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Editores independientes y multinacionales

Estamos en pleno proceso de globalización económica a escala mundial. La globalización se caracteriza por la concentración de la producción de bienes y servicios por grandes conglomerados de carácter multinacional que se extienden por el planeta. Una concentración mucho mayor que nunca antes del poder económico. En el campo de la industria editorial ha ocurrido algo muy similar.

En los últimos 15 años el panorama del campo editorial ha cambiado por completo. La concentración ha sido vertiginosa. El cre-cimiento de los grandes conglomerados se debe sobre todo a la fusión o absorción de empresas menores, por lo que han quedado pocas editoriales independientes que pesen en el mercado. Este proceso está ocurriendo a nivel mundial. En EE.UU. ya el 80 por ciento de la venta de libros se encuentra bajo control de cinco grandes casas editoriales1. En el mundo occidental la edición de libros ha quedado en manos de cinco o seis consorcios multinacionales con filiales en todo el mundo (Bertelsmann, Planeta, Santillana, Mondadori, Havas…2) En Latinoamérica y Chile se incrementa la presencia de grandes editoriales que por lo general son filiales de los conglomerados multinacionales mencionados, cuyos centros matrices suelen estar en Europa o Estados Unidos, en los más altos niveles del capital. En Chile: Santillana, Planeta, Grijalbo-Sudamericana, Ediciones B, Mondadori, Emece3.

Concentración y rentabilidad

La enorme concentración de que hablamos ha transformado el campo editorial en corto tiempo, sin que la gran mayoría de la población se diera cuenta siquiera. Así, los nuevos equipos humanos que van tomando la dirección de la edición de libros no son ya editores propiamente tales, con una cierta vocación al respecto, no están interesados en los libros por lo que estos son, sino que son gente de negocios que busca en primer lugar la máxima rentabilidad del negocio editorial. Pero la rentabilidad tradicional de los libros, aún en países desarrollados de Europa o Norteamérica, no ha sido más de un tres o cuatro por ciento, lo que es una rentabilidad baja respecto de otros negocios, por lo que los conglomerados editoriales han debido buscar obligadamente, bajo el apremio de sus propios accionistas, aumentar esta rentabilidad a un 15 ó 20 por ciento, que es la cifra esperada, pero no han podido conseguirla pese a que despidieron buena parte del personal de las empresas editoriales absorbidas para reducir costos4.

Pero el apremio subsiste y se viene traduciendo en la acentuación de una línea editorial en que todo el énfasis se pone en alcanzar el best seller o títulos que aparezcan como seguros de tener éxito comercial. Los libros que se publican se deciden por razones comerciales o de venta, dejando de lado otras consideraciones como el mérito o calidad de la obra misma, o la importancia de su tema. Son los que están dedicados al aspecto comercial quienes resuelven en definitiva si un libro va o no va. El editor alemán que publicó a Kafka por primera vez hizo una edición de 600 ejemplares. Algo parecido puede decirse de Freud y otros grandes autores. La primera edición de “El Coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez fue de tres mil ejemplares y se demoró cinco o siete años en venderse, lo que hoy se habría convertido en papel picado ya que a un año de publicado no habría alcanzado la rentabilidad exigida para subsistir5.

La desaparición de una cantidad de editores independientes, adquiridos por los conglomerados, y la tendencia a la producción por razones mercantiles, ha generado preocupación por la pérdida del espacio propio de la diversidad cultural frente al proceso de mundialización. Las culturas locales, regionales y nacionales, no pueden quedar sumergidas, ellas son importantes para la expresión, identidad y autoestima de los pueblos, pero no sólo eso, la diversidad cultural es parte del patrimonio de los seres humanos, patrimonio de la humanidad, y de su historia, y, como ya se empieza a reconocer, es también un elemento fundamental del desarrollo.

Vemos, por lo dicho, en la independencia y autonomía editorial la garantía cierta para dar acceso a todo lo no consagrado o no susceptible de producir grandes ganancias, sea en temas, enfoques o autores que emergen, y vemos también que en definitiva la actividad de editores independientes le otorga seguridad a la existencia y desarrollo de la actividad editorial misma, en general, ya que ésta al quedar como está tan sujeta al éxito comercial, como su desideratum, y no lograr a la vez elevar su rentabilidad en la forma que le piden, está siempre expuesta a ser desechada o marginada por los grandes capitales que la manejan si no consigue al fin convertirse en un rubro rentablemente interesante para sus inversiones.

Es significativo observar que el proceso de concentración por fusiones o adquisiciones en el campo editorial se lleva con cierto silencio, casi subterráneamente -¿por qué?- nadie sabe mucho. Por ejemplo, el Premio Nobel de Literatura, el autor alemán Günter Grass, dice en una entrevista que su primera novela “Tambor de Hojalata” fue publicada por Ramdom House, una gran editorial estadounidense, pero ahora la editorial, dice Grass, es propiedad de Bertelsmann, y de repente me convierto en autor de Bertelsmann sin que nadie de esa empresa me haya escrito jamás una carta6.” Bueno, es un signo del nuevo poder editor, si eso le ocurre a un Premio Nobel, cada cual podrá entender mejor el carácter del proceso.

No creo que muchos sepan quién es Bertelsmann, persona o entidad, pero él es hoy día nada menos que el más grande productor de libros en el mundo occidental, y el más grande productor de libros en lengua española, dueño además de grandes diarios, semanarios, radios, televisión y sellos discográficos, le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias, ocasión en que un inoportuno recordó que Bertelsmann fue el compilador de los discursos de Goebbels, el famoso ministro de propaganda de Hitler.

Competencia imposible

Es obvio que cada uno de los editores independientes por separado no podría jamás competir con enormes consorcios que operan con grandes recursos que les permite copar el mercado, la publicidad, los autores, las librerías, las vitrinas, los sistemas de distribución y hasta, en una medida que nos parece discutible, los beneficios de la política fiscal. Es obvio que no pueden los editores independientes -constituidos en empresas menores, pequeñas o medianas- ofrecer a los autores lo que les ofrecen las empresas multinacionales. Basta que un autor supere ciertos niveles de venta, aunque no sean tan altos, para que las multinacionales anden tras él ofreciéndole este mundo y el otro, con contrato exclusivo.

Los editores independientes no nos allanamos a mirar como una fatalidad incontrarrestable el proceso descrito. Lo que queremos es defender legítimos espacios, apoyar la edición nacional, apoyar la diversidad cultural, y defendernos de esta avalancha que se viene encima y que por su dinámica misma lleva a la desaparición o reducción al mínimo de la edición independiente.

O quedamos entregados al super-monopolio de los libros que significa también el de las ideas y del pensamiento y de la presentación de los hechos, o mantenemos un espacio de diversidad cultural y bibliográfica que le da al ciudadano, al lector, la posibilidad de libros que no provengan sólo del bloque de los conglomerados del capital internacional.

Debemos tener en cuenta la doble dimensión del libro: por una parte, como un aporte a la cultura, al conocimiento y al goce de leer; por otra, como bien económico y producto de la industria editorial. Debe haber un justo equilibrio entre ambas partes pero no que una se coma a la otra. No se puede sacrificar la dimensión creativa, cultural, en aras de la rentabilidad. Preservar la existencia de editores libres, independientes, es preservar la alternativa, la diversidad en el ámbito de la cultura y el pensamiento. La vocación editora y la dimensión cultural del libro es el baluarte del escritor de temas de mayor profundidad, del análisis que rehuye la facilidad, de las expresiones culturales con enfoques menos convencionales, así como de escritores de ficción, aún no considerados por el mercado.

Tomemos, por ejemplo, los derechos humanos. Este tema puede ser en un momento un éxito de ventas, pero en otros no. Hemos vivido esas altas y bajas. Lo que para nosotros importa es que aunque no sea un éxito de ventas, el tema no desaparezca en razón de su contenido cultural, ético, social, y todo lo que implica, hay que acogerlo y publicarlo. De suerte que el libro no pueda ser visto sólo como un negocio de alta rentabilidad sino como un valor de la cultura y el espíritu humano. Lo que no significa, por cierto, el extremo opuesto, o sea, dejar completamente de lado el factor comercial ya que eso llevaría a la quiebra de la editorial.

Cuando se habla del cine y de la necesidad de apoyo a la industria cinematográfica a nadie se le ocurriría apoyar películas de Hollywood. Pero cuando se habla de apoyo al libro y la lectura ¿hacia dónde van los recursos? Muchas veces van a las mismas multinacionales del libro que realmente pueden prescindir de ellos. Instamos a un mayor esfuerzo de equidad y preocupación en esta materia. Las editoriales independientes, aunque se trata de empresas medianas o pequeñas son muchas, producen libros de calidad, y como ocurre en otras áreas son las que ocupan mayor cantidad de trabajadores del libro.

En Chile operan 10 ó 12 editoriales grandes, 200 medianas y unas 300 pequeñas. El año 2.000 se publicaron unos dos mil libros en Chile.

Recordemos que hace poco más de 10 años apenas se publicaban 200 libros en el año. Como un alto punto de referencia anotemos que España, el 2.000, publicó 60 mil libros7.

La reproducción del libro como fotocopia, la piratería, el IVA, y los altos costos de los stands y las entradas en las ferias que organiza la Cámara del Libro, son algunos de los problemas que en lo inmediato están afectando la actividad editorial. Pensamos también que debiera considerarse la ley del precio fijo del libro, según la cual un determinado libro tiene el mismo precio en todas partes, lo que está vigente desde hace 20 años en Europa8.

Riesgos del T.L.C. con EE.UU.

El Foro del Comercio Mundial antes se ocupaba sólo de las mercancías y ahora, ante el valor económico adquirido por los bienes culturales y de información, ha extendido la normativa del comercio internacional también a estos bienes culturales. Al respecto debemos estar alertas ante una materia poco considerada y en gran parte ignorada. Se trata de que Chile está pronto a firmar con EE.UU. un tratado de libre comercio.

En los términos que tales acuerdos se plantean el status o categoría de los productos culturales es igualado a cualquier otro producto exportable, como la fruta o los computadores. Esto significa que cualquier apoyo del Estado hacia un libro, una película, una música, de su país, sería susceptible de una acusación de dumping o competencia desleal. De ahí que el Encuentro Internacional de Asociaciones profesionales del ámbito de la cultura realizado en Montreal, Canadá, en septiembre 2.001, haya pedido a los Estados que se abstengan de asumir todo compromiso que limite sus posibilidades de establecer políticas culturales, estimulando la creación cultural, esto es, no dejándola entregada solamente a la lógica del mercado9.

Si deseamos no caer en la monocultura que nos lleva a las ideas y productos envasados, como los únicos que de hecho circulan, debemos saber desarrollar otras opciones culturales, independientes, incentivadoras de la diversidad, del pluralismo, del pensamiento crítico, sin lo cual la democracia misma es inconcebible y el único valor que quedaría por delante para todas las cosas sería el mercado, dueño y señor de nuestros destinos. No estamos en contra del mercado pero no lo queremos como un Dios que se extiende a todo y le da a cada cosa su peso y también su derecho a ser o no ser.

Dentro de este cuadro, que no es fácil, los editores independientes nos empeñaremos en la línea trazada y que se resume en promover la edición nacional, defender el espacio de la diversidad cultural, hacer presente las ideas expuestas ante los órganos del Estado relacionados con el libro, ampliar el acceso a mercados donde hemos llegado poco, llevar el libro a todas partes apoyando en este sentido lo que está haciendo el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, y contribuir, en fin, al desarrollo del libro y la lectura como elemento básico de la formación de toda persona.

Artículo basado en la intervención del autor, en la inauguración del Primer Salón de Editores Independientes, Santiago de Chile 1-12-2001.

  1. “Edición sin editores, Las grandes corporaciones y la cultura”, André Schiffrin, LOM Ediciones 2001.
  2. “Los dueños de los libros”, Carmen Cecilia Díaz, “El Mercurio”, 9.9.2000
  3. Ibid
  4. “Edición sin editores, Las grandes corporaciones y la cultura”, André Schiffrin, LOM Ediciones 2001.
  5. Marcelo Uribe, Editor de Era, citado por Silvia Aguilera en “La aplanadora de los consorcios y la lucha de los sobrevivientes”, Rocinante, julio 2001
  6. Entrevista de G. Grass en el Suddentsche Zeitung, de 16.10.2001
  7. Alejandro Melo, Presidente de la Cámara Chilena del Libro. Entrevista de Rosa Mora, Madrid, octubre de 2001
  8. Francisco Hunneus, Documento de trabajo Fundación Chile XXI.
  9. Ver Declaración final del “Primer Encuentro Internacional de Asociaciones Profesionales del ámbito de la cultura”, Montreal (Canadá) 13.09.2001. Rocinante, noviembre 2001.
Autor/es Julio Silva Solar
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Enero 2002
Temas Internet, Mundialización (Cultura), Neoliberalismo, Nueva Economía, Periodismo, Literatura