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La derecha suiza, más a la derecha

Sin sismos ni ondas expansivas, la Unión Democrática de Centro (UDC), agrupación aislacionista y xenófoba 1, se convirtió en la primera fuerza política de Suiza en las elecciones legislativas del 19 de octubre último. Mejoró sus resultados de 1999, obteniendo ahora el 26,6% de los sufragios y 55 de los 200 escaños del Consejo Nacional, por encima del Partido Socialista (23,3% y 52 escaños), el Partido Radical Democrático (17,3% y 36 escaños) y el Partido Demócrata Cristiano (14,4% y 28 escaños). Una extrema derecha que no dice su nombre y avanza.

El líder de la UDC, Christoph Blocher, industrial millonario oriundo de Zurich, nacido en 1940, se presenta como un hombre de origen humilde (hijo de un pastor protestante) que amasó su fortuna con su trabajo, luego de haberse graduado como ingeniero agrónomo.

Este nuevo avance de la UDC era esperado: la inacción de sus adversarios políticos y el silencio de la calle también. En efecto, Suiza atraviesa desde comienzos de los años 1990 una crisis económica y moral sin precedentes: amenaza de una nueva crisis en la aviación civil tras la desaparición de Swissair, rescatada sin embargo con fondos públicos; déficit financiero de la muy controvertida Exposición nacional2; despidos masivos en numerosos sectores, especialmente en las ex empresas federales privatizadas; dificultades financieras en las cajas previsionales y aumento de la edad jubilatoria; reiterados escándalos en la administración de los bancos cantonales y acusaciones contra varios de sus directivos removidos de sus funciones con indemnizaciones fabulosas. La “marca de calidad” helvética está decayendo y, con ella, el nivel de vida de la clase media.

Cuanto más se acumulaban los problemas sociales sin una respuesta institucional adecuada, más crecía la UDC: obtuvo un 11,1% de los votos en las elecciones legislativas de 1991; un 15% en 1995; y un 22,5% en 1999.

El origen de todos los males

Políticamente, la UDC, que reprocha a los socialistas –pero también a sus ex aliados de derechas– haber dilapidado el dinero de las cajas públicas, aboga por una reducción impositiva y por la supresión de los subsidios asignados a la cultura, la infancia, la promoción de la igualdad entre hombres y mujeres. Pretende eliminar la “mentalidad de tutela” que torna a los ciudadanos “dependientes”. Otro tema predilecto: la inmigración, culpable de todos los males.

Los jóvenes electores (18-21 años) se muestran particularmente sensibles a estos planteos. Según una encuesta realizada por la Confederación3, el 50% de ellos consideraría a “los extranjeros” la primera causa de tensiones, por encima de los problemas sociales y los daños al medioambiente.

Durante mucho tiempo, Suiza se opuso a la integración de los obreros extranjeros, a quienes había recurrido a partir de los años 1950. Restringida, la inmigración se realizaba según un modelo de rotación que prohibía a los inmigrantes “temporarios”, poseedores de un permiso de trabajo por tiempo determinado, traer a sus familias. Esta legislación particular permitió utilizar a los trabajadores inmigrantes como “amortiguadores coyunturales” y atravesar la primera recesión de 1973; Suiza “exportó” su desempleo mediante la no renovación de decenas de miles de permisos de trabajo.

Asimismo, a partir de 1998, celebró acuerdos bilaterales con la Unión Europea (UE) a fin de flexibilizar las condiciones de obtención de permisos de estadía para los residentes de la UE. Pero esta apertura estuvo acompañada por un endurecimiento respecto de los inmigrantes de los demás países.

En total, Suiza posee un 20% de extranjeros, de los cuales el 60% nació en el país, pero no ha sido naturalizado debido a un derecho restrictivo (jus sanguinis). Si la Confederación otorgara la naturalización a todos los inmigrantes que trabajan en el territorio desde 1990, la tasa de extranjeros descendería al 12%. Otra categoría estigmatizada por la UDC: los solicitantes de asilo (2% del total de extranjeros residentes en Suiza). La UDC considera su acogida demasiado onerosa y reprocha al Estado llevar a cabo una política laxa frente a los “abusos”. Describe a los refugiados como “aprovechadores” del sistema, al igual que los beneficiarios de la asistencia pública.

Para preservar la “identidad nacional”, la UDC preconiza que la Confederación debe romper con sus compromisos sólo en beneficio de los asalariados suizos, mediante la restricción de la inmigración y la disminución de los gastos sociales vinculados a ella.

En el terreno diplomático, numerosos suizos fueron sacudidos por las revelaciones sobre el rol desempeñado por su país durante la Segunda Guerra Mundial. Al cabo de siete años de trabajo, la comisión independiente4 encargada de evaluar dicho rol, describe una nación que tuvo ciertas complacencias con las autoridades del III Reich, lejos de la tradición neutral y humanitaria que sus elites reivindicaban: relaciones políticas y comerciales con la Alemania nazi, expulsión de los refugiados de sus fronteras, antisemitismo administrativo5.

La llamada generación de la “movilización” vivió esta realidad histórica como una traición, no por parte del gobierno de la época, sino de los historiadores contemporáneos que “ensucian” los esfuerzos otrora realizados en favor y en nombre de Suiza. La UDC, que se compromete a devolverle a la Confederación su brillo de antaño, no es vista con indiferencia por los electores deseosos de ver a su país rehabilitado.

Más globalmente, el discurso de Blocher resulta innovador en una Suiza donde la cultura de la oposición y la alternancia política no existen: desde 1959, la composición de fuerzas políticas en el gobierno permanece igual. El “gobierno de consenso” reparte los siete cargos de ministros: cinco a la derecha, dos a la izquierda… Desde 1999, esto significa dos radicales, dos democristianos, un UDC moderado y dos socialistas.

Los electores de la derecha tradicional se muestran sensibles a los argumentos de Blocher, quien manifiesta su voluntad de cambiar este “consenso” aparentemente inalterable. Y es a estos partidos, más que a los socialistas, a los que la UDC ha quitado votos en las últimas elecciones legislativas. La relación de fuerzas entre la izquierda y la derecha sigue siendo idéntica a la de 1999. Es la naturaleza del bloque de derechas la que ha cambiado, con un 40% de candidatos electos de la UDC.

La UDC se impuso ante todo sobre el Partido Radical Democrático (PRD), la más antigua agrupación política de la Suiza moderna, que en 150 años de federalismo nunca fue excluida del gobierno. El mismo partido que, en 1919, año de adopción del sistema proporcional, logró el récord absoluto de sufragios obtenidos por una agrupación (28,8%). La UDC ya no está muy lejos de este resultado.

Temiendo perder un lugar en el gobierno, el PRD radicalizó su posición y elaboró un discurso identitario desde el avance de la UDC en 1999. Su candidato de Zurich, el más votado para la Cámara Baja, hizo campaña bajo el eslogan: “Menos Estado, más Suiza”. En cuanto al católico Partido Demócrata Cristiano, también perdió votos en beneficio de la UDC, sin embargo de tendencia protestante. La agrupación más pequeña de la derecha clásica, el Partido Liberal, sólo obtuvo el 2% de los votos, lo que resulta insuficiente para formar un bloque parlamentario; se aliará con el Partido Radical Democrático para esta legislatura.

La UDC ha encontrado un gran camino abierto. En efecto, los obreros ya no se reconocen en el Partido Socialista (PS). Su participación permanente en el gobierno de consenso, cuyo equilibrio no ha sido modificado desde hace cuarenta y cuatro años, pudo más que las luchas sociales que encarnaba. El PS atrae actualmente a electores de formación profesional que gozan de altos ingresos. Frente a socialistas poco comprometidos, comunistas ausentes y ecologistas emergentes6, la UDC pudo posicionarse libremente como el nuevo partido de los trabajadores suizos.

Los socialistas no logran desmarcarse de la política social y económica implementada por los partidos de derechas. Sin duda, la militancia sindical los separa, pero los directorios de las grandes empresas y de las compañías federales, de los que forman parte la mayoría de los candidatos electos, los acercan. Esta inacción beneficia a la UDC. Y aparentemente la izquierda no quiere aprender la lección. El PS anunció el 5 de noviembre que se negaría a abandonar el gobierno para entrar en la oposición, aun cuando Blocher fuese elegido por la Asamblea federal (que reúne a diputados y senadores) el 10 de diciembre.

El impulso de Blocher

Bajo el impulso de este jefe de tropa, diez años bastaron a la UDC para consolidarse en los cantones francófonos donde hasta hoy estaba ausente. Siete diputados surgidos de sus filas francófonas la representan ahora en Berna, mientras que la sección de Neuchâtel del partido existe sólo desde hace dos años. Actualmente, el discurso “blocherista”7 tiene llegada allí donde la UDC –que “por tradición” sólo atraía al electorado campesino– jamás había logrado convencer a los asalariados de clase media. En cambio, la UDC se instaló de entrada en el electorado germánico.

En efecto, surgida en 1937 de la unión del Partido de los Campesinos, Artesanos e Independientes (fundado en Berna en 1917) con los dos partidos democráticos de la Suiza alemánica, la UDC fue considerada durante mucho tiempo un partido “rural”. El ex Partido de los Campesinos, que integra el gobierno desde 1929, se radicalizó bajo el impulso de Blocher. Presidente de la sección de Zurich de la UDC, este último logró desplazar a las fuerzas moderadas de su partido. Primero a nivel local, tanto en la Suiza germánica como en la francófona, donde actualmente predominan sus partidarios en cargos directivos. Luego, a nivel nacional, presentando su candidatura para integrar el gobierno al lado del UDC moderado Samuel Schmid sin haber consultado a las bases de su partido. Blocher afirma que quiere convertir a la UDC en una fuerza de reacción al “avance de los socialistas”, en la discusión de asuntos europeos: “En caso de adhesión a la Unión Europea, esta tendencia llena de consecuencias se acentuaría aun más. Es precisamente por ello que el PS suizo desea adherir lo antes posible a la Unión Europea”.8.

Frente a la ofensiva de la UDC identitaria y a su triunfo fulgurante, los demás partidos permanecieron inmóviles: muchos de ellos optaron por un retorno al patriotismo en sus afiches electorales, por alusión directa o indirecta, oponiendo al nacionalismo y a la xenofobia de la UDC un “alterpatriotismo” abierto al exterior. La UDC, por su parte, no contrata a un “comunicador” de renombre para organizar sus campañas, sino que “actúa” de manera simple y directa. Tanto, que su programa nacional se desarrolla en cien líneas de texto.

Pero Blocher se dio el gusto de publicar uno de sus panfletos en la Suiza francófona, en un suplemento de un importante diario editado en Ginebra (55.000 ejemplares). Allí pretendía, en una treintena de páginas, encontrar “connivencias” entre socialismo y totalitarismo. Además, se hizo conocer a través de Acción para una Suiza Independiente y Neutral, un club de reflexión donde se difunden sus ideas.

En la sociedad, el discurso de Blocher se banalizó. Escuchando a la opinión pública y confundiendo todas las tendencias políticas, quienes tienen poder de decisión le reconocieron abiertamente plantear cuestiones “fundadas”. El calificativo de “extrema” sólo se asoció en raras oportunidades a esta nueva derecha, durante mucho tiempo aliada de las agrupaciones tradicionales en las listas electorales locales. Sólo la extrema izquierda en la Suiza francófona y los sindicatos militantes se niegan a hacer concesiones.

Ahora los partidos de gobierno han permitido que ingrese al Consejo Federal un representante del ala dura de la UDC. Su elección podría recaer en Ueli Maurer, presidente nacional de la UDC, en lugar de Blocher. Pero, designado o no, el mascarón de proa de la UDC ya saborea su victoria, dado que las legislativas anunciaron el fin del equilibrio político actual. El futuro gobierno, construido sobre un nuevo consenso donde la derecha tradicional cederá un lugar a la nueva derecha, corre el riesgo de ser marcado en forma duradera por el espíritu “blocherista”.

  1. La Unión Democrática de Centro (Partido del pueblo en alemán) usurpa su denominación francesa de partido centrista: Suiza carece de una auténtica fuerza política de centro. Los radicales y democristianos, partidos burgueses y conservadores, pertenecen a la derecha moderada.
  2. La Exposición, cuyo objetivo era reflejar la modernización y la cohesión federal, costó siete veces más caro que lo previsto y recibió menos visitantes de los esperados.
  3. Sondeo institucional realizado según un muestreo de 20.000 jóvenes y publicado en agosto de 2003 bajo el título de Isola elvetica.
  4. La Suisse, le national-socialisme et la Seconde Guerre mondiale, Editions Pendo, Zurich, 2002.
  5. A partir de los años 1910, los servicios de la Confederación marcaban con una “J” las solicitudes de naturalización de los judíos. En 1938, la legación helvética sugirió a Alemania estampar un sello similar en los pasaportes de los judíos alemanes, con el fin de que las autoridades aduaneras pudieran identificarlos.
  6. Los ecologistas obtienen el 7,4% de los sufragios y 13 de los 200 escaños del Consejo Nacional. La extrema izquierda, no representada en la Suiza alemánica, obtiene el 1,5% de los sufragios y gana un escaño.
  7. Los partidarios de Blocher son llamados comúnmente “blocheristas” por los medios de comunicación suizos de habla francesa.
  8. Christoph Blocher, “La liberté plûtot que le socialisme. Appel aux socialistes dans les partis politiques” (“La libertad antes que el socialismo. Llamado a los socialistas en los partidos políticos”), discurso pronunciado en el congreso anual de la UDC, en abril de 2000.
Autor/es Joëlle Isler
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:28,29
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ultraderecha
Países Suiza