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Hacia una nueva crisis petrolera

El repentino aumento del precio del petróleo obedece a una combinación de factores: sobre la base de una situación caracterizada por un incremento de la demanda y un progresivo agotamiento de las reservas mundiales, la crisis se aceleró por las compras especulativas y por la invasión militar a Irak, que se sumaron a los atentados terroristas contra empresas petroleras en Arabia Saudita. Trasfondo del problema.

¿Cuáles son las causas de la fuerte alza actual de los precios del petróleo? ¿Se trata de un fenómeno coyuntural y pasajero o del comienzo de un ciclo de incremento duradero de los precios de la energía? ¿Es, como algunos temen, el signo precursor de un nuevo y gran shock petrolero, que estaría provocado por un desequilibrio en los ritmos de desarrollo de la oferta y la demanda?

Estas preguntas y temores son legítimos, en la medida en que el mercado petrolero entró en ebullición dos meses después de la invasión a Irak en marzo-abril de 2003, hecho a partir del cual algunos esperaban un aumento rápido de la producción iraquí y una caída de los precios a alrededor de 20 dólares el barril. La imprevista disparada de los precios se aceleró a comienzos de la primavera boreal de 2004, es decir, precisamente durante el período en que la demanda mundial registró una caída estacional de alrededor de 2 millones de barriles diarios.

El repliegue de la producción constatado después de la última reunión de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) 1, el 3 de junio de 2004, y el anuncio de un crecimiento de los stocks en Estados Unidos no disipó las inquietudes. En efecto, la demanda mundial volverá a incrementarse en los meses venideros, y los factores que hicieron explotar los precios a más de 40 dólares por barril no han desaparecido en lo esencial. Esos factores se refieren tanto al contexto geopolítico mundial como al juego mecánico del mercado.

Si la situación en Irak no fuese la que es y si Arabia Saudita estuviese al abrigo de los atentados, evidentemente el aumento de los precios no habría sido tan rápido. En Irak, la inseguridad y los sabotajes repetidos contra las instalaciones petroleras hicieron caer la producción a 1,33 millones de barriles diarios (mb/d) en el año 2003 (contra 2,12 mb/d en 2002, el año anterior a la última guerra). A pesar de que la producción remontó a 2,3 mb/d en mayo de 2004, sigue muy por debajo de los niveles de 1999-2001.

Por otra parte, los contratos negociados o firmados por el régimen depuesto con varias compañías internacionales con vistas a explotar nuevos yacimientos y duplicar la producción en un plazo de seis a ocho años, quedaron congelados. En cuanto a Arabia Saudita, primer exportador de petróleo del mundo, los atentados que sufrió -especialmente los dirigidos a un complejo petroquímico y a zonas petroleras- generaron un shock.

La multiplicación de estos atentados hace temer su repetición en Arabia Saudita, en Irak o en otros lugares del Golfo, lo que podría tener como consecuencia perturbaciones o interrupciones más o menos largas de las exportaciones. La gran diferencia con relación a lo que pasó en 1973 o en 1979 es que ahora no se trata de un embargo decidido por los gobiernos de turno, o de un cambio de régimen político (como en Irán después de la Revolución Islámica), sino de acciones terroristas completamente imprevisibles, perpetradas por grupos sin rostro. Peor aun: las amenazas de desestabilización del régimen saudita cuestionan la posibilidad para esos países de continuar desempeñando un papel preponderante en la satisfacción de las necesidades petroleras del mundo.

Factores del alza

En conjunto, las tensiones provocadas por la degradación de la situación en Irak y en Arabia Saudita son responsables de buena parte del último aumento de precios, denominado "prima de riesgo". Estimada entre 6 y 10 dólares por barril, según las circunstancias, esta prima incluye tanto el alza del costo de los seguros como el efecto de las compras especulativas en los mercados a término, a las cuales los grandes bancos de inversión afectaron varias decenas de miles de millones de dólares.

En realidad, las tensiones geopolíticas y las compras especulativas amplificaron un movimiento alcista que hunde sus raíces en la evolución de la oferta y la demanda. En este sentido, merecen señalarse tres factores principales:

El primero, que se tiende a olvidar, se refiere al impacto de los conflictos étnicos y de las huelgas en Nigeria sobre la producción petrolera de ese país. También la huelga que en 2003 paralizó a la industria petrolera de Venezuela llevó a una fuerte caída de la producción de petróleo de ese país.

El segundo factor reside en los cuellos de botella de la refinación en los países que son grandes consumidores. A nivel mundial, y luego de la subinversión de los últimos años, la capacidad no supera actualmente los 83,6 mb/d, es decir un poco más que el pico de 82,5 mb/d de la demanda registrada en febrero de 2004. Pero además la estructura de esa capacidad ya no se adapta a la evolución de las necesidades de productos refinados. Es lo que ocurre sobre todo en Estados Unidos, que consume no menos de 9,6 millones de barriles cada día, y donde ha comenzado a manifestarse escasez de gasolina desde el comienzo de la driving season (la temporada de vacaciones) en mayo, provocando una disparada de los precios. El aumento de los precios de los productos refinados ha arrastrado hacia arriba los precios del petróleo crudo.

El tercer factor es la decisión de la OPEP, anunciada el 10 de abril pasado, de reducir su techo de producción a 23,5 mb/d. Las vivas protestas que esto suscitó en los países industrializados incrementaron las tensiones y acentuaron el alza de los precios. Sin embargo, los países de la OPEP no redujeron su producción efectiva, con lo que la oferta global sigue siendo suficiente para cubrir la demanda.

Todo esto ilustra la opacidad de las estadísticas que circulan sobre el mercado petrolero. Por sorprendente que parezca, los países miembros de la OPEP publican las cifras sobre su producción efectiva con largos meses de retraso, lo que mantiene la confusión entre sus cuotas teóricas de producción y su producción efectiva que, generalmente, supera las cuotas. Operadores y observadores se entregan entonces a un curioso juego de las escondidas a través del difícil ejercicio de seguir los movimientos de los buques tanque que salen de los puertos de carga y dirigirse a fuentes secundarias con el fin de evaluar, dentro de lo posible, el volumen de petróleo que producen a diario los países exportadores.

La falta de transparencia no afecta sólo los datos reales de producción. También complica el problema de las capacidades de producción y de la evolución de la capacidad no utilizada en los diferentes países exportadores. Se trata de una cuestión que se torna particularmente crucial cuando la capacidad no utilizada es baja, como ocurre ahora.

Según las estimaciones más confiables, la capacidad de producción de crudo no utilizada está en el orden de los 2,5 a 3 mb/d en el mundo, en su mayor parte en Arabia Saudita, mientras que los países no miembros de la OPEP, así como la mayoría de países miembros, producen ocupando totalmente su capacidad. Bastaría entonces con una perturbación importante en las exportaciones sauditas o iraquíes, con una huelga o un accidente grave en uno u otro de los principales países exportadores, para provocar un déficit en la oferta y un nuevo acceso de fiebre en el mercado. Este riesgo contribuyó también al último aumento de precios, con más razón porque el incremento esperado de la demanda mundial para la segunda mitad de este año pondrá en aprietos las escasas potencialidades de producción todavía disponibles.

Dudas sobre las reservas

Otro gran agujero negro en las estadísticas petroleras son las sospechas relativas a los datos publicados sobre las reservas comprobadas y a la confiabilidad de las proyecciones a mediano y largo plazo sobre la oferta y la demanda globales. Cuando una sociedad internacional que cotiza en bolsa como Shell procede, en el espacio de algunos meses, a revisar hacia abajo alrededor de un cuarto de sus reservas, no es de extrañar que se manifiesten interrogantes a propósito de las cifras publicadas por otras grandes empresas privadas.

Más graves son las dudas que suscitan desde hace años las estadísticas oficiales sobre las reservas comprobadas de Rusia y de los principales países miembros de la OPEP. Porque las reservas que se consideran comprobadas no están verificadas por organismos independientes. El problema es importante, ya que las reservas de las ocho principales empresas nacionales de los países de la OPEP son, en principio, de 662.000 millones de barriles, contra sólo 57.000 millones de barriles de las ocho empresas internacionales más grandes. La reciente controversia generada por el Informe Simmons 2 sobre el estado de los yacimientos sauditas y las posibilidades reales de desarrollo de las reservas de la Saudi Aramco, que representan cerca de un cuarto del total mundial, exacerbó las inquietudes.

Ante una demanda mundial que podría pasar de 80,3 mb/d en 2004 a cerca de 120 mb/d en el horizonte de 2025, es decir más del doble del nivel de hace treinta años, cabe preguntarse si la oferta estará en condiciones de satisfacerla. La mayor parte de la demanda sólo puede ser satisfecha por Medio Oriente, cuya producción debería más que duplicarse en ese tiempo para evitar la escasez. A mediano plazo los obstáculos son principalmente de naturaleza política, a saber, la necesidad de un clima favorable para inversiones colosales en esa región estimadas en unos 27.000 millones de dólares anuales. Pero estamos muy lejos de ello. Y más a largo plazo, en Medio Oriente y en otras partes del mundo, la gran incógnita es la fecha que marcará, en un país tras otro, el pico de la producción y el comienzo de su irreversible declive.

Los debates a que ha dado lugar la conferencia internacional organizada en mayo último en Berlín por la Association for the Study of Peak Oil (ASPO) 3 no son nada tranquilizadores. Cualquiera sea el punto de vista de las dos escuelas llamadas "optimista" y "pesimista", los descubrimientos son escasos y cada vez menos importantes: durante los últimos treinta años se descubrió un solo yacimiento gigante (Kashagan, en Kazajstán) y los nuevos descubrimientos no compensan el petróleo extraído cada año. Como dijo ingeniosamente un geólogo, la exploración petrolera se ha vuelto como una partida de caza en la cual los progresos tecnológicos permiten al cazador mejorar el rendimiento de su fusil, pero la presa se vuelve cada vez más pequeña y escasa.

Otra realidad a señalar es que, de 2001 a 2025, el fuerte aumento en las necesidades mundiales y la declinación de las reservas y de la producción en los países industrializados harán que la dependencia de Estados Unidos con respecto al oro negro importado pase del 55,7% al 71%, la de Europa Occidental del 50,1% al 68,6% y la de China del 31,5% al 73,2%, sin olvidar a los demás países consumidores. Esta dependencia creciente en un ámbito tan vital como la energía explica la "guerra del petróleo" que libran las grandes potencias y sus empresas petroleras para controlar las reservas de Medio Oriente, África 4 y Asia Central, sin olvidar la última guerra de Irak 5.

No faltan entonces motivos para que la interpretación del último aumento de precios generara un debate: ¿no se trata acaso del signo precursor de un gran shock, que podría ser provocado, tarde o temprano, por la falta de adecuación entre las necesidades que crecen a un ritmo sostenido y la capacidad de producción que se va agotando?

El desarrollo en los años futuros de esta capacidad de producción dependerá tanto de la estabilidad política, sobre todo en Medio Oriente, como del volumen de las reservas todavía disponibles. A más largo plazo, el agotamiento -lento pero inexorable- de las reservas hace cada vez más ineluctable la transición progresiva hacia fuentes de energía que no sean petróleo.

Además de la estabilidad política, esta transición exige precios de la energía lo suficientemente atractivos como para posibilitar las inversiones energéticas mundiales, estimadas por la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en 16,48 billones (en dólares del año 2000) para el período 2001-2030, tanto en las industrias petrolera y gasífera como en el desarrollo de otras fuentes de energía. En este sentido, puede decirse que los temores generados por el último aumento de los precios del petróleo son saludables, en la medida en que perturban el estado de anestesia casi general sostenido por una oferta hasta ahora más que suficiente y a precios que no superan, en el nivel actual, en dólares constantes, su récord de hace un cuarto de siglo.

  1. La OPEP comprende once países: Arabia Saudita, Irak, Irán, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Argelia, Libia, Nigeria, Venezuela e Indonesia.
  2. Matthew Simmons, quien preside el Banco de inversión Simmons & Co. asesora al vicepresidente de Estados Unidos Richard Cheney e inspiró la nueva política energética de Estados Unidos.
  3. ASPO, Asociación para el estudio del punto culminante del petróleo y el gas, es una red de científicos afiliados a instituciones y universidades, que tienen interés en determinar la fecha y el impacto del apogeo y el declive de la producción mundial de petróleo y gas (n. de la t.).
  4. Jean-Christophe Servant, "Ofensiva sobre el oro negro africano", Informe-Dipló, 10-1-04.
  5. Yahya Sadowski, "Las causas de la guerra", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2003.
Autor/es Nicolas Sarkis
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 61 - Julio 2004
Páginas:26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Mundialización (Economía), Política, Medioambiente, Monopolios
Países Estados Unidos, Irak, Arabia Saudita