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Elmer Gantry en el siglo XXI

Es realmente indistinto que el próximo 2 de noviembre George W. Bush o John Kerry gane las elecciones presidenciales en Estados Unidos, como suele sostenerse? 1.

A fines de septiembre pasado, un canal de cable proyectó Elmer Gantry, una película de Richard Brooks en la que un extraordinario Burt Lancaster (ganó un Oscar por ese papel) protagoniza a uno de esos predicadores evangelistas típicos de la Deep America; un irresistible seductor, casi un psicópata; moralista de día, pecador de noche; uno de esos tipos que pone en trance a sus ovejitas hablándoles del furor de Jesús ante los pecados de la carne, la pobreza y el exceso de riqueza y luego pasa la gorra antes de irse de francachela. El cuadro se completa con una esposa, un montón de hijos, una casa en la colina y una importante cuenta en el banco. Una vida ejemplar.

Lo de la esposa, hijos, hogar y dinero no era el caso de Gantry, un tarambana genialoide y de buen corazón que acaba renunciando, al parecer asqueado, a un brillante porvenir de pastor. Sí lo es, en la película y en la vida real, el de los pastores profesionales y sobre todo el de los piadosos empresarios que financian el negocio evangelista.

Porque lo realmente interesante del film -y de la novela de Sinclair Lewis, en la que se inspira- no son los personajes centrales, por más fascinación que ejerzan Lancaster y la deslumbrante Jean Simmons, sino por un lado la trama de negocios, ambiciones, vanidades e hipocresías de pago chico que mueve en la sombra los hilos de todo el tinglado y, por otro, los creyentes, esa masa indiferenciada, ignorante, temerosa y pretendidamente compasiva; ese "hombre común"; ese "burgués asustado" en el que Hannah Arendt y Bertolt Brecht vieron con lucidez al fascista potencial.

Lewis publicó su novela en 1927, cuando Mussolini era todavía pintoresco y de Hitler apenas se hablaba. Pero como todos los grandes escritores, con sus sátiras naturalistas de la sociedad estadounidense señaló el peligro mucho antes. Las mezquindades, los mitos, el vacío cultural, el mercantilismo, el Destino Manifiesto por voluntad de Dios y el dinero como herramienta divina. El billete de dólar sintetiza todo eso en forma terrible: In God we trust (Confiamos en Dios), se lee en la moneda nacional. Dios es el dinero; el dinero es Dios. Cuando los estadounidenses hablan del "interés nacional" hablan de dinero; y cuando invaden Panamá o Irak en nombre del interés nacional, lo hacen con la autorización y el mandato de Dios.

En los años anteriores a la Gran Depresión y sobre todo después de ese trauma y del triunfo en la Segunda Guerra Mundial, la ideología estadounidense del optimismo, el éxito y la beatería, del espíritu rotariano y la idolatría del consumo fueron, por qué negarlo, el motor de su extraordinario crecimiento. El capitalismo estaba en su cénit y necesitaba expandir los mercados; contratar más trabajadores y pagar más salarios para que se adquirieran más de esos productos que la industria lanzaba al mercado a creciente velocidad. Las críticas del progresismo, el de Lewis en los años '20 o el de Brooks en los '60 (Elmer Gantry es de 1960) y tantos otros, eran funcionales a esa fase del capitalismo, aunque el senador Joseph McCarthy y sus seguidores, obsesionados por la progresión comunista, no lo entendieran así. Tanto los predicadores como la derecha política perseguían brujas imaginarias y su combate contra la "otra América", la de las universidades, Hollywood y el Greenwich Village; la del arte, el pensamiento, las libertades y el melting pot, era parte de un enorme decorado en cuyo centro el capitalismo avanzaba pujante. Unos y otros presentían el final del ciclo -para postergarlo o anticiparlo- pero todos vivían un presente de expansión y abundantes recursos. El mundo de los grandes negocios y el negocio de la religión ya tenían el poder, pero aún necesitaban y podían compartirlo, permitir incluso que el progresismo alternara en el gobierno y -aunque siempre de muy mala gana- que tratase de adecentar el país. Si un siglo antes las necesidades de desarrollo del Norte industrial y burgués habían determinado una sangrienta guerra civil contra el Sur esclavista y aristocrático, los segregacionistas de mediados del siglo XX no tenían fuerzas para oponerse a las leyes civiles, aunque sí la furia suficiente como para asesinar a Luther King. El enemigo ahora no era el sistema de producción esclavista que impedía la expansión del mercado capitalista, sino el comunismo.

Y ahora que un negro ejerce de Secretario de Estado y el primer intento comunista se ha derrumbado, ¿cuál es el enemigo principal del capitalismo?

La autofagia. "Incluso si progresa, mediante la canibalización de los pequeños por los grandes; incluso si está animado por una ideología de predador y por una mística de la predación como acto en el que su esencia se vería confirmada, el capitalismo no responde a la ley de la jungla, ya que ésta tiende a mantener un orden ecológico. La ley del capitalismo ya no es devorar al Otro (éste ha desaparecido, incluso su idea ha desaparecido), sino devorarse a sí mismo" 2. En términos menos abstractos, las mega-fusiones empresarias, en cualquiera de sus formas y dimensiones, marcan una tendencia irresistible cuyo inevitable colofón es una empresa mundial que se devoraría a sí misma. Este panorama apocalíptico es hoy perceptible: centenares de miles de empresas en todo el mundo, impulsadas por los desarrollos tecnológicos y científicos y el afán de ganar en competitividad, expulsan a millones de trabajadores del mercado antes de fusionarse con o venderse a una empresa mayor. El fenómeno se repite, ampliado, a escala de las grandes corporaciones internacionales. Incorporando tecnología, el capitalismo gana en productividad y pierde en mercados, porque cada trabajador sin trabajo es un consumidor menos, una carga para el Estado y un competidor para los trabajadores en activo, que ven así descender sus ingresos reales 3. "El trabajo del dinero produce más plusvalía que el trabajo de los seres humanos" 4.

Fuga hacia adelante

¿Pruebas? La recesión en Estados Unidos terminó oficialmente en 2001, pero la tasa de población que vive bajo la línea de pobreza aumentó en 1,3 millones de personas entre 2002 y 2003, según el Census Bureau. En total, 35,9 millones de estadounidenses (11,3% de la población), entre ellos 12,9 millones de niños y adolescentes, vivían así a finales del año pasado. En el mismo período, la cantidad de ciudadanos que no disponen de protección social alguna pasó del 15,2% al 15,6% de la población; 45 millones de personas. "Bajo George W. Bush, 4,3 millones de personas cayeron en la pobreza y 5,32 millones perdieron su seguro de salud", afirma John Kerry 5.

Podría pensarse que se trata de un problema coyuntural o específicamente estadounidense. Pero el desempleo aumentó o se mantuvo durante el período de crecimiento de la era Clinton y ahora tiende a acelerarse. Los signos de preocupación, por no decir pánico, se multiplican en todos los países desarrollados. Los trabajadores pierden terreno y el capitalismo, mercados. Empujada por la tendencia a la baja de la tasa de ganancia en el sector productivo y favorecida por las nuevas tecnologías, la empresa capitalista "deslocaliza" (produce donde el salario y los impuestos son más bajos y vende donde existe aún poder de compra) en una fuga hacia adelante que sólo puede terminar delante del espejo. Los trabajadores alemanes de Siemens y Volkswagen, los italianos de Alitalia, los franceses de Michelin, por citar sólo algunos ejemplos, han debido aceptar rebajas de salarios y aumentos de horas de trabajo para que sus empleadores no se vayan a otro país 6.

A este fenómeno deben agregarse la necesidad de garantizar la posesión de recursos naturales no renovables; de aspirar anualmente miles de millones de dólares de todo el mundo para sostener los crecientes déficits fiscales (en el caso de Estados Unidos, también de cuenta corriente); la despiadada competencia por mercados que se achican, la emergencia de competidores como China (dossier, pág. 18) y la aparición, en el mundo subdesarrollado, de movimientos populares y gobiernos que dan signos de resistir, de orientarse en otras direcciones.

En estas circunstancias es lógico que la cabeza del Imperio se desprenda de sus aliados, devenidos competidores, y practique el unilateralismo. Que reactive su economía a través de la industria de guerra, porque es su único recurso y porque debe estar preparado para atacar en todo momento. Que necesite a un hombre del gran negocio petrolero, con aires de predicador y apoyado por el fudamentalismo evangelista sentado en la Casa Blanca, al punto de acudir al fraude para conseguirlo. El Imperio necesita un Elmer Gantry full time para arrear a sus ovejas en la lucha contra el Mal. Como en el billete de dólar, Dios debe ponerse a la cabeza del negocio.

Desde este punto de vista, resulta evidente que si John Kerry triunfase poco podría hacer para oponerse a las fuerzas objetivas que impulsan al sistema. Pero si Bush fuese derrotado sería porque lo mejor de la sociedad estadounidense -que es mucho y que el mundo respeta y admira- se ha movilizado en su contra y estaría atenta al desempeño de Kerry.

Emperadores preclaros como Adriano y Marco Aurelio no pudieron impedir las guerras ni la decadencia de Roma, pero limitaron mucho los daños y sufrimientos y dejaron una importante herencia cultural. En la era nuclear, y ante la inminencia histórica del agotamiento de ciertos recursos (las próximas guerras serán por el agua), Bush y quienes están con él no deben ser considerados a la ligera sólo como los administradores "naturales" de esta fase del capitalismo, sino como un verdadero peligro para la humanidad. En su segundo y último mandato, la pandilla de usureros febriles que hoy gobierna Estados Unidos podría soltar la bomba sobre algún país de Oriente e invadir uno o varios países de América Latina.

Vistas así las cosas, cualquiera es mejor, aunque la amenaza no vaya a disiparse.

  1. José Pablo Feinmann, "Nietzsche en las borrascas del presente", Página/12, Buenos Aires, 26-9-04; y Michael Klare, "John Kerry, entre ruptura y continuidad", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2004.
  2. Dominique Quessada, "Tout doit disparaître", Le Monde, París, 24-9-04.
  3. Carlos Gabetta y varios autores, dossier "En busca del trabajo perdido", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero 2004.
  4. Quessada, ibid.
  5. Babette Stern, "Près de 36 millons d'Américains...", Le Monde, París, 28-8-04.
  6. La alarma en la prensa mundial es enorme. A título de ejemplo: Octavi Martí, "Cruzada francesa contra la deslocalización", El País (Economía) , Madrid, 19-9-04; Marc Weisbrot, "Labor day 2004: not much to celebrate", Center for Economic and Policy Research, Washington, 3-9-04 y Babette Stern, "Les délocalisations dans les services ne font que commencer", Le Monde, París, 24-9-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:3
Temas Cine, Relaciones internacionales
Países Estados Unidos