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Las guerras que nos esperan: Estados Unidos ataca

Los talibanes tenían una reputación militar temible; ¿cómo se explica que Estados Unidos y sus aliados locales los derrotaran en poco más de dos meses, casi sin librar batallas de importancia? La victoria militar norteamericana no despeja, sin embargo, graves interrogantes. Otros países de la región enfrentan situaciones críticas que exigen reformas urgentes. Una paz que no resuelve los problemas es la semilla de la próxima guerra.

La campaña contra los talibanes ya es parte de la historia militar. Es la tercera victoria abrumadora que Estados Unidos y sus alineados obtienen en la última década. La primera guerra fue la que libraron contra el Irak de Saddam Hussein en 1991/92. La segunda, en 1999, fue contra la Yugoslavia de Slobodan Milosevic. Y en el caso de Afganistán recién emergen los detalles. Pero, claro, cada conflicto es diferente y la campaña contra los talibanes presenta características únicas.

La lucha contra Kabul planteaba grandes desafíos para Washington. Un obstáculo era la distancia. Pero, primera lección, todo indica que en términos bélicos la distancia ha muerto. Estados Unidos ha materializado una consigna de su fuerza aérea: "poder global, alcance global". Los bombarderos estratégicos, en combinación con la aviación táctica desde portaaviones y complementados por misiles crucero, pueden alcanzar con contundencia cualquier punto del planeta. Claro que lo contrario también es cierto: unos cuantos terroristas con precarios medios pueden cruzar el globo y golpear donde se lo propongan.

Una segunda advertencia, voceada por varios teóricos militares, apuntaba a las dificultades que enfrentaría un ejército para dominar al enemigo local en un terreno montañoso. Eso es cierto, siempre que las tropas extranjeras deban acometer una campaña terrestre; en el caso afgano la infantería corrió por cuenta de los nativos agrupados en la Alianza del Norte1.

El tercer problema era el abismo cultural entre los atacantes occidentales y la población afgana. ¿Cómo operar en un país fragmentado por divisiones étnicas? ¿Cómo obtener información e inteligencia en un país donde se hablan decenas de dialectos2? Y, más importante aún, ¿cómo llevar adelante una guerra psicológica contra mentes que piensan tan distinto y corazones que laten a otros ritmos? Se trata de una cuestión clave, porque en todo conflicto la moral o voluntad de lucha de la población y los combatientes es un factor decisivo.

Los desaciertos de los norteamericanos en el campo de la propaganda quedaron estampados en millares de volantes lanzados sobre Afganistán desde aviones estadounidenses que advertían que el país sería atacado por "aire, mar y tierra". ¿Mar? Los afganos ignoraban que su país, mediterráneo, estuviese bañado por agua salada. Ni hablar de la utilización de las censuradas bombas de racimo, cuya submunición o bomblets es de color amarillo, el mismo de los paquetes con alimentos que fueron arrojados desde el aire, tal como las bombas. Para prevenir confusiones lamentables debieron distribuirse aún más volantes, con la siguiente advertencia: "Por favor, tengan mucho cuidado cuando encuentren objetos amarillos no identificados en áreas bombardeadas". Cortesía que frisa en lo macabro en un país con más de 70% de analfabetismo, donde, además, se habían clausurado las escuelas para toda la población femenina.

Un factor de alcance psicológico inesperado fue el bombardeo sistemático a una altura inalcanzable para la artillería antiaérea pues rompió el esquema de combate de los talibanes. Los guerreros fundamentalistas esperaban ver a sus enemigos cara a cara para medir su temple. Contaban con tomar prisioneros para degollarlos y desmembrarlos, como lo hicieron con centenares de rusos, aterrorizando a sus camaradas de armas. Pero en dos meses de bombardeos los talibanes no vieron una sola cabellera rubia. La constatación de que recibirían un castigo indefinido desde el cielo, en la más absoluta impotencia, erosionó la moral de los defensores.

El arma secreta inmemorial

Con todo, hubo un arma secreta que ayudó a inclinar la balanza en favor de Estados Unidos. Fue utilizada con la máxima discreción, y contribuyó en buena medida a desarticular las fuerzas locales. Se trata de un arma que, pese a ser muy antigua, nunca ha perdido efectividad: el dinero.

Cicerón, el célebre orador romano, afirmaba que "el sostén de la guerra es el dinero ilimitado". En tiempos más recientes, el Presidente mexicano Álvaro Obregón (1920-1924) proclamó una doctrina del empleo del dinero para dirimir conflictos: "Yo no conozco a ningún general que aguante un cañonazo de 50 mil pesos"3. Los tiempos han cambiado y se han aplicado las correspondientes correcciones monetarias. Los cañonazos dirigidos a los caudillos afganos fueron, en promedio, de 200 mil dólares.

Las delicadas transacciones no se dejaron en manos de los banqueros sino de la élite de las tropas americanas y británicas. Así, el publicitado ingreso de las fuerzas especiales no tenía por objetivo el combate cuerpo a cuerpo. El Pentágono advirtió que las pequeñas unidades realizarían misiones de reconocimiento e inteligencia. No dijo, sin embargo, que una de sus tareas centrales era conseguir el mayor número de desertores posible. Pese al secreto, en uno de los despachos de la BBC, la cadena pública de televisión británica, fue posible observar una camioneta desde la cual soldados ingleses descargaban grandes fardos, en realidad paquetes de dinero destinados a "cañonear" a caudillos y jefes tribales que combatían junto a los talibanes. La historia ha enseñado a los occidentales que en esta parte del mundo la primera lealtad no es hacia el país o una causa abstracta, ni siquiera al islam, sino que al clan. En los interminables conflictos tribales que han sacudido la región, la formación de alianzas varía según los intereses de los protagonistas; este ha sido un patrón recurrente. Las traiciones o, si se prefiere, cambios de bando eran un asunto común. Esta práctica fue codificada por los comandantes occidentales como "guerra a la afgana", y de ella supieron sacar el mejor partido. Por cierto que en algunos casos los obuses de 200 mil dólares fueron aceptados sin que se cumpliera la deserción prometida. Ocurrió antes del asalto a la norteña ciudad de Mazar-e-Sharif, donde un caudillo tomó el dinero pero no cambió de bando, con la consiguiente indignación de sus pagadores ante tamaña falta de ética comercial.

En materia de bombardeos, Estados Unidos empleó sus grandes aviones B-52, B-1 y B-2 para los tradicionales "bombardeos de alfombra" que tapizan vastas zonas. Pero fue la aviación naval, que opera desde los portaaviones, la que inauguró una técnica de ataque novedosa y letal. Se trata del empleo conjunto de aviones no pilotados que vuelan a baja altura y unidades pilotadas que se desplazan sobre los cinco mil metros. Los drones ("zánganos"), nombre genérico para los aviones no pilotados, exploran y filman todo lo que encuentran en su paso. Apenas detectan un objetivo transmiten en el acto sus coordenadas -"en tiempo real" como dicen en la jerga técnica- a los aviones de combate que circundan la zona. Estos pueden descargar un misil en cuestión de segundos.

El Pentágono mostró a la prensa un clip extraordinario que exhibe el disparo de un lanzagranadas talibán. Aún no se ha desvanecido la estela del proyectil cuando ya un misil impacta en el mero punto de donde provino el tiro. Este lapso de lo que los americanos llaman sensor to shooter ("del sensor al gatillo") era de menos de una hora en la guerra de Kosovo; en Afganistán se redujo a unos segundos. ¿Se puede mejorar todavía más? Claro que sí, pues en el futuro el sensor y el gatillo serán uno, pues el avión no pilotado será también una plataforma de armamento. A su vez los misiles crucero, dotados de cámaras, transmitirán directamente lo que ocurre y su digitador decidirá el lugar y el momento del impacto.

En el plano terrestre las tropas de la Alianza del Norte, en guerra contra los talibanes, se mantuvieron a la defensiva durante cinco años. Pero con el comienzo de la ofensiva estadounidense les llegó un aluvión de armas rusas y chinas. Los bombardeos norteamericanos inhibieron los desplazamientos de los talibanes, y de este modo sus adversarios ganaron plena libertad de movimiento. En el terreno no hubo grandes batallas. Una tras otra, las ciudades, incluidas Kabul y la emblemática Kandahar, fueron abandonadas por sus ocupantes y tomadas por la Alianza del Norte tras algunas escaramuzas.

Derrota del fundamentalismo

Finalmente la clave de la derrota de los talibanes hay que buscarla en ellos mismos. Su mentalidad sectaria y consiguiente odiosidad hacia vastos sectores de conciudadanos resultan difíciles de igualar. Si alguien alguna vez mereció el calificativo de fundamentalista, en un sentido literal, es el mulá Mohamed Omar, el líder espiritual talibán, quien declaró que su meta era: "Recrear los tiempos del profeta (…) Queremos vivir la vida como la vivió el profeta hace 1400 años"4.

Más allá de su fe religiosa, los mulás, encabezados por Omar, padecían de una misoginia aguda. Habla Omar: "Por su naturaleza la mujer es un ser débil y vulnerable a la tentación (…) Una mujer que deja su casa para ir a trabajar, en forma inevitable tomará contacto con hombres extraños y, como lo muestra la experiencia en los países occidentales, este es el primer paso hacia la prostitución"5. Este pensamiento se proyectó con gran crueldad en la vida cotidiana de las mujeres. En las aldeas el fundamentalismo podía significar una condena a muerte. Cuenta una madre: "Si una se enferma, le está prohibido ir al doctor sola. A veces el marido se niega a llevarla pues no está dispuesto a cuidarla: si sobrevive, bien, y si muere, qué más da. Como animales"6. Una doctora de un hospital de Kabul contó que en una oportunidad debió rechazar a una enferma grave porque no había más camas en el único hospital para mujeres. Entonces ella dijo en voz alta: "Esta mujer está grave, pero no tengo derecho a hospitalizarla". Al poco rato llegaron tres talibanes armados, la arrestaron y la llevaron a un cuartel. "Me amarraron los pies", narra, "y uno de ellos me dijo: ‘Ahora te vamos a enseñar cuáles son los derechos de los hombres y cuáles son los derechos de las mujeres’. Primero me golpearon con una Kaláshnikov, después con cordones electrificados. Eran diez o quince. Algunos me golpearon, otros me insultaron"7.

Los talibanes no sólo maltrataron a las mujeres afganas sino que persiguieron a la minoría chiíta de los hazaras, a los

budistas, a los cristianos y a muchos grupos étnicos que conforman el país. Para el ensayista paquistaní Ahmed Rashid, "tanto los comunistas como los islamistas afganos querían imponer un cambio radical a una estructura social tradicional mediante una revolución desde arriba. Deseaban acabar con el tribalismo y el etnicismo por decreto, una tarea imposible (…) El fracaso político de los islamistas afganos y su incapacidad de producir una teoría del cambio basada en la realidad es un fenómeno extendido en todo el mundo musulmán"8.

Se había impuesto un régimen que, como lo expresa el escritor inglés Salman Rushdie, era enemigo, entre otras cosas, "de la libertad de expresión, del multipartidismo político, del sufragio universal, de la responsabilidad del gobierno ante la sociedad, de los judíos, de

los homosexuales, de los derechos de las mujeres, del pluralismo, del

secularismo, de las minifaldas, de los imberbes, de la teoría de la evolución, y del sexo"9.

Una bomba que estallará pronto

En Pakistán10, los militares quisieron sacar el mejor partido de la crisis que la invasión soviética (1979-1989) originó en su vecino. Islamabad esperaba contar con un gobierno afgano dócil que les permitiese superar los diferendos fronterizos. En los años cincuenta, Afganistán, partidario de un cinturón que permitiese unificar las tribus pashtún, promovió el Gran Pashtunistán, y reclamó territorios en el noroeste y Beluchistán. Las fricciones culminaron con la ruptura de relaciones entre Afganistán y Pakistán entre 1955 y 1962.

Por otra parte, los generales de Isla-mabad comenzaron a hablar de "la profundidad estratégica" que les ofrecía el control del país vecino. Después de las guerras perdidas con India, los militares paquistaníes no descartaban instalar bases en lugares que sus tradicionales enemigos no pudiesen alcanzar. El que llevó las cosas más lejos fue el general Zia ul Haq, que tomó el poder en 1977 y lo ejerció hasta su muerte en un accidente aéreo, en 1988. Desde el primer momento su gobierno reprimió con ferocidad a todos los disidentes y, con típica megalomanía dictatorial, acarició un proyecto imposible. En palabras de Ahmed Rashid: "El general Zia había soñado, como un emperador mongol, recrear un espacio musulmán suní entre el ‘Hindustán infiel’, el Irán ‘hereje’ (por ser chiíta) y la Rusia ‘cristiana’. El general creía que el mensaje de los muyahidín afganos se extendería a Asia Central, restablecería el islam y crearía un nuevo bloque de naciones islámicas dirigidas por Pakistán"11.

Kabul sirvió en un aspecto importante a Islamabad, pues allí operaron campamentos de adiestramiento de combatientes islámicos que después eran infiltrados en Cachemira, zona en disputa con India. El líder espiritual de los talibanes, el mulá Omar, confió a Rashid en 1998: "Apoyamos la yihad en Cachemira. También es cierto que algunos afganos están luchando contra las fuerzas de ocupación indias en aquella región"12.

Resulta paradójico que la victoria antisoviética y la llegada al poder de los talibanes, un triunfo militar con un importante ingrediente paquistaní, perjudicase a Isla-mabad. Sin embargo, así fue: se secó el enorme flujo de dinero norteamericano y saudí destinado a los muyahidín, y con ello los recortes de rigor de la proverbial corrupción administrativa paquistaní. Más importante aún: el país perdió importancia estratégica. Estados Unidos le quitó el trato de aliado contra Rusia y comenzó a tratarlo como un país más, sujeto a sanciones por su programa de armas nucleares. Ya en 1997 el analista francés Olivier Roy anunciaba: "El aparente vencedor, Pakistán, podría pagar caro su éxito. El triunfo de los talibanes ha eliminado la frontera entre Pakistán y Afganistán. En ambos lados, las tribus pashtunes se deslizan hacia el fundamentalismo y cada vez están más involucradas en el tráfico de drogas. Están consiguiendo autonomía, y ya aparecen en suelo paquistaní pequeños emiratos tribales fundamentalistas. La absorción de facto de Afganistán acentuará las tendencias centrífugas dentro de Pakistán"13. En el diagnóstico de Roy las cosas van más lejos: "Pakistán está ahora maduro para una revolución islámica al estilo talibán, que casi con toda seguridad haría peligrar la estabilidad en el Medio Oriente y Asia Central meridional".

Es alarmante que un país de 141 millones de habitantes, que se debate en la miseria pero que encontró recursos para detonar su primera bomba atómica en 1998, quede en manos de fundamentalistas. Pakistán, en todo caso, ha vivido bajo la continua presión de sectores religiosos que aspiran a imponer la ley islámica en todo el país. La ex primera ministra Benazir Bhutto criticó a su predecesor Zia ul Haq por ello: "¿Qué islamización ha ocurrido realmente? En los hechos, el atropello de la sociedad. La islamización de Zia se reduce a amputación de manos, lapidación de muchos y leyes discriminatorias con las mujeres"14. La mayoría de los paquistaníes, todos musulmanes, ha expresado en las urnas (las pocas veces que ha podido) que prefiere el progreso económico a una rígida teocracia. En el plano político, sin embargo, los gobiernos de facto han sido la norma.

Por otra parte, Pakistán no estaba solo en sus apetitos de influencia. Le acompañaba Arabia Saudí, una nación que merece atención pues presenta los síntomas de una crisis mayor.

El principal objetivo de la dinastía Saud es mantenerse al mando de esta nación de 17 millones de habitantes, de los cuales más de cuatro millones son inmigrantes recientes. Riad percibe a Irán como su mayor amenaza desde que el sha fuera destronado en 1979. Se trata de un viejo antagonismo entre la Arabia suní y la Persia chiíta, un cisma que data de 1501, cuando Irán se convirtió en el único estado chiíta15. Los chiítas reconocen, al igual que los sunitas, los lugares santos de La Meca y Medina, situados en territorio saudí, y como todo musulmán aspiran a una vez en la vida pisar La Meca. Los encuentros en las peregrinaciones anuales de las dos corrientes islámicas son conflictivos.

La enemistad entre Teherán y Riad se agudizó durante la larga y sangrienta guerra entre Irak e Irán (1980-88). Los saudíes creían que ayatolá Jomeini aspiraba a imponer su hegemonía en el mundo musulmán, además de regir los destinos del petróleo de toda la región. Los saudíes, como todo el mundo árabe, cerraron filas tras el líder iraquí Saddam Hussein.

La monarquía saudí basa su legitimidad en un ferviente fundamentalismo religioso. Para ello promueve con todos los medios a su alcance, que son muy considerables, el wahabismo16. Pero, como a menudo ocurre con las coronas, la virtud religiosa es sólo un medio para asegurar la obediencia de los súbditos. Según Ahmed Rashid: "La difícil situación de los saudíes se debe a que tienen una clase gobernante occidentalizada cuya legitimidad se basa en el fundamentalismo conservador, mientras que quienes no forman parte de la elite gobernante son radicalmente antioccidentales".

Las pasiones saudíes ardieron con la luz verde para el ingreso de tropas occidentales durante la Operación Tormenta del Desierto contra Irak, en 1991. Desde entonces permanecen en el reino unos cinco mil soldados norteamericanos. Y una de las reivindicaciones de Osama bin Laden es, precisamente, sacar a estos impíos de su tierra santa. Pero la casa de Saud no podía obrar de otra manera. Su existencia depende de un antiguo pacto labrado con Estados Unidos en la década de los `30: los monarcas saudíes ponen el petróleo y Washington aporta la seguridad. Según Oliver Roy la fórmula del éxito de Estados Unidos y sus aliados monárquicos es la siguiente: fundamentalismo islámico + tribalismo + petróleo = estabilidad. La religión legitima; el tribalismo mantiene las divisiones que permiten reinar, y el petróleo proporciona el dinero para comprar lealtades.

Estados Unidos fue a la guerra para desalojar a Irak tras su invasión a Kuwait. Qué no estaría dispuesto a hacer por los saudíes, que disponen del 26% de las reservas de petróleo mundiales. Por lo pronto ha hecho la vista gorda frente a hechos que el analista francés Richard Lebévière considera inquietantes: "Arabia Saudí es de propiedad de una sola familia. Este país decapita a unas doscientas personas por año, confina a las mujeres a la categoría de ciudadanas de segunda clase y a los trabajadores extranjeros a un régimen de trabajo forzado, eso le ha ganado el apodo de ‘dictadura protegida’. Liderada por una gerontocracia oscurantista, esta petromonarquía es comparable con los últimos días del sha de Irán en 1979"17.

El reino saudí destina al gasto militar mas de 18 mil millones de dólares al año, que es mas que el gasto anual combinado de Brasil, Argentina y Chile. Las astronómicas cifras de la defensa son el reflejo de su inseguridad. La pesadilla de la casa reinante es verse destronada por los militares, como ocurrió en Egipto y Libia. Pero no puede prescindir de ellos pues requiere de fuerzas para amedrentar a Irán e Irak. Para enfrentar ambos peligros la familia real adoptó una política especial: gastar fortunas en armas pero mantener fuerzas armadas reducidas. De esta forma pretende que los militares no ganen peso político que despierte sus ambiciones golpistas. Por otro lado, aspira a disuadir a potenciales agresores mediante un gran poder de fuego. Las fuerzas armadas saudíes, incapaces de llenar las plazas con nacionales, contratan un número importante de extranjeros, entre los que destacan los paquistaníes.

Washington percibe un panorama amenazante: en 1980, el ingreso per cápita era de 15 mil dólares, pero hoy, con la baja del precio del crudo, no alcanza a los 7 mil. El desempleo llega al 15%. Casi la mitad de la población tiene menos de dieciocho años. ¿Y qué estudian los intelectuales saudíes? Más de la mitad de los doctorados son de estudios islámicos. En opinión del analista estadounidense Thomas Omestad, se ha llegado a un punto crítico: "La estrategia saudí de comprar la paz con los fanáticos islamistas en casa y el extranjero ha ayudado a crear un monstruo que busca devorar a sus benefactores"18. La política exterior saudí ha sido llamada "diplomacia de la chequera".

La "diplomacia musulmana" de los saudíes se funda en un discurso religioso que elude siempre que es posible los compromisos terrenales. Pregona una hermandad espiritual y obstruye los acuerdos políticos que comprometen la acción mancomunada. La monarquía saudí participó con brío y miles de millones de dólares en la lucha contra los ateos soviéticos en Afganistán. El incremento de su influencia le permitía contener a Irán, su mayor amenaza.

Irán, por su parte, estuvo a punto de invadir Afganistán después de que nueve de sus diplomáticos fueran asesinados en la localidad afgana de Mazar en 1998. Como vecino de Afganistán, tiene intereses directos pues la minoría de los hazaras –un respetable 19% de la población– es chiíta y mantiene estrechos vínculos con Irán. Además, otros grupos hablan persa, como los tayikos, que tienen las mismas raíces étnicas. Teherán asumió la protección de estos sectores frente a los talibanes y la hegemonía pashtún.

Para Estados Unidos la caída de los talibanes afganos y la destrucción de los campamentos de Al Qaeda, así como la muerte y captura de muchos de sus militantes, es un éxito mayor. Los fundamentalistas islámicos han sufrido una derrota estratégica más. Ello no los priva de lanzar nuevos ataques terroristas, pero su capacidad de convocatoria y, más importante, su aceptación como lide-razgo creíble es ahora mínima.

En cuanto a Afganistán, de momento tanto Rusia como Irán ven su posición fortalecida a través de sus aliados locales victoriosos. Los perdedores en la región son Pakistán y Arabia Saudí. Ambos invirtieron fortunas y terminaron con pérdidas o con su influencia debilitada.

Para Occidente, en tanto, el futuro es incierto. Varios países de la región tienen un alto potencial explosivo. La conferencia destinada a crear un acuerdo político para establecer un nuevo gobierno en Kabul, realizada en Bonn a comienzos de diciembre, logró acuerdos básicos pero frágiles. Está lejos todavía un gobierno representativo y con legitimidad, que asegure la estabilidad. El gran temor de Washington y los europeos es terminar a cargo de un país en la anarquía. La experiencia de los protectorados de Bosnia-Herzegovina y Kosovo ha sido poco alentadora: si las tropas de la OTAN se retiraran de allí recomenzarían las hostilidades, y, en los hechos, el poder local lo acaparan grupos mafiosos. La trayectoria de la Alianza del Norte augura un futuro tanto o más complejo, pues una cosa es ganar una guerra y otra asegurar una paz duradera.

Y es que la forma como se concluye un conflicto es clave para saber si se ha sembrado la semilla de la paz o la del próximo conflicto.

  1. La Alianza del Norte está integrada por grupos de muyahidín que combatieron la invasión soviética. Son unos quince mil uzbekos y tayikos. Ejercieron el poder entre 1992 y 1996. Su incapacidad para gobernar, amén de una corrupción que aumentó el contrabando y el narcotráfico en la región, culminó con su derrota a manos de los talibanes, que los forzaron a replegarse al norte del país.
  2. Las divisiones étnicas afganas son tan complejas como la topografía del país: el grupo más importante son los pashtunes, que representan el 38% de la población. Los tayikos son el 25 % ; los ha-zaras llegan al 19% y los uzbekos al 6. El 12% restante se distribuye en tribus menores. En cuanto a la religión, el 84% es musulmana sunita, y los hazaras, que conforman el resto, son chiítas. En lo que toca al idioma, la mitad habla dari, variante afgana del persa, 35% habla pushtu y el 11% turkik, además de otros treinta dialectos.
  3. Más información sobre los militares mexicanos y de la región en Centroamérica en guerra, Raúl Sohr, Alianza Editorial Mexicana, 1988.
  4. "Taliban leaders recreates the time of the prophet by torture and repression", The Independent, 20/9/01.
  5. Richard Labévière, Dollars for terror: The United States and Islam, N. Y., Algora Publishing, 2000.
  6. Id.
  7. Id.
  8. Ahmed Rashid, Los Talibán, Península Barcelona,, 2001.
  9. 9 Salman Rushdie, "Combattre les forces de l’ invisible", Libération, 3/10/01.
  10. Pakistán nació de la partición de la antigua India británica. Su nombre no significa, como se ha dicho, "el país de los puros", sino que es el resultado aproximado de sumar las iniciales de las principales provincias de mayoría musulmana de la antigua India colonial: P por Panjab, A por Afgania (contigua a Afganistán), K por Kachemira (en castellano con "c"), S por Sind, y la terminación "tán" de todos los países de la zona, que en este caso alude además a Beluchistán.
  11. Rashid, op. cit.
  12. El 13 de diciembre un comando terrorista atacó el Parlamento en Nueva Delhi causando 14 muertes. El gobierno de la India responsabilizó a Pakistán, país con el que ha librado tres guerras, por el ataque e inició una movilización militar hacia la frontera común. India exige prohibir las actividades de organizaciones que luchan en su contra en Cachemira, que se detenga a sus líderes y se congelen sus fondos. Pakistán ha negado todo conocimiento previo del ataque pero ha accedido a congelar los recursos de las organizaciones acusadas por India.
  13. Id. Labévière
  14. Rafiq Zacaria, The struglle within Islam, Londres, Penguin Books, 1989.
  15. El ayatolá Jomeini y sus seguidores inscribieron en el vocabulario la denominación chiíta como sinónimo de fanático, intransigente. Los talibanes, que son sunitas, han hecho más mérito aún para el calificativo.
  16. El wahabismo –notable por su ascetismo e intransigencia– es una interpretación del islam que arraigó en las tribus saudíes más pobres. A todo musulmán que no lo acepte lo consideran impío.
  17. Richard Labévière, op. cit.
  18. Thomas Omestad, "The kingdom and the power", U.S. News & World Report, 5/11/01.
Autor/es Raúl Sohr
Publicado en Artículos locales de la edición Chile
Edición Enero 2002
Temas Mundialización (Cultura), Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Neoliberalismo
Países Estados Unidos, Irak, Afganistán, Yugoslavia, Arabia Saudita