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Empresas académicasDesde la armonización europea que siguió a la declaración de Bolonia en 1999 1, el discurso y las miras de la política universitaria sufrieron una mutación completa. Los objetivos iniciales, humanistas y culturales, fueron sustituidos por una competencia calcada del mundo de la empresa y de los intercambios comerciales 2. La adopción sin modificaciones de la mediatización de los rankings internacionales de las universidades favoreció una representación economicista del espacio europeo (y mundial) de la enseñanza superior.En la actualidad, las universidades son comparables a firmas o marcas que se dividen un mercado de profesionales cuyo valor social se mide en función de la salida laboral y de los salarios que obtienen los premiados con esta “inversión educativa”. Los sectores más partidarios de este espíritu de competencia y rentabilidad profesional ya organizaron juegos olímpicos de rankings de instituciones: así, las grandes écoles de comercio francesas se vanaglorian de su lugar en los palmarés internacionales de MBA (Master of Business Administration). Por ejemplo, el Journal de management del 11-10-06, que retoma la jerarquía establecida por The Financial Times, indica: “Entre las cien primeras business schools, se encuentran 57 establecimientos estadounidenses, 27 europeos, 7 canadienses, 2 australianos y 2 chinos”. Tres escuelas francesas figuran en esa lista: el Instituto Europeo de Administración de Empresas (INSEAD), en octavo lugar; la Escuela de Altos Estudios Comerciales (HEC), 22ª, y la Escuela Superior de Comercio de París-Escuela Europea de Negocios (ESCP-EAP), 99ª. Los principios que rigen este ranking tienen el mérito de la simplicidad más materialista: el salario percibido tres años después de terminar el MBA; el aumento obtenido gracias al MBA; la tasa de empleo de la promoción tres meses después del fin del MBA; la proporción de mujeres y de estudiantes extranjeros por promoción; la movilidad internacional. Como la reputación de estos establecimientos descansa sobre las redes de ex alumnos que ellos mismos tejen y que facilitan la carrera de los nuevos, un ranking de esas características genera indefectiblemente una ventaja acumulativa 3. A cambio, estas escuelas de comercio pueden reclamar matrículas más altas para reclutar docentes reputados cuyas libretas de direcciones facilitarán las carreras de los recién egresados. El derecho de ingreso está a la altura de la ventaja prometida: 69.840 dólares por año para la Harvard Business School, segunda en el ranking mundial, que asegura el salario más alto a sus egresados al cabo de tres años (152.733 dólares). Dicho de otra manera, dos años de estudios son amortizados por cada año de salario. No es un mal coeficiente, dirían los economistas. Pero también existen rankings universitarios globales que borran en parte este análisis puramente financiero, aun cuando conservan una lógica contable. En lugar de clasificar los establecimientos, se tienen en cuenta los conjuntos de investigadores reunidos un año determinado bajo una etiqueta universitaria. El premio Nobel o la medalla Fields no se otorgan a la Universidad de Harvard o a la de Cambridge, sino al señor X que se encuentra trabajando allí al momento de la observación, y que quizá deba esta recompensa a las ideas o investigaciones que llevó a cabo mucho antes en otros lugares, o en cooperación con otros investigadores de otros establecimientos. Este ranking parece cuanto menos azaroso. Aspirar al rankingLo mismo ocurre con otros indicadores: las publicaciones en los periódicos científicos en lengua inglesa –entre los cuales se ha creado una jerarquía internacional (impact factor) para ciertas disciplinas (ciencias duras, Psicología, Economía)– se ven muy favorecidas. Vale decir que más de tres cuartos del saber humano y de la investigación no se toman en cuenta en evaluaciones como las que lleva a cabo la Universidad de Jiao Tong de Shanghai en su ranking académico de las universidades mundiales 4. En él sólo aparecen los establecimientos franceses cuyo centro de gravedad se ubica en las disciplinas mencionadas y que como consecuencia resultan visibles a través de este tipo de filtro: París VI-Pierre et Marie Curie (39ª en el ranking de 2007), París-Sur XI (52ª) y la Escuela Normal Superior (83ª). Sin embargo, cabe dudar de que el valor de una universidad derive exclusivamente de la visibilidad internacional de una fracción muy minoritaria de sus docentes-investigadores. En efecto, el grueso de los alumnos abandona en el segundo ciclo, y una ínfima minoría, incluso entre los aprendices de investigadores, eventualmente entrará en contacto con las “estrellas” que fundan lo esencial del ranking. A pesar de estos evidentes absurdos, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), así como la Comisión Europea y la mayoría de los políticos, extraen conclusiones de este tipo de evaluación mecánica completamente desvinculado de la cuestión central: ¿dónde se forma mejor a los alumnos? Sin duda ofendidos por haber sido duplicados en número por los investigadores chinos, los periodistas británicos de The Times Higher Education Supplement elaboraron un ranking fundado en una metodología distinta. Se reduce el sesgo a favor de ciertas ciencias y se toman más en cuenta las funciones de formación. Milagrosamente, las universidades francesas se elevan un poco de entre las tinieblas a las que las habían lanzado los crueles mandarines chinos… Las dos grandes écoles fundadas por la Convención en 1974 (la Escuela Politécnica y la Escuela Normal Superior) aparecen así entre los veinticinco primeros puestos, mientras que los dos fragmentos mayores de la antigua Sorbona (París VI-Pierre et Marie Curie y París I-Panthéon Sorbonne) se ubican respectivamente en los lugares 88º y 121º. Lo cual no tiene nada de extraño, puesto que este ranking se basa parcialmente en un panel de expertos, que restituye la escala de los prestigios simbólicos largamente afincados en la opinión académica internacional. Estos jueguitos serían irrisorios si la cultura mediática ambiente no se volviera tan loca por ellos, o si no extrajera de ellos conclusiones definitivas (e informes prefabricados que se publican intercalados entre dos suplementos de avisos clasificados). Las instancias universitarias comprendieron que se puede manipular el lugar de cada cual en los rankings. Así, orientan su política de manera de mejorar el “puntaje” de su establecimiento. A la manera del alumno que pone todo su esfuerzo en las materias que le dan “más créditos”, algunas facultades modifican la relación numérica entre la cantidad de alumnos y de docentes; otras privilegian las disciplinas más internacionales y visibles; otras, por último, atraen a los premios Nobel o a estudiantes extranjeros de determinadas zonas geográficas. Así se instala una lógica contable que influye sobre la gestión del personal, la política de las matrículas, las creaciones y supresiones de materias, el llamado a asociarse con el sector privado o los mecenas, la política de evaluación de los docentes e investigadores asociados a la institución. Estas prácticas están en marcha desde hace tiempo en las universidades estadounidenses de elite, así como en sus homólogas inglesas, australianas, neozelandesas, holandesas, italianas, japonesas. El gobierno alemán lanzó un programa de excelencia (“Excellenz-Initiativ”) que clasifica las facultades y sobre esa base les otorga fondos suplementarios. Según el informe 2005 de la OCDE, los establecimientos italianos llegaron al tercer puesto en la tasa de autofinanciamiento, detrás del Reino Unido y España. Una proporción creciente de los recursos proviene de los aranceles que pagan los alumnos, aranceles condenados a aumentar (o a disminuir) en función de los rankings nacionales e internacionales. Por un lado, porque los nuevos ingresantes se dirigirán a los establecimientos mejor reputados; por otro lado, porque el Estado dará más ayuda a los establecimientos bien cotizados. Caricatura del modelo anglosajón
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