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Recuadros:

Desafío al celibato sacerdotal

Sin tapujos, el libro autobiográfico escrito por el padre José Mariani 1, fue presentado en los medios como la revelación de los amoríos del autor y resultó objeto de la censura eclesiástica. Sin embargo, estas memorias plantean algunas de las controversias que sacuden a la comunidad católica, entre ellas la necesidad de discutir el celibato sacerdotal, cuestión cuyo abordaje ha sido negado de plano por Juan Pablo II.

La Iglesia católica argentina ha respondido de la peor manera al revuelo que armaron las memorias del sacerdote cordobés José Mariani: optó por la censura directa contra el párroco. Un comunicado del arzobispo mediterráneo Carlos Ñáñez fue tajante: "Usted debe abstenerse de hacer declaraciones públicas ante la repercusión escandalosa que tuvo su autobiografía" 2. Dadas las circunstancias, la jerarquía eclesiástica no podía hacer otra cosa. El libro de Mariani, un compendio de recuerdos, entre los que destacan las críticas políticas al Vaticano, a la complicidad de cardenales y obispos con la última dictadura militar y las anécdotas más intimistas sobre sus relaciones sexuales como cura, dejó entreabierta la puerta para un debate que en Roma no están dispuestos a dar: la abolición del celibato obligatorio.

Si bien la intención expresa de Mariani fue contar su vida, sus escritos encierran pretensiones de mayor alcance. En una entrevista con el Dipló, explicó que "una de las líneas que tiene mi libro es la recuperación de la sexualidad humana, también en la vida del sacerdote. Fue un esfuerzo de juntar todo lo que yo he conocido para hacer un alegato en contra del celibato obligatorio y a favor del optativo. Hablar del sexo en serio es un tabú para la sociedad argentina. Un signo de esto es que no hay educación sexual sistemática" 3. Su trabajo fue un desafío a las jerarquías de la Iglesia, desde su obispo, que lo llamó al orden, hasta el propio Juan Pablo II, quien juró públicamente que durante su papado habrá dos cosas que serán inamovibles: el celibato y la negativa a la ordenación sacerdotal de mujeres.

La polémica lanzada por Mariani tiene historia dentro del Episcopado argentino. Ya a fines de los años sesenta, cuando se formó el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo (MSTM), un sector del grupo reclamó el fin del celibato obligatorio. El caso más saliente fue el del obispo de Avellaneda, Jerónimo Podestá, quien tras un enfrentamiento político con las jerarquías se vio obligado a renunciar y se casó unos años después con su secretaria. Detrás de él y de su mujer, Clelia Luro, hoy vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, se encolumnaron aquellos tercermundistas que discutieron con Carlos Mugica la incorporación de los curas casados al MSTM 4. La Federación Internacional actualmente cuenta con cien mil miembros, casi un cuarto del total de sacerdotes católicos en el mundo. Un número elevadísimo para una Iglesia que pierde cientos de vocaciones día tras día.

Está claro entonces que las memorias de Mariani no son una novela de amor sino una declaración de guerra. Y se suman a la extensa lucha de tantos sacerdotes por la conquista de su libertad individual, como por ejemplo la pelea de los 60.000 curas que entre 1970 y 1996 recibieron dispensas oficiales para abandonar su ministerio y casarse, y la de otros 40.000 que no las recibieron pese a tener mujer e hijos. Las cifras de una realidad que desborda el conservadurismo moral del Vaticano son abrumadoras.

El grito de Mariani no fue el único en estos tiempos. A principios de 2002, 71 sacerdotes españoles presentaron públicamente ante el obispo de Girona un pedido de abolición del celibato 5. Y en Argentina ocurrió algo similar el año pasado, cuando un grupo de 81 curas, muchos de ellos pertenecientes al Grupo Carlos Mugica, de Buenos Aires, y al Grupo Enrique Angelelli, de Córdoba, presentaron una carta a los obispos pidiendo un amplio debate sobre el rol del sacerdote. Entre otras cosas, los curas exigían: "Revisión de los destinos y promociones ministeriales para que sean coherentes con la opción preferencial por los pobres; revisión del modo de vivir y llevar los seminarios a fin de que sean casa de los pobres, y que los modelos presbiterales para los que se forman también lo sean; revisión de los modos de vida que separan a los presbíteros del pueblo, incluyendo trabajo, vestimenta, celibato obligatorio, casa, pobreza..." 6. La lista de reclamos continuaba, pero los obispos dieron por terminada la discusión en este segundo punto. La respuesta de uno de los príncipes de la Iglesia fue tajante: "Ustedes hacen todo esto sólo para poder acostarse con mujeres".

En soledad, muchos obispos argentinos reconocen la necesidad de modernizar la vida sacerdotal, pero el disciplinamiento que ejerce Roma es impiadoso con los díscolos. Un hombre de sotana muy ligado al centro del poder eclesiástico confió a el Dipló que "los únicos dos puntos sobre los que los obispos tienen expresamente prohibido manifestarse son el celibato y el sacerdocio femenino".

Desde adentro de la Iglesia, cada vez más voces exigen abrir un debate sobre estos temas. Eduardo de la Serna, sacerdote quilmeño coordinador del Grupo Mugica, sostiene que "la Iglesia debe plantear el debate cuanto antes. No plantearlo es al menos una falta de valentía. Hoy el celibato es un signo confuso. No es una opción sino una obligación" 7.

No cree lo mismo Guillermo Marcó, vocero del Arzobispado de Buenos Aires, quien sostiene que "la Iglesia ya lo discutió en su momento y no tiene por qué revisarlo. Un sacerdote no vive el celibato por ley sino por opción. Si el mundo lo mira desde afuera es incomprensible, pero está enmarcado en un orden natural. Es una elección de amor, una entrega única" 8.

Opción inevitable

No obstante, cifras extraoficiales indican que casi el 40% de los curas no respeta el celibato; que el 10% tiene hijos extramatrimoniales, y que otro 10% opta por una identidad homosexual, independientemente de que la ejerza o no 9.

El laicado tampoco parece apreciar demasiado el celibato. La última encuesta oficial de la Iglesia católica que se hizo pública, a principios de los '90, indicaba que para el 80% de los católicos "el celibato no es testimonio de amor cristiano", el 20% restante contestó que sí, pero lo colocó en último lugar detrás de cinco ítems.

Pedro Gorondi, sociólogo, profesor universitario de Religiones Comparadas y coordinador del Movimiento de Renovación Laical, es terminante a la hora de hablar de celibato y del sacerdocio femenino: "Discutir estos temas es poner en jaque a la jerarquía eclesiástica. Es hablar de la democracia interna. Porque son parte de una respuesta reaccionaria del Vaticano a los desafíos que le impone la modernidad. Una forma del fundamentalismo es transformar el dogma en valor moral. Estos dos puntos tienen un anclaje en dos pilares fundamentales del catolicismo. En primer término, la tradición antisexual, no impuesta por Jesús sino por los fundadores de la Iglesia, que veían en el estoicismo un método para contrarrestar la decadencia del Imperio Romano. En segundo lugar, la tradición judía, para la cual los fluidos genitales son impuros. Hoy el placer no está visto como algo diabólico, por lo tanto tiene que ser revisada la idea del don de Dios", explica Gorondi 10.

Claro que para Gorondi no está en juego sólo el placer. "La Iglesia católica tiene una estructuración estamentaria, como si se tratara de castas. Para poder construir esa imagen tenía que diferenciarse del resto de la humanidad. El celibato es funcional a ese andamiaje, a un sistema centralizado, renacentista y absolutista, por eso la palabra clave es modernización. Si el Vaticano abandona su fundamentalismo y dialoga con la modernidad puede resolver el cisma práctico que hoy la conmueve. Porque hoy hay un abismo entre la jerarquía con un alto grado de concentración del poder y las prácticas, ya no sólo de los laicos, sino también de sus propios sacerdotes."

Es en este plano donde el Vaticano está obligado a replantear su estrategia ante el mundo. En franca competencia con las Iglesias electrónicas de Estados Unidos y descartado por la Unión Europea, que se negó a rendir tributo a la cristiandad en su flamante Constitución, el catolicismo se refugia hoy en un lugar que con el Concilio Vaticano II había abandonado: el torreón medieval. Para peor, el anglicanismo ha avanzado en este terreno con el nombramiento de un obispo gay y la ordenación de mujeres para el sacerdocio, ofreciéndole a la mujer un rol diferente que el de simple servidora al que la condena el catolicismo.

El obispo Jerónimo Podestá, profeta y un poco mártir de la Iglesia, decía ya en los '90 que gracias al Concilio "los católicos han crecido en libertad y el mundo va hacia ella. No hay cosa que la pueda detener. Todo lo que detenga el proceso del ser humano hacia la libertad entorpece la marcha de la historia". Paradójicamente, el papa Juan Pablo II piensa lo mismo. En una oportunidad sentenció: "La llegada del celibato opcional será inevitable, pero no se producirá durante mi papado".

  1. José Guillermo Mariani, Sin Tapujos. La vida de un cura, El Emporio del Libro, Córdoba, 2004.
  2. Clarín, Buenos Aires, 14 -7-04.
  3. Entrevista personal con José Mariani.
  4. Clelia Luro, Mi nombre es Clelia, Editorial Los héroes, Santiago de Chile, 1996.
  5. Clarín, Buenos Aires, 9-3-02.
  6. Carta de los sacerdotes a los obispos reunidos en San Miguel en 2003.
  7. Entrevista con el sacerdote Eduardo de la Serna
  8. Entrevista con Guillermo Marcó, vocero del arzobispado de Buenos Aires.
  9. Encuesta no oficial realizada por sacerdotes católicos argentinos.
  10. Reportaje al sociólogo Pedro Gorondi.

Cristianismo y Revolución - Los orígenes intelectuales de la guerrilla argentina

Brienza, Hernán

Gustavo Morello
Universidad Católica de Córdoba; Córdoba, mayo de 2003. 380 páginas, 29 pesos.

El sacerdote jesuita Gustavo Morello refiere a una época de la Iglesia diametralmente opuesta a la actual. Por aquellos años –mediados de los ‘60, cuando surgió la revista Cristianismo y Revolución– el catolicismo estaba en plena ebullición y con un alto grado de convulsión interna. El Concilio Vaticano II había comenzado a despertar a la Iglesia después de 500 años de atraso y letargo e inició un fructífero diálogo con la modernidad, finalmente clausurado por el actual Papa, Juan Pablo II. Uno de los contactos más importantes fue el que mantuvo con el marxismo, hipótesis central de este trabajo.
Porque la tesis de Morello consiste en que “la participación de actores cristianos en los movimientos revolucionarios argentinos, entre 1966 y 1971, fue fruto de una radicalización del cristianismo. Fue violencia cristiana, en diálogo con la izquierda, inmersa en un ambiente de violencia, pero fundamentalmente arraigada en la conciencia cristiana de dichos actores”. Y esto, que podría pasar sólo por un enunciado inquietante y provocativo, dicho por un sacerdote católico alcanza una gran relevancia: es la primera vez en mucho tiempo que alguien reconoce desde adentro de la Iglesia el sustento teológico y asume como propia la lucha de las organizaciones armadas de aquellos años.
El libro –que tiene algunos defectos de edición y corrección– se hace fuerte en la contextualización teológica de la revista y el grupo de cristianos liderados por Juan García Elorrio y decae un poco en el tratamiento de la información política, sobre todo en la reconstrucción del Comando Camilo Torres, fundamental en los primeros tiempos de Montoneros. Finalmente, el trabajo alcanza su punto máximo en la reinterpretación de las principales notas y editoriales de la revista –dirigida por Casiana Ahumada, la compañera de Elorrio, después del asesinato de éste– que marcó a más de una generación de católicos.


Autor/es Hernán Brienza
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:42
Temas Iglesia Católica, Medios de comunicación