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Entre Washington y Brasilia

Lula da Silva en el gobierno de Brasil representa un giro copernicano en América del Sur. Los terribles efectos de la aplicación de las políticas del Consenso de Washington han provocado una reacción antineoliberal, manifiesta en varios países. Dos proyectos: de un lado Washington; del otro, Brasilia. ¿Qué rumbo tomará Argentina, el único gran país de la región cuya sociedad aún no se ha pronunciado?

Las épocas de la historia se suceden sin que en la mayoría de los casos tengamos conciencia. A veces es más fácil, reflexionando un poco, comprender los largos períodos, darse cuenta –o precisar en los libros– que el sistema esclavista duró tanto tiempo, o que la formación de los Estados modernos tuvo lugar, al principio bajo regímenes monárquicos, entre tal y cual siglo. Se trata de observaciones por así decirlo impersonales, en la medida en que abarcan ciclos mucho más largos que el de una vida concreta. Resulta más difícil en cambio percibir las mutaciones cortas, al interior de un mismo sistema; por ejemplo los síntomas que preanuncian el fin de la democracia en un país o una región dada, o aquellos que señalan el final de un período económico.

En meteorología llevó siglos encontrar la relación entre la corriente del Niño en el Pacífico y el régimen de lluvias y tempestades, pero una vez establecida, la previsión deviene automática, aunque siga presentando fallas. Resulta interesante preguntarse por qué en cambio, siendo al fin y al cabo la historia de las sociedades humanas tan rica en enseñanzas, se acude a ella tan poco para prever ciertas evoluciones. La respuesta es la misma que el periodista John Reed dio a sus pares de la alta sociedad bostoniana cuando le preguntaron cuál era, a su juicio, la causa de la horrorosa Primera Guerra Mundial: “la ganancia”1.

¿De qué otro modo, si no es por el interés, se puede explicar que los medios de comunicación, salvo raras excepciones, no hayan alertado a tiempo sobre los efectos de la globalización neoliberal? ¿Por qué mienten muchos economistas? Cuando mienten, ¿lo hacen a sabiendas, o simplemente se equivocan? ¿Es posible que tantos economistas se equivoquen tanto durante tanto tiempo? Los economistas profesionales, los grandes popes de las instituciones internacionales y la universidad, los órganos “especializados” en economía y los “especialistas” que trabajan para esos órganos constituyen seguramente el sector profesional más impune e inimputable del mundo, porque han conseguido que un tema concreto devenga una abstracción absoluta, donde nada es palpable, ni verificable, ni sujeto a reglas más o menos definidas; donde cada uno habla de la feria según le va en ella y dice, literalmente, lo que le da la gana. Esos economistas siempre descubren una nueva y oscura causa para cada fracaso o previsión fallida; un buen argumento para afirmar lo contrario de lo que se dijo, para justificar por el absurdo lo que hubiera podido preverse con un equipamiento teórico existente y probado, con sentido común y honestidad. “La ganancia”, en estos casos, suele ser remunerativos empleos en el sector privado, becas vitalicias en los organismos internacionales y conferencias empresarias a tantos miles la hora, cuando no negocios altamente rentables información confidencial mediante.

Pero para quien quiera mirar, la historia da señales y es posible, observando atentamente los mojones del camino, orientarse para la acción.

Crisis en América Latina

Al cabo de más de una década de aplicación irrestricta de las recomendaciones del Consenso de Washington (subordinación del papel del Estado al del mercado; liberalización de los tipos de cambio, de interés y de inversiones extranjeras directas; disciplina fiscal; máxima participación posible en los intercambios internacionales y promoción del comercio exterior; privatización de las empresas públicas; consideración del progreso social no como una prioridad sino como una consecuencia del crecimiento económico; garantía absoluta de los derechos de propiedad privada, y afirmación de que sólo existe un modelo de desarrollo)2, América Latina ha entrado en tirabuzón.

La deuda externa regional pasó en diez años, entre 1991 y 2001, de 492.000 a 787.000 millones de dólares. El crecimiento no derramó sus beneficios sobre las sociedades (las desigualdades, la pobreza y la miseria aumentaron de manera exponencial), y después de haberse mostrado vacilante a lo largo de la década se precipitó en 2002: en diciembre pasado, el FMI y otros organismos internacionales calculaban un resultado negativo entre el 8 y el 12% para ese año. “Las crisis se multiplicaron a medida que los países de la región ligaban su supervivencia financiera a los mercados internacionales de capital”3. En 2001, el financiamiento exterior (préstamos bancarios, compra de acciones u obligaciones) bajó un 17% respecto al año precedente; las inversiones directas, por su parte, cayeron un 11% y la tendencia se acentuó en 20024. La “modernización” neoliberal se tradujo por “una dependencia tecnológica y financiera creciente; impresionantes desigualdades en aumento; elevado nivel de pobreza y una extrema vulnerabilidad de los pobres a perturbaciones macroeconómicas particularmente fuertes (…) Argentina vuelve a la producción primaria (energía y agroalimentos) y se cierran numerosas industrias; México desarrolla una industria de ensamblado de muy bajo valor agregado, de tal manera que el crecimiento de ese sector es muy dependiente de la coyuntura en Estados Unidos. Con la recesión estadounidense, la caída supone la supresión del 25% de los empleos en las industrias de ensamblado en sólo un año. Brasil resiste mejor, pero las importaciones le ocasionan una substitución parcial de su producción nacional (…) Sin subestimar otras causas de la crisis, la lógica financiera introducida por el funcionamiento de una ‘economía casino’ –como las llamaba Keynes– tiende a imponer una gran inestabilidad y por lo tanto fluctuaciones importantes de la actividad económica. La lógica financiera de esos regímenes ampliamente abiertos al exterior sin estar preparados para ello, imprime al crecimiento un perfil de ‘montaña rusa’ que explica su incapacidad para reducir la pobreza (…) Casi todas las economías latinoamericanas están en crisis abierta (Argentina) o latente, con una impresionante disminución de crecimiento”5.

América Latina, la región durante mucho tiempo considerada modelo de aplicación de la doctrina neoliberal, tiene todos los indicadores económicos –salvo la inflación– en rojo y ha visto agravarse la situación social hasta límites intolerables. Con un modelo de crecimiento basado en la inversión extranjera y la apertura del comercio, afronta ahora, en plena crisis, un período de iliquidez y guerra comercial internacional en condiciones altamente desfavorables.

Las elites marcan el paso

“El Consenso de Washington ha muerto”. ¿Cómo? ¿Quién ha sido el hereje que ha dicho eso? ¿Otra vez Fidel Castro? ¿Acaso Lula, o Chávez? Pues no; quien dio por muerto el Consenso de Washington fue el presidente del Banco Mundial, Jim Wolfensohn, durante una reunión preparatoria, en Brasil, de la Cumbre de Davos que se realizará en Suiza en febrero próximo6.

Las elites empresarias internacionales ya han tomado nota del final de un ciclo de acumulación salvaje y se apresuran a diseñar modelos alternativos bajo su control, con el objetivo de mantener la tasa de ganancia en niveles razonables en lo que ya han asumido como un período defensivo, al menos en América Latina, a causa de las revueltas sociales y los cambios de aire políticos en varios países. El ínclito ex presidente del gobierno español Felipe González, que en diciembre de 2001 había visitado Buenos Aires para presionar al gobierno de Fernando de la Rúa a favor de las empresas españolas en Argentina7, fue quien diez meses más tarde, en la reunión de Brasil, demostró haber asimilado mejor las necesidades de los nuevos tiempos. González dijo que la pregunta clave del cónclave (“¿es posible crecer con mayor igualdad social?”) estaba mal planteada: “Creo que debería ser: ‘¿es sostenible crecer sin una mayor igualdad social?’”, dijo. Y agregó: “No es por razones de moral. Es que la desigualdad pone en peligro el crecimiento”8.

Esta percepción, aunque general, reconoce matices importantes. Un socialdemócrata como González no hace más que exponer sus ideas, aunque esto le resulte más fácil cuando da consejos como líder internacional de esa tendencia que cuando ocupa cargos electivos o hace lobby para las grandes empresas de su país. Pero los economistas e ideólogos del Consenso de Washington ya están afinando la argumentación del fracaso y las nuevas instrucciones que les permitirán mantener sus puestos de trabajo. El inglés John Williamson declaró que “cuando uno mira a América Latina, se shockea (sic) con la persistencia y difusión de la crisis” y anunció para marzo próximo el resultado de sus actuales trabajos de revisión de la cartilla del Consenso, de la cual fue autor en 19899. Por supuesto, lo esencial de la argumentación de Williamson es que las recomendaciones –en realidad diktats– del Consenso “fueron mal aplicadas”, por lo que cabe esperar que la nueva cartilla sólo ofrezca alteraciones cosméticas.

Convendrá seguir en detalle las discusiones de la próxima Cumbre de Davos, ya que allí habrán de enfrentarse argumentos de sentido común como el de Felipe González –en general esgrimidos desde la Unión Europea– con la realpolitik de la actual administración estadounidense, a la que guían otras consideraciones.

Las necesidades de Estados Unidos

En Naciones Unidas (ONU) casi nadie lo podía creer. A medianoche del 8 de diciembre pasado, varios altos funcionarios estadounidenses habían arrebatado literalmente de las manos del jefe de inspectores de la ONU en Irak, Hans Blix, el documento de 11.807 páginas remitido por el gobierno de Saddam Hussein al Consejo de Seguridad. Días después lo entregaron debidamente expurgado a los restantes miembros permanentes (Rusia, China, Gran Bretaña y Francia) y, más expurgado aun, a los demás. “Ese atraco (hold-up, como lo calificó un experto en Nueva York) se realizó con el acuerdo de las potencias nucleares del Consejo de Seguridad y la complicidad de Colombia, a cargo de la Presidencia del Consejo en diciembre y tercer país beneficiario de la ayuda estadounidense en el extranjero”10.

El caso es ejemplar. Si los miembros permanentes del Consejo de Seguridad deben soportar semejantes humillaciones –con la servicial cooperación, en este caso, de un país latinoamericano– ¿qué pueden esperar aquellos países cuyas sociedades han otorgado a sus representantes un mandato de cambio que va contra los intereses y necesidades de Estados Unidos?

Conviene centrar la respuesta en dos aspectos: inversiones extranjeras y libre comercio. Todo indica que la tendencia a la baja de las primeras en los países emergentes continuará por largo tiempo, incluso si éstos siguen haciendo las concesiones requeridas por los inversores: seguridad jurídica, alta rentabilidad, control social, etc. La causa fundamental reside en que el principal necesitado de capitales es Estados Unidos, que viene funcionando como el gran succionador de flujos de inversiones. “El FMI estima que las necesidades de apelación del ahorro de la economía norteamericana (sic) pueden llegar en el año 2002 a 468.000 millones de dólares y en 2003 a 505.000 millones. Una parte de ese desequilibrio viene explicado por las bajas tasas de ahorro de las familias norteamericanas (sic) y, otra, por el desahorro del sector público (…) Mientras que en 1998 (…) los países más ricos necesitaban que el resto del mundo les financiase con 47.000 millones de dólares, esta cifra ascenderá en 2002 a 325.000 millones y el año próximo puede llegar a 415.000 millones”11.

En cuanto al libre comercio, la inconsistencia de las propuestas estadounidenses de eliminar los aranceles aduaneros mundiales para el 2015 o el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), se hace cada vez más patente: en 2002, la administración Bush anunció nuevas medidas de protección para las industrias textil y siderúrgica, entre otras, y un plan de subsidios a la producción agrícola dotado de 180.000 millones de dólares para los próximos diez años, que deja chico al proteccionismo europeo en la materia12.

Pero lo más grave, con todo, son las perspectivas de conjunto de la economía estadounidense. Para mantener su nivel de vida y consumo, Estados Unidos no sólo ha sacrificado el ahorro interno, sino que necesita cada vez más del externo para cubrir su déficit comercial (que pasó de 100.000 a 450.000 millones de dólares entre 1990 y 2000) y presupuestario (Bush acabó con el superávit de la era Clinton, esencialmente rebajando impuestos a las grandes empresas y aumentando el presupuesto de defensa), al mismo tiempo que sufre un declive industrial y de inversiones relativo respecto de la Unión Europea y Japón, cuyo detalle no es posible realizar aquí13.

El conjunto de datos negativos hace aumentar entre los especialistas de todo el mundo el temor de que la economía estadounidense se precipite en una espiral depresiva. “La más grave amenaza para Estados Unidos no es Saddam Hussein, sino la deflación”, se alarmó un analista de Wall Street luego del anuncio de una nueva baja de precios, en noviembre pasado14. Durante 2002, los precios de las computadoras bajaron el 21% y el de los televisores el 15%. También bajaron los precios de los automóviles, muebles, electrodomésticos, ropa, comunicaciones, billetes de avión, hoteles… “hasta los abogados bajaron sus honorarios”. Y los datos inquietantes se suceden: “la historia nos enseña que la deflación se produce frecuentemente luego de la explosión de una burbuja financiera, como ocurrió en Estados Unidos en 1930 y en Japón en 1990”; “el valor total de las acciones que cotizan en Wall Street disminuyó a la mitad desde los picos de marzo de 2000”; la reactivación no se produce, a pesar de que la tasa de interés fue llevada progresivamente a “su más bajo nivel en 40 años: 1,25%. Y el Banco Central ya no tiene muchas soluciones a mano. Algunos temen que se encuentre en una situación ‘a la japonesa’, con tasas cercanas a cero y ningún medio de influir en la coyuntura”. La conclusión, a cargo del “gurú” Robert Samuelson: “La deflación es una calamidad económica y política. Alienta el nacionalismo, el repliegue sobre sí mismo y el proteccionismo. Recordemos lo que ocurrió hace 70 años”15.

Todos esos síntomas son ya visibles en la actitud de Estados Unidos hacia el resto del mundo, que se puede resumir así: uso irrestricto, unilateral y combinado de su poderío económico, financiero, tecnológico, mediático y militar para absorber todos los recursos necesarios y moldear la economía, las finanzas y el comercio mundiales según sus propios intereses, sea por consenso o por la fuerza. La democracia y la paz podrían pagar el precio de esta fuga hacia adelante de la primera potencia planetaria.

Los modelos del cambio

En América Latina, la reacción social y política al modelo impuesto por el Consenso de Washington es variada, pero general y creciente. Con excepción de Colombia, que debido a su larga guerra civil va camino de convertirse en la cabeza de puente de la injerencia militar estadounidense en la región16, en casi todos los países se perfilan propuestas alternativas. Pero en cuatro de ellos –Venezuela, Ecuador (ver págs. 6 a 9), Brasil y Uruguay17– la vocación de cambio ha adquirido encarnadura política. Conviene analizar brevemente la evolución de estas experiencias y las dificultades que encuentran.

Se trata de dos modelos de construcción política. Uno, el venezolano y ecuatoriano, producto combinado de la crisis económica y social y de la descomposición terminal del sistema tradicional de partidos y las instituciones. Dos coroneles golpistas que, poco después, resultan elegidos democráticamente por una amplia mayoría, formada esencialmente por la masa de miserables, pobres y nuevos marginados por el sistema. Por razones históricas, en Venezuela y Ecuador –al menos en el primero, ya que la experiencia ecuatoriana empieza este mes– se está llevando a cabo una suerte de populismo tardío, del tipo que Argentina y Brasil vivieron a mediados del siglo pasado. En cualquier caso, el resultado parece ser hasta ahora el mismo: brutal enfrentamiento de clases e imposibilidad para el gobierno de llevar adelante su programa de reformas. De no llegarse a alguna forma de conciliación, el choque puede ser sangriento y definitivo y cabe preguntarse, en este caso, cuál será el futuro de la nación venezolana, cualquiera sea el vencedor. Las heridas de una guerra civil tardan décadas en cicatrizar.

El otro modelo es el brasileño y uruguayo y, con muchos matices producto de la distinta situación en que quedó cada país al cabo de la dictadura, el chileno. Este mes de enero asumió la presidencia de Brasil Luiz Inácio “Lula” da Silva (ver pág. 40), al cabo de toda una irreprochable vida de lucha sindical y de más de veinte años de paciente trabajo de construcción de una alternativa política –el Partido de los Trabajadores (PT)– que desde ese núcleo de hierro fue ampliando su base de sustentación hasta conseguir representar no sólo a una amplia mayoría, sino a casi todos los sectores de la sociedad brasileña. Una larga gestación y el parto feliz de un bebé vigoroso. El Frente Amplio uruguayo va por el mismo camino. Se trata, es obvio decirlo, de una alternativa mucho más sólida, que promete un proceso de cambios lento y dificultoso, menos declamatorio (algunos revolucionarios de manual ya están acusando a Lula de traicionar sus promesas ¡antes de asumir!), pero infinitamente más difícil de desbaratar.

En Brasil no sólo se ha conformado una alternativa política al neoliberalismo; también existe un consenso generalizado sobre la necesidad de consolidar la democracia mejorando sustancialmente el reparto de la riqueza y afirmando el papel del Estado en las áreas de educación y salud y en la preservación de los recursos nacionales estratégicos. En otras palabras, la nación brasileña se muestra consciente de sí misma y está dando al resto de América Latina la señal de que es posible dejar atrás el neoliberalismo ampliando y profundizando la democracia, otorgándole en definitiva su único, verdadero sentido: las libertades no pueden ser sólo formales o abstractas, sino que deben corporizarse en una ampliación permanente de la participación de todos los sectores sociales en las decisiones políticas, en la afirmación de los rasgos culturales y en el disfrute de la riqueza nacional. Esta es, al mismo tiempo, la mejor manera de tratar de desarrollar el proceso en condiciones de relativa paz social, de no aislar al país estableciendo alianzas regionales e internacionales y de ofrecer los menores flancos posibles al trabajo de zapa de los intereses imperiales, que no faltará a la cita.

El “caso” argentino

La República Argentina, que en el siglo XX ha pasado por el populismo, los golpes de Estado, un embrión de guerra civil, una dictadura depredadora y sanguinaria, una guerra internacional, una democracia reformista plebiscitada y, en la última década, por el colapso de sus instituciones, de su economía, de su organización social y su sistema de partidos, parece actualmente en estado de shock, como si el estruendoso fracaso de todas esas experiencias la mantuvieran paralizada.

Pero la historia, como los planetas, sin embargo se mueve, y la sociedad argentina deberá tarde o temprano decidir por un modelo político de cambio –si es que decide cambiar– o por resignarse a una larga y definitiva decadencia. Desde el punto de vista político e institucional, la situación argentina semeja mucho más la de Venezuela o Ecuador que la de Brasil o Uruguay. No es el caso, en cambio, desde el ángulo histórico y social. Es razonable pensar que después de haber pasado por todas esas experiencias, creído en ellas o haberlas combatido –no siempre de manera racional y con buenas artes– la sociedad argentina asuma la necesidad de una síntesis superadora. Esa acumulación de fracasos también expresa, de manera paradojal, a una sociedad informada y activa, disconforme, con una larga experiencia de luchas políticas y organización social, asentada sobre un territorio con infinitas posibilidades materiales.

El Dipló ha analizado en detalle y desde casi todos los ángulos la situación argentina, cuyo desenlace nadie puede predecir ahora. Estamos, como se ha dicho en esta columna, en un “fin de época” en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo aún no ha nacido18. Pero la crisis latinoamericana tiene, además de su perfil decadente y ominoso, cuando no sangriento, el semblante de una oportunidad histórica que otras sociedades, cada una desde su particular situación, están intentando aprovechar.

Uno de los requisitos de esta oportunidad es la integración regional, elemento clave del desarrollo económico y de la consolidación democrática, a través de una mayor justicia social. La actual indefinición argentina es la clave estratégica del futuro regional: si Argentina vuelve a caer en manos de los servidores incondicionales de un Consenso de Washington renovado, la integración regional habrá perdido a otro de sus principales actores (México está ya descartado, por su acuerdo con Estados Unidos y Canadá) y el trabajo de aquellos gobiernos elegidos para llevar a sus países por otros derroteros se verá entorpecido. Es difícil imaginar al Mercosur con una Argentina reticente o, peor, oficiando de quintacolumnista. Resulta alentador, en cambio, pensar en un país cuya sociedad ha recuperado y sanea sus instituciones, retoma la senda del desarrollo y la equidad y colabora estrecha y activamente en el proceso de integración regional.

Argentina y América Latina se necesitan mutuamente. El Imperio lo sabe y hará todo lo que esté a su alcance, que es mucho, para impedir esa colaboración. Pero es posible que la historia haya arribado ahora mismo a un punto de no retorno, como cuando después de la formación de los Estados monárquicos modernos, el pueblo francés tomó la Bastilla y aparecieron las modernas Repúblicas. Quizá –este tiempo por venir lo dirá– América Latina ha empezado a concluir la obra que empezaron sus libertadores, dos siglos atrás.

  1. En realidad, esa es la respuesta de Reed según la película Reds, de Warren Beatty, cuando la crema social de Boston, a la que su familia pertenecía, le ofrece un banquete al regresar del frente de guerra. Reed participó de la revolución soviética, de la que dio cuenta en su famoso libro Diez días que conmovieron al mundo.
  2. José Vidal Beneyto, “El desarrollo como negocio”, El País, Madrid, 23-2-02.
  3. Laurence Caramel y Serge Marti, “Amérique Latine: les revers d’une libéralisation précipitée”, Le Monde, París, 15-10-02.
  4. Ibid.
  5. Pierre Salama, “Amérique Latine: la décennie piégée par le libéralisme”, Le Monde, París, 15-10-02.
  6. Ernesto Ekaizer, “Davos le ve las orejas… a Lula”, El País, Madrid, 25-11-02.
  7. “¿Sabe quién me estaba esperando en el despacho presidencial cuando entré después de jurar, todavía con la banda puesta y el bastón en la mano? Felipe González. Casi sin saludar, me empezó a apretar en nombre de los intereses de las empresas españolas. Lo había introducido el jefe de Gabinete de De la Rúa, Christian Colombo. Tuve la impresión de que no se había movido de allí desde que la renuncia de De la Rúa le interrumpió la conversación”. Relato al autor del senador Ramón Puerta, presidente de la República por 48 horas, luego de la renuncia de De la Rúa, el 20-12-01.
  8. Ernesto Ekaizer, ibid.
  9. Sebastián Campanario, “El Consenso de Washington pide revancha”, Clarín, Buenos Aires, 8-12-02.
  10. Corine Lesnes, “Les Etats-Unis ont volé la primeur du rapport sur le désarmement irakien è l’ONU”, Le Monde, París, 11-12-02.
  11. José Juan Ruiz, “¿Dónde está?”, El País, Madrid, 1-12-02.
  12. “Down with farm subsidies”, editorial, The International Herald Tribune, París, 3-12-02, y “EE.UU. propone un mundo sin aranceles aduaneros”, servicio de The Washington Post, en Clarín, Buenos Aires, 1-12-02.
  13. José Vidal Beneyto, “¿Fin del Imperio americano?”, El País, Madrid, 5-10-02. Hay abundancia de datos en este sentido en las obras de Michael Lind, The next American nation, The Free Press, Nueva York, 1995 y Emmanuel Todd, Après l’Empire, Gallimard, París, 2002.
  14. Eric Leser, “Aux Etats-Unis, ménages et entreprises s’alarment des risques de déflation”, Le Monde, París, 19-12-02.
  15. Ibid, todas las citas.
  16. Horacio Verbitsky, “Boinas verdes”, Página/12, Buenos Aires, 8-12-02.
  17. Ver (varios autores), dossier “Lecciones desde Venezuela”; sobre Brasil, dossier “Vientos de cambio en América Latina” y dossier “Crisis política y económica en Uruguay”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo, noviembre y diciembre de 2002, respectivamente.
  18. Carlos Gabetta, “Fin de época”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:3,5
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Mercosur y ALCA, Políticas Locales