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La recuperación de la memoria

Una avalancha de documentales, realizados en Argentina por una generación de jóvenes cineastas, busca reinterpretar las luchas militantes de los años ‘60 y ‘70 a la luz de la crisis de 2001. El fenómeno es parte de una tendencia internacional de documental político, cuya expresión más estridente es Fahrenheit 9/11, donde Michael Moore dispara información y humor contra el belicoso gobierno de George W. Bush.

La situación que atraviesa el cine en Argentina presenta varias caras: por un lado, las carteleras parecen constreñidas a exhibir casi exclusivamente películas comerciales de Estados Unidos, lo cual ha motivado que el Instituto de Cinematografía reglamentara una "cuota de pantalla" para películas argentinas que los exhibidores tendrán la obligación de satisfacer semanalmente, además de mantener en exhibición aquellas que hayan atraído una determinada cantidad de espectadores. Con esta medida se busca proteger al cine nacional de la desigual competencia con las grandes producciones estadounidenses. Aunque aún no se ha comprobado su puesta en práctica, se sabe ya que esta cuota no resuelve el caso de los títulos de cinematografías europeas, orientales e incluso estadounidenses independientes, que siguen totalmente desprotegidos.

Por otro lado, existe un circuito alternativo algo ajeno al comercial, muy organizado y sumamente activo, que continúa presentando documentales políticos. Porque este género -si se puede hablar de tal- sigue despertando una ola de interés y entusiasmo tanto entre espectadores como realizadores y programadores de centros culturales tales como el del Malba, el Instituto Goethe y el Centro Cultural Rojas (UBA), el cine Cosmos y la sala Lugones. Ya nos hemos referido a este cine que después de la dictadura, pero sobre todo a partir de la crisis de 2001, cumple una función de denuncia social y política 1.

Inscriptos en la tradición del cine documental argentino nacida en los '60, los títulos recientes siguen normas no escritas de una suerte de canon que se reitera: ya no se trata de registrar los movimientos populares recientes, sino que las nuevas generaciones rescatan la memoria de los últimos 30 años del "país del nomeacuerdo" con entrevistas y declaraciones testimoniales de testigos y protagonistas, voz over, el apoyo de imágenes de archivo e importante uso del video. Hagamos la salvedad de que dicho modelo tuvo un fuerte quiebre con la aparición de Los rubios de Albertina Carri, que impuso un antes y un después en el cine político y derivó hacia el documental en primera persona.

 Testimonio y ficción 

Uno de los documentales más interesantes vistos últimamente es Rebelión, de Federico Urioste, que evoca el cordobazo de 1969 incluyéndolo en el proceso de degradación política que atravesaba el país desde 1930 y culminó con el derrocamiento del presidente Juan Perón en 1955. Esta interpretación, peronista y nacionalista, del cordobazo resulta didáctica al exponer el nacimiento de la resistencia armada. Al contextualizar el cordobazo en la historia argentina, el film se explaya de manera especial en la brutalidad de los bombardeos de junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, una masacre de la que nunca fue puesto en claro el número de muertos, ya que la historia de los vencedores de aquel golpe de Estado lo ha silenciado cuidadosamente. Lo más valioso del film está constituido por el rescate de importante material de archivo, y sobre todo de la figura del dirigente sindical Agustín Tosco. Aunque parcial al omitir ciertos factores y aristas del fenómeno, tiene su interés al recordar que el cordobazo fue tal porque concitó la unidad de un espectro de fuerzas muy amplio -por primera vez se movilizaron en forma conjunta obreros y estudiantes, en una extraordinaria expresión de la toma de conciencia política del pueblo- que después volvió a disgregarse.

En cambio, no resulta tan bien lograda Los perros, de Adrián Jaime, hilvanada con los recuerdos de un ex militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, quien mediante anécdotas y testimonios evoca las luchas sostenidas en la politizada década previa a la dictadura, luchas que aparecen de alguna manera hermanadas a las actuales protestas populares. Si tenía como objetivo informar a las nuevas generaciones sobre la militancia de los '70, el film no lo consigue por la manera confusa en que está presentado el material, poco inclinado a aportar claridad o precisión sobre un tema por demás controvertido.

Mucho más explícita es la mejor de las últimas películas documentales que hemos podido ver en los últimos tiempos, justamente una que habla sobre el cine y un documentalista. La premiada Raymundo reconstruye la vida y la carrera profesional y política del cineasta Raymundo Gleyzer, uno de los principales referentes del cine combativo y militante de los años '60 y '70. Ernesto Ardito y Virna Molina componen la biografía de Gleyzer en el marco de la historia del cine revolucionario latinoamericano y de las luchas que llevaban a cabo grupos como PRT-ERP, FAR y Montoneros. Gleyzer realizó una activa tarea tanto artística como sindical, en una trayectoria de vida de gran coherencia. Los traidores, México la revolución congelada y sus demás censuradas películas denunciaban la explotación del hombre americano, y quedan como ejemplos de un cine activo y militante que cumplía una función de denuncia y esclarecimiento. Esa militancia artística tuvo como consecuencia el secuestro del cineasta en mayo de 1976 y su posterior asesinato por los agentes de la dictadura. Con abundantes imágenes de archivo e inteligentes momentos de animación, el film rescata del olvido la figura de Raymundo en la intimidad familiar y durante el rodaje de sus películas, al tiempo que ocupa su posición de líder intelectual en el contexto de las revueltas populares desde su agrupación Cine de la Base. A diferencia de Los perros, y a pesar de que este film también trae imágenes actuales, transmite la sensación de que esas luchas pertenecen a un pasado clausurado.

El Nüremberg argentino, de Miguel Rodríguez Arias, en nada se diferencia de tantos informes televisivos que hemos visto acerca del juicio a las juntas militares que se llevó a cabo en 1985, con sus antecedentes, testimonios actuales de sobrevivientes acerca de la tortura física y psicológica y declaraciones ante el tribunal de víctimas y acusados. Sin la contundencia que tuvieron esas imágenes en la televisión en su momento, esta reconstrucción de la memoria destinada a informar a las nuevas generaciones rescata el juicio como símbolo de la búsqueda de la verdad y la justicia.

No es privativo del documental ocuparse del rescate de la memoria. Está próximo a estrenarse un film muy curioso, Whisky Romeo Zulu, que elige la construcción de la ficción para denunciar casi documentalmente los detalles siniestros del incendio del avión de LAPA (matrícula WRZ) en el Aeroparque de Buenos Aires, en 1999. Enrique Piñeyro cumple un rol múltiple: es un ex piloto que había denunciado las irregularidades que venían cometiéndose en la compañía y en varias oportunidades se negó a volar en condiciones que no aseguraban la seguridad del avión, por lo que fue separado de su cargo, "desprogramado" y sometido a pericias y tratamiento psiquiátrico. Fue además productor y actor de Garage Olimpo y Esperando al Mesías. Ahora Piñeyro dirige y actúa en su primer largometraje. Aborda el tema como una película narrativa con los recursos de la ficción, pero sigue paso a paso los hechos reales en distintos planos temporales, por los que la catástrofe resulta una muerte anunciada. El hecho de que él sea el protagonista de los hechos en la realidad y en la ficción introduce una polémica acerca del verosímil cinematográfico.

Por otro lado, 18-J es el título de la película realizada para conmemorar los diez años del atentado al edificio de la AMIA y homenajear a sus 86 víctimas. Se compone de diez cortometrajes de diez realizadores diferentes -jóvenes y veteranos- de distintas tendencias y estilos que abarcan un amplio espectro de miradas sobre el hecho trágico. Desde la más abstracta y simbólica -la coreografía de Mauricio Wainrot, que expresa el dolor por la pérdida y la ausencia- hasta la más literal -la denuncia de Alejandro Doria sobre las irregularidades en la investigación, los ocultamientos y la impunidad persistente- se atraviesan diversas variaciones más narrativas unas, más documentales otras, que recuerdan el hecho, sus protagonistas y el contexto, en un homenaje a las víctimas y a sus deudos.

Los documentales del exterior

Lejos de tratarse de un fenómeno local, el impulso del documental argentino se inserta en un movimiento más amplio, una tendencia que está afianzándose también en otros países. El último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), que siempre funciona como una vidriera de las tendencias del momento y que continúa significando la feliz oportunidad de ver títulos que tal vez nunca volverán a ser exhibidos en el país, tuvo varias secciones dedicadas al documental político, con filmes de distintos orígenes, casi todos ellos realizados según el canon arriba mencionado.

Además de las retrospectivas dedicadas a dos maestros del documentalismo de Estados Unidos, Thom Andersen y Emile De Antonio, este último un realizador combativo que redefinió el género en sus cuestionamientos al sistema político de su país, el Festival tuvo otros picos importantes. S21: Khmer Rouge killing machine fue la ganadora de la competencia sobre derechos humanos. Este documental dirigido por Rithy Panh registra las declaraciones de un grupo de ex miembros del aparato represor que actuó en Camboya durante el régimen comunista del Khmer Rojo, liderado por Pol Pot. No sabemos cómo se logró que los ex torturadores relataran ante la cámara los procedimientos utilizados cotidianamente para someter y eliminar ciudadanos, que dieron como resultado la muerte de casi 2 millones de camboyanos. En un edificio que funcionó como centro de detención, un sobreviviente dialoga con sus victimarios para tratar de comprender cómo pudieron cometer esos actos aberrantes y de esta manera curar heridas aún abiertas.

La represión de la última dictadura argentina podrá apreciarse de manera diferente a la luz de las revelaciones de Escuadrones de la muerte: la escuela francesa, documental de la francesa Marie-Monique Rabin que expone la vinculación que tuvieron los grupos de tareas franceses veteranos de la guerra de Argelia con las dictaduras de Latinoamérica. Los batallones de la muerte practicaban la tortura en Argelia para obtener información, y cuando el prisionero ya no era de utilidad, se le ponía cemento en sus pies y era arrojado al mar desde helicópteros. La desaparición, dice un ex militar francés, se inventó en Argelia. Asesores militares franceses adiestraron a militares argentinos, brasileños y chilenos sobre tácticas de guerra aprendidas de la experiencia de Argelia para armar un aparato de inteligencia en su enfrentamiento con un enemigo nuevo: el pueblo. Incluso un ex oficial de Argelia aparece involucrado en la desaparición de las monjas francesas en Argentina. Las declaraciones de militares argentinos reivindicando la tortura son estremecedoras.

Una cita obligada en el Bafici era La pelota vasca, la piel contra la piedra, en la que Julio Medem incursiona en el conflicto político y social que significa la acción de ETA en España, recogiendo declaraciones de unos 70 catedráticos y políticos que procuran mantenerse equidistantes de los dos polos enemigos: el oficialismo y la organización terrorista. El resultado es una polifonía de los distintos matices que se encuentran en el medio, un peloteo ratificado por los reiterados golpes de la pelota rebotando contra el muro. En España el film desató una fuerte polémica y tuvo el mayor rechazo del Partido Popular, en el poder a la hora de su estreno, por no explicitar una condena a ETA, acusada de amenazar la unidad española. La ausencia de las voces de esas dos fuerzas en pugna así como la del ciudadano común, trabajador, estudiante, ama de casa, etc., limita el filme a argumentaciones intelectuales que -como era de esperar- no arrojan luz sobre el problema, sino que tan sólo lo dejan planteado. Al cabo de escuchar tantas declaraciones cruzadas, la realidad se nos aparece extremadamente compleja e indefinible.

Control room es un film de la egipcia Jehane Noujaim que se acerca a la guerra en Irak a través del análisis de Al Jazeera, el primer canal árabe independiente de Medio Oriente. Su central emisora está en Qatar, a pocos kilómetros del centro de información de Estados Unidos y de todas las cadenas de noticias del mundo, y desde allí transmite su propia mirada sobre la guerra y la política estadounidense en la zona, que difiere de la que difunden sus cercanos colegas. Sus imágenes sobre los abusos de las tropas invasoras nunca fueron vistas en Occidente, y contrastan con las declaraciones de buena voluntad que intentan algunos oficiales. Si bien algo tibio, el documental da a conocer este medio de información alternativo, considerado en Estados Unidos un canal de propaganda árabe y según el presidente de Estados Unidos George W. Bush, herramienta de Osama Ben Laden.

Pero la consagración del documental político como fenómeno de convocatoria masiva está llegando con Fahrenheit 9/11, el último film de Michael Moore, que ganó la Palma de Oro en el reciente Festival de Cannes con un jurado más americano que europeo, que otorgó así un premio de mayor significación política que cinematográfica. Moore realiza sus filmes con una clara intención política: el cuestionamiento y modificación del sistema democrático -político, social y económico- imperante en Estados Unidos. Este es su film más ambicioso, pues dirige su mirada crítica a la política del gobierno de Estados Unidos durante los últimos cuatro años, que ha derivado en una guerra sin sentido aparente. Este documental escarba entre lo que se oculta -pero no tanto- detrás de esa guerra: devela los intereses económicos y políticos del propio presidente Bush y sus socios que llevaron a las invasiones a Afganistán e Irak, y expone sin anestesia la obra devastadora de la guerra sobre los iraquíes y los propios estadounidenses. Moore denuncia los vínculos que subyacen entre personajes, hechos, holdings económicos y políticas de reclutamiento de soldados. Pasa de uno a otro tema sin profundizar, pero aporta muchísima información nueva. En todo caso, abre preguntas, plantea interrogantes y dudas que se mantendrán en la conciencia del espectador. En el filme hay omisiones importantes: el papel de la OTAN en las guerras es una de ellas. Se trata de un gran collage armado con voces e imágenes vistas en la TV y otras inéditas, desgarradoras pruebas sobre los abusos y humillaciones ejercidos por las tropas estadounidneses contra civiles iraquíes y sobre el desengaño de esos mismos soldados. Moore manipula esa información, pero al hacerlo no se aparta de los mecanismos del sistema que denuncia con un objetivo muy concreto: detener la guerra en Irak y evitar que el actual Presidente sea reelecto. Baste decir que en este año crucial de elecciones presidenciales, el partido republicano ha pedido su prohibición. Moore va contra la pretendida objetividad del documental de observación, que no existe en los hechos. Y al mismo tiempo aporta una cuota de entretenimiento, algo que siempre ha sido su fuerte: chistes, golpes de efecto, montaje fotográfico, todo sirve para ridiculizar mediante la ironía y sarcasmo al Presidente, a sus ministros y a los miembros del Congreso. No hay dudas de que Fahrenheit 9/11 tendrá poderosas consecuencias.

  1. Josefina Sartora, "Documentales argentinos en Berlín", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2004.
Autor/es Josefina Sartora
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:44,45
Temas Cine, Política
Países Argentina