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Las palabras sesgadas sobre Medio Oriente

Las palabras no son neutras. Al contrario, debido a su utilización sesgada por parte de una prensa que proyecta la realidad de las sociedades democráticas, el público occidental no logra comprender la situación en Medio Oriente y en el mundo árabe. Un pantano lingüístico se suma al de la guerra.

Comprender el qué, el dónde, el cuándo, el quién y el cómo, para luego escuchar a cada parte sobre el porqué, sin dejar de diferenciar los hechos de las opiniones, es el modo de reconocer el periodismo de calidad. ¿Qué prometen los spots promocionales de CNN, Fox-News o Al-Jazeera, sino la objetividad? “We report, you decide”: Nosotros informamos, usted decide. Sin embargo, luego de cinco años de trabajar como corresponsal en Medio Oriente, mi conclusión es pesimista: los periodistas occidentales no pueden reflejar con precisión, y aun menos de manera objetiva, el mundo árabe y Medio Oriente. Incluso cuando siguen al pie de la letra las reglas periodísticas, pintan un panorama profundamente sesgado y deformado de la región.

El problema esencial remite a las palabras empleadas: las que utilizan los periodistas no significan nada para el público occidental o son interpretadas de maneras diferentes, o son simplemente deformadas.

Los mejores ejemplos de esos términos “desconocidos” para el público estadounidense y europeo son las palabras “ocupación” y “dictadura”. La ignorancia de lo que es una dictadura no es monopolio de los intelectuales ni del público en general. En la época en que yo era corresponsal, recibía de vez en cuando reprimendas del jefe de redacción: ¿Por qué hacía falta tanto tiempo para obtener una visa para ir a Irak en tiempos de Saddam Hussein? ¿Y por qué no había ido aún a Libia? “¿Cómo que no te dan visa? ¡Tienes que insistir!” Para no hablar del pedido de un célebre periodista de investigación que quería obtener los datos para localizar a los servicios secretos jordanos, o de un contador que me exigía los recibos por cada persona que yo había tenido que sobornar durante mi viaje al Irak del ex dictador.

Sin embargo el jefe de redacción, el contador y el periodista de investigación seguían la actualidad de cerca, leían los diarios y veían la televisión. ¿Pero acaso esos diarios o esos canales de televisión explican lo que es realmente una dictadura?

El libro que publiqué en el verano boreal de 2006 trata de ese tema: el miedo, la desconfianza, el lavado de cerebro, la corrupción y la destrucción deliberada de los recursos humanos, del amor propio, de la opinión pública. El editor estaba personalmente implicado y lo leyó varias veces. Cuando fue a la feria del libro de Francfort, volvió lleno de entusiasmo: había hablado del libro con un colega egipcio que se mostró interesado: ¡mi éxito en el mundo árabe era inminente! Mi editor estaba feliz, hasta el día en que le explicaron que había una contradicción en los términos: ¿una dictadura podía autorizar la publicación de un libro cuyo tema es el carácter execrable de esa misma dictadura? Aún luego de haber digerido cien páginas consagradas al culto del miedo sobre el que se apoyan los Estados policiales, la palabra dictadura seguía siendo para él una abstracción.

¿La palabra “ocupación”, puede estar igualmente vacía de sentido para los lectores y los telespectadores occidentales? Semejante vacío explicaría por qué se le exigen cada vez más pruebas a la Autoridad Palestina de que “hace suficientes esfuerzos para luchar contra la violencia”, mientas que casi nunca se le pregunta a los portavoces del gobierno israelí si ellos “hacen suficientes esfuerzos para luchar contra la ocupación”. No caben dudas de que los ciudadanos occidentales saben en qué consiste la horrible amenaza terrorista, aunque más no sea porque los políticos de derecha se lo recuerdan regularmente. ¿Pero, quién le explica al público occidental el terror que se oculta tras la palabra “ocupación”? Independientemente del año que se tome como referencia, la cantidad de civiles palestinos muertos a causa de la ocupación israelí es al menos tres veces superior al de los civiles israelíes muertos a causa de atentados. Pero los corresponsales y los comentaristas occidentales que hablan de los “sangrientos atentados suicidas” no hablan nunca de la “sangrienta ocupación”.

Proyecciones democráticas

Los horrores diarios de la ocupación israelí se mantienen en su mayoría invisibles, pero “la información” proveniente de las dictaduras llega efectivamente a los diarios y a la televisión occidentales. Se presenta entonces un nuevo problema: cuando los periodistas describen los acontecimientos, utilizan el vocabulario de las democracias. Hablan de “parlamento” o del “juez”, dicen “el presidente Mubarak”, en lugar de “el dictador Mubarak”, y mencionan al Partido Nacional Democrático, cuando el mismo no es ni “democrático” ni un “partido”. Citan a un profesor universitario del mundo árabe, pero olvidan añadir que está controlado y vigilado por los servicios secretos. Cuando en la pantalla de la televisión aparecen algunos jóvenes furiosos que queman la bandera danesa en un Estado policial, llaman a eso “una manifestación” y no una operación de comunicación.

Lo que resulta desconcertante es que los corresponsales en Medio Oriente conocen perfectamente lo que significa una ocupación y una dictadura. Trabajan y viven en países árabes y en los territorios palestinos, tienen allí amigos, colegas y familias que no pueden fiarse a ninguna regla de derecho. Esos amigos, esos colegas, esas familias, no son ciudadanos sino sujetos, casi sin defensa, y ellos lo saben. ¿Pero como podría saberlo el público occidental, cómo podría saber verdaderamente de qué manera funciona el sistema? Sobre todo cuando el vocabulario utilizado da a entender que las democracias y los Estados policiales funcionan casi de la misma manera, con un parlamento, un presidente, y, el colmo de los colmos, con “elecciones”.

Hay palabras que no significan gran cosa para los ciudadanos corrientes occidentales. Otras expresan cosas muy distintas. Se trata de palabras en sí mismas deformadas: unos pocos minutos de zapping por los distintos canales satelitales basta para demostrarlo. ¿Hay que decir “Israel”, “la entidad sionista”, “la Palestina ocupada”? ¿”Intifada”, “nuevo holocausto” o “lucha por la independencia”? ¿Tal parcela de tierra es “cuestionada” u “ocupada”?, ¿y debe ser “concedida” o “devuelta”? Cuando Israel cumple con una condición que figura en un tratado firmado, ¿se trata de una “concesión”? ¿Existe una “negociación” entre israelíes y palestinos? Y en tal caso, ¿cuál es el margen de maniobra de los palestinos, sabiendo que el término “negociación” implica concesiones mutuas entre dos partes más o menos iguales?

No hay palabras neutras. ¿Qué vocabulario adoptar entonces? No es fácil escribir un despacho de prensa de este tipo: “Hoy en Judea y Samaria / en los territorios palestinos / en los territorios ocupados / en los territorios en disputa / en los territorios liberados, tres palestinos inocentes / terroristas musulmanes, fueron eliminados preventivamente / brutalmente asesinados / asesinados por el enemigo sionista / por las tropas de ocupación israelíes / por las fuerzas de defensa israelíes”. O en el caso de Irak: “Hoy, los cruzados sionistas / las tropas de ocupación estadounidenses / las fuerzas de la coalición, atacaron bases de la resistencia musulmana / de los terroristas / de células terroristas”.

La cultura occidental es optimista: cuando usted identifica un problema se le pide al mismo tiempo proponer una solución. ¿Pero, cómo salir de ese pantano lingüístico, sino quizás reconociendo más claramente los prejuicios y los inevitables filtros que tiene toda labor periodística, y terminando con el engaño de las consignas marketineras? Nosotros informamos, usted decide: de acuerdo. Pero nosotros decidimos lo que usted ve y cómo lo ve.

Felizmente, queda una última categoría de palabras sobre la cual los medios occidentales podrían esforzarse un poco más. ¿Por qué un judío que reclama la tierra que le fue dada por Dios es un “ultranacionalista” mientras que un musulmán que esgrime el mismo razonamiento es un “fundamentalista”? Un dictador árabe que opta por una política diferente a la de los occidentales es un “anti-occidental”, pero esa etiqueta no se aplica nunca en el otro sentido. ¿Qué líder estadounidense fue calificado de “radicalmente anti-árabe”? Un responsable político israelí que cree que sólo la violencia puede proteger a su pueblo es un “halcón”. ¿Alguien oyó alguna vez hablar de un “halcón” palestino? No. Será un extremista o un terrorista. Los responsables israelíes que creen en el diálogo son “palomas”, mientras que un palestino que opta por la misma vía es un “moderado”, lo que da a entender que, a pesar de que la violencia reside en el corazón de todo palestino, ese logró, gracias a Alá, “moderar” sus tendencias profundas. Y mientras que Hamas “odia” a Israel, ningún partido o líder israelí “odió” nunca a los palestinos, ni siquiera cuando esos líderes utilizan su puesto gubernamental para preconizar la expulsión de los palestinos. ¿Salvo que se trate de una “limpieza étnica”, de una “mudanza involuntaria” o de una “transferencia”?

 

 

Autor/es Joris Luyendijk
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 93 - Marzo 2007
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Televisión, Conflictos Armados, Medios de comunicación, Periodismo
Países Irak, Libia, Arabia Saudita