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Enfrentamientos de clanes en Somalia

Obsesionada por el riesgo de “talibanización” de Somalia, la CIA contribuyó a la victoria, en junio de 2006, de la Unión de Tribunales Islámicos.

En la primavera (boreal) de 2006, la toma de Mogadiscio (Somalia) por parte de las fuerzas de la Unión de Tribunales Islámicos (UTI) puso brutalmente en primer plano a un país largamente olvidado por la “comunidad internacional” desde 1995. En efecto, el fracaso de la operación “humanitaria” militarizada de Naciones Unidas, que tuvo lugar entre 1992 y 1995, había enfriado los ardores de dicho organismo.

Desde octubre de 2004, Somalia tenía un gobierno teórico reconocido internacionalmente: el Gobierno Federal de Transición (GFT), con sede primero en Nairobi (Kenia) y después en Baidoa (Somalia). No había podido establecerse en Mogadiscio, ya que la capital había quedado en manos de los “señores de la guerra”. Establecido tras varios años de laboriosas negociaciones, el GFT debía llenar el vacío político que había provocado la guerra civil que siguió a la caída del dictador Mohamed Siad Barré en 1991. Sin embargo, a pesar de ser reconocido internacionalmente, el GFT nunca tuvo autoridad alguna en su propio país. Por otra parte, está desgarrado por las disputas personales que existen entre el presidente, coronel Abdullahi Yusuf, el primer ministro, Alí Mohammed Ghedi, y el presidente del Parlamento, Sharif Hassan Sheik Adan.

El gobierno de transición no tiene un ejército confiable, aparte de la milicia tribal Majeerteen, de Puntland 1. Hasta junio de 2006, los señores de la guerra, jefes de bandas militares clánicas surgidas del derrumbe del Estado en 1991, reinaban como dueños del lugar; el nombramiento de varios de ellos como “ministros” no modificó en nada esa situación. Apoyándose en los mooryaan, jóvenes de la calle frecuentemente drogadictos, habían sumido a la capital Mogadiscio, y a varias otras regiones del país, en un terror anárquico. Sus tropas, mal pagas, cuando no sin remuneración ninguna, se entregaban a robos, secuestros, violaciones y ataques mortíferos a mano armada. Los señores de la guerra no dejaban de hacer sus jugosos negocios, sobre todo mediante el tráfico del qat –una planta estimulante–, la piratería, el contrabando de ganado y la telefonía celular.

Un “país sin Estado” 

Frente a esta anarquía, varios grupos que se reivindicaban del islam político crearon en 1996 los primeros tribunales islámicos, federados desde 2002 en el seno de la UTI que dirige Sheik Sharif Sheik Ahmed. El análisis de los clanes, determinante en Somalia, revela que la mayoría de estos tribunales están dominados por miembros de los clanes Hawiye y Haber Gidir. Sin dudas, esta realidad planteará problemas al movimiento islámico, dado que si bien los hawiyes son numerosos, también están divididos (el propio Ghedi, primer ministro del GFT, es un hawiye), y su implantación se limita a la Somalia central. Políticamente la UTI era, hasta hace dos meses, una mezcla heteróclita donde musulmanes moderados se codeaban con radicales simpatizantes de Al Qaeda y hombres de negocios preocupados por hacer respetar sus contratos.

Un error monumental de la política estadounidense abriría a la UTI las puertas del poder. En efecto, para la CIA Somalia representa un Afganistán en potencia. Dicha agencia encontró allí varios agentes de Al Qaeda, en particular el comorano Fazul Abdallah Mohammed –“cerebro” de los letales atentados contra las embajadas de Washington en Nairobi y en Dar es Salaam (Tanzania) en 1998–, el keniata de origen yemenita Saleh Ali Saleh Nabhan y el sudanés Abu Talha Al-Sudani, organizadores de los ataques contra un hotel de Malindi y contra un charter israelí en la costa de Kenia en 2002. A principios de 2006, un oficial estadounidense declaró “estar dispuesto a trabajar con quien quiera cooperar con nosotros contra Al Qaeda”. Para los señores de la guerra, siempre en busca de financiamiento y deseosos de debilitar tanto a la naciente autoridad del GFT como a la de la UTI, era una oferta tentadora. Cualquier cosa para impedir una vuelta al orden que, fuera islamista o laico, les impediría seguir extorsionando a sus anchas.

En febrero de 2006 los señores de la guerra establecen, con fondos secretos de la CIA, la Alianza para el Restablecimiento de la Paz y Contra el Terrorismo (ARPCT). En teoría, la ARPCT tiene como objetivo perseguir a los terroristas de Al Qaeda. En realidad, apunta directamente a la UTI 2. Los militantes islámicos no se confundieron, y el 20 de febrero atacaron primero. Los combates marcaron el principio de un proceso mortífero que ensangrentó Mogadiscio durante tres meses y medio, hasta la caída final de los “señores” de la ARPCT, el 16 de junio de 2006.

Sin embargo, del lado estadounidense se habían alzado algunas voces contra la estrategia de Washington: David Shinn, ex embajador de Estados Unidos en Etiopía y especialista en la región, reclamó “un enfoque global y no un enfoque estrecho, sólo desde el punto de vista del antiterrorismo”. Por su parte Michael Zorick, asesor de la embajada estadounidense en Kenia, denunció en vano el a su juicio contraproducente pago de fondos a los señores de la guerra.

El 13 de junio de 2006 Washington, tratando desesperadamente de reparar sus errores, crea de emergencia una estructura ad hoc, el Grupo de Contacto sobre Somalia. Este grupo incluye, además de Estados Unidos, a la Liga Árabe, la Unión Africana, las Naciones Unidas, la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD, 3), Noruega, la Unión Europea y, a título individual, el Reino Unido, Suecia, Italia y, curiosamente, Tanzania. Sin embargo, por haber llegado demasiado tarde, estar mal informado y no tener un poder de decisión real, el “Contact Group” se parecía más a una excusa tardía que a un verdadero instrumento práctico.

La situación parece más complicada en la medida en que el conflicto somalí se internacionalizó, dada la implicación de dos Estados vecinos, a su vez comprometidos en una lucha sin salida: Etiopía y Eritrea. Desde la guerra que las enfrentó, en 1998-2000, y que terminó en un armisticio ambiguo, Addis Abeba y Asmara no logran normalizar sus relaciones y se enfrentan por causas interpuestas. Así, conociendo la simpatía etíope por Abdullahi, Asmara intenta entorpecer la acción del GFT. Por eso los eritreos, al menos en cinco oportunidades, entregaron armas a la UTI; no por simpatía ideológica (el régimen de Asmara es decididamente laico), sino en aplicación del dicho que reza “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Por su parte, Addis Abeba apoya desde el principio a su campeón Abdullahi.

Por supuesto, todos niegan cualquier implicación en el conflicto, una implicación tanto más ilegal cuanto que la resolución 733 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del 23 de enero de 1992 establece un embargo sobre toda entrega de armas a Somalia, un “país sin Estado”. La internacionalización de la crisis trascendió los límites del continente africano: Arabia Saudita proporcionó armas a ciertos señores de la guerra, mientras que la UTI, Yemen y Egipto alimentan al GFT.

En su esfuerzo por sobrevivir e imponerse, el GFT se jugó todo a la carta internacional. Temiendo sobre todo a sus propios “ministros armados” 4, el presidente Abdullahi no deja de reclamar una intervención armada de la IGAD o de la Unión Africana para “restablecer la paz” y “proteger la legitimidad”. El principio había sido asumido, pero nadie tenía dinero o voluntad política para lanzarse al avispero somalí. Nadie salvo Etiopía, preocupada tanto por contrariar los manejos eritreos como por sofocar las veleidades potencialmente subversivas de la UTI. Pero la menor mención de las tropas de Etiopía, enemigo atávico de los somalíes, bastaba para provocar violentas batallas políticas en el seno del GFT. Además, no era lógico que la Unión Africana se apoyara en Addis Abeba para formar una fuerza intermediaria, ya que Etiopía sería juez y parte. En efecto, esta última teme que un gobierno somalí distinto del de su aliado Abdullahi haga renacer las ambiciones irredentistas de Somalia sobre Ogaden (una provincia etíope poblada por cuatro millones de somalíes), ambiciones que ya habían conducido a una guerra entre ambos países en 1977-1978.

Enfrentados a la UTI, los señores de la guerra, detestados por la población a causa de sus exacciones, se derrumbaron en pocos días en junio de 2006, trayendo un alivio palpable a las calles de la capital, aun cuando el hombre (y sobre todo la mujer) de la calle se pregunta cuál será el futuro que le reservan estos libertadores un tanto particulares que son los militantes de la UTI. La “comunidad internacional”, preocupada por proteger el embrión de “normalización legítima” que constituye el GFT, exigió inmediatamente conversaciones bilaterales entre la UTI y el GFT. Una nueva oportunidad para que el GFT se divida: el presidente Abdullahi pretende evitar cualquier acuerdo con sus enemigos 5, mientras, por el contrario, el presidente del Parlamento Sheik Adan insiste en reanudar el diálogo. Finalmente, el acuerdo se firma en Jartum (Sudán) el 22 de junio e inmediatamente las dos partes involucradas lo transgreden.

Matizar el enfoque

La prensa internacional evoca erróneamente una “talibanización rampante” en Somalia. Esos miedos se fundamentan en gestos simbólicos del movimiento islámico, tales coma la prohibición de ver el Mundial de fútbol o los cortes de cabello autoritarios que se les hacen a los jóvenes que lleven peinados punk, afro o rastafari. La propia UTI se convirtió en Consejo Supremo de los tribunales islámicos, y su jefe moderado Shek Sharif Sheik Ahmed fue reemplazado por el viejo militante fundamentalista Hassan Dahir Aweys. La relación entre ambos campos sigue siendo tensa, y la probabilidad de un poder compartido parece remota. Sin embargo, el movimiento islamista, presa del entusiasmo por el éxito, todavía no se ha medido con el peor demonio de la sociedad somalí: el clanismo, que carcomió el “socialismo” de Siad Barre y que constituye la mayor diferencia entre este país y el Afganistán de los talibanes.

En efecto, los talibanes contaban con el fuerte respaldo de un país vecino (Pakistán) y se apoyaban en la mayoría étnica pashtun del país. La UTI no tiene verdaderos amigos extranjeros (el apoyo de Eritrea es oportunista), y los hawiyes no son los pashtun de Somalia: no representan más del 20% de la población, y además están divididos en clanes y subclanes. Por otra parte, contrariamente a lo que sucede con los talibanes, la UTI está atravesada por muchas corrientes, tanto clánicas como ideológicas, y nada indica que los extremistas cercanos a Al Qaeda tengan su pleno control. Por eso, es probable que un enfoque matizado y negociado tenga más posibilidades de evitar una profundización de la crisis que los proyectos de intervención armada que se discuten en la IGAD y en otros ámbitos.

 

  1. El coronel Yusuf Abdullahi, antes de ser presidente del GFT, era el presidente del Estado semiindependiente de Puntland, ubicado en el Noreste de Somalia y poblado por los clanes de la familia Majeerteen.
  2. La hostilidad a los tribunales islámicos no impedía a los señores de la guerra socavar al mismo tiempo la autoridad del GFT, que se vio obligado a expulsar –demasiado tarde– a los ministros que formaban parte de la ARPCT, que lo amenazaban militarmente.
  3. La Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo, organización regional creada en 1992, reúne a Eritrea, Etiopía, Uganda, Sudán, Somalia, Kenia y Djibuti.
  4. Término pintoresco que se usa para designar a los señores de la guerra que forman parte del gobierno.
  5. A principios de los años ’90, Abdullahi, entonces un simple dirigente de Puntland, había terminado con el movimiento islamista en su tierra.

 

 

Autor/es Gérard Prunier
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 87 - Septiembre 2006
Traducción Mariana Saúl
Temas Conflictos Armados, Desarrollo, Política, Sociedad, Economía
Países Estados Unidos, Kenia, Somalia, Italia, Noruega, Suecia