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Recuadros:

Maternidades precoces

Las tasas de embarazos precoces son más altas en sociedades que se proponen preservar a los adolescentes de la sexualidad, como Estados Unidos, y muy reducidas en países como Suecia, pionera de una política que pone a disposición de los adolescentes los recursos para evitar riesgos. Un denominador común más allá de estas diferencias culturales es el mayor predominio de las maternidades tempranas en los sectores desfavorecidos, donde un hijo se presenta a las adolescentes como proyecto de vida y ancla afectiva.

Contrariamente a lo que podría creerse atendiendo a los medios de comunicación, los embarazos adolescentes en los países occidentales tienden a reducirse. Según el informe publicado en Francia por la Caja Nacional de Subsidios Familiares (CNAF en francés)1, la cantidad de madres muy jóvenes –entre 15 y 19 años– registra una constante disminución en los últimos treinta años (ver recuadro). En efecto, las madres muy jóvenes y sus parejas adoptan comportamientos maduros con respecto a su fecundidad comparables a los de los adultos, y retardan la edad de traer al mundo a un hijo.

Sin embargo, como señala el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) “si bien el número de embarazos adolescentes diminuyó, en cambio aumentó la percepción de los embarazos adolescentes en tanto problema social2. Dos tipos de fenómenos explican la inquietud de las autoridades públicas: por una parte la persistencia de tabúes relativos a la sexualidad adolescente, por otra la marginalización social de las madres jóvenes y de sus parejas, en particular en los países anglosajones.

En el conjunto de las naciones occidentales, la edad promedio de la primera relación sexual es en la actualidad de 17 años. En los años ’60 era de 20 años para los varones y 21 años para las mujeres. La exposición de adultos y adolescentes a mensajes de contenido sexual explícito provoca inevitablemente el descenso de la edad de la primera relación sexual. Ahora bien, el sistema de valores de algunas sociedades hace a veces muy difícil aceptar ese hecho consumado. “Cuanto más dispuesta está una sociedad a tomar nota del carácter inevitable de la sexualidad de los jóvenes, en mejores condiciones se encuentra de establecer políticas de prevención eficaces”, observa Unicef3.

En los países industrializados, la estigmatización de los embarazos precoces está íntimamente vinculada con las percepciones de la sexualidad adolescente. Desde ese punto de vista, el informe de la CNAF distingue tres tipos de sociedades.

En el primer grupo, los adolescentes deben ser preservados de la sexualidad el mayor tiempo posible. Estrictamente reservado a los adultos, el acto sexual sólo es aceptable si los individuos están en condiciones de fundar una familia sin depender de la ayuda social. En Estados Unidos esta visión inspiró los programas de abstinencia sexual que se establecieron desde fines de los años ’70. Los mensajes que emanan de la escuela y de los medios de comunicación presentan la virginidad y la castidad de manera muy positiva. Como la sexualidad sólo puede alcanzar su plenitud en el marco del matrimonio, no debe malgastarse en relaciones sin amor.

Así es como la ley sobre la vida familiar adolescente (Adolescent Family Life Act), adoptada en 1978 durante la presidencia de James Carter, alentó a los Estados federados a establecer esos programas de abstinencia con el fin de beneficiarse con las subvenciones del Ministerio de Salud y de los Servicios Sociales. En los años ’80, bajo la administración Reagan, la Oficina de la Sexualidad Adolescente, organismo federal encargado de las políticas de planificación familiar dirigidas a la juventud, estableció una red de centros de escucha –los centros de castidad, Chastity Centers– especialmente destinados a promover la abstinencia sexual.

Durante la presidencia de William Clinton esos centros no fueron cuestionados por los demócratas, muy por el contrario. Aprobada por el Congreso en agosto de 1996, la ley sobre asistencia temporaria a las familias necesitadas (Temporary Assistance for Needy Families, llamada ley Tanf) menciona, en su exposición de motivos, la necesidad de reducir los embarazos precoces alentando la procreación en el marco del matrimonio. Se creó un fondo de ayuda a la abstinencia sexual con un monto de 50 millones de dólares anuales. Según esa ley, las madres jóvenes deben concluir su bachillerato y vivir en el hogar familiar o en un medio ambiente supervisado por un adulto. Los Estados tienen también el derecho de reducir la ayuda a las mujeres que sigan teniendo hijos mientras se benefician con la ayuda monoparental (23 de ellos adoptaron esos family caps).

El retorno de los republicanos a la presidencia en enero de 2001 marcó una nueva ruptura. Muy influyentes en el entorno presidencial, los más radicales desean negar a las madres jóvenes el derecho a recibir ayuda social y limitar esas ayudas únicamente a las parejas casadas. Aunque inscripta en la ley de 1996, esta medida nunca había sido puesta en práctica.

En el segundo grupo de países, que incluye a Holanda y Gran Bretaña, se sigue tratando a la sexualidad adolescente como un fenómeno a combatir. Se alienta a los jóvenes a postergar la edad de la primera relación sexual. Sin embargo, la sexualidad juvenil aparece como un mal inevitable que es necesario acompañar, dada la ineficacia de los dispositivos represivos o de negación.

En Gran Bretaña este pragmatismo predomina desde el retorno al poder del Partido Laborista en 1997. El primer ministro Anthony Blair escribe, en un informe de la Unidad sobre Exclusión Social (Social Exclusión Unit), órgano de reflexión en el seno de su gabinete: “No creo que los jóvenes deban tener relaciones sexuales antes de los 16 años… Pero sé también que, cualquiera sea nuesto pensamiento, algunos jóvenes siguen teniéndolas. No debemos condenar sus acciones. Pero debemos estar dispuestos a ayudarlos a evitar los muy reales riesgos que representa la sexualidad por debajo de la edad adecuada”4.

Naturalmente alarmistas, los poderes públicos británicos utilizan un discurso medicalizado y pesimista para alertar sobre las consecuencias negativas de relaciones no protegidas. Es así que se informa a las muchachas que el embarazo no siempre es una buena noticia, que un hijo representa a la vez un trabajo agotador y una carga emocional y financiera que puede arruinarles el futuro. Por otra parte, se previene a los jóvenes padres de que deberán contribuir financieramente al mantenimiento del niño.

El tercer grupo de sociedades comprende los países de Europa continental y escandinava, entre ellos Francia, Suiza y Suecia. Las autoridades públicas no niegan el derecho de los jóvenes a la sexualidad. Se trata más bien de permitirles controlar sus riesgos poniendo a su disposición medios de contracepción adecuados que tengan en cuenta sus medios financieros y su necesidad de confidencialidad.

Suecia es la pionera de esta concepción desapasionada de la sexualidad adolescente. A partir de 1975, las autoridades públicas desarrollan políticas de contracepción voluntaria gracias a la creación de una red nacional de clínicas para las jóvenes, que les ofrecen información confidencial. Asimismo, las adolescentes tienen acceso gratuitamente a la interrupción voluntaria del embarazo, sin autorización previa de los padres. Los resultados fueron espectaculares: según Unicef, en la década siguiente el índice de embarazos adolescentes disminuyó un 80%. El modelo sueco hizo escuela en Europa escandinava y continental, donde la sexualidad aparece como una dimensión normal de la adolescencia.

¿Un asunto privado?

En cambio, Estados Unidos y Gran Bretaña detentan el récord de embarazos adolescentes entre los países occidentales. Socialmente apartadas del modelo de maternidad planificada y deseada por adultos financieramente autónomos, las “niñas-madres” provocan una forma de rechazo social. En Estados Unidos las maternidades precoces se asocian al subproletariado –underclass, con un fuerte componente racial, cuando no racista: el 80% de las madres jóvenes provienen de familias pobres, mientras que las chicas procedentes de estas familias sólo representan el 40% de la población adolescente–. Las de origen afroestadounidense tienen tasas de embarazo que alcanzan casi el doble del promedio nacional5.

La Child Support Agency, agencia de recaudación de pensiones alimentarias, identifica al padre para obligarlo a contribuir al mantenimiento del niño. En algunos Estados, es la propia madre la que debe localizarlo, so pena de que se le suprima la totalidad o parte de las prestaciones. El mensaje es claro: los adolescentes de ambos sexos no pueden concebir niños con total impunidad. Se considera que el hijo es un asunto esencialmente privado, que debe estar a cargo de los padres cualquiera sea su edad. Según Isabel Sawhill, una de las especialistas en la cuestión de las maternidades precoces, “La ley Tanf dijo a las jóvenes madres: si se convierten en madres, eso no las eximirá de la obligación de terminar la escuela y de subvenir a sus propias necesidades y a las de su familia mediante el trabajo o el matrimonio”. A los jóvenes varones, el programa advierte: “Si se convierten en padres de un niño nacido fuera del matrimonio serán responsables de su manutención”6.

En el Reino Unido, la ayuda a las adolescentes reviste también un carácter condicional, vinculado a la voluntad de incitar a las jóvenes parejas o a las madres solas a convertirse en una unidad familiar financieramente autónoma, gracias en particular al empleo asalariado. Desde abril de 2001, las madres solas que son candidatas a obtener la ayuda social están obligadas a participar en una entrevista con un asesor para tratar la ayuda y el retorno al empleo, a fin de determinar su capacidad para encontrar un trabajo. Si pueden trabajar, entonces se las orienta según el Programa de Ayuda al Empleo para Padres Solos (New Deal for Lone Parents). No tiene el carácter punitivo de la ley Tanf estadounidense. Pero al igual que en Estados Unidos, la agencia de recaudación de los subsidios familiares identifica a los jóvenes padres que abandonan, y los obliga a contribuir en los gastos del niño.

En cambio, en Europa continental, en particular en Alemania y Francia, las políticas de ayuda revisten una dimensión más global. Se articulan alrededor de un proyecto de integración de jóvenes en dificultad. Las madres jóvenes francesas se benefician de la Asignación por Padre Solo (API en francés) hasta que el niño haya alcanzado la edad de tres años.

En cuanto al rol de los varones en la paternidad precoz, sigue siendo relativamente menor. Según Hughes Lagrange7, en tanto víctimas de una “crisis de la masculinidad adolescente” vinculada a la decadencia del patriarcado, se enfrentan más bien a un problema de “acceso a las chicas”. En efecto, estas últimas tienen a menudo parejas de más edad. En Estados Unidos, un estudio considera que del 50% al 70% de los padres de niños nacidos de madres menores, tendrían más de veinte años8. En Grecia, la diferencia de edad promedio entre la joven madre y su pareja sería de siete años y medio. Por lo tanto, la atención de las autoridades públicas debería concentrarse en los varones de más edad, compañeros sexuales preferidos por las adolescentes.

El grado de inserción de los jóvenes, así como la capacidad para acompañarlos ante la proliferación de mensajes sexuales, resulta crucial para controlar las conductas de riesgo, a menudo utilizadas como un medio de afirmación personal y también de transgresión de las normas de la sociedad adulta. En realidad, “en una sociedad típicamente desigual, cuanto más burladas sean las esperanzas de las adolescentes pobres, más tentadas se verán de elegir el embarazo como medio de afirmar una identidad social o un proyecto de vida… Una de las mejores maneras de prevenir la maternidad precoz consiste pues en suscitar la esperanza en los jóvenes pertenecientes a medios desfavorecidos”.

  1. Corinne Nativel y Anne Daguerre, Les maternités précoces dans les pays développés: problèmes, dispositifs, enjeux politiques, informe encomendado por la CNAF, el Centro de Estudios e Investigación sobre la vida local – Poder, acción pública, territorio, Sciences Po, Burdeos, julio de 2003.
  2. “Le classement des maternités adolescentes dans les pays riches” (A league table of teenage births in rich nations), Innocenti Report Card, N° 3, Unicef, París, julio de 2001.
  3. Op. cit.
  4. Teenage Pregnancy, Social Exclusion Unit, The Stationery Office, Londres, 1999.
  5. Sthephanie Ventura, “Trends in pregnancy rates for the United States an update”, National Vital Statistics Reports, National Center for Health Statistics, Hyattsville, 2001.
  6. “What Can Be Done to Reduce Teen Pregnancy and Out-of-Wedlock Births?”, en Isabel Sawhill, R. Kent Weaver, Ron Haskins y Andrea Kane, Welfare Reform and Beyond, The Brooking Institution, Washington, 2001.
  7. Les adolescents, le sexe et l´amour, Syros, París, 1999.
  8. Carol Roye y Sophie J. Balk, “The relationship of Partner Support to Outcomes for Teenage Mothers and Their Children: a Review”, Journal of Adolescent Health, N° 19, Orlando, Estados Unidos, 1996.

Importancia de la inserción social

  1. Innocenti Report Card, Nº 3, UNICEF, París, julio de 2001.
  2. Charlotte Le Van, Les grossesses à l’adolescence: normes sociales, réalités vécues, París, L’Harmattan, 1998.


Autor/es Anne Daguerre, Corinne Nativel
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:30,31
Traducción Teresa Garufi
Temas Desarrollo, Derechos Humanos, Políticas Locales, Salud