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Vivir con los árabes

Maxime Rodinson falleció el 23 de mayo de 2004. Autodidacta, había llegado a ser un lingüista excepcional (dominaba unas treinta lenguas y dialectos) y un escritor prolífico. Luchó especialmente para que se hiciera justicia al pueblo palestino. Reproducimos el artículo premonitorio que publicó en Le Monde del 4 y 5 de junio de 1967, en vísperas de la guerra árabe israelí. Su tesis: aceptar a los árabes tal cual son.

El 9 de agosto de 1903, el conde Serge de Witte, ministro de Economía del zar Nicolás II, explicaba dulzonamente al periodista vienés Theodor Herzl, quien venía a demostrarle que el Emperador ortodoxo debía apoyar la aplicación de la doctrina del sionismo político (que Herzl acababa de fundar): "Yo solía decir al pobre emperador Alejandro III: ‘Majestad, si fuera posible ahogar en el Mar Negro a seis o siete millones de judíos, me sentiría realmente satisfecho. Pero eso no es posible. ¡Así que tenemos que dejarlos vivir!'". Otros hallaron las posibilidades técnicas de las que carecían los antisemitas rusos. Pero ni siquiera eso les sirvió de mucho, en definitiva. Tal vez haya alguna conclusión que sacar, pese a todo, de la resignación del barón ruso.

El Estado sionista eligió vivir en Palestina, es decir en medio del mundo árabe. La elección era peligrosa. No le faltaron advertencias, procedentes sobre todo de los judíos no sionistas, ni sionizantes, que durante mucho tiempo fueron la gran mayoría. Pero finalmente ese grupo de judíos que proyectó y luego realizó ese Estado mantuvo esa decisión que, ahora, ya ha tenido tiempo de desplegar todas sus consecuencias. Ya no es momento de volver sobre ese asunto, pero todo árbol se juzga según sus frutos.

La crisis actual pone en evidencia un hecho nuevo (supeditado al desarrollo de los acontecimientos). Hasta el momento, Israel había utilizado un lenguaje simple y claro respecto del mundo árabe: "Estamos aquí porque somos los más fuertes. Aquí nos quedaremos en tanto seamos los más fuertes, lo quieran ustedes o no. Y seguiremos siendo siempre los más fuertes gracias a nuestros amigos del mundo desarrollado. A ustedes corresponde extraer las consecuencias, reconocer su derrota y debilidad, aceptarnos tal como somos en el territorio que les quitamos". ¿Cómo responder a esto, si no es mediante la resignación o el desafío?

La paz podría ganarse gracias a la resignación árabe. Pero para nuestro regocijo o disgusto, esa resignación no parece asomar. Los árabes no quieren "escuchar razones", es decir, no quieren aceptar la derrota que les fue infligida sin contrapartida, como acabó por aceptar Irlanda (¿pero será realmente sin contrapartida?) la amputación del Ulster fundamentada en una colonización inglesa y protestante de tres siglos de antigüedad. Tal vez lo acepten algún día. Los políticos israelíes son libres de apostar a que podrán aguantar hasta ese momento. La crisis actual conduce tozudamente a pensar que los políticos israelíes empiezan a dudar de poder esperar tanto tiempo, y a sospechar que los árabes no se resignarán en un futuro previsible.

El desafío árabe

En efecto, ¿qué es lo que vemos? Mientras los sionistas y sus seguidores declararon siempre que la hostilidad a Israel en territorio árabe era un fenómeno artificial, hábilmente incentivado por los dirigentes, vemos a los jefes árabes, que tienen todo que temer de una movilización popular, dando armas a sus peores enemigos; vemos a los rivales más feroces del presidente egipcio Nasser acudiendo en su ayuda o poniéndose bajo sus órdenes. Es de público conocimiento sin embargo que el mayor deseo de esos árabes sería aliarse con Israel para sofocar al molesto egipcio. La recíproca es en muchos casos cierta, por otra parte. Pero esa actitud es imposible para unos y otros. No pueden hacer otra cosa que unirse. ¿Cómo explicar este hecho si no es por la intensidad del resentimiento popular contra Israel?

¿Qué hacer entonces? Por cierto, Israel puede seguir dialogando solo, como dice R. Misrahi. Puede seguir explicando o haciendo que sus amigos expliquen a los árabes que están muy equivocados en actuar así; apelar a su sentido humanitario o estigmatizarlos como atrasados, fanáticos, antisemitas, fascistas, etc. Veinte años de este tipo de exhortaciones y denuncias no parecen alentar a esperar mucho de ese método.

Hay quienes pueden seguir creyendo, como el sionista marxista árabe A. R. Abdel-Kader, único en su especie, en una revolución política o social que llevaría al poder en los países árabes a elementos dispuestos a aceptar a Israel. Pero las revoluciones que esos países han vivido trajeron más bien a elementos cuya política era cada vez más anti-israelí. O bien, si querían un arreglo, la presión de la demagogia, posible exclusivamente debido a la sensibilidad de su opinión pública al problema, los llevaba rápidamente de vuelta al anti-israelismo habitual. Cada cual es libre de seguir soñando con una revolución inédita, que sería el milagro y la sorpresa divina para Israel. Pocos realistas lo harán. El año pasado, Abdel-Kader dedicaba su primer libro a Mao Tse Tung, quien se reveló más radical en su anti-israelismo que todos sus precursores. ¡Irónica lección!

Dado que los árabes eligen obstinadamente el desafío, sólo queda la fuerza. Pero por primera vez Israel parece dudar de su fuerza. Al menos eso nos dan a entender sus amigos.

Y además, supongamos que el conflicto estalla y que Israel sale vencedor. ¿Qué hacer con los árabes? Volvamos al conde de Witte. ¿Es posible ahogarlos en el Mar Rojo? ¿Mantenerlos bajo la administración directa de Israel? Más imposible todavía. ¿Instalar por todas partes regímenes pro-israelíes? Nadie duda, y menos aun los israelíes, que serían regímenes títeres sacudidos por revueltas, presas de una guerrilla incesante. Otra solución inaplicable.

O sea que hay que vivir con los árabes, de buena o mala gana. Y con los árabes no resignados. ¿Cómo hacer entonces?

Tal vez haya una sola posibilidad, así sea mínima, fuera de este atolladero donde se precipitaron los sionistas como los mercenarios de Cartago en el desfiladero del Hacha. Se trata de ofrecer a los árabes negociar, no como se viene haciendo hace veinte años, sobre la base de la aceptación lisa y llana del hecho consumado en su perjuicio, sino proclamando en principio la voluntad de hacerles justicia, de reparar el daño que se les ha causado. Este es, pienso yo, el único lenguaje que tiene alguna posibilidad de ser aceptado por la otra parte. El único lenguaje que tal vez pueda provocar en el otro ese reconocimiento tan esperado del hecho nacional israelí, logrado ahora por los trabajos y los sufrimientos de estas últimas décadas, pero de ningún modo por el recuerdo de un mito de veinte siglos.

Si se la declara abiertamente, Israel puede rechazar semejante concesión. El chauvinismo difundido, desgraciadamente, en gran parte de su población, puede indignarse ante semejante "cobardía" y no permitir esta sensatez a sus dirigentes. Y además, Israel todavía puede ganar esta partida, en especial gracias a sus poderosos protectores. ¿Pero quién no ve que esta victoria no podría repetirse indefinidamente ? ¿No es esto lo que la agitación actual indica?

¿No puede recordarse a los zelotes de Israel y a sus amigos que fueron los sionistas quienes buscaron encarnizadamente el acuerdo de las potencias europeas desde el tiempo de Herzl? Pidieron ayuda al zar, al sultán, al papa, a Inglaterra. Digan lo que digan, su instalación no se habría realizado sin la declaración Balfour, acto político británico, sin la decisión de partición de la ONU de 1947, acto político soviético-estadounidense.

Estamos en 1967. Sería hora de buscar el acuerdo de los árabes, a quienes fue quitada esta tierra. No de árabes míticos, de árabes anhelados, de árabes tales como se los querría, convertidos milagrosamente a las tesis israelíes gracias a las exhortaciones de los pro-sionistas del mundo, a las lecciones de los profesores de moral, a la lectura del Antiguo Testamento o de los clásicos del marxismo-leninismo. El acuerdo de los árabes tal cual son, que se niegan a aceptar sin contrapartida una conquista realizada en su perjuicio. Se puede lamentar que esto sea así. Pero sería sólo una manera de perder el tiempo.

Si existe una tradición de la historia judía, es la del suicidio colectivo. Les está permitido a los puros estetas admirar su cruda belleza. ¿Podremos recordar, como Jeremías a aquellos cuya política conduce a la destrucción del primer templo, como Johanán ben Zakkai a aquellos que causaron la ruina del tercero, que existe otro camino, por muy estrecho que la política pasada lo haya vuelto? ¿Podremos esperar que quienes se proclaman ante todo constructores y plantadores elijan ese camino de vida?

Autor/es Maxime Rodinson
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 61 - Julio 2004
Páginas:31
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Historia, Sociología, Mundialización (Cultura), Minorías, Geopolítica, Políticas Locales, Islamismo
Países Arabia Saudita, Palestina