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Árabe clásico, moderno y dialectal

En el debate sobre la necesidad de reforma del islam, hay quienes exigen a los árabes que modifiquen también su idioma, adoptando definitivamente el árabe clásico y abandonando el dialectal. Antes de su muerte en septiembre pasado, Edward W. Said explicó por qué esta exigencia reflejaba una extraordinaria subestimación de la riqueza de la experiencia diaria expresada en el lenguaje cotidiano de los árabes.

La práctica del habla y la escritura del árabe es objeto de controversias. Cuestión tanto más peligrosa por cuanto depende de factores ideológicos que nada tienen que ver con la vivencia misma de esta lengua de los hablantes autóctonos. Yo no sé de dónde viene esa concepción según la cual el árabe expresaría esencialmente una violencia terrorífica e incomprensible, pero es evidente que algo tienen que ver todos esos malvados con turbante de las pantallas de Hollywood de los años '40 y '50, que hablan a sus víctimas con tono huraño y delectación sádica. Más recientemente, también contribuyó a ello la fijación de los medios estadounidenses en el terrorismo, que parece resumir todo lo concerniente a los árabes.

Y sin embargo, la retórica y la elocuencia en la tradición literaria árabe se remontan más de un milenio: fueron escritores abasidas, como Al-Jahiz y Al-Jurjani, quienes elaboraron sistemas increíblemente complejos y asombrosamente modernos para comprender la retórica, la elocuencia y los tropos 1. Pero todo su trabajo se funda en el árabe clásico escrito y no en el habla cotidiana, ya que el primero está dominado por el Corán, a la vez origen y modelo de todo lo que viene tras él en materia lingüística.

Expliquemos este punto, muy poco familiar a los usuarios de las lenguas europeas modernas, cuyas versiones habladas y literarias se corresponden entre sí y donde la Sagrada Escritura ha perdido toda su autoridad verbal.

Todos los árabes utilizan un dialecto hablado que varía considerablemente de una región o de un país a otro. Yo crecí en una familia cuya lengua hablada era una amalgama de la que se utilizaba corrientemente en Palestina, Líbano y Siria: esos tres dialectos presentaban diferencias suficientes como para que uno pudiera distinguir, por ejemplo, a un habitante de Jerusalén de otro de Beirut o aun de Damasco; pero los tres podían comunicarse entre sí sin gran esfuerzo.

Como yo fui a la escuela en El Cairo, donde pasé la mayor parte de mi juventud, hablaba también -y habitualmente- el dialecto egipcio, mucho más ágil y elegante que los otros aprendidos en mi familia. Además, el egipcio estaba más extendido: casi todas las películas árabes, las radionovelas, luego las telenovelas, se producían en Egipto; así fue como su idioma se volvió familiar a los habitantes de todo el mundo árabe.

Durante los años '70 y '80, el boom del petróleo trajo consigo la producción de series televisivas en otros países, esta vez en árabe clásico. Se suponía que estas series con vestimenta tradicional, ampulosas y pesadas, correspondían a los gustos de los musulmanes (y de ciertos cristianos chapados a la antigua, por lo general más puritanos), quienes podrían rechazar las inspiradas películas cairotas. Pero a nosotros nos parecían desesperantemente aburridas... El mousalsal (telenovela) egipcio, de producción menos elaborada, nos divertía infinitamente más que el mejor de los dramas bien resuelto en lengua clásica.

En todo caso, de todos los dialectos sólo el egipcio tuvo una difusión semejante. Por eso me costaría un esfuerzo enorme comprender a un argelino, tan grande es la diferencia entre los dialectos del Machrek y los del Maghreb. Tendría la misma dificultad con un iraquí o incluso con un interlocutor con marcado acento del Golfo. Es por eso que los informativos radiales o televisivos utilizan una versión modificada y modernizada de la lengua clásica (también en debates, documentales, reuniones, seminarios, sermones de mezquita y discursos en encuentros nacionalistas, así como en los encuentros de todos los días entre ciudadanos que hablan lenguajes muy distintos), que resulta comprensible en todo el mundo árabe, desde el Golfo hasta Marruecos.

Dos lenguajes

A semejanza del latín para los dialectos europeos hablados hasta hace un siglo, el árabe clásico siguió estando muy presente y vivo en tanto lengua común de la escritura, a pesar de los inmensos recursos de toda una serie de dialectos hablados que, a excepción del caso egipcio, no se difunden nunca más allá de su país de uso. Además, esos dialectos hablados no poseen la vasta literatura de la lingua franca 2 clásica.

Incluso los escritores llamados "regionales" tienden a utilizar la lengua moderna clásica y sólo ocasionalmente recurren al árabe dialectal. En la práctica, una persona educada maneja de hecho dos modos lingüísticos bien distintos. Al punto que, por ejemplo, uno puede hablar con un periodista de un diario o un canal de televisión en dialecto y luego, de golpe, cuando empieza la grabación, pasar sin transición a la lengua clásica, intrínsecamente más formal y cortés.

Por supuesto, hay un vínculo entre los dos idiomas: las letras son muchas veces idénticas y el orden de las palabras también. Pero los términos y la pronunciación difieren en la medida en que el árabe clásico, versión estándar de la lengua, pierde todo rastro de dialecto regional o local y emerge como un instrumento sonoro, cuidadosamente modulado, elevado, extraordinariamente flexible, cuyas fórmulas permiten una gran elocuencia. Correctamente utilizado, el árabe clásico no tiene igual en cuanto a la precisión de la expresión y la asombrosa forma en que las variaciones de las letras individuales dentro de una palabra (muy especialmente las terminaciones) permiten expresar cosas muy diferentes.

Es también una lengua con una centralidad sin par respecto de la cultura árabe: como escribió Jaroslav Stekevych, que le dedicó el mejor libro moderno 3, "al igual que Venus, nació en un estado de belleza perfecta, y conservó esa belleza a pesar de las peripecias de la historia y los embates del tiempo". Para el estudiante occidental, "el árabe sugiere una idea de atracción casi matemática. El sistema perfecto de las tres consonantes radicales, las formas aumentadas de los verbos con sus significados básicos, la formación precisa del sustantivo verbal, de los participios. Todo es claridad, lógica, sistema y abstracción".

Pero es también un objeto bello de ver en su forma escrita, de donde surge la función central y duradera de la caligrafía, arte combinatorio de la más elevada complejidad, más cercano al ornamento y al arabesco que a la explicitación discursiva.

Durante los primeros días de la guerra de Afganistán, en el canal satelital árabe Al-Jazeera tenían lugar discusiones y reportajes inhallables en los medios estadounidenses. Dejando a un lado el contenido de esas emisiones, lo que llamaba la atención era el alto nivel de elocuencia, a pesar de la complejidad de los temas abordados, que caracterizaba a los participantes en lucha con las peores dificultades, incluyendo a los más repulsivos, como Ossama Ben Laden. Este último hablaba con una voz dulce, sin vacilar ni cometer el menor lapsus, cosa que seguramente incide en la influencia que ejerce. Lo mismo sucedía, en menor medida, con no-árabes como los afganos Burhanuddin Rabbani e Hikmat Gulbandyar quienes, sin dominar el árabe dialectal, recurren con destacable fluidez a la lengua clásica.

Por cierto, lo que actualmente denominamos el árabe moderno estándar (o clásico) no es exactamente la lengua en que fue escrito el Corán, hace catorce siglos. Aunque el libro santo sigue siendo muy estudiado, su lenguaje parece antiguo, enfático incluso, y por ende inutilizable para la vida de todos los días. Comparado con la prosa moderna, tiene aires de poesía sonora.

Modernización en la Nahda

El árabe clásico moderno es el resultado de un proceso de modernización que se inició en las últimas décadas del siglo XIX; el período de la llamada Nahda o renacimiento. Fue principalmente obra de un grupo de hombres de Siria, Líbano, Palestina y Egipto, que incluyó a un notable número de cristianos. Se abocaron colectivamente a la transformación de la lengua árabe modificando y simplificando un poco la sintaxis del original del siglo VII mediante una arabización (isti'rab): se trataba de introducir palabras como "tren", "compañía", "democracia" o "socialismo", obviamente inexistentes durante el período clásico. ¿Cómo? Mediante el aprovechamiento de los enormes recursos de la lengua gracias al procedimiento gramatical técnico de al-qiyas, la analogía. Esos hombres impusieron todo un nuevo vocabulario, que representa actualmente alrededor del 60% de la lengua clásica estándar. De este modo la Nahda condujo a una liberación de los textos religiosos, introduciendo subrepticiamente un nuevo secularismo en lo que los árabes dijeron y escribieron.

La gramática árabe es tan sofisticada y seductora por su lógica que un alumno de mayor edad la estudia con más facilidad, ya que puede apreciar las sutilezas de su razonamiento. Irónicamente, la mejor enseñanza del árabe se da a no-árabes, en institutos lingüísticos de Egipto, Túnez, Siria, Líbano y Vermont.

Cuando la guerra árabe-israelí de 1967 me incitó a comprometerme políticamente a distancia, hubo algo que me impactó antes que nada: la política no se ejercía en 'ameya, o lengua de las masas, como se llama al árabe dialectal, sino más frecuentemente en el riguroso y formal fosha, o lengua clásica. Pronto comprendí que en los actos políticos y las reuniones los análisis políticos se presentaban de un modo tal que parecían más profundos de lo que realmente eran. Descubrí, para mi gran decepción, que esto era particularmente cierto respecto de las aproximaciones a la jerga de los marxistas y movimientos liberadores de esa época: las descripciones de clase, de intereses materiales, los del capital y del movimiento obrero, se arabizaban y se dirigían en largos monólogos no al pueblo, sino a otros militantes sofisticados.

En privado, lideres populares como Yasser Arafat y Gamal Abdel Nasser, con quienes tuve contacto, utilizaban mucho mejor el lenguaje dialectal que los marxistas, quienes eran también más educados que los líderes palestino y egipcio. Nasser hablaba a sus seguidores en dialecto egipcio con las frases sonoras del fosha. En cuanto a Arafat, dado que la elocuencia árabe depende mucho de la dicción dramática, tiene una reputación de orador por debajo del promedio: sus errores de pronunciación, sus vacilaciones y torpes circunloquios se parecen, para un oído educado, al equivalente de un elefante que se pasea por un bazar de porcelanas.

La universidad Al-Azhar, en El Cairo, es una de las instituciones más antiguas de enseñanza superior del mundo; se la considera también la sede de la ortodoxia islámica, y su rector es la máxima autoridad religiosa del Egipto sunita. Más aun: Al-Azhar enseña -esencialmente, pero no exclusivamente- el saber islámico, cuyo núcleo es el Corán, así como todo aquello que lo acompaña en materia de métodos de interpretación, jurisprudencia, hadiths 4, lengua y gramática.

El dominio del árabe clásico se encuentra pues en el centro mismo de la enseñanza islámica de Al-Azhar, tanto para los árabes como para los otros musulmanes. Porque los musulmanes consideran al Corán como el Verbo de Dios increado, "descendido" (mounzal) a través de una serie de revelaciones a Mahoma. En consecuencia, la lengua del Corán es sagrada; contiene reglas y paradigmas obligatorios para aquellos que la utilizan pese a que, bastante paradójicamente, por doctrina (ijaz), no puedan imitarla.

Hace sesenta años se escuchaba a los oradores y se comentaba interminablemente la corrección de su lengua tanto como lo que tenían para decir. Cuando yo di mi primer discurso en árabe, en El Cairo, hace dos décadas, uno de mis parientes jóvenes se me acercó después para decirme cuán decepcionado estaba de que no hubiese sido más elocuente. "Pero ¿comprendió lo que decía?", pregunté con voz quejumbrosa (mi principal preocupación era ser comprendido sobre varios puntos delicados de política y de filosofía). "Oh, sí, por supuesto -respondió él con tono desdeñoso-, ningún problema: pero no fue lo bastante elocuente u oratorio."

Esta recriminación sigue persiguiéndome cuando hablo en público. Soy incapaz de transformarme en orador elocuente. Mezclo los idiomas dialectales y clásicos de modo pragmático, con resultados mitigados. Como me hicieron notar amablemente una vez, parezco alguien que posee un Rolls Royce, pero prefiere usar un Volkswagen.

Lo descubrí sólo en el curso de los últimos diez o quince años: la mejor, la más depurada, la más contundente prosa árabe que nunca leí o escuché es la escrita por novelistas (y no por críticos) como Elias Khoury o Gamal Al-Ghitany. O por nuestros dos máximos poetas vivos, Adonis y Mahmoud Darwish: cada uno de ellos alcanza, en sus odas, alturas rapsódicas tan elevadas que arrastran a enormes auditorios a un frenesí de arrobamiento entusiasta. Para ellos, la prosa es un instrumento aristotélico tan afilado como una navaja. Su conocimiento del lenguaje es tan inmenso y natural, sus dones tan poderosos, que pueden ser a la vez elocuentes y claros sin tener necesidad de palabras de relleno, de verbosidad agobiante o de exhibicionismo vano.

  1. Figura por la cual una palabra, una expresión, se alejan de su sentido propio.
  2. Lengua mestiza, cercana al italiano, que sirvió durante varios siglos para la comunicación entre cristianos de diversos orígenes y la población musulmana en todo el Mediterráneo.
  3. Reorientation. Arabic and Persian Poetry, Indiana University Press, Bloomington, 1994.
  4. Palabras y actos de Mahoma y sus compañeros.
Autor/es Edward W. Said
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:32,33
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Sociología, Islamismo