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El nacionalismo sirio a la defensiva

El 11 de mayo pasado el presidente de Estados Unidos George W. Bush decretó contra Siria las sanciones con que la venía amenazando desde la invasión a Irak. Damasco no duda de que la condición puesta por la Unión Europea para concretar sus acuerdos de alianza con Siria (que renuncie a sus programas de armamentos) es resultado de las presiones estadounidenses. Y no descarta una confrontación, bajo la forma de un ataque por parte de Israel, en caso de un recrudecimiento del apoyo iraní y libanés a la resistencia palestina.

Desde que Estados Unidos desató la guerra contra Irak, en Damasco se convencieron de que uno de sus principales objetivos era consumar el asedio al conjunto Siria-Líbano-Palestina, iniciado por la alianza estratégica establecida entre Turquía e Israel, bajo la égida de Estados Unidos. Más de un año después, persiste la misma certeza: Siria se encuentra asediada. De ahí la política implementada por el presidente Bachar Al-Assad y su gobierno, las decisiones tomadas para evitar el riesgo de un conflicto inminente y la necesidad, al mismo tiempo, de preservar las posiciones consideradas esenciales para la independencia misma del país.

Las amenazas se corporizaron incluso antes de que la invasión terminara. El 28-3-03, el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, cuestionó la ayuda al ejército iraquí, que aseguró provendría de Siria e Irán. Unos días más tarde, la responsable del Consejo Nacional de Seguridad, Condoleezza Rice, reiteraba estas acusaciones y advertencias, pero dirigiéndolas esta vez sólo a Siria. Y el 3 de mayo de ese año el secretario de Estado Colin Powell viajaba a Damasco para exponerlas.

De este episodio data la hipótesis de los dirigentes sirios de una eventual confrontación decisiva con Estados Unidos, que será en adelante la base de su análisis del futuro de la región y de los riesgos que corre su país. Cualesquiera sean las precauciones en cuanto al lenguaje utilizado, no disimulan que a su entender la administración estadounidense podría, llegado el caso, suscitar un enfrentamiento destinado a provocar la caída del régimen actual, con el propósito de reemplazarlo por una dirección política adepta a una colaboración permanente con Estados Unidos.

Para fundar su diagnóstico, los dirigentes de Damasco recuerdan que a partir del 11-9-01 Washington había asimilado a los Estados sospechados de ayudar, proteger o tolerar a las organizaciones terroristas internacionales a los países que disponen de armas de destrucción masiva, las fabrican o planean adquirirlas. Y en este punto la diplomacia estadounidense sigue incluyendo a Siria en la lista de los Estados considerados cómplices de actividades terroristas y cuestiona regularmente sus programas de armamento. A partir de allí, analizando los riesgos que corre su país, elaboraron e implementaron una política destinada a evitarlos.

Desde el cese de los combates en Irak, el año pasado, los dirigentes sirios se preguntaron si era de esperar que el gobierno estadounidense, cualesquiera fuesen los pretextos invocados, dirigiera sus fuerzas contra Siria, actuando de alguna manera en el curso de sus operaciones en territorio iraquí. Las advertencias lanzadas por Rumsfeld y Rice hacían temerlo, y la victoria rápida sobre Irak podía hacer creer, tanto en Damasco como en otros lugares, en el irresistible triunfo del ejército estadounidense.

Pero no tardó en hacerse evidente que ese ejército -cuyos efectivos eran limitados- se vería completamente absorbido por las tareas de ocupación, administración y represión en Irak, y pronto debería hacer frente a las primeras actividades de la resistencia. Al mismo tiempo, Washington continuaba amenazando a Siria con sanciones si no cambiaba de actitud, con lo que se ingresaba en un período en el que Siria se vería sometida a fuertes presiones que un día podrían desembocar en una crisis aguda. Pero los dirigentes de Damasco dispondrían de tiempo para adaptar su política.

Acusaciones y amenazas

¿Cuáles eran las exigencias estadounidenses? Se referían esencialmente a cuatro puntos: la libertad de acción que el gobierno sirio concedía a las organizaciones palestinas establecidas en Damasco, consideradas terroristas en Washington; la acusación que pesaba sobre Siria de otorgar facilidades al Hezbollah libanés, también considerado un movimiento terrorista y sospechado de querer retomar, si las circunstancias lo requerían, una acción de asedio contra el Estado de Israel; una recepción demasiado amplia a los hombres y grupos que huían de Irak, tras haber servido al régimen de Saddam Hussein, capaces de retomar, llegado el caso, la lucha contra la ocupación estadounidense; y finalmente, el desarrollo de armas de destrucción masiva, ya sea en las fábricas de armamento locales o mediante la adquisición a otros Estados.

De estos cuatro puntos, los tres primeros dependían de la situación general de la región: el gobierno sirio consideró que tenía cierto margen de maniobra. En cuanto al último, en cambio, se trataba de la libertad de elección y decisión de Siria y de su capacidad de defensa, con lo que se consideró que existía allí una "línea roja" que Estados Unidos debería tener en cuenta.

Las decisiones tomadas respondieron a la lógica. Las organizaciones palestinas presentes en Damasco fueron invitadas a trasladarse o a restringir sus actividades públicas. Se solicitó a las personalidades iraquíes y a su entorno, replegados en territorio sirio, que lo abandonaran. Se decidió una sensible reducción del dispositivo sirio en Líbano, concentrado en la Bekaa, de modo tal que no se viera en ningún caso implicado en un posible reinicio de las actividades militares del Hezbollah (no podría acusárselo entonces de intervenir en eventuales crisis internas en Líbano). Más aun: Assad hizo saber que de ningún modo se opondría a las decisiones de la Autoridad Palestina en sus negociaciones con Israel, que no las criticaría ni se ocuparía de ellas. ¿Pero bastaría esta serie de gestos para modificar el tono y las formas de la política estadounidense?

Las reacciones registradas en Washington permitieron evaluar los resultados obtenidos. Lo más significativo al respecto tuvo lugar en el Congreso, en dos etapas sucesivas. En un primer momento se anunció que el 15-7-03 el subsecretario de Estado John Bolton presentaría un documento muy severo sobre la cuestión siria, con amenazas más o menos definidas contra Damasco. En realidad, su publicación fue postergada: en el Departamento de Estado se lo consideró excesivo y se deseaba conservar otras posibilidades de negociación.

Pero hubo "filtraciones" en The New York Times del 22 de julio sobre el supuesto desarrollo de armas químicas y biológicas sirias, y John Bolton presentó su informe sin que se sepa hasta qué punto había sido modificado. Acusaba a Siria de no haber dado respuestas satisfactorias a las exigencias estadounidenses y de constituir, en consecuencia, una fuente latente de ayuda al terrorismo internacional, una amenaza real para la independencia de Líbano y un peligro virtual para la región si continuaba implementando sus programas de armas de destrucción masiva.

Todas razones suficientes para que se impusieran sanciones en su contra. Cosa que ocurrió, en efecto, a continuación: el 11-11-03, el Congreso aprobó una resolución -denominada Syria Accountability Act- que autorizaba al Presidente de Estados Unidos a decretar, cuando lo decidiera, sanciones relativas al peligro que Siria seguía representando a los ojos de Washington.

En Damasco se llegó a la conclusión de que en la administración estadounidense se oponían dos corrientes, ninguna de las cuales había prevalecido aún definitivamente. Para una, era necesario aprovechar cuanto antes la ocasión de desatar una crisis que pusiera al régimen baasista en dificultades al punto de provocar su caída, al cabo de sanciones drásticas o incluso de presiones militares. Para la otra, probablemente la más influyente, el objetivo sería aislar a Siria y privarla de toda capacidad de acción o de influencia en la región, y por ende en las soluciones políticas que pudieran presentarse.

En resumidas cuentas, los dirigentes sirios consideraron que habían logrado su objetivo: ninguna amenaza militar inmediata pesaba sobre su país, las sanciones autorizadas por el Congreso todavía no habían sido decretadas y Damasco aún podía decidir soberanamente su política y sus medios de defensa. Reinó entonces en Damasco un breve período de optimismo. A Estados Unidos, de ahora en más estancado en Irak por el crecimiento de la resistencia, indudablemente poco le interesaba cargar con un peso mayor en la región lanzándose a nuevas aventuras. Las sanciones preparadas en Washington fueron pospuestas en dos oportunidades: luego del asesinato, el 22-3-04, del jeque Yassine (que podría provocar graves disturbios en toda la región), y cuando el brusco deterioro de la situación de las fuerzas estadounidenses en Irak, en ocasión del episodio de Falluja, hizo temer un conflicto generalizado. Esto incluso aunque el portavoz del Estado Mayor estadounidense en el lugar hubiera cuestionado públicamente la ayuda que la resistencia recibiría, según él, a través de la frontera siria.

Eran razones suficientes para creer, en Damasco, que en Washington prevalecía la corriente menos hostil a Siria, y que las relaciones entre ambos países podían incluso estabilizarse.

El riesgo más probable

Pero entonces ocurrieron algunas cosas en sentido contrario. En marzo de 2004 se produjeron graves disturbios en la región kurda cercana a la frontera iraquí. Aparentemente se explicaban por la situación local. Pero invocando el papel que los kurdos desempeñan tradicionalmente en la vida económica y política del país y la violencia de las manifestaciones -donde fue quemada la bandera nacional- los dirigentes sirios los atribuyeron a la acción secreta de los partidos kurdos iraquíes aliados a Estados Unidos o a los propios servicios estadounidenses.

Después de lo cual el presidente George W. Bush terminó decretando, el 11-5-04, las sanciones previstas contra Siria. Las vinculadas a las comunicaciones aéreas son sólo teóricas, ya que ningún avión sirio aterriza en territorio estadounidense. Pero otras que recaen sobre las relaciones financieras y particularmente las transferencias de fondos pueden comprometer los intercambios comerciales y afectar a las importantes comunidades sirias de América del Norte.

Mucho más agresivo fue considerado el comportamiento estadounidense con respecto a los acuerdos de alianza proyectados entre Siria y la Unión Europea (UE). Porque nadie duda en Damasco de que Estados Unidos es el impulsor de las gestiones hechas por algunos Estados europeos -Gran Bretaña, Países Bajos, pero también Alemania y, el 25-5-04, los 25 Estados miembros- para que dichos acuerdos sólo sean aceptados a cambio del abandono por parte de los sirios de todo programa de armas de destrucción masiva. Esta cláusula nunca había sido mencionada hasta ahora en ningún acuerdo de alianza celebrado por la UE con otros Estados. Los sirios vieron allí un gesto manifiestamente dirigido contra sus intereses, pero también la prueba de la eficacia de las presiones estadounidenses sobre la UE, a través de los gobiernos tradicional u ocasionalmente alineados con Estados Unidos.

Desde entonces, el gobierno sirio no descarta de ninguna manera la hipótesis de una confrontación. El escenario más probable, y tal vez el peor, toma como punto de partida el enfrentamiento provocado en todas las comunidades chiitas de la región, y en primer lugar en Irán, por los ataques de las fuerzas estadounidenses en Karbala y Nadja, y un eventual reinicio del conflicto entre éstas y la resistencia chiita en Irak. En ese caso, el Hezbollah libanés, ya sea por iniciativa propia o impulsado por el gobierno iraní, podría responder con una ayuda más directa a la resistencia palestina. No cabe ninguna duda en cuanto a lo que el gobierno israelí decidiría entonces. El primer ministro Ariel Sharon ya tuvo la ocasión de decirlo: consideraría a Siria responsable de lo que hiciera el Hezbollah y la respuesta militar israelí se dirigiría directamente contra las fuerzas sirias en Líbano y tal vez contra instalaciones militares o industriales en territorio sirio. Este es el peligro más probable que correría Siria si se desatara una crisis.

A fin de cuentas, es de hecho la resistencia iraquí la que más contribuyó para que Estados Unidos desistiera de toda acción de gran envergadura sobre los Estados vecinos: los dirigentes sirios son los primeros en reconocerlo. Sus decisiones contribuyeron también a evitar los riesgos inmediatos de enfrentamientos. Pero saben que su política se parece ahora a un estrecho camino cuesta arriba.

Mantener integralmente su posición sobre su libertad de decisión política y militar, negarse a abandonar su programa de armamento -aunque muy limitado por cierto- mientras Israel puede desarrollar libremente su capacidad de destrucción masiva con sus armas nucleares, significa para Damasco correr el riesgo de sufrir otras presiones, incluso nuevas iniciativas por parte de Estados Unidos. Ceder significaría para el régimen comprometer los cimientos sobre los cuales fue construido y se apoya desde hace décadas: su nacionalismo indiscutido, su manifiesta voluntad de independencia y la autoridad que eso le confiere tanto en el exterior como ante su propia población.

Al mismo tiempo, se correría el gran riesgo de ver resurgir en el interior las oposiciones, aún latentes y silenciadas, pero nunca desaparecidas, que encontrarían su fuente en la ola de islamismo radical que sacude a toda la región.

Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 61 - Julio 2004
Páginas:24,25
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Conflictos Armados, Militares, Política
Países Estados Unidos, Israel, Siria