Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Una (pre)historia puede ocultar otra

La fascinación por los dinosaurios y por los seres humanos prehistóricos, característica de niños y adultos en la actualidad, tiene que ver con cuestiones persistentes y de difícil resolución: la experiencia de vivir en un mundo cuyo aceleramiento desborda a los adultos, en los niños la curiosidad por la propia existencia prenatal, y en niños y adultos por las vidas de los antepasados.

Dinosaurios y hombres de la prehistoria están de moda. Ya lo estaban a fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la literatura primero y después la historieta se lanzaron a los escenarios de mundos perdidos poblados simultáneamente por seres arcaicos y por civilizaciones que habían alcanzado un alto grado de desarrollo1. De ahora en más, el paisaje cambió, el conocimiento de la prehistoria hizo progresos fulgurantes, y si los dinosaurios y los primeros hombres son objeto de interés, lo son de maneras muy diferentes.

Ya no es el descubrimiento de pueblos hasta entonces desconocidos lo que ocupa la portada de los diarios como en la primera mitad del siglo pasado, sino las manipulaciones genéticas. Abren el camino a los sueños más extravagantes: ¿los investigadores serían capaces de crear nuevos humanos dotados de posibilidades superiores? ¿Se prepararía en los laboratorios un nuevo "salto" de la humanidad, semejante al que hace 35.000 años vio la aparición de los primeros Homo sapiens llamados a suplantar a los hombres de Neandertal? El problema no es evidentemente que estas fantasías tengan o no fundamento científico. Impregnan nuestra sensibilidad y orientan nuestros gustos literarios, a veces sin que lo sepamos.

La saga prehistórica de Jean M. Auel2, que tuvo un éxito fenomenal en el mundo entero, aparenta no tener nada que ver con estas cuestiones. La autora cuenta con mucha humanidad la vida cotidiana de un grupo de hombres de Neandertal que se nos parecen mucho. El lector es llevado a ponerse progresivamente en la piel de uno de ellos y a sorprenderse junto con él de las prodigiosas capacidades de una pequeña Sapiens a quien ha recogido. Es precisamente allí donde el relato de Jean Auel converge con las preocupaciones que evocábamos. Porque si la genética modificara al ser humano, tendríamos todas las posibilidades de encontrarnos nosotros mismos en la situación de esos hombres de Neandertal.

Esta inquietud es tanto más viva cuanto que no la alimentan solamente las fantasías de la ciencia ficción. Ahora mismo muchos adultos la experimentan en su vida cotidiana. ¿No se enfrentan a diario con el peligro de verse "fuera de juego"? No los amenazan criaturas nuevas dotadas de poderes extraordinarios, sino sus propios hijos. Como los hombres de Neandertal de las novelas de Jean Auel, tratan de no dejarse superar, con la sensación trágica de que a pesar de sus esfuerzos tarde o temprano quedarán al borde del camino.

Se ponen a escucharlos para comprender las nuevas tecnologías y tratar de "mantenerse jóvenes", pero tienen la impresión de que el movimiento va demasiado rápido. Sueñan con congelar el mundo y establecer una suerte de moratoria generalizada, sea en el terreno de las imágenes, la economía, las jubilaciones o las tecnologías digitales. Algunos están incluso dispuestos a aliarse a un hombre providencial siempre que prometa inmovilizar los péndulos y detenga lo que muchos perciben como una angustiosa huida hacia delante. Más sencillamente, otros devoran la saga prehistórica de Jean Auel para encontrar en ella una mirada desfasada sobre sus angustias, y un objeto cultural compartido a través del cual hablar de sus dudas…

Pero dinosaurios y hombres de Neandertal tiene otras dos razones para interesarnos. Permiten la puesta en escena lateral de dos cuestiones insolubles que no dejan de preocupar a todo ser humano: su existencia antes de venir al mundo y la de sus antepasados.

Empecemos por la prehistoria de cada cual. Tratándose de dinosaurios, el niño los diferencia muy bien de los Pokémon, los Trolls u otros Bullrog. Estos monstruos existieron "de veras". Anteceden al hombre, como el bebé antecede al niño.

Se puede ser al mismo tiempo joven y viejo, nos asegura la publicidad; adulto y adolescente: hay un término para eso, los "adulescentes", y hasta hombre y mujer empañando los signos de la diferencia entre los sexos. Pero nadie puede ser al mismo tiempo un bebé que no sabe hablar y un adulto. La coexistencia es imposible. Un poco como entre los monstruos prehistóricos y los hombres: hay que acostumbrarse a no pensarlos nunca juntos.

Se suma incluso una nota enigmática y mágica: los dinosaurios desaparecieron brutalmente sin que nadie sepa ni cómo ni por qué. ¿No nos representamos de un modo igualmente misterioso el tránsito de nuestra vida de bebé todavía carente de lenguaje, del que no guardamos ningún recuerdo, a la del niño en que nos convertimos? Esta pregunta aparece en muchos cuentos de hadas: la rana o el monstruo se convierte en príncipe sin que entendamos el proceso…

En el niño, la pasión por esos animales enormes se hace cargo de parte de las preguntas que se plantea a propósito de su ingreso en la vida. Su masa pesada que les impide moverse fácilmente es una imagen de la impotencia motriz del recién nacido. Su gigantesco apetito se asocia con el momento de la vida del bebé en que su vínculo con el mundo se organizaba alrededor del deseo de llevarse todo a la boca y de la angustia de ser devorado.

En cuanto a la clasificación de los dinosaurios en dos categorías, herbívora y carnívora, es un espejo de las tendencias opuestas que todo niño experimenta dentro de sí: pacífico y social por una parte, como los grandes rumiantes que viven en manada; carnívoro y predador por otra, a imagen del famoso Tyrannosaurus Rex.

Para los más pequeños, los dinosaurios parecen tener la posibilidad de representarlos antes de los comienzos, es decir, en su existencia fetal. Sin duda es en ese sentido que hay que comprender lo que le sucedió a una maestra jardinera que había tratado de explicar el embarazo a sus alumnos. Para verificar que habían comprendido, los invitó a hacer modelados acordes con la idea que se hacían del feto. Muchos de ellos modelaron criaturas replegadas sobre sí mismas, como las que se ven en las imágenes de las ecografías; algunos añadieron en su dorso espinas parecidas a las que suelen atribuirse a los dinosaurios3.

Si estos últimos evocan en el niño el misterio de su prehistoria personal, tienen también dos serias ventajas: pertenecen a una especie desaparecida, y conocieron una gloria no compartida. Los dinosaurios fueron los dueños del mundo en su época, como lo fueron nuestros antecesores. Y lo mismo que ellos no tuvieron piedad unos de otros.

Pero allí donde el niño pequeño busca una metáfora animal, el adolescente y el adulto prefieren una metáfora humana. Los primeros hombres, lo mismo que nuestros antecesores, son al mismo tiempo lejanos y familiares: totalmente ajenos por su modo de vida, en cambio están muy cerca por sus reacciones emocionales. ¿Pero por qué ir a buscar tan lejos una puesta en escena de nuestra humanidad cuando la vida cotidiana de una familia de la Edad Media o del Renacimiento nos confrontaría exactamente con la misma extraña familiaridad? Ante todo, porque se trata de establecer un zócalo común a toda la humanidad, una plataforma de la cual beneficiarse, cualquiera sea la cultura a que se pertenezca, y contribuir a alguna forma de "consciencia planetaria". Si este humanismo guía probablemente la pluma de Jean M.Auel, no podría explicar por sí solo el fenomenal éxito de su empresa. Otras razones podrían tener que ver con la dificultad que muchas familias tienen en abordar su historia reciente.

Conocemos la pasión por la genealogía que se ha adueñado de Occidente desde los años 1980. Algunos docentes trataron de utilizar esa fascinación para sensibilizar a sus alumnos en la historia del siglo XX, invitándolos a construir su árbol genealógico con ayuda de su familia. Los niños adhirieron con entusiasmo al proyecto. Les permitiría abordar muchos problemas históricos y geográficos de modo concreto, estrechando vínculos con sus familiares a través de las preguntas que se verían llevados a hacerles.

Infortunadamente, las familias no los secundaron. Y lo que es peor, muchas protestaron: en efecto, hay demasiados secretos en los roperos, de los que los padres se niegan a hablar. En suma, el develamiento de la historia colectiva progresa, pero las historias familiares resisten. En todas las categorías sociales, algunas familias alientan el intercambio y el cuestionamiento; otras han recluido tramos enteros de la historia familiar.

A la espera de que se abran todas las puertecitas tras de las cuales se oculta un secreto, la pasión por la prehistoria alimenta nuevos cuentos de hadas: el mundo sin piedad de los dinosaurios y el deambular de los últimos "pre Sapiens" mediatizan la angustia de pertenecer a un mundo ya superado, y cristalizan el penoso sentimiento de que los no resueltos dramas de la vida de nuestros antecesores siguen pesando sobre nosotros.

  1. Boyer, A.M., "Mondes perdus, cités oubliées et retrouvées", Modernités, Presses Universitaires de Bordeaux, Bordeaux, 1992.
  2. J.M. Auel, 1980 Les enfants de la terre, Presses de la Cité, París, 1991 (5 tomos).
  3. Agradezco a Luc Gourand, ecógrafo, por esta anécdota.
Autor/es Serge Tisseron
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Traducción Marta Vassallo
Temas Historia, Psicoanálisis, Sociología