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Educación, presente y futuro

La naturaleza y la enseñanza son cosas parecidas (son “parientes”), pues la enseñanza modifica (“configura según nuevas medidas”) al hombre; y al modificarlo hace (“crea”) naturaleza.
Demócrito, siglo V A.C. (Fragmento 33 DK)

Las sociedades subdesarrolladas –y la argentina lo es actualmente– afrontan sus propias catástrofes como los animales un terremoto o un incendio en los bosques. Humanas al fin y al cabo, se muestran voluntariosas y hasta heroicas cuando la casa se quema, pero puesto que son incapaces de establecer relaciones de causa y efecto, no pueden considerar la posibilidad de que el bombero y el pirómano resulten la misma persona. No conocen su pasado y por lo tanto no pueden planificar su futuro; atribuyen sus desgracias al Demonio o a las distracciones de Dios, razón por la que ruegan la intercesión de San Cayetano para conseguir empleo. Puesto que remiten sus problemas económicos y sociales a fuerzas sobrenaturales y no están educadas (una cosa lleva a la otra), su futuro no existe o está cada vez más lejos. No son modernas, puesto que aún no han asistido al cruce entre ciencia y herejía1.

La sociedad argentina no siempre fue así. Hay muchos ángulos posibles para criticar a los liberales positivistas de la “generación del ’80”, pero basta releer los debates de la época o simplemente asomarse a cualquiera de los colegios que construyeron para comprobar que pensaban ancho, largo y profundo: cien años después, esos edificios no sólo se tienen en pie mucho mejor que los modernos, sino que son capaces de satisfacer la demanda de una población diez veces mayor. El mismo general Roca que cazaba indígenas a tiro de Remington no vaciló en expulsar del país al Nuncio Apostólico y romper relaciones durante años con el Vaticano porque éste se oponía a la educación pública. Poco importa ahora discutir si la de Facundo era una sombra terrible como pretendía Sarmiento; pero es preciso reconocer en el perfil oscuro, esencial, que ha adquirido la política argentina la materialización de los temores del sanjuanino; del mismo modo que en los resabios culturales de una sociedad que supo ser una de las más educadas del mundo, el rescoldo de lumbre sarmientina capaz de avivar el futuro. Es la educación la que mejorará la política, y no al revés. Es la educación la que sintetizará el pasado en un proyecto de futuro.

Hacia la formación permanente

Un gran país edifica su futuro a partir del presente. Desde hace dos años una mayoría de ciudadanos ha tomado conciencia de la magnitud de las pérdidas sufridas. La movilización social y la opinión pública instalaron este clima de “no va más” al que parece responder el gobierno de Néstor Kirchner. No obstante es preciso, desde ahora mismo, advertir sobre la autosatisfacción, sobre ese facilismo subdesarrollado que consiste en delegar “en el gobierno” las responsabilidades presentes y, sobre todo, la planificación del futuro. Este gobierno, cualquier gobierno, volvería a las andadas demagógicas, a la chapuza sobre chapuza, al pasteleo político, si la sociedad bajase los brazos. El presidente Kirchner dio una muestra de tener en cuenta la combativa disposición social cuando apareció en televisión para anunciar a los ciudadanos que “pediría al Congreso” la destitución de los jueces corruptos de la Corte Suprema; una manera de poner ante la sociedad a los mismos congresistas que llevan años pasteleando entre ellos, la Corte y el Ejecutivo de turno.

El país se ha retrasado tanto en el último cuarto de siglo que resistir el nuevo ajuste que tratan de imponerle el FMI y los demás organismos internacionales, y de un modo más general acabar con el neoliberalismo y la corrupción ambientes, aparece como un objetivo importante. Y lo es, pero sólo si se entiende esa resistencia exitosa como un primer momento, el acto inaugural de un cambio de rumbo cuya primera etapa no será el progreso, sino simplemente la recuperación de una jerarquía perdida.

No se desperdicia en vano más de un cuarto de siglo, sobre todo en materia de desarrollo educativo y científico. Uno puede situar el principio de la decadencia educativa argentina en “la noche de los bastones largos”2 o, más atrás, en la imposición de La razón de mi vida en los colegios primarios3. Pero cualquiera sea el punto, siempre se encontrará un nocivo efecto de la política sobre la educación, o dicho de otro modo, el momento en que la política con minúsculas –la de un dictador, un caudillo, un partido– decide que la educación va contra sus designios y la aplasta, deforma o intenta ponerla a su servicio. O quizá peor, porque resulta más difícil de identificar, el momento en que un gobierno subestima la educación, la coloca en segundo o tercer plano de las prioridades nacionales, lo que viene siendo el caso de todos los gobiernos en los últimos 37 años.

Se trata, en definitiva, de la oposición o la inexistencia de lazos entre política y educación, de la imposibilidad de instalar una instrucción cívica general, esa “preparación que nos permite convivir políticamente con los otros en la ciudad democrática, tomando parte en la gestión paritaria de los asuntos públicos, y distinguir lo que es justo de lo que es injusto”4.

Pero el problema va más allá de esta amalgama esencial entre educación y política, porque mientras Argentina retrocedía, el mundo avanzaba. En la era informática post-industrial, en la que muy pocos países han ingresado, la educación y la formación son las claves de la prosperidad. Siempre lo han sido, pero ahora debe entenderse que lo son en primerísimo lugar. En la competencia mundial ya no se comparan solamente los productos brutos, sino también la distribución del ingreso, los sistemas de salud y fiscales, la legislación a favor del medio ambiente… y la educación y el desarrollo de las ciencias, la llave que abre las puertas a todo lo demás. Es por eso que una de las principales preocupaciones de la gente que aún piensa en Estados Unidos es que a pesar de su liderazgo tecnológico y su enorme capacidad productiva, ese país acusa serias deficiencias en el nivel educativo de jóvenes y adultos. Son los países escandinavos, los bálticos ex comunistas, Cuba y algunos del sudeste asiático los que mejores resultados obtienen de sus sistemas educativos5.

Y no es sólo un problema de competencia, sino de ser o no un pueblo feliz, en el sentido de satisfecho de la manera en que se vive y se avizora el porvenir. En la actual negociación de Argentina con el FMI aparecerá como un logro mantener el gasto en educación. Pero una mirada a las cifras publicadas en el cuadro, comparadas con el gasto por habitante de Estados Unidos –1.368 dólares en 19956– bastará para comprender que eso no sacará al país del subdesarrollo. En Francia, los gastos en educación en 2001 fueron de 1.600 euros por habitante.

Es que ya no se trata de promover una “sociedad alfabetizada”, sino la educación permanente para todos, jóvenes y adultos. El concepto de que la educación de un ser humano está acabada al concluir la adolescencia es perfectamente obsoleto. Hoy resulta necesario un sistema de formación escolar y post-escolar del niño, el adolescente y el adulto, para que la sociedad en su conjunto y cada uno de sus individuos sean capaces de adaptarse a la vertiginosidad de los cambios. Pensar en esto: el hombre necesitó miles de años para aprender a volar; pero desde el salto de unos pocos metros de los hermanos Wright al desembarco en la luna transcurrió poco más de medio siglo… y en 1969 aún no se habían abierto del todo las puertas de la informática, la robótica y la genética.

El presidente Kirchner ha dicho, con razón, que Argentina sólo podrá pagar su deuda si su economía crece. Pero los estudios econométricos demuestran que el crecimiento del PBI no se debe solamente a la combinación de los factores tradicionales (naturaleza, trabajo y capital), sino al mejoramiento de calidad de esos factores. La educación contribuye directamente al crecimiento a través de la formación humana; indirectamente, mediante los desarrollos científicos aplicados a la producción. En otras palabras: el país no crecerá sólo por obtener quitas, plazos y rebajas de intereses en la deuda, sino por una mucho mayor inversión en educación y ciencias.

Un país cuyas escuelas primarias han devenido comedores populares y sus maestros asistentes sociales; cuyos colegios y universidades pierden por el camino a la mayor parte de sus alumnos; cuyos profesores llevan años sin acceso a la actualización y viven más como apóstoles que como educadores; un país que no invierte, no reestructura, no planifica y no debate en educación, jamás podrá aspirar a un futuro mejor.

  1. Paolo Flores d’Arcais, El desafío oscurantista, Anagrama, Barcelona, 1994.
  2. En julio de 1966, el dictador Juan Carlos Onganía decidió violar la autonomía universitaria, arrestando y vapuleando a centenares de profesores y alumnos. Esto provocó un éxodo de miles de profesores y científicos.
  3. Durante su segunda presidencia (1952/55) el general Juan Perón impuso en las escuelas primarias el estudio de este libro autoexegético y sin el menor valor pedagógico que habría escrito su esposa, Eva Duarte.
  4. Fernando Savater, “Education et tolérance”, Le Monde, París, 20-6-03. La cita es una traducción del texto en francés.
  5. “Rapport européen sur la qualité de l’éducation” y encuesta de la OCDE sobre el nivel de competencia de los adultos en los países ricos. Ver Lucas Delattre, “L’éducation devient un enjeu économique mondial”, Le Monde, París, 22-7-00.
  6. U.S. Census Bureau, Statistical Abstract of the United States 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 49 - Julio 2003
Temas Desarrollo, Derechos Humanos, Políticas Locales, Educación
Países Argentina