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La Unión Europea, enferma de atlantismo

Tanto la extensión de la Unión Europea –con la incorporación de diez nuevos miembros– como el gesto franco-alemán de toma de distancia respecto de la política guerrerista de EE.UU. con la invasión a Irak y su transformación en virtual protectorado, carecen de futuro en tanto los gobiernos de estos países continúen aplicando lineamientos económicos neoliberales, atendiendo la voluntad universal de Washington.

Cuando el 16 de abril pasado se encontraron en Atenas los representantes de los diez nuevos países miembros1 de la Unión Europea (UE) y los de los quince países actuales para firmar el tratado de adhesión, estaban lejos de sentirse embargados por la emoción de ese instante de reencuentro histórico y geográfico. Aunque Estados Unidos no estaba presente, su sombra, que llegaba desde Washington y Bagdad, hacía algo surrealistas las obligadas proclamaciones de unidad de los jefes de Estado y de gobierno, que pretendían sostener los esfuerzos de las Naciones Unidas “para garantizar la legitimidad internacional y la responsabilidad mundial”. Esta “legitimidad internacional” ¿no se volvió acaso una burla en Irak, de manera brutal, por las acciones de algunos participantes, con Anthony Blair y José María Aznar a la cabeza, apoyados por la mayoría de los demás reunidos para la “foto de familia” ante la Acrópolis?

Ya en diciembre de 2002 en Copenhague, en ocasión de la aprobación del tratado por el Consejo Europeo, todos habían comprendido que, paradójicamente, esta Europa de 25 sería, menos que antes, portadora de una voluntad europea autónoma2. La agresión anglo-estadounidense arrojó una formidable luz sobre este avasallamiento –deseado o aceptado con resignación según los casos– que estaba solamente implícito en los discursos oficiales. Por eso el efecto psicológico del anuncio de la ampliación hacia los países de Europa Central y Oriental fue nulo, ya que los ciudadanos eran conscientes de que las cosas importantes estaban pasando en otro lado. Antes de tratar de solucionar sus problemas internos, que son muchos, la UE se ve confrontada a una cuestión existencial que nunca fue planteada con seriedad después de De Gaulle: la del “vínculo transatlántico”.

Para que exista un “vínculo” es necesario que exista en cada extremo una entidad decidida a valorizarlo y a no considerarlo como una simple correa de transmisión desde la costa oeste del Atlántico a la costa este. En realidad, sólo hay atlantistas en ésta última. Porque la gran mayoría de las elites políticas, intelectuales y mediáticas, y no solamente en Francia, están a tal punto ganadas desde hace décadas por el “partido estadounidense” (la expresión es de Régis Debray) que se niegan a mirar la realidad de frente: la altanería imperial sólo tiene un centro, Estados Unidos, y no deja lugar a ninguna co-decisión con cualquier otro elemento de la periferia “global”, ni siquiera Europa o Rusia. Y esto no sólo desde George W. Bush, porque James Carter y William Clinton eran también, en su tiempo, unilateralistas cada vez que lo necesitaban3.

Sabemos bien que los impulsos del corazón son ciegos, lo que es una suerte para los atlantistas. Porque si sólo se tomaran el trabajo de leer la prensa y las publicaciones oficiales estadounidenses se hundirían en el más profundo despecho amoroso: en Washington se tiene tanta consideración por la España de José María Aznar y la Italia de Silvio Berlusconi como por el Reino de Tonga y las Islas Salomón, todos miembros, en un mismo pie de igualdad, de la famosa “coalición”. Sólo incomodidad genera la foto tomada en marzo de 2003, durante la cumbre de Aznar, Blair y Bush en las Azores, en la cual el presidente de Estados Unidos, con la ventaja de su estatura, golpeteaba negligentemente el hombro del presidente del gobierno español, como podría haberlo hecho con su mascota…

En cuanto al Reino Unido, cuyos dirigentes han invocado tradicionalmente su “relación especial” con Estados Unidos, Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional del presidente Carter (1977-1981) y siempre influyente en los círculos del poder, les dijo hace tiempo unas cuantas verdades, como que esta relación no existía más que en su imaginación: “Los vínculos de amistad sólo pueden mantenerse por el apoyo de Estados Unidos, ya que se trata de un aliado leal, de una base militar vital y de un cercano colaborador para las cuestiones de inteligencia. Pero nada en su política exige una atención sostenida. Actor geoestratégico retirado, Gran Bretaña descansa sobre sus ilustres laureles, a una distancia respetable de la gran aventura europea que llevan a cabo Francia y Alemania”4. Y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no decía nada diferente cuando se declaraba listo a invadir Irak sin utilizar la despreciable cantidad de fuerzas que para él constituía el cuerpo expedicionario británico. Se dice que éste último se habría sentido profundamente afectado por ese duro baño de realidad…

Más bases militares

Para comprobar la permanencia de la política de Washington respecto a Europa durante las dos últimas décadas –aun cuando entre los “halcones” haya adquirido un tono casi rayano en la histeria– bastarán algunas lecturas rápidas. En primer lugar el documento de 1992 del Pentágono, Defense Policy Guidance 1992-1994, donde se dice sin ambages que Estados Unidos desalentará a “los países industrializados avanzados en cualquier intento de desafiar nuestro liderazgo”, y no tolerará “la emergencia futura de cualquier competidor global”5, fórmulas que se parecen mucho a un identikit de la UE. En segundo lugar, el texto titulado National Security Strategy, hecho público por la Casa Blanca en septiembre de 2002. Es en este texto fundador donde por primera vez se legitima la guerra preventiva. Lo que se ha observado menos es que ni una sola vez hay alguna referencia a la UE en cuanto tal, y tampoco a cualquiera de sus Estados miembros. En cambio Rusia, China e India tienen largos desarrollos; y países considerados amigos, como Australia, Corea del Sur, México, Brasil, Canadá, Chile y Colombia, son objeto de menciones breves pero elogiosas. Los “aliados europeos”, sin otra precisión, son mencionados dos o tres veces, pero la palabra “Europa” se utiliza una sola vez, y de manera significativa: “Estados Unidos necesitará bases y acantonamientos en Europa occidental, en el nordeste de Asia y aún más allá”.

François Mauriac amaba de tal manera a Alemania que se felicitaba de que, en su época, hubiese dos: la RFA y la RDA. Rumsfeld también identifica dos Europas: la que desprecia, la “vieja”, insuficientemente dócil a las imposiciones de Washington; y la que ama, la “joven”, en otros tiempos satélite de Moscú, que tiene efectivamente “a Estados Unidos bien presente en su mente”. Bush, en su respuesta a una pregunta del ministro turco de relaciones exteriores va todavía más lejos: “¿Existe todavía una Unión Europea? ¡Porque yo la rompí en tres!”6.

Se podría pensar que, ante tales atenciones, un arranque de realpolitik obligaría a los dirigentes europeos a renunciar a seguir corriendo tras un “socio” que se les escapa traduciendo alianza por vasallaje y a hacerse cargo de sí mismos. Pero no es eso lo que ha ocurrido. En Francia, el barón Ernest-Antoine Seillère, volvió a encontrar instintivamente la inspiración colaboracionista de sus antecesores de hace sesenta años, exhortando a sus amigos estadounidenses a enviar telegramas de protesta a las embajadas de su país y, sobre todo, a no consumir productos franceses. Entre los políticos, el coro de lloronas atlantistas –desde Pierre Lellouche a Alain Madelin, pasando por Bernard Kouchner– ha retomado aliento, por el hecho de que después de la victoria militar anglo-estadounidense en Irak, Francia y Alemania volverían a encontrarse en el campo de los “perdedores”.

Como si la Historia se detuviera con la toma de Bagdad. Como si la violación manifiesta y reivindicada de la legalidad internacional por un gran país dotado de instituciones democráticas no fuera un precio exorbitante a pagar por la caída de una dictadura maldecida (objetivo que, digámoslo al pasar, no figuraba en la Resolución 1441, base invocada para la agresión). Como si, finalmente, un totalitarismo pudiera ser garantizado por la derrota de otro. Porque, como escribe William Pfaff en International Herald Tribune, “los neoconservadores son fanáticos. Piensan que es lícito matar gente por ideas no comprobadas. La moral tradicional dice que la guerra se justifica en caso de legítima defensa. La moral totalitaria justifica la guerra para hacer mejores a las sociedades y a las personas”7.

Evaluación errónea

En el nivel europeo, el haber hecho pedazos la legalidad internacional debería sentirse como algo atentatorio contra los valores fundamentales de la Unión, una entidad de derecho por excelencia donde, por ejemplo, intereses nacionales divergentes aceptan plegarse a procedimientos de decisión como el de la mayoría calificada, o a decisiones sin apelación de la Corte de Justicia de Luxemburgo. Este asalto frontal no parece haber conmovido a gobiernos que sólo aspiran a “recoger los pedazos” junto con el señor feudal estadounidense, solicitando humildemente su clemencia.

Esta actitud cobarde indica una muy mala evaluación de la relación de fuerzas. En un cierto plazo, Europa tendrá menos necesidad de Estados Unidos que a la inversa, lo que no dejan de hacer notar numerosos comentaristas estadounidenses. Estados Unidos tiene una situación económica y financiera preocupante, que podría amenazar la reelección de Bush8; los costos de “reconstrucción” de Irak son tan astronómicos que requerirán el concurso financiero masivo de la UE y de las instituciones multilaterales donde, sumando todos sus miembros, la UE dispone potencialmente de un derecho de veto; y habrá dificultades políticas inevitables, tal vez trastornos en Irak y en los países vecinos, etc. Los gobiernos de la UE, en lugar de hacer genuflexiones para obtener algunas migajas del presupuesto de la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), deberían limitarse a aportar una ayuda humanitaria al desgraciado pueblo iraquí, sin por eso caucionar la agresión. Y esperar. ¿Esperar qué? Que Estados Unidos, cuando se encuentre en el callejón sin salida política de una ocupación cuyos costos no podrán ser cubiertos con el petróleo iraquí, sobre el cual la IV Convención de Ginebra le impide meter mano, pidan ellos mismos que la ONU vuelva al juego por la puerta grande, y no sólo como camillero. Como dice Philippe Seguin, “los demandantes de hoy no son forzosamente los de mañana”9.

Esperar, pero también actuar en un ámbito donde la Unión “sabe hacer”: el del derecho. Por ejemplo, solicitando a la Corte de Justicia Internacional de La Haya que se califique la calaverada anglo-estadounidense: ¿es una guerra “justa” o no? Y también el proconsulado del Pentágono en Irak. Este punto tiene la mayor importancia para un posible posterior desbloqueo de fondos comunitarios que, en cualquier caso, no deberían ser utilizados para reparar los daños de los bombardeos, ya que son los destructores anglo-estadounidenses quienes deben ser los únicos pagadores. También recordando sin cesar, en primer lugar a Blair, las obligaciones de las potencias ocupantes, tal como están definidas en la IV Convención de La Haya de 1907 y en la IV Convención de Ginebra. Y no olvidando que, contrariamente a Estados Unidos, el Reino Unido y España han aceptado la competencia de la Corte Penal Internacional, por lo cual podría hacérselos comparecer ante ella…

Y en un nivel más global, exigiendo a Estados Unidos el pago, en la forma de derechos de aduana reforzados, de los 4.000 millones de dólares de compensaciones a las cuales ha sido condenado por el órgano de resolución de diferendos de la Organización Mundial de Comercio (OMC), por la utilización de paraísos fiscales para sus multinacionales. También explorando la idea, que siembra el pánico en Washington, de pagar el petróleo a los productores en euros y no en dólares, lo que tendría el efecto inmediato de socavar la condición de moneda de reserva del billete verde, fundamento de la capacidad de Estados Unidos para vivir a expensas del planeta. Ideas no faltan para volver a equilibrar las relaciones entre Europa y Estados Unidos e introducir algo de sensatez en la cabeza de los “halcones”. Lo que falta es la voluntad política de los responsables, con lo que se corre el riesgo de reducir la Unión a una cáscara vacía de todo significado en términos de comunidad de destino, con sus intereses propios, y de disuadir definitivamente a la mayoría de los ciudadanos de interesarse en ello.

Oposición inconsecuente

Esta actitud “apaciguadora” es totalmente contradictoria con el nacimiento de un verdadero espacio público europeo constituido en oposición a las políticas de Washington: la Europa europea está en gestación en el terreno, pero no en la mayoría de los dirigentes. Las masacres de civiles y los asesinatos de periodistas en Irak; la arrogante exhibición del poder; el derroche indecente de recursos que se niegan para la lucha contra el sida o la malaria (un mes de guerra en Irak cuesta más que el monto anual mundial de la ayuda al desarrollo); la indiferencia de los marines ante el saqueo del Museo de Bagdad (mientras los pozos de petróleo y el Ministerio del área, en cambio, estaban “protegidos”); los juegos de cartas con retratos de los dirigentes del régimen iraquí, como si la guerra fuera una partida de rummy o de póker; la invocación obsesiva de Dios por dirigentes en apariencia tan iluminados como cualquier talibán; los testimonios de la exitosa película de Michael Moore, Bowling for Columbine, y de su última obra10 en contra de los Estados Unidos de Bush, Cheney y Rumsfeld; sin hablar del calvario de los palestinos. Son todos hechos e imágenes que, entre muchos otros, lastiman profundamente las conciencias y exigen la afirmación de valores europeos diferentes.

Como el almanaque hace bien las cosas, la lógica indicaría que se podrían aportar respuestas a estos cuestionamientos mediante el proyecto de tratado constitucional de la Convención para el futuro de Europa, que su presidente, Valéry Giscard d’Estaing, no ha renunciado a presentar hacia fines de junio. Ya se sabe que la idea de una política exterior y de defensa común, decidida por mayoría calificada (lo que garantiza desde ahora, entre los Veinticinco, la sujeción a Washington) se ha desintegrado entre los escombros de Bagdad. También se sabe, según los 16 primeros artículos hechos públicos en febrero último, que el tratado ratificaría la actual primacía de lo económico y de lo monetario por sobre lo social en la construcción comunitaria, aunque más no sea por la ausencia de cualquier referencia positiva a los servicios públicos.

En realidad, los gobiernos alemán, belga y francés, que han estado a la cabeza del rechazo a la guerra, están atrapados en una terrible contradicción: ¿para qué recusar la hegemonía geoestratégica de Washington si, al mismo tiempo, las políticas que llevan a cabo en sus países y las que se aprestan a institucionalizar a nivel europeo no son más que copias casi idénticas del “modelo” ultraliberal anglosajón? Tanto las diferentes contrarreformas del gobierno de Jean Pierre Raffarin (en jubilaciones, educación, derecho del trabajo, impuestos, protección social, etc.) como la erosión del “Estado social” planeado por Gerhard Schröder (y vivamente cuestionado por la base del Partido Social Demócrata alemán), son otros tantos éxitos para Aznar, Berlusconi y Blair, que son perfectamente coherentes en su atlantismo liberal. No habrá entonces que sorprenderse si una buena parte de las fuerzas que se han puesto en movimiento en Europa contra la agresión anglo-estadounidense no terminan dañando a los “disidentes”, ciertamente meritorios, pero inconsecuentes, como son el canciller alemán y Jacques Chirac.

  1. A partir del 1º de mayo de 2004, cuando hayan ratificado el Tratado de la UE, pasarán a ser miembros: Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, República Checa, Eslovaquia y Eslovenia.
  2. “Europa cada vez menos europea”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, enero de 2003.
  3. John Vinocur, “European detractors fault Bush, but where are the counterexamples?”, International Herald Tribune, París, 9-4-03.
  4. Zbigniew Brzezinski, Le Grand Echiquier, Hachette, París, 1997.
  5. Defense Policy Guidance 1992-1994, citado en Philip Golub, “Ideología y política en la administración Bush”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, marzo 2003.
  6. “Y a-t-il encore une Union Européenne?”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2003.
  7. William Pfaff, “Which country is next on the list?”, International Herald Tribune, París, 10-4-03.
  8. Frédéric F. Clairmont, “Una deuda que amenaza al imperio”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, abril de 2003. También en Politis, París, 10-4-03, el comentario del informe “Final de Imperio”, de un instituto de investigación británico, Independent Strategy, que descalifica el mito de la superpotencia económica estadounidense.
  9. “Logique jusqu’au bout”, Le Monde, París, 12-4-03.
  10. Michael Moore, Stupide white men… and other sorry excuses for the State of the Nation, Regan Books, Nueva York, 2002.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 47 - Mayo 2003
Páginas:30,31
Traducción Lucía Vera
Temas Unión Europea