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Recuadros:

Crímenes y mentiras de una “guerra de liberación”

El fin de los combates en Irak marca una etapa en la redefinición de la arquitectura internacional. En debate están el lugar de las Naciones Unidas y del derecho internacional (pág. 26), el papel respectivo de Europa (páginas 30 y 31), de Rusia y de Estados Unidos, el del G-8 (páginas 24 y 25) y de la mundialización neoliberal. El nuevo orden está marcado por el retorno de los protectorados (págs. 16 a 18), un término en tal grado colonialista que había sido desterrado después de la Primera Guerra Mundial. De Bosnia a Afganistán, más y más países son puestos bajo tutela.

¡Únanse a los conquistadores!, claman algunas voces hasta ahora eclipsadas por el gran movimiento europeo contra la aventura iraquí. Exhortan al bando de la paz a admitir su equivocación, considerando que la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad marca su derrota. Afirman que si París mantiene su posición podría quedar aislado, las empresas francesas excluidas de los contratos de reconstrucción y hasta boicoteadas por Estados Unidos. La sumisión sería la única salida honorable. Poco importa que la guerra haya sido una violación flagrante del derecho internacional, que se la haya declarado sin el aval de las Naciones Unidas: la fuerza se impuso, corramos a apoyar a los que triunfaron.

¿La entrada de los tanques estadounidenses en Bagdad obliga a modificar el análisis que prevalecía antes del 20 de marzo pasado, fecha en que comenzó la agresión? ¿Quién podía dudar que Washington, que dilapida más del 45% de los gastos mundiales en armas, aplastaría a Irak, agotado tras doce años de embargo, desarmado por las Naciones Unidas, y cuyo presupuesto militar equivale al 0,2 % del de Estados Unidos? La desproporción de medios se vuelve una trágica evidencia al hacer las cuentas: Estados Unidos perdió 125 soldados y Gran Bretaña 30, mientras que del lado iraquí habrían muerto decenas de miles de soldados, según estima la mayoría de los analistas. Entre 2.000 y 3.000 iraquíes fueron exterminados en Bagdad en una sola jornada. La victoria se parece más a un fusilamiento que a una gesta heroica.

El teniente coronel Woody Radcliff cuenta que, en Nadjaf, los combatientes iraquíes que salían de una fábrica “venían en oleadas sucesivas hacia nuestras tropas con sus fusiles AK-47, y todos caían muertos. El comandante dijo: ‘No es justo, es una locura. Ataquemos el edificio con apoyo aéreo y liquidémoslos todos de una sola vez’”. Un soldado comenta: “No sé cómo decirlo mejor, pero casi me siento responsable de una masacre. Hemos sacrificado un montón de personas y me pregunto cuántas de ellas eran inocentes. Ustedes están menos orgullosos. Hemos ganado, ¡pero a qué precio!”1.

Es el retorno del “bendito tiempo de las colonias”, cuando los “civilizados” aplastaban a los “bárbaros”. En 1898, en Omdurman, Sudán, las tropas británicas, engrosadas por efectivos egipcios a sus órdenes, enfrentaban a los insurgentes que se habían liberado de la tutela extranjera. Once mil sudaneses fueron exterminados, mientras que las tropas anglo-egipcias –nadie se hubiera atrevido a hablar de “coalición”– perdieron apenas 48 hombres. El imperio británico afirmaba querer restablecer el orden, pero al menos no pretendía exportar la democracia; y tampoco era tan ridículo como para invocar la amenaza que los guerreros sudaneses significaban para Londres…

La guerra contra Irak fue corta, pero seguramente no fue divertida. Aún es demasiado pronto para hacer un balance de las pérdidas civiles: ya se contabilizaron 2.000 cadáveres, pero no sabemos cuantos más yacen todavía bajo los escombros. Más allá del uso de armas de uranio empobrecido, cuyo efecto perdurará durante décadas, como el de los defoliantes usados por Estados Unidos en la selva vietnamita que continúan causando innumerables víctimas; más allá del lanzamiento de bombas de fragmentación en zonas urbanas; el comportamiento de los infantes de marina mostró el duro rostro de la “civilización”.

El 7 de abril, el tercer batallón del cuarto regimiento de infantes de marina llega a la periferia de Bagdad. El fotógrafo Laurent Van der Stockt, “periodista a bordo”, relata: “Una pequeña camioneta azul avanza en dirección a la columna. Tres disparos de intimación, no muy precisos, deberían alcanzar para detenerla. El vehículo continúa, da media vuelta, se pone a cubierto, vuelve a avanzar lentamente. Los infantes de marina disparan. Hay confusión. Finalmente le disparan de todos lados. (…) Dos hombres y una mujer acaban de ser acribillados a balazos. Esa era la amenaza… Aparece otro auto, y se repite la misma secuencia. Los pasajeros mueren en el acto. Un abuelo camina lentamente por la acera, apoyándose en su bastón. También lo matan”. Y el periodista resume: “En dos días he presenciado la muerte de unos quince civiles. Conozco suficientemente la guerra para saber que siempre es sucia, que los civiles son las primeras víctimas. Pero de esta forma, es absurdo”2. No, no es absurdo, se trata de crímenes de guerra…

Riesgo de lucha religiosa

Todas esas víctimas serían entonces el precio a pagar por “la liberación” de Irak. No caben dudas de que los iraquíes se sienten aliviados por el fin de la dictadura de Saddam Hussein, la más sanguinaria de la región. Más aun teniendo en cuenta que para ellos el 20 de marzo fue apenas una etapa más de una guerra interminable que los martiriza desde 1991: bombardeos permanentes y terribles sanciones que dejaron una larga lista de muertos, de privaciones, de desesperanza3. Los iraquíes aspiraban a terminar con esa pesadilla, a volver a una vida “normal”. Sin embargo, los violentos bombardeos que destruyeron todas las infraestructuras, de por sí endebles, y el comportamiento de las tropas anglo-estadounidenses reavivaron los temores y las dudas, tanto sobre las intenciones de Washington, como sobre los riesgos de caer en el caos, o sobre las amenazas de enfrentamientos interconfesionales. En todo caso, en ninguna parte los “libertadores” fueron recibidos triunfalmente.

Al contrario, la recepción fue tan discreta que el Pentágono tuvo que organizar el 9 de abril pasado un operativo mediático: la destrucción de la estatua de Saddam Hussein erigida en el centro de la capital. Esas imágenes dieron la vuelta al mundo, a pesar de la gaffe que significó haber cubierto la cabeza del dictador con la bandera estadounidense, rápidamente remplazada por la iraquí. Emocionado, el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, dijo que ese acto le recordó ¡la caída del muro de Berlín! Se olvidó de decir que la demolición de la estatua de Saddam Hussein había sido efectuada por tropas estadounidenses rodeadas de una multitud de apenas un centenar de iraquíes, superada en cantidad por los periodistas reunidos para inmortalizar el acontecimiento. Ningún canal de televisión transmitió imágenes de la inmensa plaza de Bagdad vacía, donde sólo se veían los tanques estadounidenses que custodiaban los accesos.

Sin embargo, se esperaba que la “espontánea alegría” del pueblo iraquí ocultara el derrumbe de las razones invocadas por Washington para desatar su agresión. Durante meses, la administración estadounidense hizo de la búsqueda de armas de destrucción masiva su estandarte en la cruzada contra Bagdad. Esas armas, ocultas, amenazaban directamente el corazón de Estados Unidos. Había abundantes pruebas. Así fue que el presidente Bush, en su discurso sobre el estado de la Unión, el 28-1-03, explicó que Irak había intentado comprar 500 toneladas de óxido de uranio a Niger, material que podría servir para fabricar la bomba atómica. El secretario de Estado, Colin Powell, entregó a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) documentos destinados a apoyar esas acusaciones.

El 7 de marzo todo ese andamiaje de desmoronó. El director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohamed El Baradei, anunció que los documentos presentados por Estados Unidos contenían groseras falsificaciones… Los autores de las mismas eran servicios secretos británicos, dedicados desde 1997 a desarrollar campañas de desinformación sobre Irak4. Los medios estadounidenses apenas si mencionaron esas revelaciones, mientras más del 40% de los ciudadanos de ese país seguían convencidos, en la víspera de la guerra, de que Bagdad poseía armas nucleares…

El ejército iraquí no utilizó ni armas químicas ni armas bacteriológicas durante las hostilidades, incluso en momentos en que el régimen ya no tenía escapatoria. Las tropas estadounidenses no hallaron nada que justifique la guerra y las decenas de miles de víctimas. Washington se opone al regreso de los inspectores de la ONU a Irak, que sin embargo es legalmente necesario para decidir un levantamiento de las sanciones. Seguramente el presidente Bush espera que Blair le haga un nuevo favor, fabricando, en la intimidad de la coalición, nuevas “pruebas”…

Los presuntos contactos entre Al-Qaeda, la organización de Osama Ben Laden, y el régimen de Bagdad, permitieron incluir la campaña de Irak en el marco de la “guerra contra el terrorismo”. Para la CIA no había tal vinculación, sin embargo, el 44% de los estadounidenses estima que algunos o la mayoría de los piratas aéreos del 11 de septiembre de 2001 eran iraquíes; y un 45% afirma que Saddam Hussein estaba personalmente implicado en ese ataque5. Esas encuestas prueban que incluso en una sociedad abierta, la manipulación, repercutida por los grandes medios, puede falsear totalmente un debate y vaciar de sentido la democracia.

Efectivamente existe un punto en común entre Osama Ben Laden y el ex presidente Saddam Hussein, una vinculación que los iraquíes conocen desde hace mucho: en la década de 1980 ambos hombres fueron aliados estratégicos de Estados Unidos; ninguno de los dos se hubiera vuelto tan peligroso de no haber contado con la ayuda, política y material, de los sucesivos gobiernos estadounidenses. El apoyo dado por Washington a los mujaidines afganos, a los voluntarios árabes reclutados para combatir la ocupación soviética, y en particular a Ben Laden, es algo conocido6. Los lazos entre Saddam Hussein y Washington son aún más antiguos.

Según los biógrafos del dictador, sus primeros contactos con la CIA fueron en la década de 1960, cuando el joven Saddam estaba refugiado en El Cairo. En febrero de 1963 un golpe de Estado derroca al régimen progresista de Abdelkrim Kassem. Las persecuciones de demócratas y de comunistas dejaron miles de víctimas. Saddam Hussein regresa urgentemente a Bagdad, donde participa de esas operaciones, matando y torturando con sus propias manos. La lista de personas a detener había sido establecida por la CIA, igual que en 1965 en Indonesia, donde la represión anticomunista dejó 500.000 muertos… De esa antigua connivencia proviene el rumor que circula en el mundo árabe, según el cual Saddam Hussein es… un agente de la CIA. La teoría del complot siempre tuvo mucho éxito en Medio Oriente.

Fue en la década de 1980 que la alianza entre el partido Baas y la administración Reagan tomó una cierta importancia. Y el hombre que habría de inaugurarla no es otro que Donald Rumsfeld, que viajó entonces a Bagdad para darle la mano al futuro Hitler. Así es que Irak desaparece de la lista de países que apoyan el terrorismo; se restablecen las relaciones diplomáticas entre ambas naciones y Washington brinda ayuda militar a Bagdad en su lucha contra la “revolución islámica”. Sin embargo, Estados Unidos sabe que el ejército iraquí, violando las convenciones internacionales, utiliza armas químicas contra Irán. En 1998, cuando las tropas de Bagdad atacan con gases a los kurdos –causando miles de muertos en Halabja– el Departamento de Estado apoya una campaña de desinformación para tratar de adjudicar la responsabilidad a Teherán7.

La situación cambia con la invasión iraquí a Kuwait, en agosto de 1990. Sin embargo, cuando en febrero y marzo de 1991 la población del sur de Irak y los kurdos se alzan contra el régimen, el ejército estadounidense permitirá que se los reprima, pues Washington desea la caída de Saddam Hussein pero no la del régimen. Colin Powell, por entonces jefe del Estado Mayor inter-armas dará su versión en 1992: “Hay un punto de vista romántico según el cual, si mañana Saddam Hussein es atropellado por un autobús, un demócrata jeffersoniano estaría dispuesto a llamar a elecciones. (Y muchas personas se hubieran indignado) si nosotros hubiéramos ido hasta Bagdad y si hubieran visto soldados estadounidenses patrullando en la capital dos años más tarde en busca de Jefferson”8. Los iraquíes se acuerdan de eso, fundamentalmente la población chiíta, principal víctima de la represión. Y resultan comprensibles sus dudas frente a las proclamas democráticas de quienes ahora controlan el país.

Saqueos deliberados

Esas inquietudes son alimentadas no sólo por el comportamiento de las tropas aliadas durante el conflicto, sino por imágenes impactantes: como la del Ministerio del Petróleo custodiado por infantes de marina, a la vez que otros treinta ministerios son saqueados y hasta sistemáticamente incendiados. O las imágenes de saqueos en los hospitales, bajo la mirada indiferente de los soldados estadounidenses. O las del saqueo del Museo Nacional, del Museo de Mosul, del incendio de la Biblioteca Nacional y de la biblioteca de coránica, tesoros de la cultura iraquí y mundial. El profesor iraquí Shakir Aziz sintetizaba algo que sienten muchas otras personas: “He visto personalmente cómo las tropas estadounidenses incitaban a los iraquíes a saquear y a incendiar la universidad tecnológica. ¡Qué irracionales ambiciones geopolíticas, qué cultura de odio hacia todo lo que es árabe y musulmán, qué avidez por el petróleo y por los jugosos contratos de reconstrucción llevaron a los estadounidenses a esa orgía de destrucción!”9. Unos pocos tanques hubieran alcanzado para proteger ese patrimonio de la humanidad, apenas la misma cantidad que se necesitó para rodear la plaza donde Washington había organizado la destrucción de la estatua de Saddam Hussein.

Los iraquíes temen el caos, y sospechan que Estados Unidos lo alimenta para justificar su presencia, apoderarse del petróleo e instalar bases militares. Todos saben que su sociedad se desmoronó luego de la invasión de Kuwait, fundamentalmente a causa de las sanciones, defendidas con dientes y uñas por los gobiernos estadounidenses, a pesar de las pruebas que existían sobre su carácter devastador sobre la población. Sobrevivir, en detrimento de cualquier sentido del Estado, es la consigna de cada uno; el tribalismo, estimulado por el poder, se desarrolló aún más; el sistema educativo se derrumbó; se restablecieron las tradiciones más arcaicas, en particular, en perjuicio de las mujeres. La entrega de armas a las tribus en la década de 1990 y la recuperación de las que abandonó el ejército en 2003, han hecho de los iraquíes un pueblo en armas, con sus beneficios y sin dudas su peligros… Muchos temen que no sea la democracia la que triunfe, sino el caos.

Ya aparecen las primeras tensiones. En Mosul se produjeron choques entre diferentes comunidades, mientras que en Kirkuk, familias árabes fueron expulsadas por los kurdos, los mismos kurdos que habían sufrido el destierro por orden de Saddam Hussein. Entre los chiítas se implantan las fuerzas religiosas más radicales. Las tentativas anglo-estadounidenses de rehabilitar ex dignatarios del partido Baas u oficiales de la policía local generan enfrentamientos.

Los iraquíes mostraron inmediatamente que rechazaban la idea de un “protectorado” estadounidense. La guerra aún no había terminado y ya 20.000 personas manifestaban en Nasariya contra una reunión de la oposición organizada bajo la dirección del “procónsul” designado por Washington, el general Jay Garner. “¡Sí, sí, sí a la libertad! ¡Sí, sí, sí al islam! ¡No, no, no a Estados Unidos y a Saddam!” gritaba la muchedumbre. Desde entonces, numerosas manifestaciones corean las mismas consignas.

Cabe preguntarse si esas demostraciones afectarán al general Garner, halcón entre los halcones, amigo de Rumsfeld, y hombre que explica tranquilamente que Estados Unidos habría triunfado en Vietnam si “en lugar de quedarnos esperando en el sur hubiéramos llevado la guerra al norte. Eso es lo que hicimos en Irak. Si Bush hubiera sido presidente entonces, habríamos ganado”10. Es poco probable.

Washington está decidido a imponer su propia administración, apoyada con algunos colaboradores locales, como Ahmed Chalabi, un hombre condenado a veintidós años de cárcel por la justicia jordana por malversación de fondos.

Los planes de reconstrucción ya están trazados, y los contratos ya están asignados a empresas estadounidenses directamente vinculadas con el gobierno actual. De alguna forma hay que financiar la campaña electoral que se anuncia… La compañía petrolera Halliburton, que hasta el 2000 tenía como director a Richard Cheney, el actual vicepresidente de Estados Unidos, fue la elegida para apagar los incendios en los pozos de petróleo. El grupo Bechtel, primera empresa estadounidense de obras públicas y cercana a la actual administración, consiguió otro contrato cuyo monto alcanzaría los 680 millones de dólares11. La Unión Europea decidió abrir una investigación sobre la legalidad de ese contrato según las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Alguien podría objetar que, de todas formas, eso se paga con dinero estadounidense. De ninguna manera: sobre los 2.400 millones de dólares votados por el Congreso para ayudar a la reconstrucción de Irak, 1.700 millones provienen… de los fondos iraquíes bloqueados desde 1990 y confiscados por Washington el pasado 20 de marzo. Pero Estados Unidos confía en las recetas liberales: su plan prevé la privatización de todas las empresas estatales iraquíes en un plazo de dieciocho meses, y la creación de un Banco Central independiente, institución que no existe en ningún otro país de la región12. Sin dudas, el gobierno actual imagina un Irak sin Estado.

¿La democracia no vale acaso una guerra?, se interrogan quienes critican la posición del “bando de la paz” y que sueñan con un “nuevo Medio Oriente”. Desde 1948 la región soportó múltiples conflictos, desde el primer enfrentamiento árabe-israelí hasta la guerra del Golfo (1990-1991), pasando por las dos Intifadas. Todos ellos desembocaron en humillaciones y en la crispación de las opiniones públicas, en el endurecimiento de los gobiernos en el poder. Ninguno produjo una mayor apertura o más democracia. ¿Por qué la guerra contra Irak cambiaría esa realidad?

Esa guerra se llevó a cabo contra la inmensa mayoría de la opinión pública árabe y musulmana. Fue condenada de manera unánime por la Liga Árabe, a pesar de que media docena de sus miembros brindaron facilidades a las tropas estadounidenses. Paralelamente, algunos medios, fuerzas de oposición e intelectuales de la región cantaban loas al régimen bárbaro en nombre de la resistencia al imperialismo estadounidense. Esa esquizofrenia, ese sentimiento de impotencia y de humillación experimentados al mismo tiempo que continúa –ante la indiferencia de Washington– la opresión de los palestinos, no crean las condiciones para una apertura política y cultural, sino, al contrario, un terreno fértil para todo tipo de repliegue tribal, y hasta para el terrorismo.

Bagdad está en el corazón del imaginario árabe, símbolo del esplendor pasado –había sido la capital del mayor imperio musulmán, el imperio abassida, entre el siglo VIII y el siglo XIII– pero también símbolo de un resurgimiento en el siglo XX, con la eliminación del colonialismo británico y de sus agentes en 1958, y con la nacionalización de la Irak Petroleum Company en 1972. La invasión del imperio abassida por los “bárbaros” mongoles, la posterior toma de Bagdad en 1258, con el incendio de sus bibliotecas y sus libros arrojados al Tigris –cuyas aguas se oscurecerían por las cenizas– marcan el comienzo de la decadencia del mundo arabe-musulmán. Retomando las palabras del gran historiador del siglo XIII, Ibn Al-Athir, cuando evoca su reticencia a hablar de esos desastres, algún cronista árabe podrá decir dentro de una década sobre la caída de Bagdad en 2003: “Durante años me abstuve de relatar ese acontecimiento, a tal punto era consciente de su enormidad y me negaba a evocarlo. Así era que avanzaba un paso y retrocedía otro. Pues, ¿a qué hombre le resultaría agradable y fácil anunciar y describir la muerte del Islam y de los musulmanes? (…) Posiblemente la humanidad no verá un hecho semejante hasta el fin de sus días”13.

  1. “War in Iraq a Reason for Shame”, citado por Infopal, info@infopal.org, 18-4-03.
  2. Le Monde, París, 13-14 de abril de 2003. Ese testimonio fue confirmado por un colega de Laurent Van der Stockt, que se hallaban en el mismo grupo, Peter Maas, en The New York Times Magazine, 20-4-03.
  3. Resulta obsceno que para justificar la guerra, Anthony Blair haya invocado la muerte de esos niños, provocada por una política que él mismo había apoyado. El primer ministro británico sostuvo que era imposible prolongar las sanciones, pues sería “dejar a Irak en ese estado, con una mortalidad de 130 por mil entre los niños menores de 5 años, y el 60% de la población dependiente de la ayuda alimentaria”. The Financial Times, Londres, 13-2-03.
  4. Seymour M. Hersh, “Who lied to whom?”, The New Yorker, 31-3-03.
  5. “Polls Suggest Media Failure in Pre-War Coverage”, 28-3-03, Editorandpublisher.com
  6. John K. Cooley, CIA et Jihad, une alliance désastreuse contre l´URSS, Autrement, París, 2002; y “El inasible dinero de Al-Qaeda”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, noviembre de 2002.
  7. Joost R. Hiltermann, “America’s didn’t seem to mind poison gas”, The International Herald Tribune, París, 17-1-03.
  8. Citado in Middle East Report Online, marzo de 2003, www.merip.org
  9. Citado por Patrick Seale, The Daily Star, Beirut, 18-4-03.
  10. The International Herald Tribune, París, 15-4-03.
  11. Como las compañías de seguros se negaron a cubrir los riesgos, el presidente George W. Bush firmó un decreto según el cual las eventuales indemnizaciones serían pagadas por el Tesoro estadounidense, es decir, por los contribuyentes. Le Monde, París, 21-4-03.
  12. “The US masterplan”, Middle East Economic Digest, Londres, 14-3-03.
  13. Citado en L’Orient au temps des croisades, GF Flammarion, París, 2002.

Una estrategia de caos

Joxe, Alain

La guerra ilegal librada por Estados Unidos contra Irak marca un giro en la historia de la estrategia militar, pero sólo puede hacerse un balance incompleto al respecto, ya que las rupturas de estilo que revela son muy numerosas y se enfrentan, en demasiados aspectos a la vez, al conocimiento de los comentaristas encargados de banalizar el presente. La moral empresarial en lugar de la moral política.

Resulta difícil ordenar los diferentes análisis en un conjunto coherente. Se puede intentar partiendo del equipamiento militar y de las tácticas utilizadas para llegar a las crónicas operacionales, luego a los sistemas de las representaciones estratégicas. Pero, desde el enunciado de esta jerarquización tradicional, algo falla. Diversos factores materiales son agentes que producen efectos denominados “transescalares”, es decir, que trascienden las diferentes escalas de organización: partiendo del equipamiento, se llega a las representaciones estratégicas globales de la administración Bush; partiendo de lo operacional, se desemboca en incoherencias político-estratégicas y logísticas.

Esto es lo que produce el efecto caótico del resultado. Lo que erosiona en sus fundamentos el carácter racional y preciso del pensamiento de la acción asimétrica local, cuando éste no es sino un momento de una voluntad de dominación global deslocalizada.

Deben analizarse cuidadosamente los detalles del uso de equipamientos y tácticas vinculadas a la utilización de nuevos armamentos, incluidos los bricolajes secretos: aviones teledirigidos antiaéreos o antitanques; bombardeos de partículas metálicas que interfieren o destruyen los circuitos eléctricos o electrónicos. Pero al estar estos objetos vinculados a la revolución electrónica, el equipamiento es de hecho –y sobre todo– un nuevo software, el del control del tiempo de la destrucción, y de la eliminación de las “fricciones clausewitzianas”, es decir, los imprevistos que en la guerra están relacionados con factores humanos y que alteran los planes mejor concebidos, al menos a nivel operacional. El equipamiento pone en escena el control de un espacio-tiempo puntual segmentado por la determinación de blancos precisos, la observación satelital y la selección y el tratamiento de los blancos en tiempo real. Un nuevo tipo de errores interviene en los enemigos o en los amigos (los errores de determinación de blancos del apoyo aéreo), y sin duda contribuye positivamente al efecto de caos, que parece buscado como efecto de conmoción.

La enorme potencia material permite recurrir a movimientos ofensivos en columna (tanques, infantería, helicópteros y apoyo aéreo), que avanzan –corriendo riesgos logísticos– directamente hacia el centro de gravedad designado (estratégico, operacional o táctico). Se arremete así en dirección a Bagdad primero, luego directamente al centro de Bagdad, sin sitiarla. Esta forma ofensiva está acompañada por un derecho ilimitado al “fuego a discreción” que se extiende hasta el simple soldado. Así, la alta precisión trae consigo paradójicamente un efecto de terror masivo, por sus efectos colaterales. La operación termina siendo el equivalente de una acción sin blancos determinados, lo que afecta a las poblaciones civiles “liberadas”.

Choque y terror

Si se analizan las crónicas operacionales, la asimetría adquiere una figura que no está dominada de manera alguna por el desequilibrio del potencial de las fuerzas materiales, sino por “sorpresas”. De ambos lados, surgen riesgos de errores sorprendentes en el plano estrictamente político y, por ende, estratégico. Saddam Hussein, que acepta “la batalla de Bagdad”, olvida hacer volar los puentes y minar o destruir el aeropuerto. Del lado estadounidense, es más grave aún:

a) la macrologística de la operación de tenazas suponía el paso de las tropas estadounidenses por tierra, al norte. La negativa política de Ankara demoró la guerra, pero además puso en una situación riesgosa a la única columna ofensiva que apuntaba a Bagdad, por falta de protección suficiente de la línea logística extendida desde Umm el Kasr;

b) La complejidad de los enfrentamientos con elementos infraestatales (milicias del partido, etc.) debería haber sido controlada de antemano, ya que se había tornado totalmente previsible por el principal objetivo político: la destrucción del Estado baasista.

c) La alianza turca era incompatible con la alianza kurda y la asociación con los chiítas en el sur habría supuesto una adhesión popular impedida por el recuerdo de la traición estadounidense, cuando en 1991, al cabo de la primera guerra del Golfo, los chiítas sublevados fueron librados a la represión de Saddam Hussein.

d) Desde el comienzo de las operaciones, la perspectiva de una destrucción del régimen restauraba, a nivel nacional, los conflictos entre grupos, unidos antes por el terror baasista, y auguraba, a nivel urbano, el saqueo generalizado. Los intentos de restaurar la ley y el orden, restableciendo la policía del Estado, parecen también una improvisación política errónea.

La pregunta lógica que surge ante el asombro estadounidense por todas estas “sorpresas” es: ¿no se tratará acaso de una estrategia de caos total?

Las consecuencias políticas del militarismo absoluto de Estados Unidos, con guerreros que disponen, como en el Far West, de libre iniciativa, surgirán con el tiempo. La rápida victoria se convertirá, sin duda, en una fuente duradera de hostilidad contra los “libertadores”, condenados al estatuto de ocupantes.

Se observa entonces más precisamente que la revolución táctica –los automatismos integrados en el equipamiento– implica una revolución estratégica: la estrategia de “choque y terror” (concepto central en la guerra urbana y la guerra asimétrica que dominan la nueva estrategia) ya no es, como antes, el nivel superior que debe unificar los aspectos tácticos y operacionales a través de un pensamiento de rango superior, necesariamente en contacto con el objetivo político. La revolución estratégica unifica todas las operaciones en el nivel de la temporalidad rápida y del espacio preciso. Es sólo “estratégica” por su efecto de terror sobre las tropas y la población iraquíes, pero también sobre los aliados y las propias tropas amigas, justificando a cada instante todos los desbordes por un nerviosismo que no depende del peligro generado por un enemigo minuciosamente aplastado, sino del enfrentamiento al caos dominante.

En consecuencia, la operación es percibida como un comportamiento de venganza, más que de enfrentamiento, que produce víctimas civiles sin ninguna necesidad. Las tropas estadounidenses son pues un pésimo instrumento de conquista a pesar, o a causa, de su victoria militar aplastante; sus exacciones pesan sobre las representaciones políticas de los vencidos.

Neoliberalismo militar

Pero existe una coherencia global en el hecho de que el estado de ánimo de los vencedores se relaciona ante todo con una mentira, provisoriamente eficaz, del presidente Bush, que envía al combate tropas muy jóvenes y muy ignorantes, haciéndoles creer que van a vengar en Irak el atentado del 11 de septiembre de 2001. Ver a Bagdad incendiarse bajo una lluvia de bombas les parece legítimo, ya que se trata de una venganza. De igual manera, se justifica proteger a la columna disparando a todo lo que se mueve, dejar que saqueen la ciudad, no proteger los hospitales, sacrificar el Museo de Bagdad.

El enorme poder imperial parece apostar –a la manera clausewitziana– a la autonomía del objetivo militar respecto del objetivo político: dominio del petróleo, reconquista colonial de Medio Oriente o castigo ejemplar dirigido al mundo entero. Pero el imperio desjerarquiza todo, excepto el “capital-fuego” y el control del tiempo breve que rige el trabajo político-militar y el tiempo prolongado. De esta manera, incluso el plan militar sufre, bajo la influencia de la revolución electrónica, el contagio del modelo neoliberal salvaje de la empresa transnacional que navega sobre una gestión electrónica de los flujos financieros. Esta economía no tiene como objetivo la llamada paz de “competencia leal” que favorece el comercio, sino las ganancias que surgen de un flujo de beneficios deslocalizado y permanente, liberado de los riesgos de la producción y de la venta. Este comienzo de la “guerra sin fin” anunciada por la administración Bush es una guerra sin victoria y sin paz, probablemente sin reconstrucción. Se hará lo necesario para que tanto las destrucciones como las reconstrucciones sean fuente de beneficios empresariales y se salvará así la moral empresarial, sacrificando la moral y la inteligencia política.

Al haber eliminado Washington todo intento de búsqueda de consenso internacional, la guerra de Irak es –a pesar del rol subalterno de Blair– una guerra puramente estadounidense y si “termina” mal, los estadounidenses deberán asumir sus propias culpas y sin duda descartar una reelección del actual comandante en jefe y el mantenimiento de su equipo en la cumbre del poder mundial.

Traducción: Gustavo Recalde


Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 47 - Mayo 2003
Páginas:13,15
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos