Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Un cuento para recibir el Nobel

El 7 de diciembre de 2003, al recibir el Premio Nobel de Literatura, John Maxwell Coetzee no pronunció el discurso de costumbre, sino que leyó esta ficción enigmática y sutil. Bien podría leerse como acercamiento a la narración: hay pocas narraciones en el mundo, que se reiteran bajo múltiples formas; sobre todo como reflexión sobre la tarea de escribir y la soledad de la existencia. Una metáfora de la escritura.

Pero volviendo a mi nuevo compañero. Estaba encantado con él, y me propuse enseñarle todo lo que correspondía para que fuera útil, diestro y servicial; pero sobre todo para hacer que hablara y me entendiera cuando yo hablaba; y fue el estudiante más apto que haya existido.

 

Daniel Defoe, Robinson Crusoe.

 

Boston, sobre la costa de Lincolnshire, es una bella ciudad, escribe su hombre. Allí se encuentra el campanario de iglesia más alto de toda Inglaterra; los pilotos marítimos lo usan como guía para navegar. Alrededor de Boston está la región de los pantanos. Abundan los avetoros, aves ominosas cuyo grito pesado y plañidero puede oírse hasta casi dos kilómetros de distancia, como un escopetazo.

Los pantanos albergan muchas otras especies de aves para capturar, escribe su hombre, patos y ánades, cercetas y patos marruecos, que los hombres de los pantanos crían como patos domésticos, a los que llaman patos señuelo.

Los pantanos son extensiones de tierras húmedas. Hay extensiones de tierras húmedas en toda Europa, en todo el mundo, pero en ningún lugar los llaman fens, fen es una palabra inglesa, no va a emigrar.

Estos patos señuelo de Lincolnshire, escribe su hombre, son criados en lagunas señuelo y siguen siendo mansos porque les dan de comer con la mano. Luego, cuando llega la temporada, los mandan al exterior, a Holanda y Alemania. En Holanda y Alemania se encuentran con otros de su especie y, al ver la desdichada vida que llevan estos patos holandeses y alemanes, cómo se congelan sus ríos en invierno y sus tierras se cubren de nieve, no dejan de hacerles saber, en una forma de lenguaje que les hacen entender, que en Inglaterra, de donde ellos vienen, la situación es muy diferente: los patos ingleses tienen costas marítimas llenas de alimentos nutritivos, olas que se trepan libremente a las caletas; tienen lagos, manantiales, lagunas abiertas y lagunas protegidas; también tierras llenas de granos que dejan atrás los segadores; y nada de escarcha o nieve, o muy livianas.

Por medio de estas representaciones, escribe, todas expresadas en lenguaje de patos, ellos, los patos señuelo, reúnen grandes cantidades de estas aves mansas y las secuestran, por decirlo de alguna manera. Guían a los patos a través de los mares desde Holanda y Alemania y los instalan en sus lagunas señuelo en los pantanos de Lincolnshire, les hablan y cotorrean todo el tiempo en su propio idioma, diciéndoles que ésas son las lagunas de las cuales les habían hablado, donde vivirán a salvo y seguros.

Y mientras están ocupados de esta manera, los hombres señuelo, amos de los patos señuelo, se deslizan hacia los cobertizos o refugios que han construido con cañas sobre los pantanos y sin ser vistos arrojan puñados de granos sobre el agua; y los patos señuelo los siguen, arrastrando a sus huéspedes extranjeros. Y de ese modo, durante dos o tres días, conducen a sus huéspedes por torrentes cada vez más estrechos, llamándolos todo el tiempo para ver lo bien que vivimos en Inglaterra, hacia un lugar donde se han tendido redes.

Entonces, los hombres señuelo envían a su perro señuelo, que ha sido perfectamente entrenado para nadar detrás de las aves, ladrando mientras nada. Alarmados en extremo por esta terrible criatura, los patos levantan vuelo, pero se ven obligados a bajar al agua nuevamente debido a los arcos de redes, y así deben nadar o perecer bajo la red. Pero la red va angostándose cada vez más, como una bolsa, y al final se encuentran los hombres señuelo, que sacan uno por uno a sus cautivos. Los patos señuelo son acariciados y tenidos en cuenta, pero en lo que a sus huéspedes respecta, son aporreados ahí mismo y desplumados y vendidos de a cientos y a miles.

Toda esta información de Lincolnshire escribe su hombre con mano rápida y decidida, usando plumas que cada día afila con su pequeña cuchilla antes de iniciar un nuevo encuentro con la página.

En Halifax, escribe su hombre, existió, hasta que fue eliminado, durante el reinado del rey Jacobo I, un artefacto de ejecución que trabajaba de la siguiente manera. El condenado era colocado con su cabeza sobre la tabla o cubeta del cadalso; luego el verdugo sacaba un pasador que sostenía la pesada hoja. La hoja bajaba deslizándose por un marco alto como una puerta de iglesia y decapitaba al hombre con la limpieza de un cuchillo de carnicero.

De todos modos, era costumbre en Halifax que si mientras se quitaba el pasador y la hoja caía, el condenado podía incorporarse, bajar corriendo por la pendiente y atravesar el río a nado sin que el verdugo lo capturase, lo dejaban libre. No obstante, en todos los años que estuvo el artefacto en Halifax esto nunca sucedió.

Él (no su hombre ahora, sino él) está sentado en su habitación sobre la orilla del agua en Bristol leyendo esto. Ya está entrado en años, casi podría decirse que a esta altura es un anciano. La piel de su cara, que había sido casi ennegrecida por el sol tropical antes de que fabricara un parasol con hojas de palmera o palmito para protegerse a la sombra, ahora es más pálida, pero de todos modos correosa como pergamino; en la nariz tiene una inflamación del sol que nunca termina de sanar.

El parasol lo conserva todavía consigo en su habitación, apoyado en un rincón, pero el loro que regresó con él murió. "¡Pobre Robin!", chillaba el loro trepado sobre su hombro, "¡Pobre Robin Crusoe! ¿Quién salvará al pobre Robin?". Su mujer no podía soportar el lamento del loro. "Pobre Robin" un día sí, un día no. "Le torceré el cuello", decía ella, pero no tenía coraje para hacerlo.

Cuando él regresó a Inglaterra desde su isla con su loro y su parasol y su baúl lleno de tesoros, vivió durante un tiempo bastante tranquilo con su vieja esposa en la propiedad que compró en Huntingdon, pues se había convertido en un hombre rico, y más opulento todavía después de la publicación del libro de sus aventuras. Pero los años en la isla, y luego los años en que viajó con su servidor Viernes (pobre Viernes, lamenta para sí, ya que el loro nunca decía el nombre de Viernes, sólo el suyo), habían hecho aburrida para él la vida de un caballero sedentario. Y, para hablar con franqueza, la vida de casado también fue una penosa decepción. Terminó retirándose más y más a los establos, a sus caballos, que afortunadamente no hablaban, sino que relinchaban suavemente cuando él llegaba para mostrar que sabían quién era y después guardaban silencio.

Le parecía, al regresar de su isla, donde hasta la llegada de Viernes había vivido una vida silenciosa, que en el mundo se hablaba demasiado. En la cama, junto a su esposa, sentía como si estuvieran arrojándole una lluvia de piedras sobre la cabeza, en un interminable susurro y parloteo, cuando lo único que él quería era dormir.

De modo que cuando su vieja esposa entregó el alma, cumplió el luto, pero no se sintió triste. La sepultó y pasado un tiempo conveniente tomó su habitación en The Jolly Tar sobre la costa de Bristol, dejando el manejo de la propiedad de Huntingdon a su hijo, y se trajo consigo sólo el parasol de la isla que lo había hecho famoso, el loro muerto fijo en su percha y algunos artículos necesarios, y desde entonces ha vivido allí solo, deambulando de día entre los muelles y embarcaderos, mirando hacia el oeste sobre el mar, pues su vista todavía es buena, fumando su pipa. En lo que a sus comidas respecta, se las hace llevar a su habitación, pues no encuentra alegría alguna en la actividad social después de haberse acostumbrado a la soledad en la isla.

No lee, perdió el gusto de la lectura; pero la escritura de sus aventuras lo embarcó en el hábito de escribir, es una distracción bastante agradable. Por la noche, a la luz de la vela, saca sus papeles y afila sus plumas y escribe una página o dos de su hombre, el hombre que envía el informe de los patos señuelo de Lincolnshire, y del gran artefacto de la muerte en Halifax, del que uno puede escapar, antes de que baje la horrible hoja, incorporarse de un salto y correr colina abajo, y de muchas otras cosas. De cada lugar al que va, su ocupado hombre envía un informe; ésa es su principal actividad.

Paseando junto a la muralla del puente, reflexionando sobre el artefacto de Halifax, él, Robin, a quien el loro solía llamar pobre Robin, arroja una piedra y escucha. Al segundo, menos de un segundo, golpea el agua. La gracia de Dios es veloz, pero ¿no podría ser más veloz la gran hoja de acero templado, que es más pesada que una piedra y está engrasada con sebo? ¿Cómo podremos alguna vez escapar? ¿Y a qué especie de hombre puede pertenecer ése que corre de acá para allá por el reino, de un espectáculo de muerte a otro (garrotazos, decapitaciones), enviando un informe tras otro?

Un hombre de negocios, piensa para sí mismo. Supongamos que sea un hombre de negocios, un comerciante en granos o un comerciante en cueros, digamos; o un fabricante y proveedor de tejas para techos en algún lugar donde abunde la arcilla, en Wapping, digamos, que debe viajar mucho en beneficio de su actividad. Que sea próspero, que tenga una mujer que lo ame y no hable demasiado y que le dé hijos, hijas sobre todo; démosle una felicidad razonable; luego pongamos fin de pronto a su felicidad. Un invierno, el Támesis crece, los hornos donde se hornean las tejas se inundan, o los depósitos de granos, o los trabajos en cuero; está arruinado, este hombre suyo, los deudores se abalanzan sobre él como moscas o como cuervos, tiene que abandonar su casa, su esposa, sus hijos, y tratar de ocultarse en la más desgraciada de las cabañas de Beggars Lane bajo un nombre falso y disfrazado. Y todo eso -la subida del agua, la ruina, la huida, la indigencia, los harapos, la soledad-, que todo eso sea una representación del naufragio y la isla donde él, pobre Robin, estuvo apartado del mundo durante veintiséis años, hasta volverse loco casi (y de hecho, ¿quién dice que no lo está, en alguna medida?).

O bien supongamos que el hombre sea un talabartero con una casa y un negocio y un depósito en Whitechapel y un lunar en el mentón y una esposa que lo ama y no habla y le da hijos, hijas sobre todo, y le prodiga felicidad, hasta que la peste se abate sobre la ciudad, corre el año 1665, todavía no tuvo lugar el gran incendio de Londres. La peste se abate sobre Londres: diariamente, una parroquia tras otra, el número de muertos crece, ricos y pobres, ya que la peste no hace distinciones entre clases sociales, toda la riqueza mundana de este talabartero no lo salvará. Envía a su mujer y a sus hijas al campo y hace planes para huir también él, pero no huye. "No te asustará el terror de noche -lee, abriendo la Biblia al azar-, ni la flecha que vuela de día; ni la pestilencia que avanza en la oscuridad; ni la destrucción que asola al mediodía. Miles caerán a tu lado, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te alcanzará."

Tomando coraje de ese signo, un signo de pasaje seguro, se queda en el atribulado Londres y comienza a escribir informes. Me encontré con una multitud en la calle, escribe, y una mujer en el medio señalando al cielo. "¡Miren -grita-, un ángel vestido de blanco blandiendo una espada encendida!" Y todos en la multitud mueven la cabeza en señal de aprobación: "¡Realmente es así!", dicen, "¡un ángel con una espada!". Pero él, el talabartero, no ve ningún ángel, ninguna espada. Lo único que ve es una nube de forma extraña, más brillante de un lado que del otro por el resplandor del sol.

"¡Es una alegoría!", grita la mujer en la calle; pero él tampoco ve ninguna alegoría de su vida. Eso dice en su informe.

Otro día, caminando a la orilla del río en Wapping, su hombre que antes era talabartero pero que ahora no tiene ninguna ocupación observa que una mujer, desde la puerta de su casa, le grita a un hombre que va remando en una pequeña embarcación: "¡Robert! ¡Robert!", llama; y que el hombre entonces rema hasta la costa, y de la embarcación saca una bolsa que deposita sobre una piedra junto a la orilla, y vuelve a alejarse remando; y que la mujer baja hasta la orilla y recoge la bolsa y la lleva a su casa, con expresión muy apesadumbrada.

Se acerca al hombre, Robert, y le habla. Robert le informa que la mujer es su esposa y que la bolsa contiene las provisiones de la semana para ella y sus hijos, carne y comida y manteca; pero que no se atreve a acercarse más, pues todos ellos, esposa e hijos, tienen la peste; y que eso le parte el corazón. Y todo esto -el hombre Robert y la mujer que se comunican por medio de gritos a través del agua, la bolsa depositada junto a la orilla- representa lo que es, sin duda, pero es también una representación de su soledad, la de Robinson, en su isla, donde en su hora de más oscura desesperación él llamaba por sobre las olas a sus seres amados en Inglaterra para que lo salvaran, y en otros momentos nadaba hasta los restos del naufragio en busca de provisiones.

Otro informe de ese tiempo de infortunio. Incapaz ya de soportar el dolor de las inflamaciones en la ingle y la axila que son signos de la peste, un hombre corre gritando desaforado, completamente desnudo, por la calle Harrow Alley en Whitechapel, donde su hombre el talabartero lo ve saltar y hacer cabriolas y un millar de gestos extraños, su esposa e hijos corren tras él gritando, diciéndole que regrese. Y esos saltos y esas cabriolas son alegóricas de sus propios saltos y cabriolas cuando, después de la calamidad del naufragio y después de haber explorado la playa buscando indicios de sus compañeros del barco y no haber encontrado ninguno, salvo unos zapatos que no eran un par, comprendió que había sido arrojado solo a una isla salvaje, con riesgo de perecer y sin esperanza alguna de salvación.

(Pero, ¿qué otra cosa canta secretamente, se pregunta a sí mismo, este pobre hombre acongojado acerca del cual lee, además de su desolación? ¿Qué es lo que está llamando, a través de las aguas y a través de los años, desde su propio fuego?)

Hace un año, él, Robinson, le pagó dos guineas a un marinero por un loro que el marinero había traído, dijo, de Brasil -un ave no tan magnífica como su criatura bien amada pero no obstante espléndida, con plumas verdes y una cresta roja y también muy conversadora, según decía el marinero. Y efectivamente, el pájaro se sentaba en la percha en su habitación de la posada, con una cadenita en la pata por si trataba de salir volando, y pronunciaba las palabras "¡Pobre Poll! ¡Pobre Poll!" una y otra vez hasta que se vio obligado a taparlo; pero fue imposible enseñarle a decir otra palabra, "¡Pobre Robin!", por ejemplo, tal vez fuera demasiado viejo para eso.

Pobre Poll, mirando por la estrecha ventana sobre las puntas de los mástiles y, más allá de las puntas de los mástiles, sobre el gris Atlántico dilatado: ¿Qué isla es ésta -se pregunta el pobre Poll- en la que caí, tan fría, tan aterradora? ¿Dónde estabas tú, mi Salvador, en mi hora de gran necesidad?

Siendo ya tarde en la noche, un hombre que estaba borracho (otro de los informes de su hombre) se queda dormido en un portal en Cripplegate. Se acerca el carretón de los muertos (todavía estamos en el año de la peste), y los vecinos, pensando que el hombre está muerto, lo colocan sobre el carro de los muertos entre los cadáveres. Lentamente, el carro llega al foso de los muertos en Mounmill y el carretero, con la cara envuelta para evitar los efluvios, lo toma para arrojarlo dentro; y él se despierta y lucha en medio de su aturdimiento. "¿Dónde estoy?", dice. "Estás a punto de ser enterrado entre los muertos", dice el carretero. "¿Pero estoy muerto entonces?", dice el hombre. Y esto también es una representación de él en su isla.

Algunos en Londres siguen adelante con sus actividades, pensando que están sanos y que se van a salvar. Pero, secretamente, tienen la peste en la sangre: cuando la infección llega a su corazón caen muertos en el lugar, así lo informa su hombre, como si los partiera un rayo. Y ésta es una representación de la vida misma, toda la vida. Debida preparación. Tendríamos que realizar una debida preparación para la muerte, o de lo contrario ser derribados donde estamos. Como a él, Robinson, le tocó ver cuando de pronto, en su isla, encontró un día la huella de un hombre en la arena. Era un rastro, y por ende un signo: de un pie, de un hombre. Pero era un signo de mucho más también. "No estás solo", decía el signo; y también: "No importa cuán lejos navegues, no importa dónde te escondas, te encontrarán".

En el año de la peste, escribe su hombre, otros, por terror, abandonaron todo, sus casas, sus esposas e hijos, y huyeron lo más lejos que podían de Londres. Cuando la peste terminó, su huida fue condenada como cobardía por doquier. Pero, escribe su hombre, olvidamos qué clase de coraje requería enfrentar la peste. No era el simple coraje de un soldado, como empuñar un arma y atacar al enemigo: era como atacar a la Muerte misma en su pálido caballo.

Aun en su mejor momento, el loro de su isla, el más amado de los dos, no decía una palabra que no le hubiera enseñado a decir su amo. ¿Cómo entonces era posible que este hombre suyo, que es una especie de loro y no demasiado amado, escribiera tan bien o mejor que su amo? Porque maneja una pluma hábil, este hombre suyo, eso sin duda. "Como atacar a la Muerte misma en su pálido caballo." Su capacidad, aprendida en la oficina contable, consistía en hacer duplicados y cuentas, no en redactar frases. "La Muerte misma en su pálido caballo": son palabras que él no pensaría. Sólo cuando se entrega a este hombre suyo surgen esas palabras.

Y los patos señuelo: ¿Qué sabía él, Robinson, de los patos señuelo? Nada, hasta que este hombre suyo comenzó a enviar informes. 

Los patos señuelo de los pantanos de Lincolnshire, el gran artefacto de ejecución en Halifax: informes de una gran peregrinación que este hombre suyo parece estar haciendo por la isla de Gran Bretaña, que es una representación de la peregrinación que él hizo por su propia isla en el pequeño bote que construyó, la excursión por la cual descubrió que la isla tenía una parte más alejada, pedregosa y oscura e inhóspita, que en lo sucesivo él siempre evitó, aunque si en el futuro llegan colonizadores a la isla tal vez la exploren y se instalen allí; siendo eso también una representación del lado oscuro del alma y la luz.

Cuando las primeras bandas de plagiarios e imitadores se abalanzaron sobre la historia de su isla e impusieron al público sus propias historias fingidas de la vida de náufrago, a él no le parecieron ni más ni menos que una horda de caníbales cayendo sobre su carne, vale decir, su vida; y no tuvo escrúpulos en decirlo. "Cuando me defendí de los caníbales, que trataron de derribarme y asarme y devorarme -escribió- pensé que me defendía de la cosa misma. No podía imaginar -escribió- que esos caníbales no eran sino representaciones de una voracidad más diabólica, que corroería la sustancia misma de la verdad."

Pero ahora, profundizando su reflexión, comienza a hormiguear en su pecho una pizca de sentido de compañerismo por sus imitadores. Pues ahora le parece que en el mundo hay solamente un puñado de historias; y si hay que prohibir a los jóvenes que rapiñen de los viejos, entonces deben quedarse para siempre en silencio.

Así, en la narración de sus aventuras en la isla, cuenta que se despertó aterrado una noche convencido de que el diablo estaba acostado junto a él en su cama bajo la forma de un enorme perro. Entonces, se incorporó y manoteó un machete y golpeó a derecha e izquierda para defenderse mientras el pobre loro que dormía al lado de su cama chillaba alarmado. Sólo muchos días después comprendió que ni un perro ni el diablo habían estado acostados con él, sino que más bien había sufrido una parálisis de algún tipo pasajero y siendo incapaz de mover la pierna, había llegado a la conclusión de que había una criatura acostada sobre él. Hecho cuya moraleja parecería ser que todas las aflicciones, incluida la parálisis, provienen del diablo y son el diablo mismo; que una aparición de la enfermedad puede representarse como una aparición del diablo, o de un perro que representa al diablo, y viceversa, la aparición representada como enfermedad, como en la historia de la peste del talabartero; y por lo tanto, que nadie que escriba la historia de cualesquiera de las dos cosas, el diablo o la peste, debiera ser desdeñado enseguida como falsificador o ladrón.

Cuando hace años resolvió volcar sobre el papel la historia de su isla, descubrió que no le venían las palabras, la pluma no fluía, sus dedos mismos estaban rígidos y se resistían. Pero día a día, paso a paso, dominó la tarea de escribir, hasta que cuando llegó el momento de sus aventuras con Viernes en el norte helado las páginas se desplegaron fácilmente, incluso sin pensar.

 

Desafortunadamente, esa vieja facilidad de composición lo abandonó. Cuando se sienta en su pequeño escritorio frente a la ventana que da al puerto de Bristol, su mano parece tan torpe y la pluma un instrumento tan extraño como nunca antes.

¿Acaso a él, al otro, a ese hombre suyo, le resulta más fácil la tarea de escribir? Las historias que escribe de patos y máquinas de la muerte y Londres bajo la peste fluyen bellamente; pero también con sus historias ocurría eso en otro tiempo. Quizás esté juzgando equivocadamente a ese hombrecillo vivaz de andar rápido y lunar en el mentón. Quizás en este preciso momento esté sentado solo en un cuarto alquilado en algún lugar de este vasto reino sumergiendo la pluma una y otra vez, lleno de dudas y vacilaciones y reflexiones.

¿Cómo imaginarlos, a este hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, hermanos gemelos? ¿Como camaradas de armas? ¿O como enemigos, rivales? ¿Qué nombre le dará él a ese compañero anónimo con el que comparte sus tardes y a veces también sus noches, que está ausente sólo de día, cuando él, Robin, recorre los muelles inspeccionando los últimos arribos y su hombre galopa por el reino haciendo sus inspecciones?

¿Vendrá alguna vez este hombre, en el curso de sus viajes, a Bristol? Ansía conocer al sujeto personalmente, estrechar su mano, dar un paseo con él por el costado del muelle y escucharlo cuando hable de su visita al lado norte de la isla, o de sus aventuras en la tarea de escribir. Pero teme que ese encuentro no se dará, no en esta vida. Si tuviera que decidirse por una similitud para ambos, su hombre y él, escribiría que son como dos barcos que navegan en direcciones contrarias, uno hacia el oeste, el otro hacia el este. O mejor, que son marineros trabajando esforzadamente en los avíos, uno en un barco que navega hacia el oeste, el otro en un barco que navega hacia el este. Sus barcos pasan muy cerca, lo suficiente como para saludarse. Pero el mar está turbulento, el tiempo tormentoso: sus ojos salpicados por el rocío, sus manos quemadas por el cordaje, pasan uno al lado del otro, demasiado atareados como para hacerse señas.

Acerca de la dificultad para comunicarse

Lorent, Laure Elisabeth

Cuando el 7 de diciembre de 2003 John Maxwell Coetzee recibió oficialmente su Premio Nobel de Literatura, no pronunció un discurso, sino que contó una ficción enigmática, titulada He and his man (Él y su hombre), en la cual un hombre desprovisto de nombre y de pasado asiste a acontecimientos curiosos y casi siempre dramáticos. ¿Quién es ese hombre que corre de un extremo a otro de Inglaterra? ¿Por qué “envía informes” a un “él” insólito? ¿Y quién es este último, que vive solo con su loro? Son algunas de las preguntas que se plantea el lector de este relato, ostensiblemente concebido para intrigar, tanto por su estilo arcaico como por su estructura sutil.
Sin embargo, poco a poco los arcanos del texto se iluminan, al menos en parte: “la escritura de sus aventuras lo embarcó en el hábito de escribir, es una distracción bastante agradable. Por la noche, a la luz de la vela, saca sus papeles y afila sus plumas y escribe una página o dos de su hombre, un comerciante arruinado por una terrible inundación…” Y todo eso –la subida del agua, la ruina, la huida, la indigencia, los harapos, la soledad– que todo eso sea una representación del naufragio y la isla donde él, pobre Robin, estuvo apartado del mundo durante veintiséis años, casi hasta volverse loco".
Unos parágrafos más adelante, se trata de un bebedor completamente borracho a quien depositan en una carreta (es el año de la gran peste en Londres) en medio de los cadáveres, y que despierta enloquecido: “¿Pero dónde estoy?, dice. Estás a punto de ser enterrado con los muertos, contesta el carretero. ¿Pero entonces estoy muerto?, dice el hombre”. Eso también es una representación de él sobre su isla.
Aunque al principio haga sonreír, la ficción imaginada por J. M. Coetzee es rica en significaciones trágicas. Toda aventura humana es una alegoría del destino de Robinson abandonado en su isla: todo hombre es “un pobre Robin” que sufre el naufragio, el hambre, la soledad y la proximidad de la muerte. Todo ser experimenta la dificultad de comunicarse y un día u otro se ve llevado a wgritar y gesticular como un insensato, sin que nadie lo escuche: “¿Qué es lo que está llamando, a través de las aguas y a través de los años, desde su propio fuego?”.
Por otra parte, Él y su hombre es una metáfora de la escritura, algo parecido al cuarto libro de Coetzee, Foe, y evoca sobre todo el misterio de la inspiración y la relación entre el escritor (¿o escribiente?) y el narrador, una relación compleja y variable porque el narrador a veces se parece al autor pero también puede ser muy diferente de él. Lo que complica las cosas en Él y su hombre es que este relato de Coetzee encierra otro, de Robinson, sin olvidar el de Daniel Defoe, logrando un efecto de caja china de los más sutiles.
Si todo ser es una isla perdida en la infinitud del océano, tal vez escribir ficciones sea una de las mejores maneras de comunicarse, una botella al mar que puede chocar con la incomprensión, pero también puede suscitar interés, empatía incluso, porque dada su complejidad misma, su índole al mismo tiempo oblicua y personalizada, la ficción evita la simplificación abusiva y mentirosa de muchos intercambios…


Autor/es John Maxwell Coetzee
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 61 - Julio 2004
Páginas:35,36,37
Traducción Cristina Sardoy
Temas Historia, Relaciones internacionales
Países Estados Unidos