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Vencer el hambre, ¿una utopía?

La indiferencia de los países ricos ante la cumbre de la FAO, llevada a cabo en Roma del 10 al 13 de este mes, que terminó en un fracaso, pone seriamente en duda los compromisos para reducir el hambre tomados en la cumbre de 1996. Veinticuatro mil personas mueren a diario por la falta de comida 1

"Tenía que ser la cumbre de la acción y, como estaba previsto, fue la asamblea de las palabras. Tras cuatro días de discursos por parte de los representantes de 183 naciones, la segunda reunión mundial para la lucha contra el hambre y la desnutrición concluyó en un resonante fracaso. Durante las 80 horas que duró en encuentro, murieron 72 mil famélicos en el mundo". El encabezado del artículo de un prestigioso corresponsal2 lo dice todo: a los países ricos, de los cuales solo dos estuvieron representados en la reunión por sus máximas autoridades (el español José María Aznar, en su calidad de presidente en ejercicio de la Unión Europea, y el italiano Silvio Berlusconi, por el país anfitrión) no les importa en absoluto el problema del hambre en el mundo. Jacques Diuf, director de la FAO, reconoció que no se logró establecer acuerdos para obtener los 24 mil millones de dólares necesarios para reducir a la mitad el número de 800 millones de hambrientos del planeta.

A pesar de la abundancia de víveres, más de 800 millones de personas siguen yéndose a dormir con el estómago vacío; miles de niños mueren a diario como consecuencia directa o indirecta del hambre y de la subalimentación crónica. En momentos en que las riquezas acumuladas en el mundo permiten mantener abierta la esperanza, la pregunta sigue siendo la misma: ¿se acabará con el hambre?

Por cierto, se registraron algunos avances en la lucha contra el hambre: durante el siglo XX la producción de alimentos aumentó a un ritmo más sostenido que la población mundial, que llegó a ser más del doble. Sin embargo, la desigualdad de acceso a la alimentación y a los medios de producción sigue impidiendo a millones de seres humanos gozar del derecho más fundamental: el de alimentarse según sus necesidades. Y queda mucho por hacer para garantizar a todo el mundo una alimentación sana y nutritiva. En noviembre de 1996, los representantes de 186 países y de la Comunidad Europea -112 de los cuales estaban representados por sus jefes de Estado o de gobierno- colocaron un primer jalón, en ocasión de la Cumbre Mundial de la Alimentación. Se habían fijado un objetivo a la vez ambicioso y modesto: reducir al menos a la mitad el número de personas subalimentadas antes de 2015.

Sin embargo, a pesar de las resoluciones y del impacto mediático de la cumbre de 1996, el problema del hambre en el mundo -una mancha en la conciencia de la humanidad- persiste y hasta se agrava en ciertas regiones. Las cifras son elocuentes: el número de personas subalimentadas en todo el mundo está estimado en 777 millones en los países en desarrollo; 27 millones en los países en transición y 11 millones en los países desarrollados.

Prioridad a la agricultura

La subalimentación es muy común entre los niños de la mayoría de los países en desarrollo, y es particularmente grave en el África sub-sahariana y en el sudeste asiático. Cerca de 156 millones de niños de menos de cinco años son víctimas de desnutrición proteino-energética, y unos 177 millones sufren de retraso en su crecimiento, señal de subalimentación. Cerca del 17% de los recién nacidos de los países en vías de desarrollo evidencian un retraso en su crecimiento intrauterino, clara prueba de subalimentación de las mujeres embarazadas.

¿Se alcanzará algún día el objetivo fijado en 1996? La persistencia del hambre en un mundo de abundancia -a veces, de opulencia-, ¿no requiere de nuevas iniciativas mundiales? ¿Cómo hacer para mobilizar mejor una voluntad política sin fallas y recursos suplementarios para vencer la plaga? Es el desafío de la "Cumbre mundial de la alimentación: cinco años después", que reunió del 10 al 13 de junio en Roma, a jefes de Estado y de gobierno, responsables de organizaciones internacionales intergubernamentales y no-gubernamentales, dirigentes de instituciones internacionales de financiamiento y representantes del sector privado.

En julio de 2001, en Génova, Italia, la cumbre del G83, donde la FAO fue invitada, confirmó que el principal objetivo de una estrategia común de reducción de la pobreza sigue siendo el acceso a una alimentación adecuada y el desarrollo rural. Todos los esfuerzos deben centrarse en la reactivación de la productividad agrícola, más aun teniendo en cuenta que la ayuda brindada a ese sector constituye una parte no despreciable de la ayuda pública al desarrollo. Así, deberá acentuarse fundamentalmente el apoyo a las políticas agrícolas nacionales y a la formación de técnicos agronómicos. Al respecto, el G8 respaldó en particular la cooperación Sur-Sur, que juega un papel central en la transferencia de tecnologías adaptadas a las condiciones socioeconómicas en que trabajan los campesinos pobres, respetando al mismo tiempo las exigencias ecológicas4. El G8 decidió además dar prioridad a las regiones más afectadas, en particular el África sub-sahariana y el sur de Asia.

La agricultura constituye un elemento clave, pues la subsistencia de la mayoría de los mal alimentados depende de dicha área de actividades. En 1999, el 60% de la población total de los países en desarrollo vivía en zonas rurales, a la vez que la parte de la agricultura en la mano de obra total era también cercana al 60%. En muchos países con elevada tasa de sub-alimentación, la agricultura representa más del 25% del Producto Nacional Bruto (PNB) y garantiza, directa o indirectamente, la subsistencia del 70% de los pobres y de las personas que sufren de inseguridad alimenticia. Por otra parte, la mayoría de las personas carenciadas que viven en zonas urbanas provienen del campo, donde ya no pueden asegurar la subsistencia de su familia.

Por lo tanto, será necesario invertir aun más en ese sector de actividad. Lamentablemente, muchos países en desarrollo no destinan al mismo recursos suficientes, a pesar de tratarse del motor de su economía. Y los países desarrollados, al igual que las instituciones financieras internacionales, redujeron la ayuda consagrada a ese sector. Sólo en 1999 las subvenciones atribuidas por los miembros de la Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico (OCDE) a su propia agricultura, se estimaban en 361.000 millones de dólares, es decir, el 1,4% del PNB total. Esas cifras son considerables, sobre todo comparadas con la ayuda oficial otorgada a la agricultura de los países pobres, que sólo fue de 7.400 millones de dólares en 1998. Esos datos ponen en evidencia que los campesinos de los países industrializados reciben ayuda por un monto 48 veces superior al destinado a los agricultores de los países pobres. Esta situación, aunque sea acorde con las disposiciones de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) incita a interrogarse sobre la equidad de estos últimos.

El costo económico del hambre es exorbitante, tanto para los individuos como para las sociedades. El hambre lleva a la enfermedad y a la muerte; obliga a las familias a gastar sus escasos recursos en atención sanitaria; limita las capacidades de aprendizaje de los niños; disminuye la productividad e impide a las personas explotar sus capacidades naturales; frena el crecimiento económico y deja a las naciones sin medios para alcanzar un nivel de desarrollo aceptable. Según un reciente estudio, el Producto Bruto Interno (PBI) por habitante en África sub-sahariana, que no supera los 800 dólares anuales, sin desnutrición hubiera podido situarse entre 1.000 y 3.500 dólares en 1990.

Otro problema de envergadura es el Sida, que se propaga rápidamente en las zonas rurales de los países en desarrollo. La epidemia amenaza la seguridad alimentaria y compromete la capacidad de producción. Las cifras son terroríficas: desde 1985 la enfermedad cobró la vida de unos siete millones de trabajadores agrícolas en los veinticinco países más afectados de África. Otros dieciséis millones podrían morir desde ahora hasta el 2020, debido a lo cual algunos países podrían perder hasta una cuarta parte de su mano de obra agrícola.

La lucha contra el hambre en el mundo no es solamente un imperativo moral: representa además un factor benéfico para la economía y la seguridad de todas las sociedades. En efecto, el hambre es muchas veces no el resultado, sino la causa de conflictos y de disturbios civiles, e influye directamente sobre el éxodo rural y la emigración. Una persona con hambre es capaz de lo peor.

En consecuencia, la comunidad internacional debe concebir la erradicación del hambre en cualquier punto del globo como parte integrante de los imperativos de solidaridad planetaria, y debe adoptar todas las disposiciones necesarias para cumplir con sus obligaciones al respecto. Las naciones industrializadas deben fundamentalmente dar una mayor financiación, facilitar la transferencia de tecnologías apropiadas, reducir la deuda externa, abrir sus mercados, evitar el dumping de bienes excedentarios y garantizar términos de intercambio equitativos. En cuanto a los países en vías de desarrollo, deben destinar una parte suficiente de su presupuesto a ayudar a los agricultores pobres, poner en marcha políticas que favorezcan la producción agrícola, y especialmente el dominio del agua; estimular las inversiones privadas locales y mejorar el acceso a la propiedad de la tierra, a los insumos, al conocimiento, a los mercados y al crédito, en particular para las mujeres.

No existe ninguna panacea contra el hambre y la subalimentación, y las soluciones no son simples. Sin embargo, es posible lograr resultados si los Estados y la comunidad internacional transforman sus compromisos en acciones concretas. La batalla será difícil, pero con el apoyo de la opinión pública y de las personas de buena fe y de buena voluntad de todo el mundo, el derecho humano más elemental -el derecho a la alimentación- puede y debe convertirse en realidad.

  1. Versión actualizada del artículo publicado en Le Monde diplomatique edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2001.
  2. Julio Argañaraz, "Terminó en un fracaso la cumbre mundial contra el hambre", Clarín, Buenos Aires, 14-6-02.
  3. El G-8 comprende a Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Japón y Rusia.
  4. Roland-Pierre Paringaux, "Cooperation Sud-Sud au Sénégal", Le Monde diplomatique, París, marzo de 2001.
Autor/es Jacques Diouf
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Política)