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Recuadros:

La ficción que anticipa el presente

Desde el momento actual, el futuro asoma terrorífico. ¿Describir lo que es o escribir lo que vendrá? ¿Acariciar la superficie de los acontecimientos, trazar una cartografía de su corteza o, por el contrario, romper la cáscara, extraer el núcleo, la simiente de los tiempos futuros? Viejo dilema que pone en oposición el trabajo de los politólogos y ese otro, más impreciso pero de una incomparable fecundidad, de todos aquellos –novelistas, cineastas, autores de cómics– que tienen la audacia de abordar los tiempos que vendrán.

Si nos atenemos al método, es innegable que sólo los observadores científicos de la política y la historia pueden aspirar al rigor y, en consecuencia, a la credibilidad. La pompa y la altanería rodean, por otra parte, a la "ciencia" política oficial, lista a rechazar a quien sea que utilice su imaginación en las tinieblas del "periodismo" (insulto menor) o de la "literatura" (máximo ultraje). Nuestros profesores, concelebrados y designados por cooptación, disertan doctamente sobre lo que es.

¿No se dan cuenta de que al disecar de ese modo el cuerpo palpitante de lo real, lo matan? Las porciones enfriadas que nos sirven no son carne, sino cortes de carnicería, privados de esa incomparable cualidad de la vida que es el movimiento, la metamorfosis, la evolución. Dentro de la vida cotidiana actual, ese defecto pasa desapercibido. Pero apenas sobreviene una ruptura mayor (el derrumbe del comunismo soviético, los primeros cañonazos sobre Dubrovnik, los atentados del 11 de septiembre...), la "ciencia" política aparece en toda su desnudez. Peor aun, comprendemos que sus verdades pretendidamente lógicas y razonables son mentiras o ilusiones. Recordemos ciertas explicaciones sobre la Guerra Fría, que supuestamente iba a durar muchísimo; ciertas demostraciones sobre el modo en que acabarían las democracias, etcétera.

En su Discours de Stockholm, Alexandre Soljenitsyne explicaba que había vivido en un mundo regido por la razón y la ciencia en el que, sin embargo, todos los discursos eran falsos: la verdad era la forma corriente de la mentira. Y justificaba así su opción por la novela. La ficción abiertamente reivindicada como mentira es, por el contrario, una de las formas de la verdad. Esa verdad no se reconoce por su forma sino por un "sonido" que el oído humano puede distinguir. Una novela "suena" bien -o no- y conduce a una más elevada comprensión de la profundidad de las situaciones y sus actores.

Dicho esto, el problema se desplaza, dado que está claro que no toda la literatura explora los mismos registros de verdad. Muchas ficciones contemporáneas son obras minimalistas o intimistas. En un extremo se desarrolla una literatura del instante subjetivo a la que se llama auto-ficción y que constituye un precioso testimonio sobre nuestros modos de vivir, pensar, sentir, amar; pero que carece (voluntariamente) de magnitud en su descripción del campo social y político. Para descubrir ficciones que exploren esos registros de verdad, hay que dirigirse hacia la literatura "de género": policial, novela de viajes, histórica, de espionaje y, por supuesto, ciencia ficción 2.

Se suelta la horrible palabra y, junto a ella, a los perros: ¿qué? ¡ciencia ficción! Eso es lo que pretenden darnos como instrumento de exploración de la verdad. Platillos voladores... ¡permítanme reír un poco! Hombrecitos verdes, máquina del tiempo, por qué no Blancanieves o Harry Potter.

Por supuesto. Por fáciles que sean esas críticas, tienen su fundamento. Las obras de ciencia ficción padecen de una extrema mixtura de géneros, en la que chocan productos de calidad desigual y sobre todo de tipos diferentes. Los expertos se dividen a la hora de las clasificaciones y, no siendo uno de ellos, prefiero atenerme a una comparación médica. Tomando como referencia la vieja nosografía psiquiátrica de los delirios (ya que se trata de descripciones situadas más allá de la realidad), podemos distinguir en la ciencia ficción productos esquizofrénicos, parafrénicos y paranoicos.

El registro esquizofrénico sería el de lo fantástico y lo maravilloso. La parafrenia, que hace coexistir sectores intactos de lo real con elementos puramente imaginarios, en general de gran magnitud, correspondería al ámbito de la fantasy, con el sub-género prolífico -y fácil de ridiculizar- constituido por la heroic fantasy (guerras de las estrellas, naves espaciales, óperas interplanetarias). Queda la paranoia, que consiste en operar una leve modificación de lo real y extraer de ella todas sus consecuencias. Esta técnica equivale a imaginar mundos cercanos al nuestro, donde la vida cotidiana es casi igual pero ciertos parámetros han cambiado, con enormes consecuencias que sin embargo no siempre son perceptibles de modo inmediato. Esas hipótesis desplazadas pueden involucrar al pasado (este es el territorio de la ucronía -tengo una debilidad personal por un autor poco conocido en Francia: Orson Scott Card 3-) o un futuro más o menos cercano. Desde Los viajes de Gulliver hasta Un mundo feliz, desde Farenheit 451 hasta Minority Report 4, son numerosas las obras de arte en este registro.

De hipótesis a realidad 

Debe reservarse un lugar especial a Orwell y 1984 5. Se trata, en este caso, de la forma más política de las ficciones paranoicas. Como siempre en una materia densa y fecunda, las posibilidades de interpretación son numerosas. Orwell fue considerablemente simplificado por su adaptación cinematográfica (sabemos ahora que ésta fue estrechamente controlada por la CIA 6). El carácter extraordinariamente rico de la ficción orwelliana procede justamente de su carácter libre: no es un simple desplazamiento del mundo estalinista: los mecanismos totalitarios que describe se aplican a muchas situaciones, entre ellas nuestras democracias triunfantes...

Por un extraño complejo europeo, nos parece que esta literatura de ficción política es una especialidad y hasta un monopolio del mundo anglosajón y en particular estadounidense. Es cierto que Estados Unidos produce abundante literatura de ese tipo, muchas veces desprovista de pretensión artística, pero eficaz y popular: podemos incluir en ese grupo los productos de la novela de espionaje, en particular tecnológica, estilo Tom Clancy, Robert Ludlum, Robin Cook 7... Tras el 11 de septiembre, mucha gente descubrió que estos novelistas considerados poco serios habían sido los primeros en plantear hipótesis inquietantes que la realidad confirmó a posteriori.

Cometeríamos un error si consideráramos por ello a Estados Unidos como titular de un monopolio sobre esta literatura. En el siglo XX, los franceses se mostraron durante mucho tiempo innovadores en la materia. Desde Pierre McOrlan (La Vénus internationale) hasta Boris Vian (L'écume des jours-La espuma de los días); desde Robert Merle (L'île, Malevil) hasta René Barjavel (Ravage-Destrucción), las grandes obras son numerosas (sin olvidar Les racines du ciel-Las raíces del cielo, que el mismo Romain Gary definía como la primera novela ecológica en revelarse profética).

La ciencia ficción francesa vivió su travesía del desierto en los años '70 y '80, marcados por la tentativa poco concluyente de crear una ciencia ficción estrictamente política. De allí en más, se dan las condiciones para un gran renacimiento. La literatura anticipatoria tiende a salir de su gueto. La evolución de un autor como Pierre Bordage es, en ese sentido, ejemplar. Bordage viene de la ciencia ficción lisa y llana, en la que se dio a conocer por grandes zagas de factura bastante clásica (en el registro de la fantasy). Desde hace algunos años, con L'Evangile du serpent y, más recientemente, L'Ange de l'abîme ("El Ángel del abismo", pág. 20) 8, hace gala de una exigencia que tiende a ubicarlo fuera de la literatura de género para unirse a la literatura a secas.

Fue durante algunas conversaciones que mantuve con él que surgió en mí la idea de hacer el recorrido inverso. Habiendo partido de la literatura general, concebí, bajo influencia de Pierre Bordage, el proyecto de introducirme en el universo de la anticipación. Así fue como escribí Globalia.

Con la comparación de dos libros -L'Ange de l'abîme y Globalia- podemos medir lo que nos separa, y lo que constituye justamente la gran fecundidad del método literario. Para descubrir su Europa del futuro, Bordage eligió llevar hasta sus últimas consecuencias la descomposición social y política cuyas premisas podemos presentir. Un dramático acuerdo se establece entre los extremismos fanáticos: de un lado el de la jihad y del otro el del Arcángel Miguel. De este modo se une al John Le Carré de Amigos absolutos 9, que muestra la convergencia de intereses de los terroristas del exterior y de una extrema derecha estadounidense que justifica su poder por los imperativos de seguridad.

En Globalia, partí del mismo análisis pero dando forma a la hipótesis inversa. Imaginé que el acuerdo social no se hará bajo la forma de una exacerbación de la ideología sino por el contrario por una desideologización de la sociedad. El mundo de Globalia, es el imperio de la ideología soft 10. Cada individuo tiene derecho tan sólo a un mínimo de "referencias culturales estandarizadas"; la historia es vigilada y reducida a elementos folklóricos estilo Parque Asterix; el orden consumista prospera sobre un consenso blando en que los derechos humanos proliferaron hasta el absurdo y donde reina una corrección política llevada al extremo. En Globalia, el derecho a una vida larga ha causado el envejecimiento de la población, pero manteniéndola joven al mismo tiempo, con cerramientos vidriados que aseguran una suave tibieza y protegen la prosperidad general. Las amenazas son omnipresentes pero externas, y se las confina a "no-zonas" que prefiguran lo que podría llegar a ser el Tercer Mundo de mañana (incluido ese Tercer Mundo interno constituido por los suburbios-guetos, etc...).

Vemos que las dos representaciones que elegimos para estos libros dibujan el gran aislamiento mental a que nos fuerza la idea del futuro: o bien triunfa aquí el desorden y una hipertrofia de las ideologías extremas proliferan sobre ese caos; o bien el desorden es repelido hacia afuera y, adentro, las democracias adoptan la forma de dictaduras blandas donde toda expresión política radical ha sido cuidadosamente desterrada.

Es evidentemente imposible decidir cuál de las dos hipótesis es mejor, o afirmar que no se puede formular otras. Sin embargo, el gran mérito de aventuras literarias como éstas es que lidian con lo que constituirá el mayor problema sociopolítico de los años que vendrán: ¿a qué sociedad nos destina la democracia liberal planetaria que ha triunfado tras la caída del Muro? ¿Cómo pensar la nueva forma de totalitarismo que sentimos despuntar, en el mismo momento en que la libertad parece ser el paradigma supremo? Orwell puede darnos algunas claves, pero en lo esencial el experimento mental que lo condujo a escribir 1984 (en 1948) debe ser renovado.

Quién tiene razón, entre Bordage o algún otro, nadie puede decirlo. Queda en cada uno, en la lectura, sentir qué le suena verdadero. La única certeza es que los vigías de ese futuro que vendrá, quienes realizan el oficio de escrutar esas brumas y esos horizontes, son esas personas en apariencia muy poco serias, esos mentirosos, esos fabuladores, en una palabra, esos saltimbanquis, que muy simplemente llamamos novelistas.

  1. Discours de Stockholm, en Les droits de l'écrivain, Le Seuil, París, 1972.
  2. Serge Lehman, "Les mondes perdus de l'anticipation française" Le Monde diplomatique, julio de 1999.
  3. En particular, El juego de Ender, Ediciones B., Madrid, 1987.
  4. Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver (1726), Espasa Calpe, Buenos Aires, 2000; Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932), Plaza & Janés, Buenos Aires, 2000; Ray Bradbury, Farenheit 451 (1953), Minotauro, Buenos Aires, 1996; Philip K. Dick, Minority Report (1956), Ediciones B, Madrid, 2002.
  5. Ediciones Destino, Barcelona, 2003.
  6. Frances Stonor Saunders, Qui mène la danse? La CIA et la guerre froide culturelle, Denoël, París, 2003.
  7. Último libro publicado en español, para cada uno de los autores: Pánico nuclear, Ediciones Debolsillo, Madrid, 2004; Conspiración Prometeo, Atlántida, Madrid, 2001; Convulsión, Plaza y Janés, Buenos Aires, 2004.
  8. Ambas novelas fueron publicadas por Le Diable Vauvert, Vauvert, la primera en 2001 y la segunda en 2004.
  9. Plaza & Janés, Buenos Aires, 2004.
  10. Para decirlo como en el título de un libro de François-Bernard Huyghes.

El Ángel del abismo

“Lo que pasaba en los Balcanes y en Medio Oriente prefiguraba, en pequeña escala, la actual situación del mundo. Desde que la religión mete sus narices en los asuntos humanos, se puede temer lo peor. Las religiones, todas las religiones, las del Libro y las otras. No hay una mejor que otras, tampoco una peor. Se valen. Son todas máquinas de exclusión, de opresión, de destrucción, todas pretenden representar al o a los verdaderos dioses, todas reivindican territorios, fronteras, privilegios, verdades, dogmas; hay que encerrarlas a todas en una bolsa y ahogarlas en valles de lágrimas.”
El viejo encendió un cigarrillo, aunque era difícil llamar cigarrillo a ese rollo de un tabaco nauseabundo envuelto en un papel espeso y amarillento. Sus arrugas profundas eran llagas talladas por la hoja de un cuchillo demencial. Manchas oscuras y negras se extendían sobre su cráneo calvo. Sus ojos brillaban, incomprensibles, y se movían en medio de su rostro quieto. Había invitado a Stef y a Pibe a su mesa cuando descendieron del camión en busca de un restaurante o de un almacén. (...)
“Tal vez habríamos podido evitar esta locura si mi país y algunos de sus aliados europeos no hubieran echado aceite al fuego, respondieron a los atentados del 11 de septiembre con la guerra. (...) Pero no se trataba solamente de explotar la oportunidad ofrecida por los atentados del 11 de septiembre, sino de afirmar la superioridad moral de la civilización occidental, de concretar un proyecto muy pensado y maduro, el proyecto para el nuevo siglo estadounidense, de poner en práctica la teoría del caos fecundo. Habían preparado su golpe: asimilando los musulmanes a los terroristas, jugando con los miedos, obtuvieron el apoyo total de la opinión de sus países. Todo el mundo se puso a quebrantar lo musulmán, los hombres políticos, los religiosos, los intelectuales, los pseudo filósofos, los artistas; todo el mundo clamó que el islam era incompatible con los valores de las democracias occidentales. La gran cimitarra islámica se forjó en los crisoles iraquíes, sauditas, iraníes, sirios y palestinos. A los servicios secretos les bastó luego con desviar el filo del cuchillo de los musulmanes hacia Europa. (…) Todo el mundo sale ganando: Estados Unidos, desembarazado de su vieja madre y rival Europa, así como de la amenaza islámica; el Estado hebreo, por fin libre para anexar Palestina y realizar su fantasía del Gran Israel; la Iglesia católica, que vuelve a reinar como dueña y señora sobre las alas del arcángel Miguel. Constátenlo ustedes mismos: las tres religiones del Libro han ganado. Han redefinido las fronteras, se han repartido las tierras y las almas, han vuelto a trazar esas líneas claras y fuertes que las justifican, el bien y el mal, el creyente y el no creyente, el elegido y el excluido. El caos beneficia siempre al orden moral, a la reacción.”

Pierre Bordage, L’ange de l’abîme, Au diable Vauvert, Vauvert, 2004.


Autor/es Jean-Christophe Rufin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Páginas:20,21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Ciencias Políticas, Cine, Relaciones internacionales, Política