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Los “soldados cristianos”

La metáfora más usada en política exterior recurre al juego de ajedrez: se identifican el tablero, las piezas y los jugadores y se explican los acontecimientos según las relaciones entre esos elementos. Tanto la elección de hechos relevantes como las conclusiones son determinadas, o al menos sesgadas, por el esquema analítico. La publicación de una serie de libros sobre la administración Bush permite este ejercicio de reflexión sobre los distintos esquemas de análisis político internacional y las explicaciones divergentes o convergentes que producen.

La versión clásica del análisis de política internacional es conocida como "el modelo del actor racional" 1, de raíz weberiana. Implica seleccionar un actor y atribuirle uno o más objetivos, que intenta alcanzar por medio de acciones racionales. Cuando se establece una relación entre actores, objetivos y medios, el evento ha quedado "explicado".

Dos libros se enrolan en este criterio. El primero es ¿Qué ha fallado en Irak?, de Wesley K. Clark, el general que encabezó las negociaciones en Bosnia en 1995, dirigió el comando regional europeo de las tropas de Estados Unidos en 1997 (más de 100.000 soldados en 89 países de Europa, África y Medio Oriente) y el de la OTAN en el conflicto de Kosovo de 1999 2 y que luego de su retiro se transformó en comentarista militar de la CNN. Hasta febrero pasado se postuló como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos.

El libro se centra en la invasión de Irak, un "acto de agresión" encubierto por la invocación de la doctrina de la guerra preventiva, que ha socavado medio siglo de constante crecimiento del sistema de cooperación internacional que Clark, con extraña honestidad, denomina "el imperio virtual" estadounidense. La victoria militar, tan celebrada por la administración Bush 3, se alcanzó contra tropas iraquíes aun más desmotivadas y degradadas que las de la guerra de 1991, derrotadas en 72 horas de combates terrestres. Pero la falta de planeamiento de posguerra ha facilitado la resistencia iraquí, conformada por milicias chiitas y sunitas, restos del régimen baasista, oficiales nacionalistas de las fuerzas armadas y luchadores de Al-Qaeda. El despliegue de tropas fue inadecuado e insuficiente para las tareas de pacificación, con tropas cansadas y engañadas por la promesa de una campaña rápida y sencilla. Los combates de retaguardia sorprendieron a una administración que esperaba ser recibida como "liberadora" y había olvidado que el punto más débil de una columna de penetración profunda -como las dos que convergieron sobre Bagdad entre marzo y mayo de 2003- es la línea de abastecimiento.

Enfocado en las causas, Clark inculpa a la extrema derecha estadounidense, que ha producido cambios tan profundos en la política exterior que resultan condicionantes, incluso, de un eventual gobierno demócrata.

Bajo el mismo enfoque, se ha traducido el trabajo del periodista francés Eric Laurent, El mundo secreto de Bush, en el que el tablero es Estados Unidos; las piezas, los grupos neoconservadores; y el jugador, la extrema derecha estadounidense. La tendencia que ha llevado a George W. Bush a la presidencia es el desplazamiento del centro de gravedad político de Estados Unidos desde ambas costas, liberales y cosmopolitas, a las zonas centro y sur del país, conservadoras, aislacionistas y reaccionarias. Ante el "horror" del movimiento por las libertades civiles, la revolución sexual, el aborto, la asistencia social, la acción afirmativa y todo aquello que se oponga a una visión literal del texto bíblico, las elites conservadoras presentaron batalla. Tras años de propaganda por radio, prensa y televisión, un tercio de la población de Estados Unidos cree hoy que los eventos en Medio Oriente han sido profetizados por la Biblia y un 44% espera ver, literalmente, el regreso de Cristo en el transcurso de sus vidas naturales 4, seducidos por personajes como el reverendo Moon o el pastor Billy Graham.

El espacio de discusión pública también fue asaltado y grandes fundaciones recibieron financiamiento constante para repetir el menú de ideas de la "revolución conservadora": la Heritage Foundation (de donde proviene Condoleezza Rice); el American Enterprise Institute (Richard Perle y Linn Cheney); la Olin Foundation (Samuel Huntington); el Cato Institute y muchas más, ejercen una presión constante sobre el público y los centros de decisión.

A estos grupos se incorporó George W. Bush en 1986, como alternativa a su problema de alcoholismo en lo que, según un amigo personal, fue "Adios Jack Daniels, hola Jesús". Cabe preguntarse sobre los motivos de esa conversión, que Bush Junior gusta comparar con la de San Pablo: el abuelo, Prescott Bush, se enriqueció en los '20 en sociedad con el industrial alemán Fritz Thyssen -"el banquero de Hitler"- y terminó sus días jugando al golf con el presidente Einsenhower; en cuanto al padre, George, llegó a la presidencia como héroe de la Segunda Guerra Mundial, tras dirigir la CIA bajo Gerald Ford y enriquecerse junto al grupo saudita Ben Laden en los ochenta. Pero George Junior había fracasado en los negocios y en la política, al menos hasta vender su alma a la causa fundamentalista: a fines de 2000 fue declarado Presidente tras la intervención de la Corte Suprema (dos de cuyos jueces, Antonin Scalia y Clarence Thomas, son conspicuos fundamentalistas), en la elección más discutida -o fraudulenta- de Estados Unidos.

El enfoque organizacional 

En otros dos libros, en cambio, predominan los enfoques de índole organizacional, que explican los eventos en función de las relaciones de poder entre agencias que siguen procedimientos estandarizados. Los dos libros muestran a la administración Bush violando, en forma sistemática, tales procedimientos.

Ron Suskind, en El precio de la lealtad, ha construido un relato coherente del paso de Paul O'Neill por la Secretaría del Tesoro, nutriéndose en los exhaustivos archivos oficiales y personales de O'Neill entre 2001 y 2002. Con el antecedente de innovadoras respuestas frente a problemas sindicales y ambientales mientras dirigía el gigante metalúrgico Alcoa, O'Neill fue convocado por su viejo amigo Dick Cheney (otro buen amigo es el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan) para conducir el departamento más antiguo de la administración estadounidense.

Según Suskind, O'Neill descubrió con rapidez que el proceso de toma de decisiones era impermeable al asesoramiento: el 30 de enero de 2001, en la primera reunión del Consejo de Seguridad Nacional, se declaró como dogma que Irak desestabilizaba el Golfo Pérsico y que poseía armas de destrucción masiva; por lo tanto se empezó a discutir sólo la forma y la logística de una intervención. Las reducciones de impuestos y la apropiación del superávit presupuestario fueron, también, cuestiones que llegaron resueltas desde el grupo Bush-Cheney-Rumsfeld-Rice. A partir de allí, a los cuadros gerenciales sólo se les exigía lealtad, aun contra sus convicciones más íntimas.

Después de los viajes que realizara por África en 2002 junto a Bono, el carismático líder de la banda de rock U2, O'Neill fue despedido. Su denuncia presenta a Bush como un Presidente incapaz de opinar sobre asuntos de Estado, como un títere de un pequeño grupo de asesores neoconservadores que ha transformado el asesoramiento presidencial en una sucesión de actos protocolares que soporta con paciencia. La política de la administración, en consecuencia, ha sido tan sólo implementar las decisiones sobre impuestos, apropiaciones e Irak tan pronto fuera factible, con prescindencia de toda otra cuestión.

En la misma línea de visión de los altos estamentos administrativos, Richard A. Clarke, en Contra todos los enemigos, presenta su testimonio después de haber sido consejero presidencial sobre terrorismo bajo Bush padre, William Clinton y Bush hijo. El libro comienza con un capítulo vibrante en el que narra los atentados de septiembre de 2001 y en el que no sorprende que al día siguiente, el 12 de septiembre, el grupo Rumsfeld-Cheney-Bush presionara ya, en ausencia de toda prueba, para implicar a Irak como Estado que instigó, albergó o apoyó en alguna forma los atentados. Clarke ha trabajado en inteligencia en las últimas tres décadas, e inclusive confiesa haber ideado la entrega de misiles antiaéreos a la resistencia afgana a mediados de los '80, a través de los servicios secretos paquistaníes 5.

Los árabes militantes -Osama Ben Laden, entre ellos- quedaron convencidos de la factibilidad de derrotar a una potencia después de enfrentar al ejército soviético, e iniciaron el ataque a blancos de Estados Unidos. La respuesta de la administración Bush a los atentados del 11 de septiembre fue paradojal: mientras se seguían cursos de acción basados en hechos, que llevaron a la invasión de Afganistán para perseguir a los talibanes, se inició una campaña dentro y fuera del gobierno para vincular a Irak y lograr consenso para la invasión, a pesar de que el régimen de sanciones cumplía con su función de atacar los programas de armas de destrucción masiva 6 y de que no existía -después del intento de asesinar a Bush padre que los servicios secretos kuwaitíes habrían desbaratado en 1993- ninguna evidencia de actos terroristas por parte de Irak. Tampoco había evidencia sobre la existencia de armas de destrucción masiva y la intención de utilizarlas. Clarke, que ya había anticipado su renuncia para octubre de 2001, vio con impotencia cómo se inventaba una vinculación entre Irak y Al-Qaeda. Este viejo amigo de Dick Cheney y de Colin Powell recordaba la misión en la que Donald Rumsfeld prometió apoyo a Irak en la guerra contra Irán, en 1983.

Clarke fue el primero, en marzo de 2003, de una serie de consejeros de seguridad que renunciaron ante la invasión de un país árabe, laico y rico en petróleo, y la subsiguiente asignación de los contratos de reconstrucción a empresas vinculadas en forma directa a la administración Bush: no podía imaginar mejor propaganda para las nuevas generaciones de fundamentalistas. El fortalecimiento de la lucha contra Al-Qaeda y la estabilización de Afganistán fueron metas obviadas, y cientos de miles de hombres fueron puestos en la línea de fuego por las razones y en el lugar equivocados.

El enfoque burocrático 

El último enfoque propone que las decisiones, dentro de una organización burocrática, son tomadas como resultado de una lucha despiadada entre distintos sectores. Lo sustentan dos libros de un mismo autor, Bob Woodward, famoso y temido editor adjunto del periódico liberal más influyente de Estados Unidos, The Washington Post 7.

En Bush en guerra Woodward ha reconstruido los días posteriores al 11 de septiembre con base en entrevistas a Bush y sus asesores y en el testimonio de 75 oficiales clave. El libro demuestra que Afganistán, el primer país invadido, fue la prueba de campo de la "doctrina Rumsfeld" de pequeñas unidades con alta coordinación y bombardeos de precisión, como alternativa a la ocupación física del terreno. Las asimetrías eran evidentes: iniciados los bombardeos, el secretario de Defensa reconocía con cierto sadismo: "No nos estamos quedando sin blancos; Afganistán, sí". Ciento veinte días después de los atentados, el régimen talibán había sido depuesto por el despliegue de menos de 500 tropas de operaciones especiales, armas compradas a los rusos con dólares estadounidenses y tropas indígenas de la Alianza del Norte.

El siguiente libro de Woodward, Plan of Attack, abarca, con las mismas fuentes y el mismo método, el período entre la guerra de Afganistán y la ocupación de Irak. Ya en noviembre de 2001 Rumsfeld inicia la revisión del plan de ataque contra Irak, y la inserción de equipos de inteligencia en el norte del país.

En ambos libros hay una constante: la lucha entre el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el de Estado, Colin Powell. Afganistán no representó mayores problemas por la tolerancia internacional a la invasión, la debilidad inherente del régimen y la presencia de fuerzas rebeldes organizadas. Sin embargo, las tropas de ocupación no pudieron capturar ni a Ben Laden ni al mullah Omar, y los contingentes que se desplegaron más tarde, en la batalla de Tora Bora, no fueron suficientes para asegurar los objetivos estratégicos. Pero en el caso de Irak, además, la presión de Rumsfeld para acelerar la planificación e implementación del ataque necesitaba del apoyo de Powell para convocar a la ONU y negociar con los países aliados. La cuestión fundamental era la evidencia de las armas de destrucción masiva y los incumplimientos de Irak eran probados por fragmentos de intercepciones telefónicas, datos inconexos de exiliados iraquíes y la enorme voluntad de Rumsfeld de encontrar una causa para el ataque. Sin embargo, Powell realizó su tarea con leal aplicación e Irak fue invadido. También aquí la asimetría resultó evidente durante la invasión, pero en la posguerra (Khosrokhavar, pág. 32) todo fue mucho peor.

Todos estos libros fueron escritos antes de los escándalos por crímenes de guerra contra prisioneros iraquíes y de los informes sobre la fraudulenta inteligencia que llevó a la guerra 8. Pero de todos ellos surge una explicación convergente: un núcleo neoconservador, que ha acumulado poder, rencor y fortuna por tres décadas, intenta construir un imperio fundamentalista cristiano mediante el terror y la militarización de la sociedad. Los teóricos del equilibrio de poder gustan recordarnos que Roma no fue destruida por la aparición de un poder superior, sino por su propia decadencia, aunque la perspectiva histórica sea un triste consuelo frente al dolor cotidiano que producen los "soldados cristianos".

  1. Siguiendo la obra clásica de Graham Allison, La esencia de la decisión, Fondo de Cultura Económica, México, 1986.
  2. Para un balance de ese conflicto, véase el dossier "Balance de la guerra en los Balcanes", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 1999.
  3. Como botón de muestra, el historiador militar neoconservador Max Boot, del Council on Foreign Relations, dijo que "La victoria de Estados Unidos en Irak hace que la guerra relámpago alemana (1940) parezca incompetente por comparación". En "The new american way of war", Foreing Affairs, Nueva York, julio de 2003.
  4. Foreign Affairs, Nueva York, septiembre de 2003.
  5. La URSS ocupó Afganistán entre 1979 y 1989. El uso de los misiles estadounidenses Stinger y británicos Javelin se acepta como la causa militar de la retirada soviética.
  6. Para profundizar el punto, véase George A. López y David Cortright, "Containing Iraq: Sanctions worked", Foreign Affairs, Nueva York, julio de 2004.
  7. En 1972 Bob Woodward y Carl Bernstein vincularon robos de material sensible de la campaña demócrata, en el edificio Watergate, con el presidente Nixon, quien renunció a la presidencia en 1974 por esa investigación.
  8. En particular, el lapidario informe del Senado de Estados Unidos: www.intelligence.senate.gov.
Autor/es Raúl J. Maldonado
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:7,8
Temas Ciencias Políticas, Política internacional
Países Estados Unidos