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El Pacífico insular, zona de inestabilidad mal conocida

De Nueva Caledonia a Nauru y de Vanuatu a Tongas, la enorme región del Pacífico insular padece graves males económicos y sociales. En algunas de estas islas-naciones, los problemas tienden a intensificarse.

Antes del final de la Guerra Fría, estos Estados y territorios fueron muy cortejados por las grandes potencias, pero ahora es evidente la falta de interés de los proveedores de fondos. Lo cual resulta en márgenes de maniobra muy reducidos y una emigración masiva. Potencia regional, Australia se propone ejercer una gran influencia, en colaboarción con Nueva Zelanda y sobre todo con Estados Unidos. A partir del 11 de septiembre de 2001 la alianza con Washington constituye la base de la política de defensa de Canberra, que podría implicarse junto a su aliado en una zona estratégica que abarca el Pacífico Sur, pero también el Océano Índico y el sudeste asiático. Francia, el último de los Estados de Europa implicado en la zona, trata de conservar su lugar, aunque no es bienvenida. Tanto menos en la medida en que sus territorios –Nueva Caledonia o Polinesia– no son modelos de estabilidad.

Aunque reciban la ayuda de mayores dimensiones del planeta, los territorios dependientes del Pacífico insular no lograron asegurar su desarrollo . Por cierto, el contraste entre una y otra entidad es grande. El Producto Bruto Interno por habitante en la Polinesia francesa es superior al de Nueva Zelanda, pero esto se debe esencialmente a las transferencias de la metrópolis. En el extremo opuesto, Kiribati, las Salomón, las Samoa occidentales, Tuvalu y Vanuatu están clasificados entre los países menos avanzados. Si bien las estadísticas deben relativizarse en razón del autoabastecimiento y las prácticas comunitarias, es significativo que un informe de Naciones Unidas haya subrayado, en 2003, que las Salomón, Vanuatu, las islas Marshall y los Estados Federados de Micronesia experimentaron un descenso de su nivel de vida en el transcurso de los últimos diez años . El Banco Asiático de Desarrollo (Manila) estableció en un informe que para la mayoría de los habitantes de los países de Oceanía, “las dos principales preocupaciones son tener un ingreso y acceder a los servicios sociales” .

La ayuda pública al desarrollo no permitió alcanzar los objetivos asignados, y la dependencia económica respecto al exterior no hizo más que acrecentarse . Parte de esas ayudas es desviada por una elite corrupta, siendo las prevaricaciones de la familia real de Tonga tan sólo un ejemplo flagrante, al igual que las exacciones (el “Wantok” o nepotismo) de Vanuatu.

Australia, uno de los principales proveedores de esa ayuda, espera ahora controlar su utilización. Eso no significa que vaya a reducirla drásticamente, pero es sin duda una etapa en su retiro de ayuda financiera. Al mismo tiempo, Francia, que suele intervenir a deshora en el Pacífico, anunció que duplicaría la dotación del Fondo de Cooperación Económica, creado en 1987 .

¿Garantizará su control? Nada es menos seguro.

De hecho, a estos desórdenes se agregan la inestabilidad, las violencias intra e inter-comunitarias, los sublevamientos y guerras civiles. Hay quienes llegan a preguntarse si el espíritu democrático estará en correspondencia con la región .

En Tonga, por ejemplo, la monarquía se apoya en una “nobleza” que dispone de 21 escaños sobre 30 en el Parlamento. Una tímida reforma debería permitir en 2005 contar con dos ministros plebeyos. En las Samoa Occidentales, el sufragio universal fue adoptado en 1990, pero sólo los jefes (los matai) son elegibles. En otros lugares, la democracia tiende a tergiversarse, el clientelismo está muy extendido, incluidos los territorios franceses . En particular en Tonga, Fidji, Nauru, Salomón, Papuasia Nueva Guinea, existen denuncias por limitaciones a la libertad de prensa. Incluso en Wallis y Futuna, los gobiernos franceses no hacen nada por contrariar las decisiones contra la libertad de información tomadas por los reyes.

En Fidji, un universitario explicaba (para justificar los golpes de Estado de 1987) que la democracia era incompatible con la costumbre. Si la ley de las mayorías llevara a las categorías trabajadoras (los indo-fidjianos, población de origen indio que se volvió demográficamente mayoritaria) a dominar a los tradicionales propietarios de los medios de producción, el pueblo dirigiría a los jefes. El “respeto de los derechos humanos” sería de hecho utilizado para negar el derecho de los fidjianos melanesios .

Un blanco ideal

Hay que hacer un esfuerzo para comprender los particularismos, mentalidades y modos de pensar, el peso de las religiones cristianas y también el sentimiento predominante: para ser oceaniano, hay que pertenecer a pueblos que fueron los primeros ocupantes. Las poblaciones “blancas” de Australia, Nueva Zelanda, Nueva Caledonia y Polinesia francesa son vistas como exógenas y deben recordar que son “invitadas”. La presencia francesa fue la peor aceptada, sobre todo a partir de los ensayos nucleares en Polinesia francesa y de las políticas adoptadas respecto a los melanesios de Nueva Caledonia hasta 1988.

A Australia siempre le costó admitir que el Pacífico insular no sea “su” región, que los micro-Estados puedan buscar emanciparse, volverse hacia los países de la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (ANASE) y que sus poderosos intereses en Papuasia Nueva Guinea y en las Salomón se vean comprometidos. De todos modos, y al igual que Nueva Zelanda, Australia pareció, por un momento, querer concentrarse en otros problemas (rivalidades India/Pakistán, China/Taiwán, piratería marítima de China, inestabilidad de Filipinas e Indonesia). De lo cual Francia intentó sacar partido, incluso cuando esto significó apoyar a la realeza de Tonga o los golpes de Estado de Fidji (al menos los de 1987). De todos modos, mejoró su relación con Australia y Nueva Zelanda, para quienes los territorios franceses se habían convertido, hasta una fecha reciente, en enclaves de estabilidad .

En cuanto a Estados Unidos, no podía dejar de interesarse en las islas al norte del ecuador: bases militares en Guam, arrecife de Kwajalein en las Marshall, útiles en el marco de “la guerra de las galaxias”. No dejaban por ello de cerrar sus embajadas ni de reducir su personal y disminuir considerablemente su ayuda.

Sin el 11 de septiembre, la tendencia no se habría revertido en lo inmediato. Desde entonces, esta zona de inestabilidad vuelve a ocupar la atención de las grandes potencias y de la Organización de Naciones Unidas. Controlarla se convierte en una apuesta. El cambio de actitud más notorio procede de Australia –el atentado de Bali del 12 de octubre de 2002 apuntaba a ciudadanos suyos: 88 australianos entre las 202 víctimas– actitud en cierta medida dictada por el aliado estadounidense. Queriendo marcar los límites del compromiso de su país, John Howard, el Primer ministro conservador, había declarado a fines de agosto de 2001: “Australia no puede ni tiene la intención de determinar el curso de las cosas en la región. (…) La Independencia, también quiere decir asumir la responsabilidad de su propio destino…”.

No obstante, Canberra interviene en diversas acciones destinadas a “evitar la desintegración de los pequeños países oceanianos, lo que podría constituir una amenaza para la seguridad directa de la región, haciendo de éstos un blanco ideal para los individuos o grupos vinculados a la delincuencia o el terrorismo internacionales” . La brillante reelección de Howard, el 9 de octubre de 2004, reforzó la cooperación con el Estados Unidos de George W. Bush y el reparto de responsabilidades en la conducción de los asuntos mundiales.

Los acontecimientos ocurridos en las Salomón ilustran el cambio en la posición de Australia. En la isla de Guadalcanal (situada al este de las islas Salomón), se habían sublevado las milicias encabezadas por Harold Keke. Una docena de personas fueron ejecutadas (entre ellas un ministro) y seis misioneros anglicanos capturados murieron, mientras 1.500 personas cuyas aldeas habían sido incendiadas se refugiaban en la capital. Australia decidió enviar una fuerza militar. “La situación (en las Salomón) es la de un Estado al borde del derrumbe, lo cual tiene enormes implicaciones sobre la seguridad y estabilidad de la región”, declaró entonces su ministro de Relaciones Exteriores. Una fuerza constituida por 1.500 australianos, 140 neozelandeses y contingentes de algunos Estados insulares desembarcó a fines de julio de 2003 en las Salomón, donde Harold Keke fue capturado el siguiente 13 de agosto. Se trata ahora de reconstruir el país, operación que podría llevar diez años. La inestabilidad de todos modos continúa y un policía australiano fue asesinado en una emboscada, en la víspera de la Navidad de 2004, lo que obligó a Australia a enviar refuerzos.

Si bien aportó un tercio de su financiamiento, Australia no ocupó el primer plano en el Foro de las Islas del Pacífico, organización paralela a la Comisión del Pacífico Sur (en adelante denominada Comunidad del Pacífico). En el Foro se abordaron cuestiones políticas, mientras la Comisión se limitaba a operar técnicamente a nivel económico, social y cultural. Desde su creación en 1971, un oceaniano sigue siendo el secretario general del Foro, ocupando la subsecretaría un australiano o un neozelandés. El 15 de agosto de 2003, Canberra colocó a uno de los suyos, el diplomático Greg Urwin, en la secretaría general.

Esta nominación no se llevó a cabo según el principio de la “Pacific Way” (es decir, por consenso), sino mediante una votación secreta. Australia desea crear dentro del Foro una fuerza de intervención permanente para Oceanía con base en Fidji y garantizada por un centenar de hombres. Un informe reciente del Senado australiano preconiza una unificación económica de los países adherentes al Foro, con una moneda única, el dólar australiano.

En Fidji, el nuevo prefecto de policía es un australiano, al igual que seis consejeros que operan desde hace poco dentro del ejército, y otros seis en las instancias judiciales.

La participación francesa 

La relación de Canberra con París se crispó nuevamente debido al asunto iraquí. Se había pensado en una participación francesa para la operación en las Salomón, pero el viejo fondo de hostilidad resurgió y Howard decidió limitar la intervención exclusivamente a los países del Foro. Sin embargo, no se excluye que se dé participación a Francia en la reconstrucción de las Salomon.

¿Marca realmente la nueva posición australiana una “recolonización” de una zona de riesgos (estratégicos y financieros)? La posición de Francia, que Canberra parece querer marginar, responde a la misma intención. Atrás quedan los “experimentos azarosos” del gobierno de Lionel Jospin en materia institucional. No habiendo podido reunirse el Congreso en enero de 2000, la reforma constitucional que debía afectar a Polinesia y acercarla al estatuto de Caledonia cayó en el olvido. El estatuto de autonomía de febrero de 2004 marcaba la voluntad de anclar a Polinesia en la República.

En el marco de esta autonomía lograda pero contenida, los manás financieros debían poner en evidencia las ventajas de los vínculos con la metrópolis y desalentar a los caledonios a alejarse de ella en los referéndums previstos por el Acuerdo de Numea a partir de 2013. Las elecciones del 23 de mayo de 2004 desbarataron todos los pronósticos e hicieron entrar a Polinesia en un largo período de inestabilidad. No es seguro que el retorno parcial a las urnas del 13 de febrero de 2005 le haya puesto fin. En Polinesia, la actitud del Estado socavó en gran medida los esfuerzos realizados por Francia para reconciliarse con los Estados de la región.

¿Podrán las islas del Pacífico encontrar la paz y la prosperidad sin que su modo de vida sea alterado por la intrusión de las grandes potencias? Esa es la apuesta principal de ese “otro Pacífico” que cuenta demasiado poco para atraer la atención de los medios, pero demasiado para que lo dejen vivir su vida. 

Conjunto polinesio

Polinesia francesa: 4.000 km2; 250.000 habitantes; colectividad de ultramar; régimen parlamentario.

Walis y Futuna: 255 km2; 14.800 habitantes; colectividad de ultramar; régimen parlamentario y consuetudinario.

Cook: 240 km2; 17.800 habitantes; régimen autónomo en asociación con Nueva Zelanda; régimen parlamentario.

Tonga: 699 km2; 101.700 habitantes; independiente (1970); monarquía hereditaria.

Niue: 259 km2; 1.650 habitantes; régimen autónomo en asociación con Nueva Zelanda; monarquía constitucional.

Tuvalu: 26 km2; 10.200 habitantes; independiente (1978); monarquía constitucional.

Tokelau: 12 km2; 1.500 habitantes; bajo tutela de Nueva Zelanda; régimen consuetudinario.

Samoa Occidentales: 2.935 km2; 179.000 habitantes; independiente (1962); régimen parlamentario limitado.

Samoa estadounidenses: 200 km2; 61.000 habitantes; territorio no incorporado de Estados Unidos.

Pitcairn: 45 km2; 50 habitantes; posesión británica.

Isla de Pascua (Rapa Nui): 166 km2; 3.800 habitantes; posesión chilena.

Conjunto melanesio 

Nueva Caledonia: 19.100 km2; 235.000 habitantes; colectividad particular de Francia; régimen parlamentario y consuetudinario.

Fidji: 18 700 km2; 831.000 habitantes; independiente (1970); República parlamentaria.

Vanuatu: 12.190 km2; 204.000 habitantes; independiente (1980); República parlamentaria.

Salomon: 28.530 km2; 450.000 habitantes; independiente (1978); monarquía parlamentaria.

Papuasia Nueva Guinea: 462.000 km2; 5.617.000 habitantes; independiente (1975); monarquía parlamentaria.

Conjunto micronesio 

Estados federados de Micronesia: 700 km2; 112.000 habitantes; independientes (1986); régimen presidencial.

Palau: 488 km2; 20.000 habitantes, independiente (1994); régimen presidencial.

Guam: 540 km2; 162.000 habitantes; territorio no incorporado de Estados Unidos.

Marshall: 180 km2; 54.000 habitantes; independiente (1986); régimen presidencial.

Marianas del Norte: 477 km2; 75.000 habitantes; Commonwealth de Estados Unidos.

Kiribati: 823 km2; 88.000 habitantes ; independiente (1976); régimen presidencial.

Nauru: 21 km2; 12.000 habitantes; independiente (1968); régimen presidencial.

Autor/es Jean-Marc Regnault
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 72 - Junio 2005
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Cultura., Política, Economía
Países Nueva Caledonia