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Costa de Marfil, a la deriva

Un nuevo y violento levantamiento rebelde convulsionó al país africano. El virtual estado de secesión étnica entre el sur y el norte del país y las acusaciones a la "mano extranjera" amenzan la estabilidad de toda la región. La intervención francesa también plantea interrogantes sobre los límites entre intervención humanitaria e injerencia externa.

Sexto putsch -o intento de putsch- en Costa de Marfil en el espacio de dos años y medio. Nuevamente el saldo de cientos de muertos: 300 oficalmente reconocidos (sólo en Abiyán) el 24 de septiembre de 2002; un centenar en Bouaké, luego de una primera serie de combates, el 25 de septiembre. Nuevamente se ve amenazada la unidad nacional: el Norte, a partir de Bouaké, se encuentra en estado de cuasi-secesión. Nuevamente aumenta la tensión regional: fronteras cerradas, acusaciones contra Estados vecinos (Liberia, Burkina Faso), temor entre las comunidades inmigrantes (burkinabeses, malíes, senegaleses). Y nuevamente se ve empañada la imagen de la antigua "vitrina", el ex "modelo" o milagro del África occidental francófona.

Crónicamente inestable

Pero, ¿qué importa la "imagen" frente a la dimensión de las cuestiones internas, frente al grado de desestructuración que alcanzó la sociedad marfileña en su conjunto: un ejército fragmentado, una clase política sin rumbo, una población temerosa, una guerra civil en potencia, inmigrantes señalados con el dedo, y "los blancos que se van"? Costa de Marfil, uno de los polos económicos de África occidental, Alcanza el pelotón de países crónicamente inestables justo cuando -luego de la incertidumbre provocada por el golpe de Estado de diciembre de 1999, y los desordenes que acompañaron las elecciones de octubre de 2001, en las que el partido de Laurent Gbagbo consiguió la victoria por la fuerza- el sector del cacao (en el que Costa de Marfil es el primer productor mundial), los prestamistas (Fondo Monetario Internacional, Unión Europea) o los turistas, recuperaban un minimo de confianza…

Golpe de Estado invisible

¿Se trató de un enfrentamiento Norte-Sur, de una acción apoyada por mercenarios extranjeros, o de un ajuste de cuentas interno al régimen? En momentos en que se desataban los acontecimientos, la noche del 18 al 19 de septiembre, nadie supo con certeza, quién era quién, quién hacía qué, ni quién pretendía el poder, o incluso si realmente se lo quiso voltear… La multiplicidad de conjuraciones parece haber nublado la legibilidad de acontecimientos que aún conservan parte de su misterio: es probable, por ejemplo, que el ex-presidente Robert Gueï, ciertamente muy hostil al régimen, haya sido eliminado en favor de un complot que manifiestamente no organizó. La confusión reinó entre los gobernantes, la clase política y la opinión publica, tanto más aterrada cuanto que el gobierno pareció desbordado por los problemas de seguridad y difundió pocos comunicados oficiales, dejando en cambio a los diarios -que se reclaman oficialistas- destilar acusaciones y rumores, como es costumbre en la prensa de Abiyán. Esta incertidumbre se acrecentó por el silencio forzado de las radios internacionales, cuyas ondas fueron cortadas dos días después del inicio de las hostilidades (por razones accidentales según las autoridades; deliberadamente, aseguró la asociación Reporters sans frontières). El 26 de septiembre, por primera vez, un suboficial que se presentó como jefe de los insurgentes en Bouaké hizo una aparición pública en la que afirmó que su movimiento no tenía ningún jefe político, ni Robert Gueï ni ningún otro, y que no gozaba de apoyo extranjero.

Rebeldes y leales

La crisis se desencadenó en la noche del miercoles 18 al jueves 19 de septiembre, en Abiyán, con la toma de casernas por parte de "rebeldes", y particularmente con el asesinato del ex presidente Robert Gueï (originariamente jefe del Estado Mayor del ejército, autor del "golpe de Estado de navidad" el 24 de diciembre de 1999) y del ministro del Interior Boga Doudou (cercano al actual presidente Laurent Gbagbo). La residencia de Alassane Ouattara, jefe del partido opositor Rassemblement des Républicains (RDR), también fue atacada, pero el ex Primer Ministro encontró refugio en la embajada de Alemania y luego en la de Francia (así como el ministro de Defensa, Moïse Lyda Kouassi). Las fuerzas leales pudieron restablecer una apariencia de orden en la capital económica del país al liquidar varias decenas de "asaltantes" o "terroristas" y proceder a la "limpieza" de varias villas miserias. El conjunto de las ciudades del Norte, entre ellas Korhogo y Bouaké -segunda ciudad del país- quedaron bajo control de los insurgentes. La inminencia de combates entre rebeldes y leales provocó la intervención de fuerzas armadas francesas y luego estadounidenses, para organizar la evacuación de 2.000 ciudadanos originarios de esos países desde Bouaké, a partir del 25 de septiembre, y luego de algunos centenares, el 29 de septiembre, de la región de Korhogo, más al norte.

Un ejército fragmentado

El ejército marfilense -9.000 hombres en el año 2000- se encuentra en estado de abandono: el ex presidente Félix Houphouët Boigny desconfiaba de los uniformes; los niveles de inversión y entrenamiento son mediocres, con -según un informe enviado al parlamento- un "armamento disparatado y desfasado", un "sobredimensionamiento en suboficiales no calificados", una disponibilidad de material rodante, de aviones y barcos, del orden del 20 al 30%. El primer amotinamiento estalló en 1990, cuando conscriptos exigían ingresar a las fuerzas. El segundo estalló en 1992 en el seno de la guardia presidencial. El tercero, en diciembre de 1999 (provocado por la falta de pago de primas prometidas a soldados que regresaban de un misión de paz en África Central), desembocaría en el célebre "putsch de navidad".

Desde la independencia, el Estado Mayor y parte de la tropa son sometidas a constantes "reequilibrios" en provecho de la etnia dominante: los Akan bajo Houphouët-Boigny y su sucesor Henri Konan Bedié, los Bété con Laurent Gbagbo, en detrimento, la mayor parte de la veces, de las comunidades del Norte (Senufos y Diulas). El actual presidente, Laurent Gbagbo, sólo puede contar con la gendarmeria -6.000 hombres, más unidos y mejor equipados que el ejército- que estuvo implicada en la masacre de Yopugon, en octubre de 2001, así como en las operaciones de limpieza y los aniquilamientos que acompañaron el intento de putsch de septiembre de 2002. Entre las causas del levantamiento de los soldados se encontraba la voluntad del presidente Gbagbo de desmobilizar en diciembre -según la versión oficial, debido a razones presupuestarias- a 500 ex milicianos reclutados por el general Robert Gueï que no habían sido integrados a la función pública: éstos no ganaban más de 75 dólares mensuales. Los motines aparecieron en Bouaké, relativamente bien armados, con disponibilidad de dinero y determinación: por ejemplo, se esforzaron en impedir a la población local abandonar la ciudad siguiendo las huellas de los franceses. Sin embargo, la simultaneidad de las acciones en los primeros días del putsch, así como el manejo de las operaciones, permiten intuir una probable organización en un nivel superior…

La internacionalización de la crisis

Si bien no está probado que Charles Taylor, actualmente presidente de Liberia, haya tenido un rol en la crisis marfileña o incluso que tenga algún interés en ella, es probable que a título personal, ex milicianos liberianos se hayan unido a los mitines marfileños. Desde los primeros días, el presidente Gbagbo acusó "la mano del extranjero", involucró de manera encubierta a Burkina Faso, e incluso a Liberia, y pidió la aplicación del acuerdo de defensa franco-marfileño, que prevee asistencia militar francesa en caso de una agresión externa sobre Costa de Marfil. En un primer momento, esta clausula no fue aplicada por parte de Francia; según París, se trataba de un conflicto interno. Pero ante la inminencia de combates entre defensores del gobierno y amotinados en el Norte, la situación de miles de ciudadanos franceses, estadounidenses y libaneses se tornó peligrosa, lo que provocó un pedido de intervención humanitaria de Francia (800 soldados), luego de Estados Unidos (200) y de Gran Bretaña. Nigeria, principal país miembro de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) y "padrino" natural de la región, envió a Abiyán una pequeña escuadrilla de cazadores, que se declaró lista para conducir una fuerza de paz de África occidental siguiendo el modelo de la Ecomog (que ya intervino en Sierra Leona en 1992 y en Liberia en 1995). Una cumbre de la Cedeao, convocada el 29 de septiembre en Accra (Ghana) por iniciativa de su presidente en ejercicio, el senegalés Abdoulaye Wade dispuso enviar una fuerza de interposición, en caso de que el intento de mediación llevado a cabo por un "grupo de contacto" entre la rebelión y el régimen del presidente Gbagbo fracasó1. No hubo espacio en la Cumbre para la "explicación franca" o para los temidos incidentes entre marfileños y burkinabeses. Los países vecinos temen un estallido regional, tanto más peligroso cuanto que -aun debilitada por la repetición de amotinamientos y putschs- Costa de Marfil sigue siendo un peso pesado en una zona que recién se repone de las guerras civiles en Liberia y Sierra Leona.

Los estragos de la "pertenencia marfileña"

Si bien el presidente Houphouët, jugando él mismo con los prejuicios étnicos o religiosos, mantuvo con mano firme la unidad entre las grandes regiones y etnias del país, la crisis económica y el temor de la clase dirigente del Sur a un acaparamiento del poder político por parte de los habitantes del Norte llevó a popularizar el tema de la "pertenencia marfileña", retomada por la gran mayoría de los líderes políticos: una ley sobre la propiedad rural, en 1998, permitó la expulsión de miles de campesinos de orígen burkinabés; la constitución "segregacionista" adoptada en 2000 tendía a impedir la candidatura de Alassane Ouattara a la presidencia; luego, una política de "identificación nacional" consistió en determinar la ciudadanía en base a la pertenencia a una localidad "autenticamente marfileña".

Los límites de la "no-injerencia"

La intervención de los "Marsoins" franceses2 demuestra que la frontera entre una intervención "humanitaria" para socorrer a los ciudadanos franceses y extranjeros y una intervención para ayudar en el terreno a una de las partes es muy tenue. Hasta los años ´90, las intervenciones militares de urgencia en el ex "patrio trasero" francófono del África negra, desembocaban casi siempre en acciones favorables a los régimenes aliados a la ex metropoli francesa. En esta ocasión, nuevamente, tras diez días de conflicto y el insistente pedido del gobierno marfileño, París resolvió poner parcialmente en práctica el acuerdo de defensa franco-marfileño, al aceptar proveer al ejército de Costa de Marfil de apoyo en materia de transmisiones, transporte y abastecimiento, a riesgo de implicarse aun más en el conflicto. "Francia no nos abandona", fue la respuesta inmediata del ministro marfileño de Defensa. Pero la intervención, por primera vez en esta región, de GI´s estadounidenses fue interpretada como una señal de que París perdía su preminencia en una zona que era su antiguo "patio trasero", pero en la que ya nadie le tiene 100% de cofianza…

¿Y después?

En el plano político, la legitimidad política misma de Laurent Gbagbo corre el riesgo de ser cuestionada: muchos no olvidaron que su régimen fue impuesto por las calles abiyanesas, luego de una elección controvertida en la que su principal rival, Ouattara, había sido descartado. La preocupación proviene del hecho que, a más de cuarenta años del acceso del país a la independencia, los partidos, más que nunca, tienen una base regionalista: los Bété para el Frente Popular Marfileño (FPI) del presidente Gbagbo; los Diulas y los descendientes de inmigrantes sahelianos para el RDR de Ouattara; los Akan para el Partido Democrático de Costa de Marfil (PDCI) de Henri Konan Bedié. Tras esta nueva crisis, el Forum de Reconciliación Nacional trabajosamente consituido por el presidente Gbagbo estalló en pedazos.

Este nuevo putsch, en caso de derivar en una exigencia de democratización y de unidad nacional, podría hacer figurar a estos rebeldes como posibles "combatientes de la libertad" y desembocar en un proceso similar a aquellos en los que se hicieron ilustres Jerry Rawlings en Ghana o el general Amadou Toumani Touré en Mali. Pero también es posible, al contrario, que en esta caldera marfileña, los amotinados se conviertan -a falta de proyecto político, o de medios para expresarlo- en peligrosos forajidos, cayendo en los mismos horrores que cometieron en la región los milicianos de Liberia o de Sierra Leona.

Por otra parte, el ejército francés -que realiza su primer gran regreso en su ex "patio trasero" desde la catástrofe de Ruanda- corre el riesgo, al instalarse y otorgar cada vez más mayor válidez al acuerdo de defensa con el gobierno "legal", de dar pie a las acusaciones de injerencia, de "congelar" los frentes, y de consagrar una posible partición de hecho del país, lo que tendría consecuencias en cascada sobre toda la región del África occidental.

  1. Los mediadiores de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental abandonaron Costa de Marfil el 7 de octubre tras fracasar en su intento de mediación. El País, 8-10-02.
  2. Apodo que recibían los soldados de la ex infanteria colonial de la marina francesa.
Autor/es Matthew Brubacher
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación