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Un santuario para Mussolini

Más de 60 años después de que Mussolini fuera asesinado y su cuerpo y el de su amante ultrajados en la Plaza Loreto, de Milán, una heterogénea muchedumbre de viejos y jóvenes admiradores se da cita tres veces por año en el mausoleo dedicado al Duce en Predappio, su ciudad natal.

Predappio es una pequeña y tranquila ciudad de unos 6.100 habitantes en la rica región italiana de Emilia-Romagna. En la actualidad se la conoce sobre todo por su feria anual de aves cantoras y como el lugar donde nació Mussolini en 1883. Es aquí donde, mucho después de su muerte en 1945, Mussolini fue depositado finalmente para descansar en paz como un antiguo rey tribal, en una imponente “cripta” subterránea –mausoleo sería quizás una palabra más apropiada– y donde los admiradores que le quedan le rinden culto tres veces al año. Dos de los arquitectos favoritos de Mussolini, F. di Fausto y C. Bassani, habían construido la cripta en 1930, un momento de esplendor en la carrera del dictador. Se decía que entonces contaba con un amplio apoyo popular, aunque tiene que haber sido difícil medir exactamente cuán cierto era eso en un Estado de partido único que, al menos al comienzo, había recurrido al terrorismo y todavía cercenaba gravemente la libertad de prensa. En esa época lo cortejaban tanto Winston Churchill (“Si fuera italiano usaría la Camisa Negra Fascista”, dijo) como Adolf Hitler (en “Mein Kampf”). El Papa se refirió a él como “un hombre providencial”. El presidente de la Universidad de Columbia lo comparó con Cromwell y el Cardenal O’Connell de Boston dijo que era “un genio en el área del gobierno que Dios le había dado a Italia”.

Las razones de su ascenso al poder en un país dividido y desgarrado por la crisis –conservadores, socialistas y católicos habían sido incapaces de acordar un programa común– fueron complejas; y sin embargo, la violencia y las amenazas de más violencias desempeñaron un papel importante. “Podría haber transformado esta Cámara sorda (¡sic!) y gris en una barraca para mis legiones”, recordó a la Cámara de Diputados luego de ser nombrado Primer Ministro por un Rey estúpido y presa de pánico. “Podría haber eliminado el Parlamento y formado un gobierno solamente de fascistas. Podría, pero no quise hacerlo, al menos no por el momento.”

Cambiaría rápidamente de opinión. Era el comienzo de su ascenso como dictador, que en ausencia de una mayoría fascista fue posible por medio de la intimidación y el asesinato de sus principales opositores políticos. Algunos fueron encarcelados o expulsados a islas remotas, otros huyeron del país. Su principal opositor, Giacomo Matteotti, fue hallado decapitado.

Igual que otros dictadores, Mussolini también construyó rutas y puentes, drenó pantanos, mejoró las tierras infértiles y estabilizó la moneda y la economía temporalmente. No era un psicópata monstruoso como Hitler, pero fue lo bastante malo como para arrastrar a Italia al peor desastre, quizá, que afectó al país desde Atila el huno: más de medio millón de víctimas, ciudades bombardeadas y arruinadas, la destrucción de casas, infraestructuras y fortunas, la pérdida de tesoros artísticos e históricos invalorables en una guerra que Mussolini había lanzado por pura vanidad e imprudencia, yendo en contra de los consejos de sus generales y “gerarchi”: sabían que el ejército estaba mal adiestrado y mal pertrechado. Sus buques de guerra estaban construidos para lucirse en velocidad y glamour, no para resistir artillería y torpedos. Su fuerza aérea era anticuada y tenía combustible solamente para sesenta días. Nunca tuvo ocho millones de soldados, como aseguraba, sino apenas dos.

Que un hombre así todavía encuentre admiradores después de más de sesenta años de su ignominioso fin es un misterio difícil de explicar. Su fantasma continúa frecuentando la Italia moderna del mismo modo que el de Hitler la Alemania moderna. En cada uno de los aniversarios del nacimiento de Mussolini, de su llegada al poder y de su muerte, una multitud constituida por una extraña mezcla de sinceros admiradores, vestidos con traje negro y corbata, para los cuales fue “un gran hombre”, junto a alborotadores con camisas negras y cabezas rapadas, turistas en busca de curiosidades y necrófilos, sigue llegando hasta Predappio, tal como ha ocurrido desde 1945. Algo que mantiene ocupada a la policía y le da mala fama a la ciudad. En su último cumpleaños, el 29 de julio, en la primera plana del principal diario regional, la municipalidad de Predappio deploraba la recurrente pesadilla.

En 1945 se decía que antes de la muerte de Mussolini la mayoría de los italianos eran fascistas, pero al día siguiente casi todos eran demócratas convencidos. A decir verdad, entre 1943 y 1945 se libró en el país una guerra civil brutal entre fascistas y anti-fascistas de diversas identidades políticas, comunistas, católicos, socialistas, liberales y monárquicos. Fue seguida en 1945 por una segunda guerra civil, aparentemente más traumática todavía que la primera, que duró hasta 1947. En el norte de Italia y en el llamado “Triángulo de la muerte” (Modena-Reggio-Bolonia) los partisanos comunistas habían llegado a considerar la Resistenza como una guerra de clases. La herencia de estas guerras civiles afecta la política y la cultura italianas hasta el día de hoy.

Cien mil visitantes anuales 

Mussolini dejó una impronta tan fuerte en toda una generación, que continuó siendo un punto de referencia central de la historia italiana mucho después de morir. Para la extrema derecha siguió siendo un modelo, para la extrema izquierda una pesadilla. Ni la extrema derecha ni la extrema izquierda ofrecieron a Italia un modelo creíble de gobernabilidad democrática. Los demócratas cristianos, centristas, que temían el pasado ambiguo de sus votantes, tampoco cumplieron acabadamente ese rol. En todas las cuestiones referidas a la herencia fascista de Italia, los gobiernos democristianos fueron trastabillando de una medida torpe a la siguiente.

El fantasma de Mussolini todavía no ha sido exorcizado. Las multitudes que llegan a Predappio en autobuses y autos particulares tres o cuatro veces al año reciben una bienvenida ambigua por parte de los residentes locales. La mayoría los considera un estorbo. Sin embargo, en las últimas elecciones municipales no menos de 19% votaron por Alleanza Nazionale, el partido sucesor, reformado en gran medida por razones electorales, del ya difunto Movimiento Sociale Italiano, abiertamente neo-fascista. GianFranco Fini, el líder de la Alleanza, también lideraba el Movimento neo-fascista antes de su disolución. Antes de su epifanía democrática de 1995/96, él también solía venir a Predappio como peregrino al santuario. En 1994, todavía definía a Mussolini como el más grande estadista europeo del siglo XX. Desde entonces, ha admitido que el gran hombre cometió algunos errores, principalmente las leyes raciales de 1938. Razón por la cual Israel lo honró en cuatro visitas recientes. Arik Sharon lo saludó como amigo de Israel en una Europa cada vez más antisemita.

Un promedio de más de 100.000 visitantes llegan a la cripta cada año, según la señora de la oficina municipal de turismo. Muy pocos vienen aquí por otras razones, dice. Muchos son italianos que vienen por primera vez: duros por temperamento que tratan de revivir una época en la que Italia todavía era gobernada, como dicen ellos, por “hombres” de verdad. Algunos vienen para protestar contra la invasión de Italia por hordas de trabajadores inmigrantes, sobre todo de Albania pero también de África y Medio Oriente. Llegan usando remeras negras con la imagen de Mussolini e inscripciones en la espalda que dicen: “Proteggi il tuo simile - destruggi il resto.” (Protege a tu semejante, destruye al resto). Otros, en cambio, son veteranos de guerra, ancianos y austeros en traje oscuro, cubiertos de medallas de guerra. Y hay pandillas ruidosas de jóvenes duros, algunos con la cabeza rapada, los cuerpos tatuados y anillos en la nariz, usando Camisas Negras que se venden aquí en varias tiendas de souvenirs con la inscripción “Viva Italia”, “Viva il Duce” y “Skin-heads de Italia”. Chasquean los talones cuando ingresan en el mausoleo, hacen el saludo fascista y permanecen de pie en posición de firmes cuando están frente a la tumba del Duce. El saludo fascista sigue siendo ilegal en Italia pero es una ley que rara vez se aplica. Hace un año, un jugador de fútbol famoso saludó a sus hinchas en las tribunas y lo multaron con algunos cientos de euros. Dicen que la esposa de Fini y dos de sus colegas parlamentarios se ofrecieron para pagar la multa por él. Incapaz de frenar el flujo de peregrinos indeseables, la coalición izquierdista que dirige el consejo municipal de Predappio desde 1949 por lo menos intentó tener la última palabra: bautizó al ancho bulevar que lleva a la tumba Via Martiri della Libertà, en honor a los enemigos más enconados del Duce durante la guerra, precisamente los partisanos que habían combatido duramente a Mussolini y al final lo mataron.

Un cadáver traído y llevado 

El penúltimo día de la Segunda Guerra Mundial, un destacamento de estos partisanos había capturado a Mussolini disfrazado con un abrigo militar alemán y un sombrero que le cubría casi toda la cara. El hombre que en un momento había escrito “se avanzo seguitemi, se indietrego, uccidetemi!” (¡Si avanzo, síganme, si retrocedo mátenme!) y “mejor morir como león que vivir para siempre como una oveja”, había dejado a su mujer e hijos y se dirigía a la frontera suiza con su amante Claretta Petacci y un enorme botín de lingotes de oro, joyas, billetes suizos, británicos y estadounidenses tomados del Banco Nacional. Traducido a dinero actual, equivalía a dos mil millones de dólares. Un comandante partisano llamado Walter Audisio, que sería luego miembro comunista del parlamento, mató a tiros a Mussolini y a Petacci en las afueras del ornamentado portón de una villa sobre el Lago de Como. A la mañana siguiente, los hombres de Audasio trasladaron los cuerpos a Milán, que acababa de ser liberada, y los arrojaron como basura a la Piazza Loreto. La elección de la plaza fue deliberada. Unos días antes, en esa misma plaza, los nazis habían hecho lo mismo con cadáveres de partisanos asesinados. Hombres y mujeres pisotearon, mutilaron y orinaron sobre los cuerpos de Mussolini y Petacci. Algunos estaban armados y les dispararon. Una mujer trató de romper el cráneo del Duce con un martillo. Luego Mussolini y Petacci fueron colgados cabeza abajo del techo de una estación de servicio, con las manos bien abiertas en un gesto de capitulación total, o algo parecido a una crucifixión invertida. Durante la posterior autopsia, la puerta de la morgue permaneció abierta permitiendo que todos los que llegaban pasaran y vieran a las enfermeras jugando a la pelota con el hígado de Mussolini. En ese momento, estas horripilantes escenas complacieron a muchos y escandalizaron a muchos otros. Edmund Wilson, al llegar a Milán unas semanas más tarde, escribió en su diario que sobre toda la ciudad planeaba el olor de esta profanación. “Los italianos me paraban en los bares para mostrarme las fotos que habían sacado.”

El cadáver de Mussolini fue sepultado a toda prisa en una tumba sin nombre. Lo que quedó de él después de varias peregrinaciones a lo largo de los años, llegó a la cripta de Predappio más de una década después, en 1957. Su viuda Rachele había preparado un sarcófago de piedra maciza para él dentro del mausoleo. Durante años, imploró sin cesar al gobierno en nombre de la caridad cristiana que permitiera “volver a casa” a Mussolini. Cuando el gobierno finalmente accedió, no fue por misericordia cristiana, sino como consecuencia de un regateo político. El gobierno minoritario demócrata cristiano de Adone Zoli necesitaba el apoyo de los diputados neofascistas para impedir que lo destituyeran. El voto decisivo fue el de Domenico Leccisi, el hombre que pocos meses después de la muerte del Duce había conseguido robar su cuerpo medio desintegrado de su tumba sin nombre en Milán, sentando así las bases para una larga carrera como miembro neofascista del parlamento. Leccisi sabía la importancia de los símbolos políticos. Había comenzado su carrera como escritor para Lotta Fascista y quemando afiches de la película de Roberto Rosellini en contra de la guerra, Roma, Città Aperta. Usó su imaginación para mantener al Duce muerto en las noticias. Uno de sus cómplices en el robo fue un sacerdote milanés de moda, el Padre Parini, confesor de las ancianas damas ricas de Milán. El sacerdote ayudó a Leccisi a ocultar el cadáver varios meses dentro de un baúl pequeño, depositado, entre todos los lugares posibles, en la magnífica Certosa di Pavia, una de las atracciones turísticas más grandes de Italia. Nadie fue procesado por el robo. Cuando Leccisi finalmente fue arrestado, lo acusaron solamente de hacer circular billetes falsos. El entonces ministro del interior, Palmiro Togliatti lo amnistió enseguida junto con otros fascistas destacados. Cuando salió de la cárcel, Leccisi se convirtió en un héroe popular perseguido por paparazzi fuera donde fuera. El sacerdote fue excusado por su papel en el robo del cadáver. El gobierno no quería devolver el cuerpo recuperado a la afligida viuda de Mussolini ni contemplaba la posibilidad de un funeral público. Se ocultó nuevamente el cadáver por razones de Estado y se le dio sepultura cristiana en secreto en un terreno de un monasterio capuchino cercano. Esta vez el secreto se mantuvo mejor pero durante años continuó llenando los semanarios populares con extrañas especulaciones.

Cuando muchos años después, finalmente se entregó el ataúd de Mussolini a la viuda, miles de personas partieron hacia Predappio para darle la bienvenida. Sus autobuses fueron apedreados en la calle principal de Predappio. Continuaron llegando durante sucesivas semanas. En esa primera etapa, la policía obligaba a los admiradores a quitarse la camisa negra antes de entrar al cementerio. Muchos ingresaban con camiseta, o con el torso al aire, espectáculo que recordaba las frecuentes fotos del Duce desvestido en sus mejores tiempos. Quizás haya sido el líder europeo más “visible”, adepto a crear oportunidades fotográficas eficaces, el único que posó con el pecho desnudo blandiendo una espada para cavar trincheras y despejar pantanos; saltando un cerco en su caballo o arrojándose de cabeza a la pileta; como granjero, como motociclista o piloto; un día Don Juan, al siguiente un marido fiel rodeado por sus hijos en pleno crecimiento.

Los neofascistas siguieron cubriendo las paredes de Predappio con carteles y graffiti que anunciaban el retorno inminente del espíritu del Duce de entre los muertos. La cultura popular del fascismo siempre había sentido fascinación por la muerte. Durante los años venideros, tal como señala Sergio Luzzatti en su fascinante nuevo libro, las dos almas de la Italia de posguerra continuarían en guerra.

Biografía post mortem 

Luzzatto propone una biografía post-mortem de la otra vida del Duce en la política y la cultura italianas, un elegante ensayo histórico, lleno de percepciones interesantes. Cuenta una historia triste, a veces macabra, demostrando de qué manera los recuerdos discordantes de Mussolini afectaron la vida política de una República joven e inexperta “dividida entre la intransigencia y la indulgencia, el radicalismo y el oportunismo, la obligación de la memoria y el arte del olvido”. Otros ya lo habían hecho, aunque a menudo en una prosa descriptiva sensacionalista, como si el tema no fuera de por sí bastante estrambótico: Curzio Malaparte en La Piel y Carlo Emilio Gadda en Eros y Príapo. Luzzatto pertenece a una generación posterior a la guerra fría, diferente, más equilibrada. El cadáver del Duce, escribe, “merece un estudio histórico aunque más no sea porque sobre su cadáver la nueva República se comprometió a un futuro republicano, democrático y pacífico”. La paradoja de un cuerpo poderoso, durante largo tiempo símbolo de “potencia”, idolatrado al principio y posteriormente desgarrado y colgado de un gancho como un pedazo de carne, luego enterrado, robado de su tumba, sepultado nuevamente, adorado otra vez por los fieles y/u oportunistas, es a la vez extravagante y grotesca.

Cuando el libro salió en Italia en 1998, fue elogiado como un aporte importante y oportuno. La vida de Mussolini después de la muerte se volvió aún más intensa en la medida en que el lugar de su sepultura fue mantenido en secreto. Un crítico del Corriere della Sera deploró que, considerando que Italia había nacido relativamente tarde en el siglo XIX, sin padres fundadores propiamente dichos y pocos símbolos unificadores, el gobierno de la posguerra se sintiera obligado a ocultar un cadáver durante años para “sobrevivir” (¡!). Luzzato recorre la Italia de posguerra de una manera parecida a la masa de mujeres y hombres aturdidos de Gabriel García Márquez en las primeras páginas de El otoño del patriarca, que deambulan por la mansión abandonada del tirano muerto. Luzzato cita al líder partisano Leo Valiani, jefe del Partido de Acción, un partido liberal y fundador de la república moderna que presenció la horripilante escena en la Piazza Loreto, y se preguntaba si la turba que pisoteaba a Mussolini no era la misma que lo había celebrado en sus días de gloria. Esa posibilidad perturbaba profundamente a Valiani. Sugería que “la Resistencia democrática había sido una causa minoritaria”. Valiani podría haber encontrado la prueba explícita de su temor en un número especial del diario de su propio partido, Italia Libera, que ingenua, pero no por cierto inocentemente, describía la orgía de violencia en Piazza Loreto como una demostración respetable de duelo. “La multitud avanza en una ordenada fila silenciosa (junto a los restos de los responsables de la ruina de Italia) etc...” Muchos años después, Valiani me dijo que ver la espantosa escena en piazza Loreto le recordaba la observación de Guicciardini, en su Historia de Italia del siglo XVI, según la cual nadie conoce tan mal a sus súbditos como su soberano.

Las confusiones de los años de posguerra surgieron en parte porque el Partido Comunista había conseguido monopolizar la memoria de la Resistencia aun a pesar de que los comunistas probablemente no constitutían la mayoría de los partisanos. Muchos eran socialistas, democristianos, socialdemócratas, liberales y monárquicos. El antifascismo pasó a identificarse generalmente con Comunismo. La caída de este último en 1990 contribuyó a la crisis del primero. Con el correr del tiempo, la crítica del “Anti-fascismo” provino también de la izquierda, siendo la más reciente Il sangue dei Vinti (La sangre de los vencidos) de Giampaolo Pansa, que provocó una de las controversias públicas más intensas sobre el pasado reciente. Por desgracia, el libro de Pansa está escrito de manera semi-novelada, se funda en información de oídas principalmente, sin indicación de fuentes, ni siquiera su principal fuente, una misteriosa bibliotecaria en Florencia, en cuyos labios Pansa pone todo lo que él sabe o afirma saber, y cuyo nombre, tal como revela en la primera página del libro, es inventado. Luego de ésta y otras controversias, la dictadura de Mussolini está empezando ahora a ser saneada o racionalizada. Esto es un mal augurio. Algunos llegan incluso a afirmar que el “mito” de la Resistencia en la posguerra no fue otra cosa que una mentira comunista. El primer ministro Berlusconi se unió frívolamente a la partida sugiriendo hace un tiempo que lo peor que hizo Mussolini fue decretar vacaciones prolongadas para adversarios políticos en encantadores centros turísticos. El valor moral de los partisanos que, como Valiani y muchos otros, esperaban haber echado los cimientos de una Italia nueva y mejor, a veces se iguala al de los conscriptos de la breve República de Salo de Mussolini. En la actualidad, es posible leer acerca de la llamada “crisis del anti-Fascismo”. Éste es el título y el tema de otro inquietante libro, más reciente, de Luzzatto, que, aun cuando intenta trazar un balance matizado, está profundamente preocupado por las posibles consecuencias políticas.

El mausoleo del Duce

El día del cumpleaños de Mussolini este año, estuve en la atestada cripta con un amigo estadounidense. Ninguno de los dos pudo decidir si era una demostración seria de empatía, o un carnavaletto ridículo, como nos dijo, tal vez con demasiada melancolía, Giorgio Frassinetti, un joven geólogo que trabaja como concejal municipal en Predappio a cargo del patrimonio de la ciudad. La otra vida de Mussolini es colonizada por viejos y jóvenes en busca de certezas y de “valores” perdurables en un mundo cada vez más incierto y peligroso. Para algunos de los jóvenes, señala Luzzato, el culto a Mussolini apela a sus anhelos de transgresión. La municipalidad de Predappio había tratado en vano de impedir un desfile neofascista en honor a Mussolini organizado por un abigarrado grupo de viejos fieles y camisas negras jóvenes. Fue contrariada por el jefe de policía local, que autorizó el desfile el domingo siguiente. El desfile al monumental cementerio tuvo lugar y los participantes depositaron coronas en la tumba. Le pregunté a Frassinetti cómo convive Predappio con su patrimonio político. Simplemente dijo “Es muy difícil”. Durante los primeros años de posguerra, Bernard Berenson, reaccionando quizás a su propio medio de clase alta, escribió “No puedo superar mi asombro ante la forma en que los italianos perdonan a sus héroes y propagandistas del Fascismo como si no hubieran hecho ningún daño”. En 1951, era más fácil explicar este misterio. Sesenta años después, cuesta mucho más.

A la cripta subterránea, cavada por los arquitectos de Mussolini en terreno rocoso, se llega por una escalera angosta. Al frente del gran sarcófago de piedra hay un busto macizo de Mussolini, más grande que el natural. Por simple afán de exageración, enfatiza los principales rasgos del Duce que tanto contribuyeron a su generalizado atractivo: la frente alta, la mandíbula provocativamente adelantada. Casi es posible ver sus ojos movedizos, con las piernas separadas y las manos en las caderas. La cripta subterránea está iluminada con dramatismo por luces que no se ven. La música llega de parlantes que no se ven. También en la muerte, Mussolini es un espectáculo. Los estudiosos de hoy sostienen unánimemente que fue un gran showman. Nunca tuvo una “ideología”, solamente una retórica y un culto vagamente formulado por la “acción.” En una entrada de la Enciclopedia, su ministro de educación Gentile escribió que el Fascismo era principalmente un “estilo” de gobierno. Mussolini consideraba las “plataformas” y los “programas” como papeluchos superfluos. Proclamaba ser aristócrata y demócrata, revolucionario y reaccionario, proletario y anti-proletario, pacifista y anti-pacifista, todo a la vez. Calificaba a la guerra, la guerra despiadada (combatere) como una ocupación sana y edificante. (“La guerra es para los hombres lo que la maternidad es para las mujeres”) Su espectáculo estaba concebido para mantener su poder absoluto –cosa que consiguió, al menos hasta 1943 cuando el mismo rey que lo había nombrado Primer Ministro bruscamente lo degradó, ordenando su arresto–. El gran hombre aceptó humildemente su destino, con lágrimas en los ojos, como un sirviente despedido por un robo insignificante. George Steiner decía que su espectáculo era “un efecto de trompe à l’oeil”. Luigi Barzini escribió que su carrera probaba las limitaciones del don de la puesta en escena. Mussolini se consideraba a sí mismo un artista. A Emil Ludwig le dijo con orgullo que las masas eran como arcilla en sus manos. En todos los grandes impostores, como escribió Nietzsche en Menschliches, Allzumenschliches, actúa un proceso sorprendente que les permite, al engañar, ser superados por su creencia en sí mismos, una creencia que habla de manera persuasiva, mágica, a sus públicos. La voz de Mussolini, al dirigirse a decenas de miles de personas desde lo alto de su balcón en Piazza Venezia, era indudablemente muy efectiva. Al oírlo y verlo hoy en películas o en televisión, su voz, y más aún sus marcadas gesticulaciones, resultarían un poco ridículas, escribe Luzzatto. La última mañana que visitamos la cripta estaba repleta de “camisas negras” y un anciano apoyado en su bastón, con la otra mano sostenía una bandera de regimiento. Circulaba un folleto supuestamente basado en el “Testamento de última voluntad” de Mussolini (Luzzatto sostiene que es falso). Dice que antes de su ejecución Mussolini se había convertido en un cristiano devoto, confesó sus pecados y fue absuelto. Más temprano, se habían celebrado tres misas en su memoria. Según Frassinetti, no podían celebrarse en la decorada capilla construida para ese fin por los arquitectos de Mussolini porque la iglesia había excomulgado por alguna razón al sacerdote celebrante. El hecho de que Alleanza Nazionale reformada ahora apoye la paz y la democracia no parece haber reducido la cantidad de visitantes a la cripta en estos últimos años.

La gran cantidad de firmas y comentarios apasionados en el voluminoso libro de visitas correspondiente a 2005, indicaba que para julio de ese año ya había ido más de la mitad del promedio de visitantes anuales.

Luzzatto cita un comentario escrito hace algunos años, “Oh, Duce,” decía, “que tu espíritu iluminado nos guíe para liberar a nuestra nación de la cloaca de comunistas... que nos está oprimiendo”. En el libro de visitantes de este año encontré estos comentarios: “Glorioso Duce, inspira a nuestro gobierno para que destruya la sórdida banda de negros, putas rumanas y sinvergüenzas albaneses que roban en nuestras fronteras y arruinan el bel’paese”. “ Duce, siempre te necesitamos.” También han pasado por aquí recientemente equipos de TV de Croacia y Georgia, dos países que tuvieron gobiernos totalitarios y que han sufrido formas similares de tirano-necrofilia en las ciudades natales de Tito y Stalin.

Entre el fascismo y el socialismo 

Predappio tal como es hoy no existía antes de la década de 1930. Fue un regalo del Duce al pueblo de Varano di Costa donde él nació el 29 de julio de 1883. Gran parte del pueblo original ya no existe. La modesta casa de dos pisos donde vivió de chico hoy es un museo de arte. La familia vivía arriba en dos habitaciones. Abajo estaba el taller del padre de Mussolini, Alessandro (herrero) y el aula improvisada de su madre, Rosa, maestra primaria. Ambos eran socialistas fervientes, como lo fue Mussolini en sus primeros tiempos. Hace años, vi una entrevista en la televisión francesa con una de las amantes de Mussolini en ese entonces, la socialista rusa Angelica Balabanoff. Ya anciana y frágil, se quejaba de que Mussolini rara vez se lavaba o cambiaba la camisa. Luego agregó con voz temblorosa... “Mais... il pouvait... faire… l’amour!” (Pero él podía hacer el amor).

El nuevo Predappio fue construido de la nada en la década del ’30, con enormes mansiones de estilo “racionalista” y algunas en un barroco ornamentado. Hay una municipalidad opulenta, una iglesia muy trabajada, una buena escuela. Todas fueron construidas en la piedra blanda y esponjosa local color rojo parduzco. El nuevo plano de la ciudad está trazado a partir del plano rectangular de un antiguo campamento militar romano. Arriba de la pretenciosa ex Casa del fascio (“fasces” eran los emblemas de poder en la antigua Roma, que los lectores llevaban ante los magistrados del Estado), se eleva un campanario alto y monumental, símbolo de la “potencia” del partido, según su arquitecto. Sobre la colina, en lo alto de Predappio, trabajadores voluntarios de las ciudades cercanas de Forli y Bolonia también le construyeron a Mussolini una casa en Rocco delle Caminate, un lugar encantador con una hermosa vista sobre los viñedos. Las nuevas viviendas públicas que están abajo fueron alquiladas a fieles partidarios por muy poco dinero. Muy cerca, los carabinieri en su enorme cuartel garantizaban que todos fueran políticamente correctos. Tenían motivos, al parecer, para vigilar. Antes del fascismo, Emilia-Romagna había sido un semillero de socialismo italiano democrático. A fines de los treinta, según Frassinetti, circulaba por aquí este verso procaz:

“Si la noche en que el Duce fue concebido / Su madre le hubiera ofrecido al herrero de Predappio / Su parte trasera en vez de la delantera, / Sólo a ella la hubieran jodido esa noche / Pero no a toda Italia”.

Predappio en realidad había sido liberada por partisanos en 1944, antes incluso de que llegaran los estadounidenses. La mañana de nuestra visita, las tres tiendas de souvenirs en la calle principal de Predappio, la ex via Benito Mussolini, estaban llenas de visitantes con camisas negras –algo raro de ver en la Italia contemporánea–. Los negocios ofrecen estatuas y cuadros al óleo del Duce así como cachiporras lo bastante pesadas como para matar a cualquiera que sea golpeado con una en la cabeza. Vienen con el nombre Mussolini escrito en letras mayúsculas. También se venden “clásicos” como el reciente “Mussolini el racista renuente”, de un tal Nicola Spinoza y una gran variedad de baratijas, camisas y tazas con las correspondientes consignas. También hay paquetes de doce botellas de un fuerte vino tinto local (14% de alcohol) con el retrato de Mussolini en la etiqueta. El vino se cultiva en tierras de una antigua villa de la familia Mussolini donde su viuda vivió desde 1955, cuando fue liberada del exilio forzoso en la isla de Ischia, hasta su muerte. El lugar es ahora un museo que glorifica la memoria de Mussolini. Está rodeada por un jardín formal muy bien mantenido con estatuas del Duce en distintas poses heroicas. La villa no fue confiscada después de la guerra como otras casas de Mussolini porque la había comprado antes de subir al poder. En otro sector del terreno, estando nosotros ahí, la nieta de Mussolini, Alessandra, ex modelo topless y ahora miembro del Parlamento europeo, entretenía a algunos cientos de activistas de un nuevo partido neofascista que ahora dirige. El tour guiado a través de la villa nos llevó al estudio de Mussolini, tapizado en libros, su comedor y su dormitorio donde uno de sus pantalones está desplegado en la cama doble y una de las botas rotas que llevaba puestas el ultimo día se exhibe como una reliquia detrás de un vidrio (la otra desapareció cuando Leccisi robó su cadáver). Una nota junto al teléfono en la cocina de la viuda conminaba a sus sirvientes. “Non fare tante chiamate” (No hagan demasiadas llamadas). Pasamos los bustos de mármol de los ídolos de Mussolini, Vilfredo Pareto (el sociólogo del siglo XIX que escribió sobre el auge y la caída de las elites en el poder) y de Julio César. El guía señaló a Julio César y exclamó: “¡El gran predecesor de Mussolini!” Detrás de nosotros, un hombre con un fino traje de seda murmuró a su joven esposa, igualmente elegante: “Ojalá tuviéramos nuevamente a un gran hombre como él”.

Autor/es Amos Elon
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 81 - Marzo 2006
Traducción Cristina Sardoy
Temas Historia, Política, Memorias
Países África, Albania, Italia