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Recuadros:

El Kremlin contra los oligarcas

En plena campaña para las elecciones legislativas rusas, el “caso Yukos” plantea a gran escala el problema de las privatizaciones y de la distribución de los ingresos generados por la explotación de los recursos naturales. Occidente no apoya al magnate petrolero Jodorkovsky en el grado que él hubiera esperado, y el presidente Putin se juega el rumbo de su próximo mandato en este enfrentamiento con la oligarquía.

El rumbo que tome Rusia en la próxima década está supeditado al desenlace del conflicto que desde julio opone al Kremlin con el magnate petrolero Mijail Jodorkovsky. A pocas semanas de las elecciones legislativas del 7 de diciembre, el choque se tornaba inevitable, dado que ciertos oligarcas planeaban “privatizar” la próxima Duma alcanzando allí una minoría capaz de bloquear sus decisiones. Pero el presidente Vladimir Putin también tomó la iniciativa a raíz de la inminencia de nuevas privatizaciones –las de los monopolios estatales, como Gazprom– y del comienzo de las grandes inversiones extranjeras en sectores estratégicos: no podía aceptar que los oligarcas, al aumentar su control sobre la economía, fueran los únicos que decidieran sobre las condiciones en que las empresas multinacionales se insertarían en ella.

La comunidad internacional observa ese combate tratando simultáneamente de mantener una apariencia digna y de proteger sus intereses, a pesar de sus propias contradicciones. Luego de haber propuesto a los países salidos del comunismo “la democracia” y “el mercado” llave en mano, ahora espera no verse obligada a elegir entre el hombre del Kremlin y el mundo de los negocios y sueña con la emergencia de una personalidad capaz de encarnar de manera creíble la defensa de los valores democráticos y la libre empresa.

De este modo, individuos considerados ayer como vulgares estafadores se convirtieron en campeones de la libertad, al aceptar compartir con Occidente los frutos de su ingeniería financiera y al oponerse a los “estatistas” nucleados en torno del “ex-espía” Putin, antiguo miembro de la KGB. En Occidente se preocupan más por la suerte de esos hombres que por la de decenas de millones de víctimas del derrumbe pos-comunista. Víctimas que por su parte se alegran de ver a un magnate caer en el lodo del que había salido a sus expensas.

El “caso Yukos”, como se conoce a este escándalo, comenzó el 19 de junio de 2003 con la detención de Alexei Pichugin, jefe de los servicios de seguridad de la firma, acusado de dos asesinatos y de un intento de asesinato en 1998. El 3 de julio le tocó el turno a Platon Lebedev –accionista de la empresa y presidente de su rama financiera, Menatep– quien fue detenido y acusado de diversas infracciones financieras en el marco de la privatización del grupo de abonos Apatit (1994) y de estar implicado en el asesinato, en 1998, de un alcalde que luchaba para obligar a Yukos a pagar los impuestos que debía. El fiscal general convocó también al gerente general, Mijail Jodorkovsky, y a su adjunto, Leonid Nevzlin, quien desde entonces está refugiado en Israel. Inesperadamente, el 25 de octubre Jodorkovsky también fue detenido, acusado de siete cargos, entre ellos el de robo en grupo organizado, estafa, evasión fiscal y falsificaciones. Jodorkovsky y Lebedev, que niegan las acusaciones, pueden ser condenados a diez años de cárcel.

El 30 de octubre, el fiscal general congeló el 44% de las acciones del grupo, estimadas en 15.000 millones de dólares. Pero el oligarca habría previsto la maniobra y sólo poseería un 9,5% de las acciones. El resto había sido transferido a Yukos Universal y a Halley Enterprises, dos entidades pertenecientes a Menatep Gilbraltar, una empresa hermana de Menatep. En un gesto de desafío, la empresa ofreció a sus accionistas 2.000 millones, un dividendo récord que en gran parte va a parar a los bolsillos de Jodorkovsky (y del oligarca Roman Abramovitch, que había adquirido el 26% de Yukos luego de la venta de otra gran firma rusa, Sibneft).

Jodorkovsky abandona entonces la presidencia del consejo de administración “por el bien de la empresa y del personal” y anuncia que se consagrará a la Fundación Rusia Abierta, creada en 2001 para promover la “sociedad civil”. Lo sucede en el cargo Simon Kukes, que se hizo ciudadano estadounidense, y que había ingresado en 1996 como vicepresidente de Yukos, pasando en 1998 a TNK (Petróleos de Tiumen), para negociar las inversiones de British Petroleum (BP) y regresar a Yukos este verano. La compañía cuenta actualmente con tres directores estadounidenses y cuatro rusos.

Ruptura del equilibrio

Según el fiscal, el congelamiento de las acciones no es una confiscación, sino una medida precautoria: Jodorkovsky y sus amigos deben al Estado 1.000 millones de dólares. La medida no tendría nada de excepcional, pues desde comienzos del año se iniciaron 3.000 legajos contra personas que no cumplen con sus obligaciones impositivas. Pero las dimensiones de la empresa y la personalidad de su director dan al caso una dimensión internacional.

La trayectoria de Jodorkovsky, ex cuadro de la Komsomol1, es clásica: primeros dólares acumulados gracias a “pequeños negocios”; inyección de esos dólares en la Menatep, que prospera especulando con las tasas de cambio; apoyo a la reelección de Boris Yeltsin a cambio de un acceso privilegiado a las empresas públicas. Viene luego la fase de “consolidación”, en la que todo está permitido para forzar a vender a otros propietarios menos protegidos, como los famosos “directores rojos”, que habían privatizado sus empresas comprando las acciones del personal. Algunas empresas son vaciadas para justificar su venta a precios irrisorios y financiar la corrupción de los funcionarios, la policía y los jueces.

Las recientes detenciones se producen en momentos en que Yukos iniciaba un giro histórico: la fusión con Sibneft y las negociaciones para vender un paquete de acciones a una multinacional. A comienzos de octubre, Exxon Mobil, la primera compañía petrolera del mundo, negoció la compra del 40% al 50% de las acciones de Yukos por unos 25.000 millones de dólares2. ¡La empresa que Jodorkovsky había comprado en 300 millones de dólares fue valuada en más de 30.000 millones en el momento de la fusión!

El presidente Putin no se opuso al ingreso masivo del capital extranjero en un sector vital, pero aún no eligió entre Exxon Mobil y Texaco Chevron. Y sobre todo, el Kremlin quiere que el Estado controle la operación: no permitir de ninguna manera que a través de esa venta un oligarca legitime los millones que adquirió.

Por otra parte, Putin confirmó la próxima privatización de los sectores del transporte y de la distribución de energía, con excepción de los oleoductos y gasoductos, que desea mantener bajo control estatal, dado que el desarrollo de un país tan extenso como Rusia depende de su infraestructura. Jodorkovsky ya había manifestado su interés por Gazprom. En síntesis, de no producirse algún cambio, los oligarcas se aprestaban a consolidar aun más su poder, contrariando los intentos de diversificación y uno de los principales proyectos de la segunda presidencia de Putin: reducir, aunque sea un poco, las grandes diferencias existentes entre ricos y pobres.

En realidad, el boom económico obliga al país a diversificar una economía demasiado dependiente de las materias primas e impone optar entre “estatistas” y “liberales”. Según el ministro de Finanzas y vice primer ministro Alexei Kudrin, sería peligroso que Rusia continúe “dependiendo de los oligarcas, del alto precio del petróleo, de los bancos artificialmente dopados y de las quiebras fraudulentas”3.

Un último punto importante: los plazos electorales. Jodorkovsky se jactó de haber logrado bloquear en la Duma proyectos contrarios a sus intereses. Además, financia a todos los sectores de oposición para poder abortar la legislación que prepara el gobierno para aumentar las tasas sobre las industrias extractivas en beneficio de las Pymes y otros sectores estratégicos, como la agricultura y la defensa. No contentos con privatizar el Parlamento, los oligarcas hacen lo mismo con los servicios públicos al financiar hospitales, escuelas y transportes de su elección, en lugar de pagar los impuestos.

Dado que Jodorkovsky rompió el pacto de no agresión de la primavera de 2000, que delimitaba las zonas de influencia de lo político y de lo económico, el presidente Putin consideró llegado el momento de deshacerse de los restos de la “familia” yeltsiniana. Seguramente considera que Rusia es suficientemente rica como para hacer una pausa, el tiempo de digerir el caso sin crear demasiada agitación internacional. Como dijo un periodista ruso, “no porque Occidente se haya enamorado –tardíamente, por otra parte– de los oligarcas, merecen tanto cariño”4.

El caso jamás hubiera alcanzado la dimensión actual si Rusia hubiera desarrollado, sobre las ruinas del comunismo, otro tipo de fuerzas que un ejecutivo poderoso y una oligarquía monopolista: partidos políticos, organizaciones sociales, pequeñas y medianas empresas, etc. Esos dos pilares coexistieron en la era de Yeltsin en la medida en que eran independientes: la desaparición del equilibro entre ambos provocó un choque frontal.

Cambio de elites

Al llegar a la presidencia, Putin anunció que “suprimiría la clase de los oligarcas”. Durante tres años no hizo nada, como si hubiera sido incapaz de dominarlos. Cuando la crisis estalló, el Kremlin guardó silencio durante varios días. Y cuando finalmente el Presidente se manifestó, fue para decir que había que dejar que la justicia siguiera su curso, que todos los rusos deben ser iguales frente a los impuestos, que las privatizaciones no serían puestas en tela de juicio, pero que los crímenes no quedarían impunes. Pensando en los extranjeros, habló de proteger mejor los accionariados minoritarios, maltratados por los oligarcas, y anunció el fin del monopolio de Gazprom “en los meses y no en los años próximos”.

En esta pulseada, el Presidente es víctima de su pasado: llegó al poder sin “base”, ni partido, ni entorno personal. Yeltsin le había hecho prometer que no atacaría a su gente. Desprovisto de dirigentes pero muy desconfiado, Putin se rodeó entonces de personas cuyo origen lo tranquilizaba, ex camaradas de San Petersburgo y de los servicios secretos. Esa es una reserva de personas adictas a la causa del país, dotadas del sentido del deber y que odian la corrupción, pero cuya apariencia monolítica proyecta esa imagen de clan que Putin quería eliminar sacándose de encima a la “familia”. Además, por querer evitar los conflictos frontales demoró en deshacerse de funcionarios heredados de su predecesor.

Fue necesario el “caso Yukos” para que se decidiera a despedir a Alexandre Volochin, jefe de la administración presidencial, cuyo alejamiento simboliza un cambio de elites. Sin embargo, esto no es por sí solo signo de que el Presidente se haya inclinado por uno de los clanes, ya sea por el de los siloviki (los hombres de los servicios de seguridad), o por el de los demócratas liberales. La designación de Dimitri Medvedev, secundado por Dimitri Kozak, en lugar de Volochin, revela la influencia de los jóvenes juristas de San Petersburgo sin pasado en los servicios secretos. Pero los más antiguos miembros de esos servicios son los que tienen contactos privilegiados con las empresas de la defensa. Ese componente de la elite económica –el tercero, junto al sector de la energía y al de la gran industria– había quedado a un lado durante las primeras privatizaciones, y ahora espera sacar ventaja de la próxima oleada.

Construir un imperio

Desde su detención, Jodorkovsky es presentado como un “hombre de negocios y filántropo”. Su modelo es Estados Unidos; su sueño, recorrer el mundo como George Soros y Bill Gates, dando su opinión sobre todo. “Patriota”, como todos los oligarcas, en su comunicado del 30 de octubre declaró: “Donde sea que yo trabaje, consagraré todos mis esfuerzos a mi país, Rusia, y a su futuro, en el que confío firmemente”. Esa es una señal dirigida a quienes –en su país– esperan que se exilie, y a los que –en el exterior– califican de antisemita la campaña contra los oligarcas judíos, es decir, la mayoría de ellos.

En adelante, Jodorkovsky va a dedicarse a su fundación. Y se presenta como el hombre capaz de llevar a Rusia al camino de la democracia. Personaje seductor, siempre quiso distinguirse, mostrándose como un empresario con perfil internacional, con una apariencia exterior muy cuidada y con una vida tan discreta que cuando comenzaron a salir a la luz sus problemas, pocos rusos lo conocían. Su orgullo, según afirma el comunicado de su renuncia, consiste en haber “creado la empresa más eficaz del país”, una de las firmas “líderes de la economía mundial”, gracias a “principios de transparencia financiera y de responsabilidad social en los negocios”. Bajo su dirección, el valor del grupo se vio multiplicado por 120 entre 1998 y 2003.

Pero este hombre apresurado peca de impaciencia y de arrogancia. Se considera por encima de la ley; visita Estados Unidos como un jefe de Estado, se siente como un rey sobre su trono. Convencido de que el Kremlin tratará de llegar a un acuerdo, se coloca de entrada en una posición que no admite retroceso. Mientras que Abramovitch, que está retirando sus inversiones de Rusia, puede instalarse en el extranjero, Jodorkovsky en cambio ve su futuro en Rusia. Ya no se limita a financiar la elección de sus lobbistas, sino que quiere subir personalmente al ring, al nivel superior, en 2008, e incluso en marzo de 2004.

Consciente del riesgo, el Presidente contemporiza y repite que el asunto concierne a Yukos y a su dueño, ni más ni menos. La Bolsa se mantiene tranquila: las cotizaciones caen al anunciarse la renuncia de Jodorkovsky, pero suben en cuanto se designa a Kukes. Y los inversores respiran: BP afirma que el proyecto de compra de TNK no está en tela de juicio; la Deutsche Bank anuncia que comprará el 40% de un banco de inversiones, pues “el mercado ruso es el más grande y el más importante de Europa”. Para esos medios, Putin representa la estabilidad, y la oligarquía en desgracia no vale una misa.

Por su parte, Jodorkovsky siempre creyó que su perfil internacional lo protegería en caso de conflicto con el Kremlin, lo que explica los esfuerzos de sus abogados por implicar a la comunidad internacional. Sus amigos estadounidenses pintan el paisaje apocalíptico de una Rusia que vuelve a caer en el totalitarismo, bajo la bota de un miembro de la Cheka y de sus esbirros. Los diarios nacionales, mayoritariamente en manos de los oligarcas, difunden la opinión de los ultraconservadores: Soros llama a la defensa de la democracia rusa; el influyente Richard Perle, presidente del Defense Policy Board, propone expulsar a Rusia del G-8, Bruce Jackson, promotor de la famosa “Carta de los Diez de Vilna” a favor de la intervención en Irak, declara que Putin amenaza los intereses que Estados Unidos tiene en la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Un diario estadounidense reveló los costosos esfuerzos del oligarca para introducirse en los círculos cerrados de Washington, para lo cual habría gastado al menos 50 millones de dólares anuales desde 2001, incluido un millón donado a la Biblioteca del Congreso y 500.000 dólares a la Fundación Carnegie5. Cortejado por los institutos de investigación sobre Rusia, que abandonaron a los estudiantes brillantes a la moda, financia generosamente varias instituciones neo-conservadoras estadounidenses y abre las puertas del consejo de administración de su fundación a hombres influyentes, desde el ex senador demócrata Bill Bradley y Henry Kissinger, en Estados Unidos, hasta lord Rothschild en Gran Bretaña.

Considerando demasiado débil la reacción de la Casa Blanca, los abogados de Jodorkovsky recorrieron las capitales europeas incitando a sus dirigentes a inscribir el “caso Yukos” en el orden del día de la cumbre entre la Unión Europea y Rusia del 6 de noviembre. Por supuesto, los europeos no necesitaron de ese intenso trabajo de lobby para inquietarse ante la perspectiva de intensificar la cooperación con un país donde la justicia funciona de manera tan arbitraria. Pero no quieren ponerse del lado de los oligarcas. Por lo tanto le ahorrarán a Putin cualquier contrariedad: al pasar el caso de Chechenia al rubro pérdidas y ganancias, el presidente del Consejo italiano, Silvio Berlusconi, ganó el primer premio de servilismo político.

Ese ejemplo muestra hasta qué punto Jodorkovsky se equivocó con los occidentales. Pero estos también se equivocan con él. A pesar de su aspecto de hombre de negocios globalizado, sigue siendo totalmente ruso. Al construir su imperio, su principal objetivo no era acumular millones, sino desarrollar una operación a una escala sin precedentes, en la que se arriesga la propia vida y la de otros y que acaba abriendo las puertas del Kremlin y de la Casa Blanca. Los “nuevos rusos” descuellan tanto en la acumulación como en el desinterés por la gestión, que dejan en manos de especialistas extranjeros. “De qué sirve tener millones de dólares si hay que trabajar dieciséis horas diarias, cuando puedo pagar a los mejores gerentes del mundo”, dijo uno de ellos. Si –como declaró Alexei Kudrin– Rusia se libera de la oligarquía, quedará en pie la pregunta ¿para hacer qué?

La sociedad civil emergente sale debilitada de este caso. La prensa se mostró tan melodramática como era de esperar (“Vuelve Stalin”), mientras que las cadenas de televisión, ahora controladas por el gobierno, daban muestras de una sospechosa discreción. Evidentemente, el gobierno trató de evitar que Jodorkovsky se convirtiera en un mártir capaz de captar la simpatía de los rusos.

En cuanto a las organizaciones no gubernamentales, muchas de ellas se desprestigiaron al apoyar a los oligarcas de manera irrestricta: en 2000 ya lo habían hecho en nombre de la libertad de prensa; en 2003 fue en defensa del liberalismo democrático. Así, la directora del Grupo Helsinki de Moscú ve en Jodorkovsky un “prisionero político de nuestra era”6. Es cierto que muchas ONG rusas dependen de fondos venidos del extranjero o provenientes de oligarcas.

La ambigüedad de Putin

La población hasta ahora se mantuvo al margen: a fines de octubre, un 19% de los rusos nunca había oído hablar del caso y un 15% se consideraba incapaz de opinar sobre el tema. Un 25% consideraba que el fiscal había actuado por propia iniciativa; un 70% tenía una opinión desfavorable de los oligarcas, pero un 49% pensaba que una revisión de las privatizaciones sería nefasta para el país7. Esas contradicciones impiden a los partidos políticos instrumentalizar la crisis en vistas a las elecciones.

En realidad, el ciudadano medio no sabe nada en materia de gobernabilidad y de mundialización. Protesta cuando una compañía extranjera compra una empresa rusa, pero admite que lo importante es tener un empleo y un salario fijo. Al mismo tiempo, se aferra profundamente a los recursos naturales del país, considerados como propiedad colectiva. Sobre el “caso Yukos” piensa, en síntesis, que el oligarca acusado acabará disfrutando de un bien adquirido de manera ilegal. “Cuando Rusia se decidió a privatizar lo hizo con la idea de que la propiedad privada sería más eficaz que la estatal; no para que la propiedad pueda ser vendida a Estados Unidos y que Jodorkovsky se quede con la ganancia”, resume el analista político Serguei Markov8

Sólo un presidente suicida hubiera dejado de reaccionar. Pero Putin lo hizo con inquietante ambigüedad. Aún hoy es imposible saber si fue él quien tomó la iniciativa de la maniobra, o si se limitó a dejar que el fiscal soltara sus perros. La manera en que trabajaron los investigadores mereció ser criticada y hasta castigada, pero no fue así. El gabinete reaccionó de manera dispersa, y en esta oportunidad a Putin le faltó talento de comunicador. Según los inversores, con los que se reunió el 30 de octubre, el Presidente considera que este caso quizás lo perjudique a corto plazo, pero que a la larga le permitirá restablecer la supremacía de la ley.

Putin ganó el primer round y logró dividir a la elite económico-financiera del país, pero en la gestión del triunfo el Presidente podría convertirse en su peor enemigo. ¿Cómo saber si no presumió de su fuerza? En la situación actual, la pesadilla no sería un Presidente demasiado fuerte, sino demasiado débil.

Los “antiguos” se agitan, como Boris Berezovsky en Londres, mientras que entre los “nuevos”, los siloviki ocupan un lugar desproporcionado en los mecanismos del poder y optan por la fuerza antes que por el diálogo. Además, no están tan cohesionados como se cree. Esos hombres provienen de medios tradicionalmente enfrentados, como el ministerio del Interior, las fuerzas armadas o los servicios de informaciones. Para colmo, los oligarcas también habían extraído de esas canteras a sus guardaespaldas y a miembros de sus servicios “analíticos” para comprometer a sus rivales, logrando así comprar (o intimidar) jueces y policías.

Hasta ahora, la remodelación de la administración presidencial va por buen camino. Para el futuro, el “viejo sabio de la política rusa”, Evgeni Primakov, propuso un plan de reconciliación entre los oligarcas y el Estado, basado en un aumento de la contribución de los primeros a los fondos del segundo, a cambio de lo cual el gobierno renunciaría a rever las privatizaciones. Cuando hubiera toma de control por parte de extranjeros, se deberá asegurar que el dinero obtenido no será transferido fuera del país, sino invertido en la economía nacional9.

Putin necesitó su primera presidencia para construir su propia base, reducir el caos heredado de su predecesor y deshacerse de la “familia”. Su segundo mandato le permitirá verificar su capacidad para imponer su propia línea, si es que la tiene. Si logra que el Estado se imponga a los oligarcas, si permite el acceso a la propiedad a sectores más amplios de la población y si deja el camino despejado para que su sucesor profundice las reformas, podrá considerarse vencedor. Si en cambio se imponen los oligarcas, el nuevo mandato de Putin desembocará en un período de estancamiento y anunciará una difícil transición para quien lo suceda.

  1. Juventud comunista.
  2. The Financial Times, Londres, 3-10-03.
  3. Kommersant Daily, Moscú, 3-11-03.
  4. Alexei Pankin, Moscow Times, Moscú, 4-11-03.
  5. The International Herald Tribune, París, 5-11-03.
  6. Radio Echo Moscú, 28-10-03
  7. Izvestia, Moscú, 30-10-03.
  8. Moscow Times, 17-10-03.
  9. Argumenty i fakty, Moscú, N° 43.

La última batalla clásica

La única incógnita de las elecciones legislativas de este 7 de diciembre de 2003 es el porcentaje de participación. Se teme un impacto como el registrado en San Petersburgo el 5 de octubre, cuando apenas el 28% de los electores de esa ciudad –la más politizada del país– acudió a votar para elegir gobernador. Antes de que estallara el “caso Yukos”, esas elecciones se anunciaban como un ejercicio sin sorpresas.

Será la última batalla entre los actores y los partidos que ocuparon el espacio político a partir de la independencia, pero que seguramente cederán el lugar a una nueva generación, cuyas referencias ya no serán las fuerzas y la sociedad rusa de 1991-1992. Mientras tanto, resulta difícil optar entre candidatos que parecen moverse en defensa de sus privilegios, ignorando las necesidades de la población.

Por lo tanto, se perfila una batalla clásica entre un partido pro-gubernamental y los comunistas y, entre uno y otros, pequeños partidos centristas que esperan superar el piso del 5% que permite formar un grupo parlamentario. Esta será también la última vez que la ley electoral prohíba a los funcionarios identificarse con un partido, obligándolos en tal caso a suspender sus actividades durante la campaña. Ese tabú sobre la afiliación política, que coloca al Presidente y a los ministros en una nebulosa ideológica, impide la estructuración política del país.

El “partido en el gobierno”, Rusia Unida, nació de la fusión entre Unidad y Patria y Toda Rusia. Su lista comprende sesenta y dos funcionarios, entre ellos el ministro del Interior, Boris Gryzlov, el ministro de Situaciones de Urgencia, Serguei Choigu, el alcalde de Moscú, Yuri Lujkov, y el presidente del Tatarstan, Mintimer Chaimiev. No se espera que ese grupo logre una victoria aplastante en el comicio de lista (que elige la mitad de los 450 diputados), sino que afiance su mayoría al sumar candidatos de circunscripciones (que eligen la otra mitad).

El Partido Comunista (PC) hubiera podido sacar ventaja de la crisis actual de no haberse visto afectado por divisiones internas y por una dirección poco inspirada. Al igual que Rusia Unida, apunta a un electorado de jóvenes y de nuevos jubilados, y utiliza –además de la tradicional acción proselitista puerta a puerta– nuevas técnicas de promoción, introducidas por Ilia Ponomarev, un joven ejecutivo de 28 años que había trabajado en Yukos. Pero esa formación puede verse afectada por el caso Jodorkovsky, que puso de manifiesto el financiamiento del partido por parte de un oligarca. Además, competirá con sus aliados agrarios, que se presentan solos, y con la izquierda no comunista, encabezada por Serguei Glazev.

Este último dirige Patria, junto al diputado Dimitri Rogozin, un especialista en temas internacionales. La gran novedad de esta campaña es que esa formación puede sustraerle votos tanto a Rusia Unida como al PC. Se la ve como uno de los componentes de la próxima coalición pro-gubernamental, capaz de neutralizar al PC, que sigue contando con un 25% de las intenciones de voto.

El otro polo de la oposición está representado por los partidos “liberales” o de “centro derecha”. Grigori Iavlinsky, líder histórico de Iabloko, espera superar por sí solo el piso del 5%. No se puede decir lo mismo de la Unión de Fuerzas de Derecha (UDF). A raíz del “caso Yukos”, que mostró que ambos partidos tenían el mismo banquero, Anatoli Chubais les propuso unirse para esta elección. La resistencia de Iabloko no se debe únicamente a cuestiones personales: ese partido evolucionó hacia el centroizquierda, ya no se opone sistemáticamente al gobierno y decide su voto caso por caso. Al contrario de la UDF, es favorable a un cierto nivel de intervención estatal en la vida socioeconómica.

Pero Chubais es un oligarca –preside la empresa eléctrica monopólica UES– y se vale ampliamente del dinero de su compañía para financiar su campaña y –a veces– para atacar duramente a Iabloko. Sin temor a ilustrar las paradojas de la sociedad rusa, Chubais, presidente de un monopolio estatal, apareció el 25 de octubre pasado en un canal de televisión también estatal, para intimar al presidente Putin a un arreglo con los oligarcas…

El “caso Yukos” puede sobre todo aumentar aun más el desprestigio de la política y de los políticos. En efecto, la cuestión de las privatizaciones y del reparto de las ganancias de la explotación de los recursos naturales quedará ampliamente expuesta en el centro de las campañas electorales, legislativa y presidencial. Pero, como recuerda oportunamente el sociólogo Yuri Levada, la población rusa “olvida y acepta todo”.


Autor/es Nina Bachtatov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:24,25,26
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Políticas Locales
Países Rusia