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¿Cómo alcanzó China su sorprendente solidez?

En 1978, a comienzos del viraje, la corriente reformadora reagrupada en torno a Deng Xiaoping 1 maniobró entre escollos y múltiples resistencias. El movimiento parecía incierto, a veces caótico, y podían preverse crecientes tensiones tanto en el Partido como en la relación con el pueblo. El país sólo conoció una crisis mayor, dramática: la de la primavera de Tiananmen en 1989. Fue una crisis de legitimidad, porque puso al desnudo el fuerte rechazo del estudiantado y de la población urbana al persistente autoritarismo y a la corrupción 2. Al mismo tiempo fue un momento difícil de la reforma económica y una confirmación de la lógica dictatorial del poder constituido, impuesto al principio mediante una violenta represión; después con mayor astucia y plasticidad.

Para llevar a cabo los cambios el poder optó por la continuidad autoritaria, en primer lugar porque luchaba enérgicamente por sobrevivir con el respaldo de la fuerza armada, a la que monopolizaba. Pero sobrevivió también porque encontró apoyo en sectores de la población urbana, lo que le permitió proseguir esa vía autoritaria, que tiene raíces en un pasado lejano. En esa crisis, el poder se benefició además con la neutralidad de la mayoría campesina, que lo proveyó de las milicias indispensables para reprimir. Después, gradualmente, ganó -o volvió a ganar- el apoyo de las capas sociales urbanas que se beneficiaban con la reforma. Con el tiempo reencontró incluso el favor de parte de la intelectualidad, y sobre todo vio crecer una clase media y una nueva burguesía empresaria, destruida durante el período maoísta pero después valorizada e integrada en el PCC. Aunque el régimen no sea necesariamente objeto de adhesión, posee una verdadera base social.

Nadie había imaginado semejante evolución del PCC, tal capacidad de reacción. En gran medida porque se buscaba su "identidad" en el lugar equivocado. En efecto, durante mucho tiempo -desde la década del '30- se subestimó la importancia, incluso la preeminencia de la dimensión nacionalista en la motivación del régimen de Pekín y en la historia del comunismo chino. Sin embargo, más que el comunismo que le servía de ropaje ideológico, es esta dimensión nacionalista la que explica la trayectoria del PCC. En China todavía no se hizo un trabajo semejante al que Moshe Lewin realizó sobre la URSS de Stalin 3, en el que se alejó, dejó incluso de tener en cuenta lo que pretendía ser el nuevo régimen -un régimen socialista- para aceptarlo o discutirlo y, en cambio, lo comprendió en su originalidad.

En el caso chino -aunque también es verdad para otros países, como Vietnam- el comunismo encarna un nacionalismo revolucionario que compite con otras formas de nacionalismo, como el del Kuomintang 4. El PCC es nacionalista dado que su objeto esencial es, para emplear una consigna usada en los años '20, "salvar a la nación" de los imperialismos depredadores, protegerla y asimismo reconstituir su unidad. Responder a esa dramática necesidad constituye la manera más eficaz -si no la única- de movilizar a la nación en profundidad y sobre todo de lograr el apoyo de las fuerzas más activas, concentradas sobre todo en las ciudades y en gran proporción en la esfera intelectual.

Se puede discutir si el comunismo chino era nacionalista desde sus orígenes, pero lo cierto es que se construyó y tomó vuelo reivindicando la total legitimidad del combate nacional contra el invasor japonés, sobre todo a partir de 1937. Pero es revolucionario porque para alcanzar ese objetivo la nación debe ser transformada tomando como modelo ese Occidente industrial rechazado e imitado al mismo tiempo. Para ello se necesita movilizar al pueblo, una idea y una práctica inéditas, que incitan a la ruptura revolucionaria, al cuestionamiento de valores y comportamientos tradicionales muy enraizados en las elites. El Estado, única fuente de este proyecto, deberá instrumentar modificaciones sociales y económicas. Y eso gracias a un Partido organizado, centralizado, provisto de una ideología de movilización y decidido a vencer a los enemigos de adentro y de afuera. Así, ese programa general sufre la influencia leninista y se inspira en la experiencia soviética, en especial la de los años de Stalin 5.

Esta prioridad nacionalista -incluso en su dimensión antiimperialista- y su voluntad de modernidad copiada del modelo occidental, suponen un pragmatismo muy alejado de la ideología comunista. Induce incluso a una precoz rigidez, como la esperanza de reintegrar a la Mongolia exterior en el seno de la futura China Popular, que desde antes de 1949 chocó con la negativa de José Stalin. Y lo que es más importante, la constante reivindicación de la isla de Taiwán 6.

Asimismo, para entender el "socialismo real" chino hay que tener en cuenta a las nuevas elites revolucionarias que se instalan en el PCC mucho antes de 1949. Elites alejadas de las capas populares, que consiguen rápidamente privilegios sociales, al principio con frecuencia modestos. Nadie se engaña, comenzando por los campesinos. Sin omitir las nuevas jerarquías, el rol de los jefes y el status que se adjudica el jefe supremo, Mao Zedong. En Mao se observa la misma lógica despótica de Stalin. Sus motivaciones, para no hablar sin ambajes de sus caprichos y a veces de sus locuras, no siempre tuvieron en cuenta las exigencias nacionales, pero siempre volvieron a ellas. El tirano podía permitirse muchos absurdos e imponer sufrimientos arbitrarios, pero a la larga no podía romper el "pacto" firmado con el pueblo para defender a la nación y lograr su modernización, considerada como el medio más eficaz de dicha defensa.

El resto -gran parte de los nuevos temas emancipadores extraídos del socialismo occidental (la democracia, el poder del pueblo, etc.)- se tornaba progresivamente secundario, incluso una verdadera molestia; de allí la eliminación precoz, vigorosa y reiterada de las minorías más sensibles al aporte pluralista de Occidente y apegadas a la significación revolucionaria de la emancipación popular. El propio Mao abandonó con rapidez sus propósitos de la década del '20: la reivindicación de una forma de autoemancipación campesina.

 Una variante del nacionalismo

 La historia del "socialismo real", esa invención histórica que busca siempre su nombre de pila (aun cuando ese socialismo está en realidad sepultado), empieza en la Unión Soviética con la toma del poder por parte de los bolcheviques. Confrontados con la realidad del poder, éstos modifican su práctica. Lo prueba, entre otras cosas, el rápido cambio de orientación que lleva del antiestatismo exaltado del célebre texto de Lenín de 1917 -El Estado y la revolución- al estatismo exhibido a comienzos de 1918, deliberadamente autoritario y suspicaz respecto de las masas. Para no hablar de la represión contra los enemigos, reales (que no faltaban) e imaginarios. Esta reorientación abre el camino a la "nacionalización" del comunismo ruso que encarnará Stalin, aun antes de acceder al poder, en contra de la tradición internacionalista del bolchevismo 7. En las otras experiencias "comunistas" que no fueron impuestas desde el exterior como en Europa del Este, sino que surgieron del combate interno, como es el caso de Yugoslavia, China, Vietnam o Cuba, la opción nacionalista se enraizó mucho antes de la toma del poder y como condición necesaria para ello.

En realidad, el "socialismo real" chino es la historia de una variante del nacionalismo, una forma inédita de "modernización" procedente de un Occidente capitalista; "socialista" y "anticapitalista". Toma prestadas tanto las formas de encuadre de las masas como la fuerza movilizadora del nacionalismo. En lo esencial ambas datan del siglo XIX: un nacionalismo estatal, autoritario y antidemocrático, tanto por la situación bélica de la época como por la herencia ancestral, lo que deja poco espacio a la afirmación pluralista y democrática. La aspiración a la emancipación popular sólo puede materializarse cuando es compatible con la lógica del Partido-Estado, la necesidad de poder de la nación y la adhesión a una movilización revolucionaria y nacional. Se otorga o concede una emancipación social real, pero limitada y bajo estrecha tutela.

En el caso chino el imperativo nacionalista era tan fuerte y las catástrofes de los siglos XIX y XX tan dolorosas, que obligaban a las elites comunistas a adaptarse a cualquier costo, alejándose de los dogmas y las proclamas del régimen. Lo prueba la importante cuestión del mercado, rechazada tanto por Stalin como por Mao. En realidad, el debate -abierto o encubierto- se desarrolló a lo largo de la historia del "socialismo real". Tanto en la República Popular China como en la URSS, existió una especie de mercado informal -ilegal o apenas tolerado- en diverso grado y a pesar de las negativas oficiales. La problemática siempre estuvo presente y reaparecía en el debate "público", en especial el del Partido, en cuanto las condiciones lo permitían. El "socialismo de mercado" no es pues un "descubrimiento" del período Deng Xiaoping. Tuvo precedentes en la URSS, desde Bujarín hasta los debates de la década de 1960, al igual que en China, de manera más solapada.

Es así como la fuerza y el éxito del nacionalismo modernizador y movilizador del PCC condujo, con mayor o menor rapidez, a los cambios del "socialismo real" y, por último a su abandono de facto. Los desafíos y las amenazas actuales contra el país y los intereses de la elite dirigente tuvieron el mismo efecto que en el pasado: había que cambiar para poder seguir dominando la nación y permitirle proseguir o incluso retomar el camino de una potencia ascendente. Un fin cada vez más abiertamente declarado en la actualidad.

El objetivo "reformista" de Deng Xiaoping -la búsqueda de una renovada vitalidad del "socialismo real"- hizo emerger un modelo diferente, aún inconcluso. En lo esencial busca su coherencia del lado del capitalismo mundial triunfante, e incluye, en la medida de lo posible, una ardiente aspiración a mantener la independencia nacional y a adjudicar mayores funciones al Estado y al Partido-Estado. La reconversión de las elites no siempre fue fácil, lo que explica en gran parte los imponderables de la era Deng Xiaoping. Pero los reflejos de supervivencia y la flexibilidad de muchos cuadros que ya se alejaban de los dogmas ideológicos hicieron que los cambios se realizaran con mayor facilidad de la prevista.

La segunda "sorpresa" vino de la esfera social. Los dirigentes que tomaron el relevo de Mao Zedong heredaron un país donde la sociedad se había replegado sobre sí misma, sobre todo en las ciudades, traumatizada por la Revolución Cultural, su violencia, su represión, sus objetivos a menudo incomprensibles; el componente obrero se había refugiado en los ámbitos industriales 8, las famosas DANWei (unidades de trabajo), pequeñas sociedades en reducción en las que se había atomizado.

 La modernización

 Desde fines del período Mao, mientras el país se abría políticamente al mundo -sobre todo a Estados Unidos- e iniciaba una apertura económica, muchos dirigentes se impresionaron por la creciente debilidad de China respecto de sus potenciales adversarios, tanto en Asia como en Occidente. Había llegado el momento de cambiar. Paradójicamente, los resultados contrastados de la modernización maoísta hicieron que la tarea fuera a la vez delicada y menos penosa de lo que se pensaba, al menos para los de arriba: el país estaba anquilosado, pero había cambiado demasiado, sobre todo en las ciudades, como para no evolucionar.

Hay una excesiva tendencia a negar las transformaciones de los primeros veinticinco o treinta años del maoísmo y a adjudicar los actuales éxitos a los últimos veinticinco. Para la población la era Mao fue a veces errática y cruel (comenzando por el precio económico y humano del Gran Salto Adelante, sin olvidar la enorme represión), pero allí y entonces se establecieron las sólidas bases de una China económica y socialmente más moderna, en especial en el nivel urbano.

Pero, para un mundo moderno, Mao Zedong (y también su entorno) resulta demasiado retrógrado en sus visiones y demasiado tiránico. Por un lado la voluntad de situarse por fin en su "tiempo", por otro la aspiración de los dirigentes a un funcionamiento más estable: todo se oponía al despotismo arbitrario, tanto en el caso de la China post-maoísta como en el de la URSS post-estalinista 9, incluso, de manera discreta, en vida de ambos tiranos. Es pues en el seno del Partido donde surgieron los "liquidadores" del maoísmo y, como en la experiencia soviética, probablemente sólo pudieran venir de allí.

Lo que resultaba apenas visible era la vitalidad social de un país a menudo aterrorizado por las extravagancias de las postrimerías del maoísmo. De un extremo al otro de la escala, todo parecía inmóvil. En realidad cada esfera seguía su camino habitual, se protegía a la espera de días mejores o preparaba a su manera un futuro diferente. Hasta el vasto mundo rural, aparentemente sometido a directivas contradictorias, seguía su trayectoria, a un lado y a veces lejos del régimen.

Esta sociedad, aunque estrechamente controlada y trabajada por el PCC, tenía tanta capacidad para proteger los valores ancestrales, a veces contra una voluntad más modernizadora del régimen, como tendencia para aclimatar los nuevos aportes contra la retrógrada exigencia del poder. Así es como la masa campesina conservaba los valores de la familia y del clan, las tradiciones, los preceptos religiosos en principio proscriptos y, al mismo tiempo, continuaba muy discretamente con las transformaciones iniciadas antes de 1949, lo que preparaba un rápido post-maoísmo rural que era a la vez un retorno y un no retorno a la antigua China 10. Esto es todavía más cierto en las ciudades, donde detrás de la aparente uniformidad de vida y pensamiento se preparaban importantes diferenciaciones sociales; aparecían nuevas aspiraciones, incluyendo brotes de individualismo entre los jóvenes; irrumpían las capacidades empresariales, una nueva estructura familiar y sexual y mucho más. Todo ello fue posible por y contra el sistema, o fuera de él.

Teniendo en cuenta su rol decisivo, fue aun más significativa la plasticidad de los cuadros del PCC. No eran autónomos y vivían en una estructura de mando muy jerarquizada, pero constituían asimismo una sociedad compleja, versátil: una clase dominante que se iniciaba en su oficio.

Es asombroso el contraste entre el dinamismo de los distintos componentes de la sociedad y la inercia política que, fuera del círculo de las elites, persiste hasta hoy. Parece evidente que apropiarse del espacio político constituye un aprendizaje que tiene que ser lento y hasta doloroso, porque el maoísmo no sólo fue dictatorial y antidemocrático, sino que desde el comienzo fragmentó consciente y metódicamente el mundo social, en especial su componente obrero: en contra de lo que proclamaba, el régimen -al igual que el de Stalin- era profundamente "despolitizador". Así perpetuó e incluso acentuó las tendencias antidemocráticas que ya existían cuando accedió al poder.

Ésta es también una de las principales razones que obliga a buscar fuera de las declaraciones oficiales la realidad del "socialismo real". Y explicar el contraste en el comportamiento de los componentes sociales que en su mayoría actúan por sí mismos: la fuerza y velocidad de adaptación de algunos; la debilidad de muchos.

Así, hace años que decenas de millones de campesinos se precipitan a las ciudades, al principio sin la autorización del régimen, después habiendo forzado su tolerancia, por último de acuerdo con los nuevos objetivos del poder. Millones de citadinos buscan su camino, unos en los negocios o en el capitalismo privado, otros produciendo de espacios cada vez más amplios de libertad, de creación (visible en el cine y las artes), de pensamiento, lejos de los dogmas oficiales marxistas-leninistas-maoístas, aun cuando a veces hay que tenerlos en cuenta y calcular con la mayor exactitud el espacio de lo posible. Al mismo tiempo, otros tantos millones vagan desocupados, sufriendo una nueva pobreza, o exploran soluciones para lograr sobrevivir.

 Dinamismo social; impotencia política

 En esta China capitalista, activa y que en muy poco tiempo se ha tornado profundamente desigual, aparecieron los primeros millonarios en dólares y, en el otro extremo, millones de nuevos pobres urbanos, además de una indigencia "oculta" pero a menudo extrema en algunas regiones recónditas, como si el país no conociese el crecimiento económico. Por un lado dinamismo social, por otro fragmentación social e impotencia política.

Lo cual explica por qué, a pesar de movimientos de protesta a veces importantes (como en 1989) y de una agitación endémica y a veces violenta tanto en la ciudad como en el campo 11, el régimen pudo resistir y promover las transformaciones que le parecían necesarias. Más impresionante aun, pudo hasta hoy hacer frente a las consecuencias imprevistas de las reformas emprendidas, que conducen a resultados que superan en mucho los objetivos anunciados y sin duda queridos al comienzo. Son consecuencias que aparentemente no estaba en condiciones de controlar.

En esas condiciones, el Estado y el Partido Comunista se mostraron más fuertes de lo que se preveía. Por cierto, el poder tuvo que contemporizar con las presiones y expectativas de la sociedad (sobre todo con las acciones e intereses de los dirigentes regionales y locales, pero también con los nuevos actores sociales). En realidad renunció al imposible control total, ideológico, social y económico -la lógica totalitaria- para conservar con mayor eficacia de la que se hubiera creído la dirección de las grandes opciones y de los recursos para imponerlas, manteniendo por supuesto el monopolio absoluto de los medios de represión y su ejercicio, a menudo arbitrario.

En cualquier caso, los actuales éxitos no garantizan nada para el futuro. Desde hace diez o quince años existen los mismos problemas: el descontento de la mayoría campesina dejada de lado por el "milagro chino" (fuera de los años fastos, que para ella fueron los primeros de la reforma); la gravedad de la cuestión social urbana (los campesinos en la ciudad, los obreros urbanos desocupados, la explotación a veces frenética que ejerce el nuevo capitalismo nacional o extranjero); la persistencia de los problemas ecológicos, aun cuando el Partido y el gobierno parecen más conscientes de ellos; la cuestión de los recursos energéticos y alimentarios; la creciente altivez de los nuevos ricos o de las nuevas elites del Partido; la corrupción que sigue extendiéndose, etc.

El país está por cierto más seguro de sí mismo que en ningún otro momento de su historia contemporánea. Pero sigue sin tener la certeza de llegar a buen puerto y convertirse en la gran potencia estable y coherente que a nivel mundial muchos esperan o temen. Un objetivo con el cual sueñan la nación y sobre todo sus elites sociales, como revancha de los desastres de un pasado no tan lejano. Queda por ver si esta China que podría llegar a ser la potencia anunciada demuestra que no accede únicamente a la primera fila de las naciones capitalistas, las que dominan el mundo e imponen su voluntad a los otros, para transformarse en "la otra" superpotencia.

  1. Deng Xiaoping (1904-1997), por mucho tiempo celoso maoísta, a partir del Gran Salto Adelante se tornó más crítico y durante la Revolución Cultural fue rechazado por Mao Zedong.
  2. Wang Hui, "El neoliberalismo después de la Revolución Cultural", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, abril de 2002.
  3. Moshe Lewin, Le siècle soviétique, Fayard/Le Monde diplomatique, París, 2003.
  4. Partido formado en 1912 por Sun Yat-Sen. Cuando éste murió (1925), Chiang Kai-shek (1887-1975) se convirtió en su jefe y lo orientó hacia la unificación del país, primero contra el invasor japonés y luego contra los comunistas.
  5. El PCC se opondrá a Stalin en lo referente a los "intereses nacionales", incluso antes de asumir el poder en 1949; al principio con mucha discreción, antes de la ruptura oficial con la URSS a comienzos de la década de 1960.
  6. Integrada al Imperio Chino en 1683, anexada por los japoneses en 1895 y devuelta a China en 1945, después de la victoria comunista de 1949 ha sido utilizada como refugio por los nacionalistas de Chiang Kai-shek.
  7. Moshe Lewin, op. cit.
  8. Véase el admirable documental de Wang Bing, A l'ouest des rails, China, 2003.
  9. Moshe Lewin, La formation du système soviétique, Gallimard, París, 1987.
  10. Acerca de las transformaciones anteriores a 1949, véase Isabelle Thireau Linshan Hua-Thireau y Mak G, Enquête sociologique sur la Chine, 1911-1949, París, PUF, 1996. Acerca del período actual, de los mismos autores, "Les nouveaux mouvements paysans", en Marie-Claire Bergère (dir.) Aux origines de la Chine contemporaine: en hommage à Lucien Bianco, L'Harmattan, París, 2002.
  11. Marie Holzman, "Quand la Chine explosera...", Politique Internationale, Nº 97, París, 2002.

Inciertas mutaciones de la economía

Si Zoubir, Lyes

En 2004 China debería tener un incremento del PIB de entre el 8 y el 9%. Se ha convertido en la primera destinataria mundial de las inversiones directas extranjeras, que podrían alcanzar el umbral histórico de los 70.000 millones de dólares este año. Tercer importador 1 y cuarto exportador del planeta, China impulsa el crecimiento mundial.
Se tiende a hablar de ella como del “taller del mundo”, que fabrica productos baratos. Pero como destaca Patrick Artus, responsable de investigación económica en CDC-Ixis capital markets, “China se convierte en un productor competitivo y de calidad en una cantidad cada vez más elevada de industrias: textil, del juguete, acero, construcción naval, pero también electrónica, electrodomésticos, metalurgia, bienes de capital, y en el futuro automotriz, espacial, de muebles. El crecimiento de la producción industrial es especialmente fuerte en informática y electrónica, acero y automóvil” 2.
¿Es entonces China el responsable de la destrucción de miles de empleos en Occidente? “Es cierto que atrae las deslocalizaciones”, reconoce el economista estadounidense Jeremy Rifkin, para quien la economía china toma los mismos caminos que sus homólogos occidentales. “Pero destruye también empleos industriales, y a mayor velocidad que ningún otro país”, señala. Entre 1995 y 2002 la industria China perdió 15 millones de empleos, es decir el 15% de su mano de obra de producción.
Por otra parte, sin minimizar el vigor de la economía, muchos observadores expresan dudas sobre la fiabilidad de las estadísticas oficiales. “El objetivo de crecimiento fijado en el nivel central somete a los gobiernos locales a fuertes presiones políticas, que conducen a numerosas falsificaciones (más de 60.000 violaciones de las normas estadísticas en 2001, según fuentes oficiales)”, explica Nhu Nguyen Ngo, economista en BNP Paribas 3. “De acuerdo con varios economistas, el crecimiento del PIB habría sido sobreestimado entre 1997 y 2002, para no desalentar a los inversores extranjeros, y subestimado en cambio a partir de 2003 para acreditar la tesis de una disminución controlada del ritmo de la economía”, concluye.
Existen también interrogantes sobre la importancia de créditos dudosos detentados por los bancos locales, un problema que constituye una seria amenaza para la estabilidad de la economía. Pekín afirma que representan menos del 10% del conjunto de los créditos, mientras que los bancos de negocios occidentales los calculan en un 30%, y aun en un 50%.
De hecho, “la falta de transparencia generalizada sigue asediando la economía. Ese velo tendido también para proteger diferentes formas de corrupción constituye el talón de Aquiles del sistema”, explica el periodista Michel de Grandi 4.
Varios escándalos han conmocionado ya las Bolsas de Shangai y Shenzen, especialmente el de la aseguradora China Life, cuya casa matriz reconoció un agujero de 700 millones de dólares en su contabilidad. La confesión se produjo sólo después de que inversores hubieran suscripto en masa títulos de la aseguradora… Una prueba de que China no está en absoluto al abrigo de las inveteradas costumbres del capitalismo mundializado, es que una cantidad creciente de empresas nacionales están ya registradas en paraísos fiscales como las islas Vírgenes o las islas Caimán.
Otra cuestión que abordan los economistas, especialmente los anglosajones: la paridad entre el renmimbi (yuan) y el dólar. Desde mediados de los años ‘90 un dólar vale 8,28 yuan. Para Estados Unidos esta paridad fija encarnizadamente defendida por Pekín es artificial, porque subvalúa el yuan y por consiguiente ofrece una mejor competitividad al “made in China” en detrimento de los productos estadounidenses. Si nos atenemos a una gran cantidad de personalidades políticas, entre ellas George W. Bush, el déficit comercial entre los dos países (cerca de 125.000 millones de dólares a favor de China) provendría esencialmente de esta subvaluación del yuan. De allí las recurrentes presiones sobre el gobierno chino para que revalúe su moneda.
Estos gestos de Washington enmascaran la incapacidad de la economía estadounidense para rivalizar en ciertos sectores con su competencia china, y la tendencia del país a vivir por encima de sus posibilidades. Porque para financiar su déficit exterior, Estados Unidos se endeuda emitiendo títulos que compran el Banco Central chino y sus homólogos asiáticos. Y para mantener el consumo interno importa productos chinos baratos. Al final, el Estados Unidos de George W. Bush contribuye también a mantener el crecimiento de la economía del antiguo Imperio del Medio…

  1. China es el primer importador de materiales básicos, soja y algodón. Su participación en el comercio mundial se acerca al 6%.
  2. “La Chine et l’économie mondiale”, Flash CDC, París, 28-5-04.
  3. “Le cycle chinois; entre surchauffe et surcapacités”, Conjoncture BNPParibas, París, abril-mayo de 2004.
  4. “La Chine risque d’être fragilisée par son opacité financière”, Les Echos, París, 8-6-04.


Autor/es Roland Lew
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 64 - Octubre 2004
Páginas:18,19,20
Traducción Teresa Garufi
Temas Ciencias Políticas, Historia, Sociología, Desarrollo, Nueva Economía, Política, Política internacional
Países China