilucionado. Fundamentalmente clase media); y el chileno molesto 30% (cree de frentón que no se puede hablar de lo chileno. No se siente parte de Chile Actual y su imagen de lo chileno se asocia a personajes más que a historia o instituciones. Estrato socioeconómico bajo).
  7. Patrick Zachmann, Chili: les routes de la mémoire, MARVAL, París, 2002.
  8. "Desesperanza aprehendida": término acuñado por los trabajadores sociales. Expresa una cierta decepción, renuncia y aceptación: el desaliento.
  9. F.M.I., agosto, 2002.
  10. Tortura, derechos humanos y justicia criminal en Chile, Centro de Investigaciones Jurídicas de la Escuela de Derecho de la Universidad Diego Portales (UDP) y Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil), Chile, 2002.
Autor/es Nira Reyes Morales
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Noviembre 2002
Temas Desarrollo, Narcotráfico, Estado (Política), Políticas Locales
Países Chile