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Un enfrentamiento sólo aparente

Sumados al desacuerdo acerca de la intervención de la “coalición” en Irak, los conflictos comerciales entre Europa y Estados Unidos dieron lugar a múltiples evaluaciones a propósito del “divorcio”, el “atolladero” y el “futuro incierto” de la relación transatlántica, considerada hasta ese momento como el fundamento del orden neoliberal mundial. Equivale a olvidar que, incluso después del 11 de septiembre de 2001, la integración económica estadounidense-europea se profundizó, al tiempo que la OTAN extiende sus tentáculos.

El caos en el cual se halla inmerso Irak (sin hablar de Afganistán) tiene suficientes elementos como para desesperar a los incondicionales de Washington. Pero ahora que se produjo el desastre, George W. Bush no tendría que soportar solo sus consecuencias. Tal como dice el director de L'Express, "nadie puede poner en duda la sinceridad estadounidense: la superpotencia lucha también por desarrollar la libertad y la democracia" 1. Pasemos por alto la enormidad de semejante afirmación (que hace caso omiso de la larga lista de intervenciones de los marines y de la CIA con el fin de instaurar o salvar dictaduras, particularmente en América Latina), para retener sólo su mensaje subliminal: europeos y estadounidenses estamos en el mismo barco, dado que compartimos idénticos valores fundamentales; los de una suerte de universalismo occidental.

No es ésta, sin embargo, la experiencia vivida por los que conocen bien ambas orillas del Atlántico ni lo que inspira la lectura de la abundante literatura sobre el tema aparecida recientemente tanto en Europa como en Estados Unidos 2. Ya se trate de la ideología de los derechos individuales en relación con los derechos colectivos; del estatuto de la religión; de la afirmación nacionalista; del sentimiento de superioridad sobre el resto del mundo; de la indiferencia de las elites con respecto a las inequidades o a la pena de muerte; del respeto a la legalidad internacional (Protocolo de Kyoto, Corte Penal Internacional), etc., gran parte de los ciudadanos estadounidenses -y aun más su actual gobierno- están muy lejos de los de la gran mayoría de los países del Viejo Continente. Todo esto es fácil de constatar.

Solamente deben alarmarse los que, por ignorancia (muchos simpatizantes de Estados Unidos lo ignoran todo del objeto de su devoción) o por profesar un atlantismo beato, se niegan a verlo como un simple país extranjero. Un país con el cual existen convergencias, pero también divergencias de intereses, tal como existen con India, Rusia o Brasil. En estas condiciones, la "deriva de los continentes", el "divorcio con Europa", el "impasse transatlántico" -para retomar algunas fórmulas recientes y un tanto excesivas- son sólo la simple actualización de realidades preexistentes.

Sin embargo, es significativo que este recordatorio de verdades elementales se haga más urgente al día siguiente del doble fracaso -militar 3 y moral- de Estados Unidos en Irak, que en lo sucesivo hace vanas las amenazas de utilizar la fuerza armada contra otro Estado, musulmán o no: "Un poder que, con toda evidencia, no puede ser utilizado, no es un verdadero poder", tal como expresan dos investigadores de la fundación Carnegie Endowment for International Peace 4. La lección fue entendida por los otros dos países del "Eje del mal" -Corea del Norte e Irán- que no renuncian (o ya no lo hacen) a sus ambiciones nucleares. Tampoco escapó al entendimiento de todos los europeos. La proliferación de comentarios sobre la diferencia de valores es también una manera de justificar un mínimo distanciamiento diplomático, como se observó sobre todo el 20 de julio pasado, cuando los 25 países de la Unión Europea se pronunciaron unánimemente contra el "muro de la vergüenza" israelí en la Asamblea General de Naciones Unidas, mientras que Washington, junto con Israel, Palau, Micronesia y otros dos Estados de la misma envergadura, sostenía la posición inversa.

Inclusive la famosa "relación especial" entre Estados Unidos y el Reino Unido provoca sonrisas: los británicos, los únicos que se forjaron ilusiones, algún día la consideraron como tal, mientras que en Washington -donde no se interesan por las opiniones ajenas- sólo se la vio pragmáticamente como una manera de "comprometer" a Londres en iniciativas unilaterales disimuladas para la ocasión en acciones "multilaterales". En 1967 el presidente Lyndon B. Johnson se esforzó por convencer al Primer Ministro laborista de la época, Harold Wilson, para que enviara a Vietnam tropas británicas, aunque fuese un simple batallón. Pero Wilson se negó aquella vez a desempeñar el papel de "perro faldero" que el "nuevo laborista" Anthony Blair se complació visiblemente en representar en Irak (Dixon, pág. 24).

Integración militar y económica

Los conflictos comerciales de estos últimos años entre la Unión Europea y Estados Unidos (carne bovina con hormonas, bananas, organismos genéticamente modificados, acero, subvenciones agrícolas, utilización de paraísos fiscales por parte de las multinacionales del otro lado del Atlántico, y quizá dentro de poco nuevamente la aeronáutica, entre Boeing y Airbus), completan un paisaje de aparente enfrentamiento entre ambas entidades. Ante la acumulación de tensiones, algunos comentaristas anglosajones empiezan a inquietarse por la fortaleza de la arquitectura financiera, económica y comercial mundial, es decir por el futuro de la mundialización neoliberal o globalización. ¿Acaso desde hace un cuarto de siglo ésta no reposa principalmente en la conversión -resignada o entusiasta- de las elites dirigentes del mundo entero, en primer lugar de las europeas, en un modelo liberal de integración económica de la fracción solvente del planeta, concebido en Washington para servir prioritariamente a los intereses financieros y a las empresas transnacionales estadounidenses?

Este sistema dispone de un brazo armado, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Originalmente creada para contener a la URSS, la OTAN apuntaba sobre todo a convertir a Washington en el árbitro de todas las decisiones relativas al conjunto del Viejo Continente. Lejos de disolverse después de la desintegración de la URSS, la OTAN se extendió a todos los ex Estados satélites de Moscú en Europa Central y Oriental, a Eslovenia, así como a las tres repúblicas bálticas. Pero esto no la puso a salvo de los diferendos transatlánticos: el último fue la negativa de los gobiernos de Alemania y Francia, en la cumbre de Estambul del pasado junio, de permitir que la bandera de la OTAN flameara en Irak con el pretexto de formación de soldados y policías iraquíes 5. En la OTAN, Washington está tan habituado a dar órdenes y a que sus "aliados" se cuadren, que la menor objeción toma la dimensión de una crisis.

Cuando se consideran sólo esos factores, aislándolos de un contexto más general, da la impresión de que efectivamente el paralelismo de los dos grandes pilares 6 políticos y militares de la mundialización liberal está a punto de derrumbarse, a riesgo de debilitar todo el edificio. Esta impresión es engañosa, como lo es la de una globalización amenazada por la histérica preocupación por la seguridad pública de la administración Bush. Un estudio publicado recientemente en Francia por la Fundación Robert Schuman 7 pone las cosas en perspectiva mostrando, con el apoyo de cifras, la creciente integración de las economías norteamericanas (Estados Unidos y Canadá) y europeas, que se profundizó aun más después del 11 de septiembre de 2001.

En primer lugar debe relativizarse la importancia de los conflictos comerciales entre ambas orillas: si bien son dramatizados en el discurso, conciernen tan sólo al 1% del volumen total de intercambios, que por otra parte están en constante progresión. Pero -y es mérito del estudio citar algunas evidencias económicas- "la economía transatlántica está estrechamente ligada por las inversiones en el extranjero, que constituyen una profunda forma de integración con relación al comercio, forma superficial de integración". Así, en 2000 las ventas de las filiales estadounidenses en Europa alcanzaban 1.438.000 millones de dólares, mientras que las exportaciones estadounidenses a Europa ascendían a sólo 283.000 millones de dólares. Simétricamente, las ventas de las filiales europeas en Estados Unidos eran de 1.420.000 millones de dólares, contra 336.000 millones de exportaciones de Europa hacia Estados Unidos.

Contrariamente a una opinión generalizada, los inversionistas estadounidenses y europeos no se vuelven prioritariamente hacia los "mercados emergentes". Así, en 2000 las inversiones de Estados Unidos en los Países Bajos duplicaron las realizadas en México. Para el conjunto de Europa, en 2002 rozaron el 60% de su volumen mundial y en 2003 superaron esta barrera, sin que Francia haya sufrido en lo más mínimo por su oposición a la guerra en Irak, ya que las inversiones estadounidenses entre 2002 y 2003 o se estancaron, o aumentaron el 10%, según diferentes estudios 8.

En sentido inverso, en 2003 se produjo una importante ruptura: con relación a 2002, las inversiones europeas en Estados Unidos disminuyeron: de alrededor del 85% de su total mundial cayeron a casi el 50%. En volumen pasaron de 126.000 millones a 37.000 millones de dólares. En los 10 primeros meses de 2003, los inversionistas de la zona euro fueron vendedores netos de títulos estadounidenses (bonos del tesoro, acciones y obligaciones) cediendo 5.000 millones de dólares de activos, mientras que en 2001 habían sido compradores netos por 50.000 millones de dólares de activos.

¿Esta caída de tendencia es coyuntural o estructural? Podría deducirse que los poseedores de capitales europeos tienen menos confianza en la gestión de Bush en su país (déficit presupuestario y comercial, aventurerismo en el extranjero, medidas de seguridad pública, etc.) de la que los inversionistas estadounidenses tienen en los gobiernos de la "Vieja Europa"... Una integración creciente entre ambas partes se acompañaría entonces de un cierto reequilibrio de la relación de fuerzas.

Así como se vio en Ginebra el 31 de julio pasado, en ocasión de la conferencia de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Unión Europea y Estados Unidos siempre logran llegar a alguna forma de compromiso, incluso en materia agrícola, frente a las reivindicaciones de los países del Sur reagrupados en el G-20. Sin embargo, esto no bastó, por lo menos en lo inmediato, para conseguir que estos países "liberalizaran" más su legislación sobre inversiones extranjeras. Allí también asoma un nuevo equilibrio geopolítico, esta vez entre Norte y Sur, pero siempre en un contexto de creciente integración al mercado mundial.

En el plano militar, y a pesar de algunas escaramuzas franco-estadounidenses, la OTAN funciona bastante bien como escudo de la mundialización. Presionada por Washington, su zona de intervención ya no conoce límites territoriales. ¿Acaso en el verano boreal de 2003 la OTAN no tomó el relevo de la ONU en el mando de la fuerza internacional de asistencia a la seguridad en Afganistán? De hecho, Estados Unidos aplica generalmente en la OTAN (como en todas las instituciones multilaterales) las reglas enunciadas el 2-2-02 por el secretario estadounidense de Defensa Donald Rumsfeld, destinadas a los Estados tomados individualmente: "Es la misión la que debe determinar la coalición, y no a la inversa". En otras palabras, la OTAN será utilizada sólo como sea necesario: hoy para participar en la reconstrucción de lo que Estados Unidos destruyó en Afganistán, mañana posiblemente en Irak.

Algunos se interrogan acerca de la aparente contradicción entre la prosecución de la globalización económica y financiera a nivel planetario, que se optimiza en un marco de estabilidad y libertad de circulación en todos los ámbitos, y las medidas tomadas por el gobierno estadounidense que traban estas libertades (visas, información acerca de los legajos de los pasajeros de las líneas que comunican con Estados Unidos, instalación de agentes aduaneros estadounidenses en los puertos extranjeros de donde parten embarcaciones porta-contenedores con destino a Estados Unidos, minuciosos controles en las fronteras) y que se acompañan internamente de tensas medidas de seguridad pública. Si esos efectos existen -la caída de las inversiones europeas en 2003 podría constituir un síntoma- serían sin embargo limitados. Esto puede observarse, por ejemplo, en el optimismo que ostentan los dos "grandes" de la aeronáutica, un sector ultrasensible a las crisis internacionales: el gigantesco avión europeo A-380 de Airbus (555 asientos) comenzará a ser explotado comercialmente a principios de 2005, mientras la estadounidense Boeing se lanzó a un nuevo programa de colosal envergadura -el Boeing 7T7- que debería entrar en servicio en 2007.

Daniel Hamilton, prologuista del estudio de la Fundación Robert Schuman citado más arriba, no vacila en declarar que "llegamos a un nuevo territorio, donde los intereses económicos y sociales específicos y los actores transnacionales transgreden las fronteras nacionales, sobrepasan las formas tradicionales de gobernanza en todo el mundo atlántico" 9. Si se acepta su razonamiento, significa que la esfera économico-financiera atlántica, crisol de la mundialización neoliberal, es en lo sucesivo completamente autónoma del poder, de los proyectos e incluso de los conflictos políticos. Por lo tanto, que de ahora en más los "intereses" y "actores" transnacionales están santificados y colocados fuera del alcance del sufragio y de la intervención de los ciudadanos. En cierto modo es el "fin de la historia" democrática...

  1. Denis Jeambar, "Après-guerre", L'Express, París, 28-6-04.
  2. Es provechoso leer la apasionante obra colectiva Démythifier l'universalité des valeurs américaines, dirigida por Jean Liberman, Paragon, L'Aventurine, París, 2004.
  3. Hay fracaso militar en la medida en que las tropas de ocupación tienen por cierto los medios para eliminar del mapa a Fallujah, Al-Sadr City o Najaf, pero son incapaces de "conservarlas" e instalar allí un poder civil a sus órdenes.
  4. José Cirincione y Anatol Lieven, "Rethinking the US exit strategy", International Herald Tribune, París, 17-5-04.
  5. A fines de julio se estableció un compromiso que permitía el envío de una "misión preparatoria" compuesta por unos cincuenta oficiales, con el fin de examinar el principio y las modalidades de una presencia más importante.
  6. Por el momento el tercer polo de la Tríada, Japón, no es un protagonista activo en ninguno de los dos terrenos.
  7. Joseph P. Quinlan, Dérive ou rapprochement? La préeminence de l'économie transatlantique, prefacio de Daniel S. Hamilton, Notas de la Fundación Robert Schuman, N° 23, París, junio de 2004. www.robert-schuman.org.
  8. The Financial Times, Londres, 9-6-04 y 11-8-04.
  9. Ibid.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Páginas:22,23
Traducción Teresa Garufi
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Política
Países Estados Unidos, Irak