Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

El G8 ante la hegemonía estadounidense

En la próxima reunión del G8 quedará a la vista cómo se traduce en el interior de este organismo clave la fractura observada entre EE.UU. por una parte y Alemania y Francia por otra, con motivo de la invasión a Irak. De los resultados de ese encuentro depende también la suerte de las Naciones Unidas, cuestionada por la reciente conducta estadounidense en el máximo organismo de la organización internacional.

Si no hay cambio de programa, entre el 1° y el 3 de junio de 2003 se reunirán en la ciudad francesa de Evian los jefes de Estado y de gobierno de los países más ricos y poderosos del planeta, por vigesimoctava vez desde 1975. Poco a poco, ese grupo de dirigentes se convirtió en una institución mundial. La resistencia y las críticas al G8 tomaron un nuevo impulso en los últimos años, a raíz de la aparición del movimiento anti-globalización, que cuestiona las consecuencias de las políticas que preconiza el G8 y la naturaleza misma de ese grupo.

Este año, la reunión del G8 estará dominada por la guerra desarrollada en Irak por Estados Unidos y Gran Bretaña. Esa agresión abre un período de graves incertidumbres y pone crudamente de relieve las dos principales preocupaciones que ese foro tuvo desde su creación: la organización y la evolución de la economía mundial y el futuro de las instituciones internacionales.

El G8 no es un gobierno mundial, dado que no existe un Estado mundial1, pero no hay que pensar por ello que se trata sólo de un simulacro. Ese foro reúne a los dirigentes de los países dominantes, de los países más ricos y más poderosos del planeta: una especie de asamblea de accionistas mayoritarios de la economía mundial. Gracias a sus reuniones periódicas de jefes de Estado y de ministros; a sus “sherpas” (consejeros permanentes que se ocupan del secretariado); a su amplia movilización de expertos de toda índole; a sus contactos en todas las instituciones internacionales y a su acceso permanente a todos los medios, ese club se convirtió en una institución mundial permanente.

Al principio fue una instancia donde los principales dirigentes mundiales podían solucionar sus diferendos. En efecto, nada está más lejos de la realidad que la idea de un mundo unificado y sin conflictos entre las grandes potencias. Como en un club inglés muy selecto, el G8 tenía por función establecer gentlemen’s agreements. Así fue que trató el tema de la recesión en la década de 1970 y las crisis monetarias y petroleras. Con el derrumbe del sistema soviético, la discusión se orientó al creciente poder que adquiría Washington. Actualmente, con las crisis de la economía mundial y del pensamiento liberal y, sobre todo, a raíz de la guerra desarrollada por Estados Unidos, las contradicciones vuelven a emerger y a pesar sobre el futuro de la institución.

En noviembre de 1975, el presidente francés Valéry Giscard d’Estaing invitó a los jefes de Estado de Alemania, Estados Unidos, Japón y Reino Unido, a los que se unirían Italia y en 1976 Canadá. El presidente de la Comisión Europea es un invitado permanente. En 2000, los países del G7 representaban el 12% de la población, el 45% de la producción y el 60% de los gastos militares a nivel mundial2. En 1997, la llegada de Rusia, sin anular el G7, inaugura el G8.

“Nos hemos reunido pues compartimos las mismas convicciones y las mismas responsabilidades… El crecimiento y la estabilidad de nuestras economías ayudarán a la prosperidad de todo el mundo industrial y de los países en desarrollo… Estamos decididos a intensificar nuestra cooperación… en el seno de todas las organizaciones internacionales”3. Esa decisión de cooperación entre las “democracias industriales” es una respuesta al shock petrolero y a los conflictos surgidos entre Estados Unidos y Francia respecto del papel del dólar en el sistema monetario internacional, pero también respecto de Alemania sobre la respuesta que debía darse a la recesión económica de 1974-1975.

Entre 1975 y 1980, el neoliberalismo reemplaza progresivamente al modelo keynesiano. El giro concluye en 1979, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos decide aumentar brutalmente su tasa de interés. A partir de 1980, en la cumbre de Venecia, la lucha contra la inflación pasa a ser prioritaria, en tanto que la referencia al empleo se vuelve platónica y se abre la crisis de la deuda del Tercer Mundo4. Comienza la fase neoliberal de la globalización.

El G8 juega un papel activo en la imposición de un credo neoliberal y en su adopción para dirigir la nueva fase de la globalización. La doctrina que guía sus políticas descansa en el trípode estabilización, liberalización, privatización. Para responder a las crecientes críticas, el dogma es formalizado en 1990 por el economista John Williamson, bajo la denominación de Consenso de Washington. Se basa en siete principios: disciplina fiscal (equilibrio presupuestario y reducción de la imposición); liberalización financiera (tasas fijadas únicamente por el mercado de capitales); liberalización comercial (supresión de la protección aduanera); total apertura de la economía a las inversiones directas; privatización de todas las empresas; desregulación (eliminación de todos los obstáculos a la competencia); protección total de los derechos de propiedad intelectual de las multinacionales5.

Creciente oposición

Para imponer esa política el G8 se apoya en las instituciones financieras internacionales –el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial– en las cuales posee el capital mayoritario. Construye además, de manera perseverante, el marco institucional de la globalización neoliberal, cuyo elemento determinante es la Organización Mundial de Comercio (OMC).

El G8 no es una instancia superior del poder: no se impone a los Estados, ni siquiera a los gobiernos de los países que lo integran. El poder económico, a pesar de ser menos aparente, ya no está más subordinado a los gobiernos, y menos aun al G8. Pero ninguna economía puede funcionar sin regulación política, sin adaptación de los marcos institucionales y sin instancias que proyecten visiones estratégicas a largo plazo.

La globalización es un proceso contradictorio en el cual el G8 cumplió la doble función de reproducción y de profundo cuestionamiento del orden existente, en beneficio de sus miembros. El G8 organizó la puesta en marcha de una estrategia de reconquista por parte de los dirigentes de los países dominantes. Hizo frente a la descolonización manejando la crisis de la deuda y basándose en el desprestigio de gobiernos represivos y corruptos. Combatió el sovietismo por medio de la carrera armamentista y de la ideología espectacular de los derechos de las personas, apoyándose en el descrédito de los regímenes que se habían opuesto a las aspiraciones democráticas. Atacó el acuerdo social de la posguerra a través de una ofensiva contra el salariado en tanto condición social, apoyándose en políticas de liberalización, en las privatizaciones, en el debilitamiento de la regulación pública, del Estado y del control comunitario.

La creciente oposición que encuentra el G8 permite hacer otra lectura de la fase neoliberal de la globalización6 y analizar más ampliamente lo que allí está en juego. Hasta 1984 el G7 no fue objeto de ninguna protesta. Sin embargo, el impacto social de las medidas de ajuste económico impuestas a los países endeudados del Tercer Mundo –validadas por el G7– sumadas a la fuerte baja en los precios de las materias primas, se tornó rápidamente insoportable. A partir de 1980, algunos estallidos ponen momentáneamente en tela de juicio al FMI e, indirectamente, al G77.

Ya en 1984, varias ONG comienzan a apuntar directamente al G7, ya sea para presionarlo o para oponerse a él. La primera manifestación hostil tuvo lugar en Londres, durante el G7 de 1984, y fue organizada por The Other Economic Summit (La otra cumbre económica), grupo más conocido por su sigla, TOES, que luego se transformaría en la New Economic Foundation8.

En 1989, frente a la instrumentalización del bicentenario de la Revolución Francesa, el grupo llamado Ça suffat comme ci, (“Así, ya basta”, deliberadamente mal escrito en francés), del que participaban el escritor Gilles Perrault y el cantor Renaud, organiza un concierto gigante en la plaza de la Bastilla, en París. Esa “primera Cumbre de Siete de los países más pobres” denuncia la filosofía del G7 y argumenta en su contra.

La movilización contra el G7 de Lyon, en 1996, vuelve a recuperar el aliento de la de 1989. A partir de 1996, cada G7 se enfrenta sistemáticamente a manifestaciones. Luego de la caída del muro de Berlín, en 1989, el Consenso de Washington generaliza las políticas neoliberales a todos los países y a todos los continentes. Los movimientos sociales registrados en los años 1994 y 1995 en Italia, en Francia, en Alemania, en Corea del Sur, e incluso en Estados Unidos, convergerán con las movilizaciones contra el G7.

La cumbre del G7 realizada en 1998 en Birmingham, Inglaterra, pone de manifiesto el crecimiento de la organización Jubileo 2000. En esa ocasión se reclama a la entidad que reúne a los “accionistas mayoritarios de las instituciones financieras internacionales” por la situación de endeudamiento de los países del Tercer Mundo. La movilización por la deuda prosigue en Colonia en 1999, donde el G7 anuncia el comienzo de un proceso de reducción –condicional– de la deuda de los países más pobres. En 2000, el G8 se reúne en Okinawa, Japón. La movilización se centra nuevamente en la anulación de la deuda de los países pobres, pero también en la lucha contra la existencia en esa ciudad de importantes bases militares estadounidenses. El Foro Internacional de Okinawa por la seguridad de los pueblos milita por la cooperación y el desarme.

La reunión del G8 en Génova, en 2001, muestra una afirmación en las características del movimiento opositor: capacidad de realizar contra-peritajes que permiten cuestionar la evidencia del credo neoliberal; simpatía de una opinión pública inquieta por el impacto negativo de la globalización liberal en el plano social, ambiental y democrático. Luego de las movilizaciones de Quebec contra el ALCA registradas pocos meses antes, la protesta de Génova marcó un avance cuantitativo y cualitativo. El fracaso de las autoridades italianas en su tentativa de criminalizar la protesta, llevó al G8 a elegir para su cumbre de 2002 el pequeño poblado de Kananaskis, escondido en medio de las montañas Rocosas canadienses.

Entre Seattle, en 1999, y Porto Alegre, en 2001 y 2002, el movimiento de oposición inició el pasaje de la anti-globalización a la alter-globalización. La convergencia con el movimiento anti-guerra se puso de manifiesto primero en Florencia, en 2002, durante el Foro Social Europeo, y luego en Porto Alegre, en enero de 2003, y en todo el mundo el 15 de febrero de 2003, cuando diez millones de personas manifestaron contra la guerra en Irak.

Contradicción institucional

La toma de conciencia de los daños provocados por la gestión económica, política y militar del mundo marca el nacimiento de una opinión pública mundial. La crítica sobre la naturaleza del G8 en tanto que institución mundial se afirma: un pequeño grupo de jefes de Estado que representan a los privilegiados del mundo no puede arrogarse la facultad monopólica de decidir en nombre de todos. Es cierto que los dirigentes del G8 fueron elegidos democráticamente para dirigir sus respectivos países, pero nadie les dio mandato para gobernar el planeta, por lo tanto, su pretensión de ocupar ese papel es ilegítima. Por otra parte, la desaparición del G8 no implicaría ninguna nueva desregulación: esa instancia no impidió las guerras y los desórdenes, sino que, al contrario, debilitó el sistema de las Naciones Unidas, ciertamente criticable e imperfecto, pero muchísimo más legítimo.

Desde la caída del muro de Berlín se plantea el tema de las instituciones internacionales. En el seno del G8 predominaba una clara preferencia por las instituciones de Bretton Woods, consideradas como eficaces y controlables, en particular la OMC, con su órgano de solución de diferendos. El G8 vería en esta organización el modelo para una reforma de las Naciones Unidas, a la que acusa de burocrática e ineficaz, y a la que ve con gran desconfianza desde la descolonización.

Pero la guerra anglosajona en Irak inauguró un nuevo periodo. Varios elementos lo anunciaban: la persistencia de las crisis financieras, en particular la crisis argentina; la decisión de Estados del Sur –Brasil, Sudáfrica, India– de no anteponer el derecho comercial al derecho a la salud, fundamentalmente respecto de los medicamentos genéricos; y la crisis del pensamiento liberal a partir de la criticada transición ultraliberal en Rusia9.

El sistema internacional se enfrenta al problema de la hegemonía estadounidense. ¿Cómo analizar ese dato? ¿Se trata de una nueva forma imperial de hegemonía a través del desorden, como lo afirma Alain Joxe?10 ¿O hay que pensar, como Immanuel Wallerstein11, que Estados Unidos perdió su hegemonía económica e ideológica y que sólo le queda la hegemonía militar, lo que caracteriza a las potencias en decadencia? Decadencia que, por otra parte, puede durar mucho tiempo y que aumenta todos los riesgos.

En esa coyuntura las Naciones Unidas mostraron su utilidad. Durante la crisis iraquí no fueron un simple recinto de validación como algunos deseaban y otros temían. Sin embargo, la institución se halla en una encrucijada. Sin una reforma de fondo le resultará muy difícil resistir a la hegemonía y esbozar la democracia mundial que podría dar un nuevo sentido a la globalización.

  1. Attac, Le G8 illégitime, Mille et une nuits, París, 2003.
  2. Gérard Duménil y Dominique Lévy, L’histoire et la nature du G8, Cepremap, 2003.
  3. Declaración de Rambouillet del 17-11-1975. Se pueden hallar todas las declaraciones en el sitio oficial de la presidencia francesa: www.g8.fr/evian/english/home.html.
  4. Existen varios análisis de las declaraciones del G8. René Deschutter, Analyse des déclarations de 1975 à 1995, Gresea, Bruselas; Gérard Surdez, a partir de 1996, declaraciones, extractos y análisis en el sitio: france.attac.org
  5. Moisés Naim, “Avatars du Consensus de Washington”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2000.
  6. Ver más elementos sobre los movimientos opositores al G8 en John Hathaway, Jubilee 2000 and the G8, Nason Press, Londres, 2000; Christophe Aguiton, Le monde nous appartient, Plon, 2001; Philippe Le Prestre, Les relations entre le G8 et la société civile, Observatorio de la Ecopolítica Internacional de la Universidad de Quebec, Montreal, Canadá, 2002; y en el sitio del Cedetim: www.cedetim.org/: páginas de análisis y movilización G8.
  7. Serge Cordellier (bajo su dirección), Le nouvel État du monde. Bilan de la décennie 1980-1990, La Découverte, París, 1990.
  8. Mary Kaldor (bajo su dirección), Global civil society 2001, Oxford University Press, 2002.
  9. Joseph Stiglitz, El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, julio de 2002.
  10. Alain Joxe, L’Empire du Chaos, La Découverte, París, 2002.
  11. Immanuel Wallerstein, Foreign Policy, Washington, noviembre de 2002.
Autor/es Gustave Massiah
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 47 - Mayo 2003
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Estados Unidos