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Recuadros:

Por qué Ariel Sharon tiene miedo

Si el Primer Ministro israelí decide aplicar la iniciativa de Ginebra, pasará a la Historia como aquel que fundó el Estado judío y democrático de Israel sobre un acuerdo. Sería un avance aun más importante que la creación del país en 1948, ya que en ese entonces se trataba de una acción unilateral, sólo reconocida por algunos países del mundo.

La iniciativa de Ginebra prueba que sí tenemos un interlocutor y que existe una alternativa al derramamiento de sangre. Los ataques del primer ministro Ariel Sharon y sus ministros contra el Partido Laborista, la oposición y los iniciadores de ese documento evidencian sobre todo un sentimiento: el miedo. No obstante, hasta el momento, todas las tentativas del gobierno y de la derecha con miras a intimidar a los partidarios de la iniciativa de Ginebra en Israel fracasaron.

Al principio, Sharon intentó presentarnos como políticos a sueldo del enemigo. Diputados de extrema derecha nos calificaron de traidores. Algunos incluso exhortaron –en vano– al procurador general para que nos hiciera comparecer ante la justicia.

El 13 de noviembre, bajo presión del gabinete del Primer Ministro, la radio estatal dejó de difundir un anuncio publicitario que advertía a los israelíes que a partir de mediados de noviembre el texto del documento de Ginebra sería enviado por correo a cada hogar. Frente a esta censura política, nos vimos obligados a dirigirnos a la Corte Suprema, que se expedirá en los próximos días.

Pero ni esta censura ni las amenazas nos harán ceder. Vamos a obstinarnos, dado que constatamos un creciente apoyo a la iniciativa de Ginebra entre los Palestinos. Entre los israelíes, ésta goza igualmente del apoyo de un porcentaje en aumento, que la considera una alternativa válida a la política catastrófica del gobierno Sharon. Se trata de una iniciativa capaz de arrancar a israelíes y palestinos de la vía muerta terriblemente costosa para ambos pueblos en todos los aspectos de la vida cotidiana.

Este año, a principios de noviembre, la participación masiva en las distintas actividades organizadas en ocasión del octavo aniversario del asesinato de Itzhak Rabin aportó una nueva prueba de que una parte importante de la opinión pública israelí, defraudada por la política de Sharon, busca una salida posible: precisamente lo que ofrece la iniciativa de Ginebra.

En realidad, la derecha y la extrema derecha forman un frente del rechazo que recurre a la provocación, la intimidación y el combate porque temen la paz. Y si se inquietan es porque de ahora en más cada vez más israelíes pueden comprender que hace tres años vienen siendo embaucados.

Durante tres años, en efecto, el Primer Ministro consiguió hacer creer al pueblo que no había ningun socio con quien dialogar. Que de la fuerza procedería la victoria que aplastaría a los palestinos. Que los medios de Tsahal, el ejército de defensa israelí, podían triunfar.

Ariel Sharon pidió a nuestro pueblo ser fuerte y le prometió que entonces el terror se acabaría. Pero la situación no hace más que empeorar. Supuestamente destinadas a erradicar el terror, las eliminaciones de dirigentes palestinos –que se convirtieron en la única política del gobierno– amenazan con disolver lo que queda del país.

El terror se acentúa, la economía se derrumba, la sociedad se desintegra y la realidad demográfica amenaza la existencia misma del Estado de Israel en tanto Estado judío. Pero nada de eso llevó al gobierno a considerar una vía alternativa.

Después de largos meses de dura labor, llegamos a la iniciativa de Ginebra. Por supuesto, ninguno de nosotros pensaba que fuera posible concretar ese acuerdo de un día para el otro. Luchamos por cada detalle, cada centímetro, como si se tratara de un acuerdo verdadero.

Fue un combate, pero sin víctimas. Combatimos, pero sin uniforme. Llevamos adelante una batalla por Jerusalén, por el Monte del Templo y por Gush Etzion1. Combatimos por las fronteras definitivas de Israel y por la esencia misma de la existencia del Estado. Y obtuvimos resultados concluyentes.

Por primera vez en la historia, los palestinos declararon oficialmente su reconocimiento del Estado de Israel como el Estado del pueblo judío, y esto para siempre. Renunciaron al derecho al regreso a Israel, garantizando así que nuestro Estado conservaría una mayoría judía estable y sólida. El Muro de los Lamentos, el barrio judío y la torre de David quedarán en nuestras manos. Jerusalén ya no será estrangulada por sus alrededores y toda la cadena de localidades judías que la rodean –Givat Zeev, Givon (la antigua y la nueva), Maale Adumim, Gush Etzion, Neve Yaacov, Pisgat Zeev, Hagiva Atsarfatit, Ramot, Gilo y Armon Anatsiv– formará parte de la ciudad ampliada para siempre. Ningún habitante de esas localidades deberá dejar su casa.

La crítica de los resultados obtenidos es fácil. Y si la provocación lo es también, no expresa más que el pánico. Pero hay con quien hablar y basta que el gobierno tenga la voluntad de hacerlo para que la realidad cambie desde mañana mismo.

El problema es que Ariel Sharon no desea alcanzar un arreglo. No tiene el coraje que permite a los dirigentes mirar hacia el futuro. Toma sus decisiones a partir de argumentos políticos y se somete a la buena voluntad de los extremistas. El único “coraje” del Primer Ministro y de su gobierno es su capacidad de mentir y de afirmar que no hay alternativa. ¿De dónde sacan el coraje de enviar soldados a la muerte en una guerra desconectada de toda realidad?

La iniciativa de Ginebra se parece al niñito que gritaba cuando el rey estaba desnudo. El gobierno nos lleva hacia nuestra propia perdición. Y sus reacciones violentas lo demuestran: entró en pánico, y con razón. Porque un dirigente que con total convicción lleva a su pueblo a la guerra a riesgo de un derramamiento de sangre perfectamente gratuito es un dirigente ilegítimo. Y hoy todo el mundo lo comprende.

En lugar de dar explicaciones sobre las razones que impidieron la redacción de un acuerdo de ese tipo, se entrega a la provocación, terreno en que se destaca, como hace ocho años en la plaza de Zion. Ahora reincide, esta vez como Primer Ministro, pero las palabras son las mismas.

La iniciativa de Ginebra es un modelo y no un documento oficial entre gobiernos. Es una propuesta con vistas a un arreglo definitivo, aceptado por ambas partes. Es destacable en dos puntos: por un lado anuncia el final del conflicto y por el otro no deja ninguna zona oscura. Todos los detalles, del primero al último, fueron discutidos y decididos sin apelación posible de las partes concernidas.

Otra ventaja obedece al hecho de que la parte palestina estaría representada por una dirección auténtica y amplia, con el apoyo de los dirigentes de la Autoridad y de los militantes presentes en su territorio.

El gobierno israelí puede aplicar esta iniciativa, tal cual, a partir de mañana. Puede también analizarla y revisarla en el marco de negociaciones.

Confío vivamente en que, al tomar conciencia de este acuerdo y de todos los detalles que contiene, los ciudadanos israelíes ya no se dejarán embaucar por las provocaciones de un gobierno desquiciado ni por aquellos que, diciéndose de izquierda, apoyan su política.

La iniciativa de Ginebra es un punto de inflexión en la Historia, ya que permite a los gobiernos –si así lo desean– comprender exactamente qué concesiones consentidas por ambas partes permiten poner fin al conflicto.

Si el gobierno no aplica este acuerdo ni propone ninguna otra solución, seguiremos viviendo con una espada sobre nuestras cabezas.

La decisión está en nuestras manos.

  1. Bloques de colonias “históricas” al sur de Jerusalén.

Un Estado palestino independiente, junto a Israel

El texto completo del acuerdo de Ginebra tiene una extensión de alrededor de cincuenta páginas1 a las que se agregan anexos cuyo contenido aún no había sido hecho público a fines de noviembre.

Este documento se basa en las resoluciones de Naciones Unidas sobre Medio Oriente, la conferencia de Madrid (1991) y sus consecuencias, los acuerdos de Oslo (1993) así como los avances diplomáticos posteriores: acuerdo sobre Hebrón (1997), acuerdo de Wye River (1998). Pero se inspira particularmente en las negociaciones de las cumbres de Camp David (julio de 2000) y de Taba (enero de 2001) para definir las bases sobre las cuales un Estado palestino independiente será creado junto al Estado de Israel2:

-Estatuto: El Estado de Palestina será desmilitarizado. Dispondrá sin embargo de fuerzas de seguridad para mantener el orden, prevenir el terrorismo y vigilar las fronteras.

-Territorios: El Estado palestino será creado en el interior de las fronteras del 4 de junio de 1967. Se extenderá sobre la totalidad de la Franja de Gaza y sobre el 97,5% de Cisjordania. El 2,5% restante será anexado por Israel para reagrupar las más grandes colonias judías de la región de Jerusalén, incluidas, más al sur, las de Gush Etzion. Pero las colonias de Ariel, de Efrat y de Har Homa formarán parte del Estado palestino. El Estado de Israel compensará esas anexiones cediendo al Estado palestino territorios equivalentes para ampliar la Franja de Gaza. Asimismo, una ruta bajo soberanía israelí y control palestino comunicará a la Franja de Gaza con Cisjordania.

-Capital: El Estado palestino tendrá su capital en Jerusalén-Este. Los barrios judíos implantados al este de la ciudad (incluidos Givat Zeev y una parte de Maale Adumim), permanecerán bajo soberanía israelí. La Ciudad Vieja pasará a estar bajo soberanía palestina, con excepción del Muro de los Lamentos y del barrio judío. El libre acceso de todos los fieles a los sitios de plegarias estará garantizado por una fuerza internacional. Pero la Explanada de las Mezquitas estará prohibida a las plegarias judías, así como a toda excavación arquelógica. En cuanto al Monte de los Olivos, la Ciudad de David y el valle de Kivron, serán puestos bajo supervisión internacional. Las dos municipalidades formarán un comité de coordinación, y las tres religiones un comité consultivo.

-Colonias: Con excepción de los habitantes de las colonias que se encuentran en los territorios anexados por Israel, este último se compomete a repatriar al conjunto de los colonos que se encuentran en Cisjordania y la Franja de Gaza. Las propiedades, así como la infraestructura, serán cedidas a la Autoridad Palestina, según un calendario a determinar de común acuerdo.

-Retiro israelí: El Estado de Israel se compromete a retirar su ejército del conjunto de Cisjordania y de la Franja de Gaza en tres fases de 9, 21 y 30 meses. Tsahal permanecerá sin embargo presente en el valle del Jordán (por 36 meses) y conservará puestos de alerta en el norte y en el centro de Cisjordania.

-Refugiados: En conformidad con la resolución 194 de la Asamblea General de Naciones Unidas (1948) y la resolución 242 del Consejo de Seguridad (1967), los refugiados palestinos podrán ser indemnizados, al igual que los Estados que los acogieron. Todos aquellos que así lo quisieran podrán instalarse en el nuevo Estado de Palestina. En cambio, su regreso a Israel estará sometido a la decisión de las autoridades del país.

-Control: El Cuarteto (Naciones Unidas, Estados Unidos, Unión Europea y Rusia) y las otras fuerzas que deseen sumarse, nombrarán un representante especial y crearán una Fuerza Multinacional destinada a vigilar la puesta en marcha de los acuerdos.

  1. El texto completo del Acuerdo (en su versión oficial en inglés), así como el artículo “Esperanza en Ginebra”, por Dominique Vidal, y dos mapas (en hebreo), pueden consultarse en la sección “Especiales” del sitio internet de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur (www.eldiplo.org).
  2. Sobre la cumbre de Camp David, véase Alain Gresh, “Le vrai visage de M. Ehoud Barak”, Le Monde diplomatique, París, julio de 2002. Sobre la cuestión de Taba y de los refugiados, véase –del mismo autor–, “Medio Oriente: por qué falló la paz”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2001.


Autor/es Amram Mitzna
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:16,17
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Militares
Países Israel