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Recuadros:

La guerra de mil años

La errada noción de “guerra contra el terrorismo” tras la cual se aglutinó la opinión pública estadounidense luego de los atentados del 11 de septiembre, explica el atolladero de las fuerzas de ocupación en Irak, pues el terrorismo remite a la acción de servicios policiales y de inteligencia, no a un enfrentamiento bélico. El terrorista, asociado preferentemente al musulmán, es la figura de enemigo que ha sustituido a la amenaza comunista de la Guerra Fría para los intereses hegemónicos estratégicos de Estados Unidos y de Occidente. De allí a la actualización del combate histórico entre el cristianismo y el islam hay un paso, que algunos intelectuales de Occidente no han vacilado en teorizar.

Irak arde. Pueden verse allí las consecuencias de la ignorancia estadounidense sobre el campo de batalla (Fallujah poco se parece a una ciudad de Texas, mucho menos a Marsella o a Tolón, liberadas en 1944), o de la arrogancia de una gran potencia. Más profundamente, sin embargo, este chasco es consecuencia directa del concepto de "guerra contra el terrorismo" lanzado por el presidente George W. Bush luego del 11 de septiembre.

En este marco de pensamiento, cada incidente en Irak se ordena lógicamente: los ataques en el "triángulo sunita" sólo pueden ser producto de nostálgicos del régimen de Saddam Hussein o de terroristas internacionales vinculados con Al-Qaeda; la resistencia de Moqtada Al-Sadr, el resultado de la influencia iraní, uno de los miembros del Eje del Mal; toda acción armada, la prueba de que "ellos" odian los valores occidentales. Tal como lo explica ingenuamente un cabo estadounidense en Irak: "Debemos matar a los malos" 1. Pero cuantos más "malos" mata Estados Unidos, más malos surgen de las ruinas de cada inmueble bombardeado, de cada aldea sometida a allanamientos sistemáticos.

El drama iraquí también podría comprenderse de manera diferente y mucho más simple. Contentos por haberse librado de una dictadura particularmente odiosa y por haber acabado con sanciones que durante trece años vaciaron al país de su sustancia, los iraquíes aspiran simplemente a vivir mejor, libres e independientes. No se ha cumplido ninguna de las promesas de la reconstrucción, la electricidad se corta a menudo, la inseguridad perdura, la miseria se extiende. Las tropas estadounidenses perpetraron el último ataque brutal contra un Estado ya debilitado por los múltiples embargos, dejando que los ministerios ardieran y disolviendo el ejército, según el modelo que habían aplicado en 1945 en... Japón. Por otra parte, los iraquíes no quieren vivir bajo el yugo de un ocupante, cuyos únicos intereses -sospechan- son petroleros y estratégicos. El tiempo de la colonización ha terminado. En Irak, la revuelta de los años 1920 contra el ocupante británico, celebrada desde hace décadas, dejó en la memoria de todos una marca tan indeleble como la Resistencia o la Liberación en Francia. Los iraquíes comparten esta aspiración a la independencia con los demás pueblos y no es necesario sondear su "psicología" o su "alma", ni someter al Corán y al islam a complejas exégesis para comprenderla. Tampoco es necesario ver en ese país un puesto de avanzada de la cruzada contra el "terrorismo internacional". El comportamiento de los iraquíes es absolutamente racional y la única solución es una retirada rápida de las tropas estadounidenses y el retorno del país a la plenitud de su soberanía.

La manera en que los dirigentes de una gran potencia interpretan un hecho acontecido en una región del mundo determina sus decisiones estratégicas y diplomáticas: ¿Qué beneficios obtendremos? ¿Qué harán nuestros enemigos? ¿Quiénes son nuestros aliados? Durante varias décadas, la Guerra Fría sirvió de paradigma para explicar la evolución planetaria. Al producirse un cambio en una lejana comarca, los estrategas de ambos bandos, los investigadores y los periodistas se preguntaban: ¿Es bueno para la URSS? ¿Es bueno para Estados Unidos? Las consecuencias de esta visión en blanco y negro pudieron medirse a propósito de dos conflictos de los años 1970-1980, el de Nicaragua y el de Afganistán.

Clave de lectura Este-Oeste

En julio de 1979 los sandinistas toman el poder en Managua tras una larga lucha armada que pone fin a la dictadura de la familia Somoza. Lanzan un programa de audaces reformas sociales, especialmente en materia agraria. Se respetan las libertades fundamentales y se permiten los partidos políticos de oposición. Surge la posibilidad de sacar al país de la pobreza y el subdesarrollo. Pero el gobierno estadounidense no lo entiende así. Para él, esta derrota de uno de los aliados de Estados Unidos se reduce a una avanzada del comunismo y la URSS en su "coto de caza" centroamericano. La CIA provee armamento a viejos soldados somocistas. Desde Honduras, estos "combatientes de la libertad" libran una guerra a ultranza, sin dudar en la utilización del terrorismo contra el régimen, mientras que Washington intenta movilizar a la opinión pública y a sus aliados contra el peligro totalitario en América Central. La Habana, y en menor medida Moscú, intensifican su ayuda a los sandinistas. De allí en más, Nicaragua se ve atrapada en el enfrentamiento Este-Oeste. La presión permanente de Estados Unidos, el empobrecimiento del país como consecuencia de sanciones económicas, desembocarán finalmente en la derrota de los sandinistas en las elecciones del 25 de febrero de 1990. De un día para el otro, Washington dejará de interesarse en Nicaragua y abandonará a sus antiguos protegidos. El país se hundirá en la miseria, pero nunca será "comunista".

El caso de Afganistán es aun más emblemático. En abril de 1978, aunque aliado de la URSS, el régimen es derrocado por un golpe de Estado comunista. El nuevo poder lleva a cabo, de manera brutal, reformas radicales en este país conservador y se enfrenta a una fuerte oposición, especialmente en las regiones rurales. Washington comienza a armar a los mujaidines. En diciembre de 1979 el ejército soviético invade Afganistán, cambia la dirección del país: una operación de tipo colonial condenada por la comunidad internacional. Pero Estados Unidos y Occidente quieren ver en ello la prueba de la voluntad hegemónica de los soviéticos, la confirmación de las intenciones seculares del Kremlin de proyectarse hacia "los mares cálidos", hacia el Golfo. La nueva administración Reagan encuentra allí la oportunidad de "hacer sangrar" al ejército rojo, incluso al precio de una alianza con el diablo. Con la ayuda de los servicios secretos pakistaníes y sauditas, armará a los fundamentalistas más radicales, en detrimento de la oposición moderada. Se opondrá a todos los intentos de acuerdo político y diplomático apadrinados por Naciones Unidas, y prolongará deliberadamente el conflicto 2. Ya se sabe cuál fue el resultado. Los soviéticos deciden retirarse de Afganistán, pero luego de su victoria Estados Unidos se desentiende del destino del país y de las redes islamitas radicales que contribuyeron a instalar, con la ayuda de un tal Osama Ben Laden. Abandonado, Afganistán se hunde primero en la guerra civil, antes de caer, en 1996, en manos de los talibanes.

Ahora se sabe que, lejos de corresponder a un gran proyecto de expansión, la decisión soviética de intervenir en Afganistán fue tomada por una dirigencia política dividida, preocupada ante todo por evitar que un país fronterizo, tradicionalmente aliado, cayera en manos de islamitas extremistas. Se sabe también que pese a sus apariencias de potencia militar la URSS era incapaz de amenazar al mundo, menos aun de dominarlo. Sin embargo, en Occidente se agitó continuamente el fantasma de la amenaza soviética para movilizar a la opinión pública. En 1983, dos años antes de la llegada de Mijail Gorbachov al poder en Moscú, el politólogo Jean-François Revel, siempre perspicaz, anunciaba el fin de las democracias incapaces de luchar contra "el más temible de estos enemigos externos, el comunismo, variante actual y modelo acabado del totalitarismo" 3. Este "modelo acabado" tenía sólo unos años de vida por delante.

Por supuesto, la clave de lectura "Este-Oeste" tenía su pertinencia. Tanto Estados Unidos como la URSS defendían sus intereses de grandes potencias, pero la vida política de cada país no se reducía a un gran tablero de ajedrez en el cual se enfrentaban la Casa Blanca y el Kremlin, la primera apoyando sin remordimientos dictaduras latinoamericanas o a la Indonesia de Suharto; el segundo interviniendo brutalmente en Hungría (1956) o en Checoslovaquia (1968). Este simplismo llevaba a subestimar las realidades nacionales, no tan fácilmente reductibles, y todos los demás desafíos planteados a la humanidad: deterioro del medioambiente, pobreza crónica, proliferación de nuevas enfermedades -especialmente el sida-, etc. El mundo salió finalmente de la Guerra Fría, Estados Unidos ganó, pero los desafíos continúan. Y las causas de inestabilidad también.

En busca de un enemigo

El fin de la Unión Soviética dejó huérfanos -privados de un enemigo que justificaba su existencia y su presupuesto ilimitado- no sólo a los militares y a los servicios de inteligencia estadounidenses (y por extensión occidentales), sino también a todos los centros de investigación estratégicos que habían señalado seriamente la superioridad estratégica de Moscú, incluso pronosticado una invasión soviética de Europa Occidental. Pero ¿con qué podía reemplazarse el "Imperio del mal"?

A comienzos de los años 1990, la teoría del "fin de la historia" lanzada por el académico estadounidense Francis Fukuyama, que proclamaba la victoria definitiva del liberalismo occidental condenado a extenderse por todo el planeta, sólo tuvo un éxito limitado. Una fracción de la derecha conservadora, la misma que se había opuesto a distender las relaciones con la URSS y a todo acuerdo con Mijail Gorbachov, buscaba en cambio "un nuevo enemigo estratégico". Anunció que Estados Unidos, aunque sin rival, era ahora amenazado por fuerzas oscuras, aun más peligrosas que el comunismo: el terrorismo, los Estados canallas, las armas de destrucción masiva. Paralelamente, cada vez más pensadores y periodistas diagnosticaron el ascenso en potencia de un nuevo adversario, el islam, que disponía a la vez de una "fuerte ideología" y de una base potencial de más de mil millones de seres humanos.

En 1993, el estadounidense Samuel Huntington popularizó el "choque de civilizaciones" 4 ("Origen de un concepto peligroso", pág. 15). "Mi hipótesis -escribía el profesor estadounidense- es que en el nuevo mundo los conflictos no tendrán esencialmente como origen la ideología o la economía. Las grandes causas de divisiones de la humanidad y las principales fuentes de conflictos serán culturales. Los Estados nación continuarán desempeñando el papel principal en los asuntos internacionales, pero los principales conflictos políticos mundiales enfrentarán a naciones y grupos que pertenecen a civilizaciones diferentes. El choque de civilizaciones dominará la política mundial."

Pero estábamos todavía en el campo de la especulación; ninguna de estas doctrinas tuvo consenso entre las elites. Hubo que esperar al 11 de septiembre para que se instalara la idea de que Occidente estaba nuevamente comprometido en una guerra mundial, que sucedía a la Guerra Fría y a la Segunda Guerra Mundial. Traumatizada por los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, la opinión pública estadounidense se sumó a la "guerra contra el terrorismo", una guerra en la cual "quien no está con nosotros está en contra nuestra". Sin embargo, ¿quién es este nuevo enemigo que reemplaza al comunismo y al nazismo? ¿El terrorismo? Pero el terrorismo no es una ideología sino apenas un método de acción, y resulta difícil percibir qué une a los independentistas corsos, los del IRA y Al-Qaeda. ¿Al-Qaeda? Pero el combate contra esta organización peligrosa corresponde a los servicios policiales, no a la movilización guerrera (Roy, pág 16). ¿Los Estados canallas? Si es abusivo incluir en el mismo Eje del Mal a Corea del Norte e Irán, también es difícil ubicar las amenazas que esos Estados ejercen regionalmente en el mismo nivel que hasta hace poco representaba la Unión Soviética.

Sin embargo, lo que se perfila cada día con más nitidez, a través de los objetivos designados y de las campañas ideológicas, es un choque entre dos civilizaciones, islam y Occidente. Con excepción de Corea del Norte y Cuba, dos pequeños Estados, los países en la mira de Estados Unidos -Irak, Irán, Siria, Sudán- son todos musulmanes; la ayuda incondicional de Washington al gobierno de Ariel Sharon confirma esta posición tomada. La "civilización" está en guerra contra la "barbarie", proclama el presidente Bush. "El mundo se dividió en dos bandos -responde Osama Ben Laden- uno tras la bandera de la cruz, tal como dijo el jefe de los infieles Bush, y otro tras la bandera del islam."

Ellos y nosotros

Si esta teoría es verdadera, ningún acomodamiento es entonces posible, ya que "ellos" nos odian no a causa de lo que hacemos, sino porque rechazan nuestros ideales de libertad y democracia; es inútil pues acordar una prioridad a la solución de tal o cual injusticia que afecta al mundo musulmán. Por otra parte, esta concepción induce a una estrategia de guerra. Implica inscribir cada enfrentamiento en un conflicto de civilizaciones, un conflicto eterno, sin solución: la lucha de los palestinos, un atentado terrorista en Java, la resistencia en Irak, un incidente antisemita en un liceo parisino, un motín en los suburbios, son percibidos como elementos de una ofensiva general del islamismo. Estamos inmersos, en todos los frentes, incluido el frente interno, en una guerra mundial.

El general William G. "Jerry" Boykin, un ex integrante de las fuerzas Delta (unidad de intervención antiterrorista del ejército estadounidense), fue designado en junio de 2003 subsecretario adjunto de Inteligencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Es un cristiano evangélico, que declaraba en Oregon que los radicales islámicos odiaban a Estados Unidos "porque somos una nación cristiana, porque nuestros cimientos y nuestras raíces son judeocristianos. Y el enemigo es un tipo que se llama Satán" 5. En otra ocasión, proclamaba: "Nosotros, el ejército de Dios, en la casa de Dios, en el reino de Dios, hemos sido educados para esta misión"; y, a propósito de la guerra en Somalia contra los jefes de guerra musulmanes: "Sabía que mi Dios era más grande que el suyo, sabía que mi Dios era un verdadero Dios y el suyo un ídolo" 6. Luego de estas revelaciones, el general se dignó a presentar unas disculpas, conservó su puesto y pudo mostrar su talento "exportando" a Irak el sistema carcelario instalado en Guantánamo, con los resultados que se conocen en materia de torturas 7. Si bien el secretario de Defensa Donald Rumsfeld primero lo defendió, Condoleezza Rice, la asesora de Seguridad Nacional, debió aclarar: "Esta no es una guerra entre religiones". Sin embargo, cuesta creerle al leer los testimonios de los torturados en Irak, que eran obligados a abjurar de su religión o a comer cerdo 8.

Pero también al escuchar numerosos medios de comunicación estadounidenses, o a veces europeos, que no ocultan su islamofobia. Ann Coulter es una de las más populares comentaristas de la derecha estadounidense, cuyos libros son best sellers; con frecuencia es invitada a programas de las grandes cadenas informativas de televisión y radio, desde Good Morning America hasta The O'Reilly Factor. Según ella, dentro de diez años los musulmanes habrán tomado el poder en Francia. "Cuando combatíamos el comunismo -explica- había asesinos y gulags, está bien, pero eran blancos y estaban en su sano juicio. Ahora, estamos en guerra contra verdaderos salvajes". Y precisa: "Sufrimos los ataques de musulmanes salvajes y fanáticos desde hace veinte años. No es Al-Qaeda quien tomó rehenes de nuestro país en Irán. No era Al-Qaeda la que puso una bomba en una discoteca de Berlín-Oeste, la que llevó a Ronald Reagan a bombardear Libia". Pero Libia no es islamita... "Usted puede sostener ese argumento, pero yo sigo viendo musulmanes que matan gente" 9.

"Deberíamos ser conscientes de la superioridad de nuestra civilización, (...) un sistema de valores que brindó a todos los países que lo adoptaron una gran prosperidad, que garantiza el respeto de los derechos humanos y las libertades religiosas", señalaba satisfecho el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, el 26 de septiembre de 2001. El Presidente del Consejo Italiano estimó que debido a la "superioridad de los valores occidentales", éstos iban a "conquistar nuevos pueblos", precisando que esto "ya se había producido con el mundo comunista y una parte del mundo islámico, pero que, desgraciadamente, una parte de éste último quedó mil cuatrocientos años atrás" 10.

Jean-François Revel, en su libro L'Obsession anti-américaine, se alegra del hecho de que George W. Bush y varios dirigentes europeos hayan concurrido a mezquitas luego del 11 de septiembre para evitar, especialmente en Estados Unidos, que los árabe-estadounidenses se convirtieran en blancos de "represalias indignas". Y afirma: "Este escrúpulo democrático honra a estadounidenses y europeos, pero no debe cegarlos al odio por Occidente de la mayoría de los musulmanes que viven entre nosotros" 11. Está escrito con todas las letras: la "mayoría de los musulmanes". Se ignora si propone expulsarlos...

Estas declaraciones tienen eco en la opinión pública. La Guerra Fría, especialmente en los años 1980, movilizó poco y fue sobre todo una cuestión de estados mayores; el comunismo ya había perdido gran parte de su fuerza de atracción y el espantajo rojo ya no suscitaba grandes cazas de brujas. La guerra contra el terrorismo evoca otras resonancias: una parte de la opinión pública occidental y musulmana está dispuesta a creer que los conflictos actuales encubren un choque entre civilizaciones. Las divisiones ya no pasarían entonces entre fuertes y débiles, ricos y pobres, pudientes y desposeídos, sino entre "ellos" y "nosotros". Cada país occidental renunciaría al concepto trasnochado de la "lucha de clases" para alistarse en las filas de la "lucha contra el otro". Se libraría entonces una guerra de mil años, cuyo único resultado sería afianzar el desorden establecido.

  1. Citado en "GI's in Iraq are asking: Why are we here?", International Herald Tribune, París, 12-08-04.
  2. Diego Cordovez, Selig S. Harrison, Out of Afghanistan. The Inside Story of the Soviet Withdrawal, Oxford University Press, Oxford, 1995.
  3. Jean-François Revel, Comment les démocraties finissent, Grasset, París, 1983.
  4. Samuel Huntington, "The Clash of Civilizations", Foreign Affairs, vol. 72, N° 3, 1993.
  5. Los Angeles Times, 16-10-03.
  6. Ibid.
  7. Sidney Blumenthal, "The religious warrior of Abu Ghraib", The Guardian, Londres, 20-05-04.
  8. "New images amplify abuse at Iraq prison", Reuters, 21-05-04.
  9. The Independent, Londres, 16-08-04.
  10. Le Monde, París, 28-09-01.
  11. Jean-François Revel, L'Obsession anti-américaine, Plon, París, 2002.

Origen de un concepto peligroso

Gresh, Alain

“La crisis de Medio Oriente (…) no surge de una querella entre Estados, sino de un choque de civilizaciones” 1. Desde 1964, un universitario británico, poco conocido todavía, lanza la fórmula que iba a gozar de tanta fortuna. Indiscutiblemente, Bernard Lewis es un precursor. Instalado en Estados Unidos en 1974, especialista en Turquía, es también un actor político y no lo oculta. Muy cercano a Paul Wolfowitz y a los neoconservadores de la administración Bush, es partidario de la política israelí y de la guerra contra Irak. Descubierto por el gran público después del 11 de septiembre de 2001, es autor de dos ensayos muy sesgados, bajo su aparencia “científica”: What went wrong: Western Impact and Middle Eastern Response (Qué anduvo mal: impacto occidental y respuesta en Medio Oriente), y The Crisis of Islam: Holy War and Unholy terror (La crisis del islam: guerra santa y terror no santo), muy aplaudidos 2. Incluso se ha olvidado que sigue negando el genocidio armenio...
Veinticinco años más tarde, relanzó esa fórmula, que en los años 1960 había pasado desapercibida, en un artículo “The Roots of Muslim Rage” (Las raíces de la cólera musulmana) 3. Allí describe el estado de espíritu del mundo musulmán y concluye: “Esto es nada menos que un choque de civilizaciones, la reacción tal vez irracional aunque seguramente histórica, de un antiguo rival contra nuestra herencia judeo-cristiana, nuestro presente secular y la expansión mundial de ambas”. “Creo, precisó en 1995, que la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en decir, y algunos ya lo han dicho, que el choque de civilizaciones es un aspecto importante de las relaciones internacionales modernas, aunque pocos de nosotros llegaríamos a decir, como lo han hecho algunos, que las civilizaciones tienen políticas exteriores y forman alianzas” 4.
La visión de un “choque de civilizaciones”, que opone ante todo a dos entidades claramente definidas, “islam” y “Occidente” (o “civilización judeo-cristiana”) está en el centro del pensamiento de Lewis, un pensamiento esencialista que reduce a los musulmanes a una cultura congelada y eterna: “Este odio –insiste– va más allá de la hostilidad hacia algunos intereses o acciones específicos, o incluso a países determinados, se convierte en un rechazo de la civilización occidental en cuanto tal, no sólo por lo que ella hace, sino por lo que es y por los principios y valores que practica y profesa” 5. Los iraníes no se rebelaron contra la dictadura del Sha impuesta por un golpe de Estado fomentado por la CIA en 1953; los palestinos no luchan contra una interminable ocupación; y si los árabes odian a Estados Unidos no es debido al apoyo de ese país a Ariel Sharon o a la ocupación de Irak: en realidad, lo que rechazan los musulmanes son la libertad y la democracia. ¿Cómo comprender el conflicto de Kosovo o el de Etiopía-Eritrea? Por el rechazo de los musulmanes a ser gobernados por infieles, explica Bernard Lewis.
En 1993 el estadounidense Samuel Huntington retomó la fórmula del “choque de civilizaciones” en un célebre artículo de Foreign Affairs 6.
Rechazado verbalmente en Francia, el concepto se instala sin embargo de a poco en las conciencias. Cuando en diciembre de 2003, en Túnez, el presidente Jacques Chirac habló de “agresión” a propósito del velo, la periodista Elisabeth Schemla se regocijó: “Por primera vez, Jacques Chirac reconoce que Francia no se sustrae al choque de civilizaciones” 7.
“Sin exagerar su importancia –escribe Emmanuel Brenner en un panfleto titulado France, prends garde de perdre ton âme... (Francia, cuidado con perder tu alma)– hay que tener en cuenta los desafíos culturales que traducen enfrentamientos entre concepciones del mundo diferentes, si no antagónicas. (...) Esta dimensión cultural les falta a muchos observadores que omiten tomar en cuenta este trasfondo histórico que nos habla sin que lo sepamos. Un trasfondo cuya naturaleza, conflictiva durante mucho tiempo, aflora en el retorno identitario de hoy. Basta con evocar las cruzadas y el enfrentamiento entre las dos costas del Mediterráneo, el avance del islam en el sudeste de Europa hasta las puertas de Viena en el siglo XVII, o el tiempo del Gran Turco temido y aborrecido, después la época de la colonización y su cortejo de violencias, y finalmente la de la descolonización, que fue muchas veces sangrienta. Esta confrontación, antigua y recurrente, ha sedimentado en las conciencias de los pueblos. Y es por eso –concluye– que muchos jóvenes franceses de origen árabe son ‘culturalmente’ antisemitas...” 8.
De Mahoma al sitio de Viena por los otomanos, de la descolonización al islamismo, del islamismo a Al-Qaeda, del velo al antisemitismo de los jóvenes de origen árabe, el círculo se cierra, la historia se repite. ¡Cuidado con los sarracenos!

  1. Bernard Lewis, The Middle East and the West, Indiana University Press, Bloomington, 1964.
  2. B. Lewis, What Went Wrong… Oxford University Press, Nueva York, 2002 y The Crisis of Islam…, Random House, Nueva York, 2003.
  3. Bernard Lewis, “The roots of Muslim Rage. Why so many Muslims deeply resent the West, and why their bitterness will not easily be mollified “, The Atlantic Monthly, Boston, septiembre de 1990. 
  4. Bernard Lewis, “‘I’m right, you’re wrong, go to hell.’ Religions and the meeting of civilization”, The Atlantic Monthly, Boston, mayo de 2003.
  5. Lewis, “The Roots…”, op. cit.
  6. Samuel Huntington, “The Clash of Civilizations”, Foreign Affairs, vol. 72, N° 3, 1993.
  7. 10-12-03, Proche-Orient.info
  8. Emmanuel Brenner, France, prends garde de perdre ton âme, Mille et une nuits, París, 2004.


Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Páginas:14,15,16
Traducción Gustavo Recalde
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Geopolítica, Iglesia Católica, Islamismo
Países Estados Unidos, Irak